Ninguno de los cuatro hermanos quería hacerse cargo de su anciano padre… hasta el día en que desapareció, cuando descubrieron que sus bienes habían sido cedidos al vecino.
PARTE 2 — EL CAMINO HACIA EL PADRE
Nadie volvió a discutir.
Javier condujo su camioneta. Clara ocupó el asiento delantero y los otros tres hermanos viajaron atrás, apretados entre mantas, linternas y una caja de primeros auxilios que Mateo había preparado.
El trayecto hacia Zirahuén normalmente duraba poco más de una hora, pero la lluvia comenzó antes de que abandonaran Pátzcuaro. El cielo se oscureció y el agua convirtió algunos caminos en corrientes de lodo.
—¿Qué enfermedad tiene? —preguntó Lucía.
Clara tardó en responder.
—Hace dos meses empezó a sentir dolores fuertes en el abdomen. Lo acompañé al hospital porque ninguno contestó cuando intentó llamar.
Javier apretó el volante.
—Yo estaba en una obra.
—Yo tenía una reunión —murmuró Lucía.
—Mi teléfono se descompuso —dijo Raúl.
Elena no dijo nada.
—Los médicos encontraron un tumor —continuó Clara—. Aparentemente está localizado y puede operarse, pero don Esteban tiene miedo. La cirugía es complicada por su edad.
—¿Por qué no nos contó? —preguntó Elena.
Clara la miró a través del espejo.
—Porque cuando trató de hablarles, ustedes estaban discutiendo sobre vender su terreno.
La camioneta quedó en silencio.
—¿Y por eso te regaló todo? —preguntó Javier.
—No me lo regaló para que yo me hiciera rica. Existe un proyecto y ciertas condiciones legales. Pero eso tendrá que explicarlo él.
—Si lo encontramos —añadió Raúl.
Lucía lo miró con furia.
—Lo encontraremos.
Llegaron a la cabaña cuando la tormenta ya golpeaba con fuerza el bosque.
La construcción era pequeña, con techo de lámina y una chimenea de piedra. Había pertenecido al padre de Rosa y llevaba años casi abandonada.
La puerta estaba cerrada, pero Clara encontró una llave debajo de una maceta rota.
Dentro había una taza vacía, dos cobijas, una lámpara de petróleo y una fotografía de Esteban y Rosa cuando eran jóvenes.
No había rastro de él.
Javier tocó las cenizas de la chimenea.
—Están frías.
Elena descubrió una libreta sobre la mesa.
—Es su letra.
La primera página contenía una frase:
“Uno no desaparece cuando se marcha. Desaparece cuando deja de existir en la vida de quienes ama.”
Lucía se sentó y comenzó a leer.
La libreta no era exactamente un diario. Era una colección de recuerdos sobre sus hijos.
Esteban había escrito sobre la noche en que Javier nació y él caminó bajo la lluvia para conseguir un médico. Contaba que vendió su primera motocicleta para pagar una operación de Lucía. Recordaba los meses en que Raúl sufría ataques de asma y Rosa y él dormían por turnos junto a su cama.
También había páginas dedicadas a Elena.
“Cuando la empresa quebró, pensé que no podría pagar sus estudios. Trabajé de noche restaurando muebles y durante el día fingía no estar cansado. Nunca se lo dije porque no quería que sintiera que sus sueños eran una carga.”
Elena se cubrió la boca con una mano.
Más adelante, la letra se volvía irregular.
“No los culpo por tener sus propias vidas. Yo los eduqué para que volaran. Mi error fue creer que siempre recordarían dónde estaba el nido.”
Raúl cerró la libreta.
—Esto no nos ayuda a encontrarlo.
—Mira la última página —dijo Clara.
Había un dibujo sencillo del lago y una línea que ascendía hasta un punto marcado con una cruz.
Debajo aparecían unas palabras:
“El mirador de Rosa. Allí decidimos casarnos. Si debo elegir entre una sala de hospital y el último lugar donde fui completamente feliz, ya sé dónde quiero estar.”
