PARTE 2: LAS CARTAS ESCONDIDAS
Valeria cruzó la plaza rápidamente y colocó a sus hijos detrás de ella.
Había cambiado. Su rostro era más maduro, su cabello más corto y su forma de mirar mucho más firme que la de aquella joven expulsada de la mansión Alcázar.
Pero Mercedes la reconoció al instante.
—Valeria…
—No pronuncie mi nombre como si tuviera derecho a recordarlo.
Los niños observaban a ambas mujeres con curiosidad.
—Mamá, ella sabe quién es nuestro papá —dijo Mateo.
Valeria palideció.
—Vayan con la señora Teresa. Está junto al puesto de helados.
—Pero…
—Ahora, por favor.
Los tres obedecieron, aunque se alejaron mirando hacia atrás.
Cuando estuvieron suficientemente lejos, Mercedes intentó acercarse.
—No sabía que habían nacido.
Valeria soltó una risa amarga.
—Le envié una ecografía.
—Yo…
—También envié tres cartas, fotografías y el informe del hospital. Todas fueron entregadas en la oficina de la familia.
Mercedes bajó los ojos.
Valeria comprendió la verdad.
—Usted las recibió.
—Valeria, déjame explicarte.
—¿Qué puede explicar? ¿La carta en la que Alejandro decía que mis hijos no eran suyos? ¿La firma que reconocí como suya? ¿El desprecio con el que me ordenó no volver a contactarlo?
Mercedes abrió la boca, pero no consiguió hablar.
—Fue usted —susurró Valeria—. Usted escribió esa carta.
—Tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De perder a mi hijo.
—No. Tenía miedo de que él descubriera qué clase de madre era usted.
Mercedes trató de sostener la mirada, pero la vergüenza la obligó a apartarla.
—Cometí un error.
—Un error es olvidar una fecha. Usted robó siete años de la vida de un padre y de sus hijos.
—Debo decírselo a Alejandro.
Valeria se interpuso.
—No se acerque a él.
—Es su padre.
—Su hijo me abandonó cuando más lo necesitaba.
—Alejandro nunca recibió tus mensajes.
—Firmó el divorcio.
—Creyó que tú habías renunciado al tratamiento y que no querías seguir con él.
Valeria permaneció en silencio.
Mercedes le confesó todo: los informes falsificados, las llamadas desviadas, el correo enviado desde la cuenta de Alejandro y la carta escondida en la caja fuerte.
Cada palabra abría una herida nueva.
—¿Por qué habría de creerle ahora? —preguntó Valeria.
—Porque todavía conservo la ecografía.
Mercedes regresó a Guadalajara esa misma noche.
Por primera vez en décadas, la enorme casa familiar le pareció vacía y fría. Caminó hasta el despacho de su difunto esposo, abrió la caja fuerte y sacó el sobre amarillento.
La imagen de los tres embriones seguía allí.
También las cartas de Valeria.
Mercedes leyó una de ellas.
“Alejandro, no entiendo por qué no respondes. Los médicos dicen que los bebés están bien. El tercero es más pequeño, pero está luchando. Yo también estoy intentando luchar. Solo necesito saber que no estoy sola.”
Mercedes tuvo que sentarse.
Había pasado años justificando su decisión. Se había dicho que protegía el futuro de su hijo, que Valeria encontraría otra vida y que los niños quizá ni siquiera llegarían a nacer.
Ahora había visto sus rostros.
Había escuchado sus voces.
Y comprendía que no existía justificación.
Alejandro regresó de Ciudad de México dos días después. Encontró a su madre esperándolo en el salón con una caja de documentos sobre la mesa.
—Necesito hablar contigo.
—Mañana, mamá. Estoy cansado.
—Tienes tres hijos.
Alejandro se detuvo.
—¿Qué dijiste?
Mercedes colocó la ecografía delante de él.
Alejandro miró la fecha.
Era posterior a la separación, pero anterior al divorcio.
—¿Qué es esto?
—Valeria estaba embarazada cuando se marchó.
—Eso es imposible.
—No lo es.
Mercedes relató todo sin ocultar nada.
Alejandro no levantó la voz. Su silencio fue mucho más aterrador.
Leyó una por una las cartas. Al llegar a la respuesta falsificada, sus manos temblaban.
—Yo nunca escribí esto.
—Lo sé.
