A mí me encontraron con diecisiete años.
No en una cuna dorada, ni en una foto perdida, ni en una historia bonita de esas que cuentan las familias ricas para limpiar su culpa.
Me encontraron en un orfanato de Toledo, leyendo cartas del tarot a las cuidadoras por cinco euros y adivinando quién iba a romper con su novio antes de Navidad.
Mi nombre era Noa.
Pero cuando los Alcázar vinieron a buscarme, decidieron que mi nombre debía sonar mejor.
—A partir de ahora eres Noa Alcázar —dijo mi madre biológica, sin abrazarme—. Y por favor, no menciones eso de las cartas. Es vulgar.
Mi padre, Don Esteban Alcázar, dueño de media urbanización en La Moraleja, me miró como si yo fuera una mancha en su alfombra italiana.
—Te matricularemos esta misma noche en el Colegio San Gabriel. Clase C internacional.
Yo no sabía qué significaba eso.
Lo descubrí al día siguiente.
La clase C era el lugar donde los hijos problemáticos de familias ricas eran aparcados para que no molestaran al prestigio del colegio. Allí olía a perfume caro, rabia acumulada y futuros comprados con dinero viejo.
Y al fondo del aula, sentado junto a la ventana, estaba Santiago Villalba.
El famoso “rey del infierno” del San Gabriel.
Chaqueta negra, mirada cansada, nudillos marcados y una fama tan mala que hasta los profesores bajaban la voz al pronunciar su nombre.
Pero lo primero que vi no fue su cara.
Fue el trozo de cristal que sostenía cerca de su muñeca.
Toda la clase estaba paralizada.
Una chica lloraba. Un chico grababa con el móvil. Otro repetía:
—Santi, tío, suelta eso…
Yo dejé mi mochila en el suelo y caminé hacia él.
—Espera.
Santiago levantó la vista, fastidiado.
—¿Y tú quién demonios eres?
Le agarré la muñeca con fuerza.
—Tu entrecejo está oscuro, el palacio de tu destino trae mala estrella y tienes la fortuna temblando en la espalda. Si haces eso, se te escapa el dinero de toda la vida.
El aula quedó muda.
Santiago parpadeó.
El cristal cayó al suelo.
—¿Estás loca?
Metí la mano en mi mochila y saqué tres monedas antiguas atadas con hilo rojo.
—No. Soy profesional.
El chico que estaba grabando bajó el móvil.
—¿Profesional de qué? ¿De decir tonterías?
Lo ignoré y me acerqué más a Santiago.
—Dime una cosa. ¿Te despiertas todas las noches exactamente a las tres de la madrugada? ¿Con presión en el pecho, como si alguien estuviera sentado encima de ti?
Su rostro cambió.
Solo un poco.
Pero lo suficiente.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie. Lo llevas escrito en la cara.
La clase entera contuvo el aliento.
Santiago Villalba, el chico que supuestamente no temía a nada, acababa de quedarse sin respuesta.
Uno de sus amigos se acercó furioso.
—Oye, bruja de pueblo, no toques a Santi.
Me agarró del brazo.
Error.
Le giré la muñeca con un movimiento seco y lo aparté contra una mesa. No fuerte, pero sí lo justo para que entendiera que yo no era una muñeca de porcelana recién sacada de un internado caro.
—Primera regla —dije, sacudiéndome la manga—: no interrumpas un diagnóstico espiritual.
Santiago me miraba como si estuviera viendo un accidente del que no podía apartar los ojos.
Yo me senté frente a él, como si la clase fuera mía.
—Me llamo Noa. Noa Alcázar, aunque eso todavía me suena prestado.
Saqué una cuerda roja de mi bolsillo.
—Y tú tienes cara de alguien a quien nunca han protegido bien.
Antes de que pudiera apartarse, se la até en la muñeca.
Un nudo.
Luego otro.
—Esto es un cierre de fortuna. A partir de hoy, antes de las once estás en la cama. Nada de música triste, nada de mirar el techo como si el techo fuera a pedirte perdón. El Dios del Dinero pasa lista después de medianoche. Si sigues asustándolo, acabarás tan arruinado que ni una lata de refresco encontrarás en la calle.
Alguien soltó una risa nerviosa.
Pero Santiago no se rió.
Miraba la cuerda roja como si fuera la primera cosa absurda y amable que alguien le había dado en años.
—¿Por qué me ayudas? —murmuró.
Encogí los hombros.
—Porque si hoy me sentaba y miraba hacia otro lado, mi karma iba a darme una bofetada.
La campana sonó.
Nadie se movió.
Santiago tampoco volvió a mirar el cristal.
Aquella tarde, regresé a la mansión de los Alcázar en La Moraleja.
No llegué a pisar el segundo escalón cuando oí una tos delicada desde el salón.
Allí estaba Claudia, la hija adoptiva perfecta.
Pijama de seda, mejillas pálidas, ojos húmedos.
Mis padres la rodeaban como si fuera una santa a punto de ascender al cielo.
Mi madre me vio y su rostro se heló.
—¿Ya has vuelto? ¿Sabes que Claudia no ha dormido por culpa de esas porquerías que trajiste del orfanato?
Claudia bajó la mirada.
—Mamá, no culpes a Noa. Ella creció en otro ambiente. Es normal que no sepa qué cosas son… apropiadas.
Ah.
La flor blanca.
La niña buena.
La pobrecita que clavaba cuchillos envueltos en seda.
Me acerqué a ella, saqué mi brújula de feng shui y di dos vueltas alrededor del sofá.
La aguja giró como loca.
Mi padre golpeó la mesa.
—¡Noa! Basta de payasadas.
Yo levanté una mano.
—Esto no es una payasada. Esto es contaminación de energía nocturna.
Claudia tensó los dedos.
—No sé de qué hablas.
La miré de arriba abajo.
—Ojeras pesadas, pulso disperso, voz ronca y perfume barato mezclado con humo. Tú anoche no estudiaste para ningún examen.
Mi madre frunció el ceño.
—Claudia dijo que estuvo repasando literatura.
—Claro —sonreí—. Literatura de barra, DJ y chupitos.
Claudia se puso de pie.
—¡Estás inventando!
—Entonces vacía el bolsillo izquierdo de tu bata.
El salón se quedó en silencio.
Claudia se llevó la mano al bolsillo por reflejo.
Mi padre lo vio.
Se acercó, tomó la bata y sacó una cajita de cerillas negras con letras doradas: LUNA CLUB — Madrid Sur.
Mi madre abrió la boca, incrédula.
—Claudia…
Yo guardé la brújula.
—Mi recomendación profesional es sencilla. Un mes sin paga, cien copias del Tao Te Ching y nada de salir después de las diez.
Claudia me miró con odio.
Por primera vez, su cara de niña buena se quebró.
Yo subí las escaleras tranquila.
Pero a las tres de la madrugada, mi móvil vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Tu cuerda roja se ha roto. Santiago está en la azotea del colegio.”
Y debajo, una foto.
La muñeca de Santiago.
Sin la cuerda.
Con sangre en los dedos
parte2

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