—Está intentando morir allí —susurró Lucía.
Clara tomó una linterna.
—El sendero comienza detrás de la cabaña.
Javier le cerró el paso.
—Tú te quedas. Nosotros iremos.
—Conozco el camino.
—La tormenta está empeorando.
—Precisamente por eso no tienen tiempo para competir sobre quién es el hijo más valiente.
Los cinco salieron.
El sendero atravesaba un bosque de pinos y descendía después hacia la orilla del lago. El agua caía entre las ramas y la niebla reducía la visibilidad a unos pocos metros.
Clara guiaba al grupo. Javier iba detrás de ella, apartando ramas. Lucía sostenía la libreta bajo su chamarra. Raúl cargaba la caja de primeros auxilios y Elena llevaba las mantas.
Durante la primera hora no encontraron nada.
Después, Javier vio una marca en el lodo.
—Es la punta de un bastón.
Las huellas continuaban hacia la parte más alta del sendero.
El camino se volvió más empinado.
Raúl resbaló y cayó sobre una rodilla.
—No podemos seguir así.
—Papá siguió solo —dijo Elena—. Nosotros somos cinco.
Raúl la miró.
—Ahora resulta que te importa.
Elena se detuvo.
—Sí, ahora me importa. Quizá demasiado tarde, pero me importa.
—Tú fuiste quien llevó al corredor inmobiliario.
—Y tú querías repartir el dinero.
—¡Porque tengo deudas!
—Todos tenemos problemas —intervino Javier—. Eso no nos da derecho a abandonarlo.
Raúl soltó una risa amarga.
—Hablas como si tú hubieras estado cuidándolo.
Javier se volvió hacia él.
—Al menos yo pagaba algunas cosas.
—Mandar dinero no es cuidar a alguien.
—¡Basta! —gritó Clara.
La lluvia parecía golpear con más fuerza después de su voz.
—Su padre no necesita que decidan quién lo abandonó más. Necesita que lo encuentren.
Continuaron caminando.
Poco después hallaron el sombrero de Esteban atrapado entre unas raíces.
Elena lo recogió y comenzó a llorar.
—Papá está cerca.
Gritaron su nombre.
Al principio solo respondió el viento.
Después escucharon algo parecido a un gemido.
Provenía de un desnivel cubierto de arbustos.
Javier se arrodilló junto al borde y apuntó la linterna.
Esteban se encontraba varios metros más abajo, tendido junto a un tronco. Su bastón había quedado partido. Tenía la camisa empapada y una pierna atrapada entre dos rocas.
—¡Papá! —gritó Lucía.
El anciano movió ligeramente la cabeza.
—Váyanse —murmuró.
—Vamos a sacarte de ahí —dijo Javier.
—No quiero que se arriesguen.
Raúl se quitó una cuerda que llevaba enrollada en la mochila.
—Toda la vida nos dijiste que no dejáramos un trabajo a medias.
Ataron un extremo a un pino. Javier comenzó a descender, pero parte de la tierra cedió bajo sus botas.
Raúl lo sujetó por la cintura.
—Yo bajo. Peso menos.
—Tu rodilla está lastimada.
—Entonces iremos los dos.
Entre ambos descendieron hasta Esteban. Lucía y Elena sostuvieron la cuerda mientras Clara les indicaba cómo liberar la pierna sin causarle más daño.
Esteban abrió los ojos al sentir las manos de sus hijos.
—¿Por qué vinieron? —preguntó.
Raúl tragó saliva.
—Porque eres nuestro padre.
—¿O porque Clara tiene las escrituras?
La pregunta dolió más que la lluvia helada.
Javier apoyó una mano sobre el hombro del anciano.
—Al principio pensé en las escrituras. No voy a mentirte.
—Yo también —confesó Raúl.
Lucía cerró los ojos.
—Todos pensamos en ellas.
Elena apretó el sombrero contra su pecho.
—Pero ahora daría cualquier cosa por regresar a la casa y encontrarte sentado bajo el duraznero.
Esteban los observó en silencio.