—¿Dónde están?
—En Ajijic.
—¿Cómo se llaman?
—Mateo, Nicolás y Daniel.
Alejandro cerró los ojos.
—Siete años.
—Lo siento.
—¿Siete años y eso es todo lo que puedes decir?
Mercedes intentó tocarle el brazo, pero él se apartó.
—Me dijiste que Valeria me había olvidado. Me dijiste que vivía fuera del país.
—Pensé que con el tiempo…
—¿Que con el tiempo dejaría de amarla?
Mercedes comenzó a llorar.
—Pensé que podía reparar las cosas.
—No querías repararlas. Querías controlarlas.
Alejandro tomó las cartas y se dirigió a la puerta.
—Alejandro, por favor.
Él se volvió.
—Desde hoy dejas la presidencia del consejo familiar. No tendrás acceso a mis cuentas, a mi oficina ni a ninguna decisión personal. Y hasta que Valeria decida lo contrario, no volverás a acercarte a esos niños.
—También son mis nietos.
—No. Son los niños a los que les robaste un padre.
Alejandro condujo hasta Ajijic bajo una lluvia intensa.
Encontró la dirección de Valeria en un documento del hotel. Cuando llegó, vio una casa sencilla de paredes amarillas y un jardín lleno de juguetes.
Permaneció varios minutos dentro del automóvil.
A través de una ventana observó a tres niños sentados alrededor de una mesa. Uno dibujaba. Otro construía una torre. El tercero intentaba quitarle un lápiz a su hermano.
Alejandro sintió que el pecho se le partía.
Reconoció sus propios gestos.
Su manera de fruncir el ceño.
La costumbre de morderse el labio al concentrarse.
Valeria abrió la puerta antes de que él pudiera llamar.
—Mi madre me lo contó —dijo Alejandro.
—Entonces ya sabe que tiene hijos.
—No sabía nada.
—Eso dice ella.
Alejandro le mostró las cartas originales.
Valeria reconoció su propia escritura.
Después vio la carta falsa.
—¿Por qué debería confiar en ti?
—No tienes que hacerlo.
—Siete años, Alejandro.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. No estabas cuando Daniel dejó de respirar en la incubadora. No estabas cuando Nicolás necesitó una operación. No estabas cuando Mateo preguntó por qué todos sus compañeros tenían un papá esperándolos a la salida de la escuela.
Alejandro tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Habría estado.
—Pero no estuviste.
—Déjame demostrarte que no elegí abandonarlos.
—¿Y después qué? ¿Piensas entrar en sus vidas y llevarlos a Guadalajara como si fueran una propiedad de los Alcázar?
—No quiero quitarte nada. Quiero conocerlos.
Valeria miró hacia la ventana.
Los niños los observaban.
—No les he contado toda la verdad —admitió—. Solo saben que su padre se llama Alejandro y que vivía lejos.
—¿Por qué les diste mi medalla?
—La dejaste en mi apartamento durante nuestra luna de miel. Era lo único tuyo que conservaba y pensé que algún día podrían querer algo de su padre.
Alejandro se cubrió el rostro por un instante.
—Permíteme verlos. Aunque sean cinco minutos.
Valeria dudó, pero finalmente abrió la puerta.
Los tres niños se alinearon frente a Alejandro.
—Él es su padre —dijo ella.
Mateo lo estudió con seriedad.
—¿Por qué nunca viniste?
Alejandro se arrodilló.
—Porque no sabía que ustedes existían.
—¿Nuestra mamá no te dijo?
—Intentó hacerlo. Pero alguien escondió sus cartas.
Nicolás lo observó de arriba abajo.
—Te pareces a nosotros.
Daniel negó con la cabeza.
—Nosotros nos parecemos a él. Es más viejo.
Por primera vez desde que llegó, Alejandro sonrió.
Aquella tarde no intentó abrazarlos. Se limitó a responder sus preguntas.
Cuál era su comida favorita.
Si sabía jugar fútbol.
Si tenía miedo a las arañas.
Si era rico.
—Mi abuela Teresa dice que las personas ricas tienen casas con demasiados baños —comentó Daniel.
—Mi casa tiene demasiados baños —admitió Alejandro.
—Entonces sí eres rico.
Durante las semanas siguientes, Alejandro viajó diariamente a Ajijic. A veces llevaba juguetes, pero Valeria le pidió que dejara de hacerlo.
—No compres su cariño.
Alejandro obedeció.
En lugar de regalos, comenzó a llevar tiempo.
Ayudaba con las tareas, preparaba el desayuno y asistía a los entrenamientos de fútbol. Aprendió que Mateo era protector, Nicolás soñaba con ser veterinario y Daniel inventaba historias sobre monstruos que vivían en el lago.
Una prueba de ADN confirmó lo que nadie dudaba.
Alejandro era el padre de los tres.
Valeria, sin embargo, mantenía la distancia.
—No confundas el derecho de conocer a tus hijos con la posibilidad de recuperar nuestro matrimonio.
—No los confundo.
—Te amé durante años después de que te fuiste.
—Yo también te amé.
—Pero aceptaste la versión de tu madre sin escucharme.
Alejandro no podía negarlo.
Aunque Mercedes había manipulado la situación, él había permitido que su madre tuviera demasiado poder. No había ido a buscar personalmente a Valeria. Había elegido el orgullo y el silencio.
—Fallé —reconoció—. No sabía de los niños, pero sí sabía que te estaba perdiendo y no luché lo suficiente.
Mercedes pidió varias veces permiso para verlos.
Valeria se negó.
—Los niños no son una herramienta para aliviar su culpa.
La antigua matriarca dejó de asistir a fiestas y reuniones. Renunció oficialmente a sus cargos, vendió varias propiedades personales y comenzó a colaborar de forma anónima con una fundación para madres solteras.
Pero Valeria no estaba obligada a perdonarla.
Tres meses después, la escuela de los trillizos organizó un festival junto al lago. Alejandro asistió y se sentó cerca de Valeria.
Mercedes apareció a distancia, detrás de una cerca.
No pretendía acercarse. Solo quería verlos bailar.
Mateo la reconoció.
También escuchó accidentalmente una conversación entre Valeria y Alejandro.
—Tu madre no puede aparecer así —decía Valeria—. Lo que hizo fue imperdonable.
—Se lo he dicho.
—Por su culpa crecieron sin ti.
Mateo dejó caer el sombrero de su disfraz.
Miró a Mercedes.
Después salió corriendo.
Cuando Valeria se dio cuenta, el niño ya había abandonado el patio de la escuela.
—¡Mateo!
Una tormenta comenzó a caer sobre Ajijic.
Alejandro, Valeria, los maestros y varios vecinos se dividieron para buscarlo.
Mercedes vio al niño correr hacia el antiguo embarcadero y lo siguió.
—¡Mateo, detente!
El viento agitaba violentamente el lago. La madera del muelle estaba mojada y resbaladiza.
Mateo llegó al extremo.
—¡No quiero que mi mamá y mi papá peleen por mí!
—No están peleando por ti.
—Dicen que tú hiciste que mi papá se fuera.
Mercedes se acercó lentamente.
—Es verdad.
—¿Por qué?
—Porque fui egoísta y cruel.
El niño lloraba.
—Entonces no eres mi abuela.
Mercedes sintió el golpe de aquellas palabras, pero no se defendió.
—No. Todavía no me he ganado ese nombre.
Una tabla del muelle crujió bajo los pies de Mateo.
Mercedes vio cómo la madera se rompía.
El niño cayó al agua.
Sin pensarlo, ella se lanzó detrás de él.
La corriente los empujó contra los pilares. Mercedes consiguió sujetar a Mateo por la camisa y mantener su cabeza fuera del agua.
—¡Agárrate a mí!
—¡Tengo miedo!
—No voy a soltarte.
Una ola los golpeó.
Mercedes chocó contra una viga, pero siguió sujetándolo.
Cuando Alejandro llegó al embarcadero, vio a su madre luchando en el agua.
Se lanzó junto con dos pescadores.
Lograron sacar primero a Mateo.
Mercedes perdió el conocimiento antes de llegar a la orilla.
En el hospital, los médicos confirmaron que Mateo estaba fuera de peligro. Mercedes, en cambio, tenía varias costillas fracturadas, una herida en la cabeza y agua en los pulmones.
Los tres niños esperaban junto a Valeria.
Mateo no dejaba de mirar la puerta de urgencias.
—Mamá —preguntó finalmente—, ¿la abuela va a morir por salvarme?
Disclaimer: This story is a work of fiction created for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.