—Las palabras son fáciles cuando alguien está al borde de un barranco.
—Entonces no escuches nuestras palabras —dijo Javier—. Mira lo que hagamos después.
Lograron liberar su pierna. Con enorme esfuerzo lo elevaron hasta el sendero.
Mateo había avisado a los servicios de emergencia, pero la ambulancia no podía llegar hasta el bosque. Los hermanos improvisaron una camilla con las mantas y dos ramas gruesas.
Caminaron durante casi dos horas cargando a su padre.
Javier y Raúl sostenían la parte delantera. Lucía y Elena llevaban la trasera. Clara caminaba junto a Esteban, vigilando su respiración.
En varias ocasiones, alguno estuvo a punto de caer.
Ninguno soltó la camilla.
Cuando por fin alcanzaron la cabaña, los paramédicos ya esperaban.
Esteban fue trasladado a un hospital de Morelia. Los médicos confirmaron que tenía una fractura en la pierna, hipotermia y una grave descompensación causada por haber interrumpido sus medicamentos.
El tumor también había comenzado a provocar complicaciones.
—Tenemos que operarlo cuanto antes —explicó el cirujano—. Si esperamos, las posibilidades disminuirán.
Los cuatro hermanos permanecieron alrededor de la cama.
Don Esteban recuperó la conciencia poco antes de ser trasladado al quirófano.
Miró primero a Clara.
—¿Guardaste los papeles?
—Sí.
—No debes devolverles nada.
Javier bajó la cabeza.
—No hemos venido a pedirte que cambies los documentos.
Esteban lo observó con desconfianza.
Lucía sacó los cuatro sobres que el notario les había entregado.
—Ni siquiera los hemos abierto.
—¿Por qué?
—Porque teníamos miedo de que fueran tus últimas palabras —respondió ella—. Preferimos venir a buscarte para escucharte en persona.
Raúl se acercó a la cama.
—Sé que fui un mal hijo.
—No eras un mal hijo cuando eras pequeño.
—Tú tampoco eras un padre fácil.
Esteban pareció sorprendido.
Raúl respiró profundamente.
—Siempre comparabas mis notas con las de Javier. Cuando quise estudiar música, dijiste que era una pérdida de tiempo. Durante años sentí que nunca sería suficiente para ti.
Javier habló después.
—Y yo sentí que debía resolver todos los problemas porque era el mayor. Por eso convertí el dinero en mi forma de ayudar. Era más fácil pagar una factura que sentarme a preguntarte si tenías miedo.
Lucía tomó la mano de su padre.
—Yo pasé la vida cuidando a todos. A mis alumnos, a mis hijos, a mi esposo. Cuando tú comenzaste a necesitarme, sentí que no me quedaba nada para dar. En vez de decirlo, me alejé.
Elena fue la última.
—Yo huí porque cada vez que volvía a esta casa recordaba a mamá. Creí que mantenerme ocupada me impediría sentir su ausencia. No entendí que tú estabas sintiendo lo mismo, pero solo.
Una enfermera anunció que debían llevarse a Esteban.
El anciano respiró con dificultad.
—Yo también cometí errores —admitió—. Les di techo, comida y estudios, pero muchas veces creí que eso era suficiente. Nunca les enseñé a hablar del dolor. Solo les enseñé a trabajar.
Miró a Clara.
—La casa debe cumplir su propósito.
—Lo hará —prometió ella.
—¿Qué propósito? —preguntó Lucía.
Esteban intentó responder, pero el monitor comenzó a emitir una alarma.
Varias enfermeras entraron. Los hermanos fueron apartados mientras el equipo médico empujaba la cama hacia el quirófano.
Elena alcanzó a tomar la mano de su padre.
—Perdónanos.
Esteban la miró durante un instante.
No tuvo tiempo de responder.
Las puertas se cerraron y una luz roja se encendió sobre ellas.
Los cuatro hermanos quedaron inmóviles en el pasillo, comprendiendo que tal vez habían encontrado a su padre únicamente para perderlo antes de saber si podía perdonarlos.
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