
El primer año de universidad, yo era el más pobre del salón.
No “pobre” de esos que no salen los fines de semana.
Pobre de verdad: contaba las monedas antes de comprar una torta, lavaba mi única chamarra de noche y rezaba para que amaneciera seca.
Ella, en cambio, era Valeria Moncada.
La chica que llegaba a clase en camioneta con chofer, usaba perfumes que olían a hotel caro y pagaba el café de todos sin mirar la cuenta. En la Facultad de Economía de la UNAM, su apellido sonaba más fuerte que cualquier título: su familia tenía constructoras, hoteles en Los Cabos y oficinas en Reforma.
Yo me llamo Mateo Salazar. Venía de un pueblo de Oaxaca, con una maleta rota, tres mudas de ropa y una promesa que le hice a mi madre antes de subir al autobús:
—Voy a terminar la carrera, aunque me cueste la vida.
Aquella noche, estaba en la cafetería de la facultad, cenando arroz blanco y caldo gratis, cuando sonó mi celular.
Era Diego, mi único amigo en el grupo.
—¿Dónde estás, Mateo?
—En la cafetería.
Detrás de su voz se escuchaban risas, música y gritos.
—Vente ya. Estamos en un karaoke en la Zona Rosa. Salón 302. Es el cumpleaños de Valeria.
Miré mi plato. Quedaba medio arroz frío.
—No voy a poder.
—No empieces. Valeria preguntó por ti.
Me quedé quieto.
Valeria Moncada había preguntado por mí.
Eso no tenía sentido. En clase jamás hablábamos. Ella se sentaba adelante, rodeada de gente. Yo me sentaba hasta atrás, donde nadie notaba si repetía los apuntes en hojas recicladas.
—No tengo dinero para eso —murmuré.
Diego bajó la voz.
—Nomás ven. Yo veo cómo te cubro algo.
Colgó antes de que pudiera negarme.
Salí caminando. Tardé casi media hora. El viento de noviembre se metía por las mangas de mi chamarra gastada. Cuando llegué al lugar, el guardia me miró de arriba abajo como si yo hubiera entrado por error.
Tal vez sí.
El salón 302 parecía otro mundo: luces moradas, botellas caras, charolas de fruta, alitas, sushi, risas, celulares de última generación. Valeria estaba sentada al centro, con un vestido plateado que brillaba cada vez que giraba la cabeza. Parecía una princesa aburrida de su propio castillo.
Diego me hizo señas desde una esquina.
—Aquí, hermano.
Me senté a su lado, intentando hacerme invisible.
Pero la pobreza tiene algo cruel: aunque uno quiera esconderla, siempre hace ruido.
Mis zapatos estaban raspados. Mi pantalón, demasiado viejo. Mi celular, con la pantalla estrellada. Sentí varias miradas caer sobre mí y luego apartarse rápido, como si mirar mucho fuera de mala educación.
Después de un rato, alguien gritó:
—¡Ya estuvo de cantar! Juguemos verdad o reto.
La botella empezó a girar sobre la mesa. Risas. Aplausos. Castigos tontos. Preguntas incómodas.
Yo sólo pedía una cosa: que no me tocara.
La botella se detuvo frente a Valeria.
Todos gritaron.
—¡Valeria! ¿Verdad o reto?
Ella sonrió, un poco mareada por el vino.
—Reto.
Un chico llamado Ricardo Ledesma, famoso por ser rico, presumido y cruel cuando había público, se inclinó hacia adelante.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Te reto a transferirle doscientos mil pesos al becado de allá.
El salón se quedó en silencio.
Después explotó en carcajadas.
—¡No manches, Ricardo!
—¡Doscientos mil!
—Eso ya no es reto, es locura.
Yo sentí que la cara me ardía.
No era sólo el dinero. Era la forma en que lo dijo: “el becado de allá”. Como si mi nombre no importara. Como si yo fuera parte del mobiliario pobre de la universidad.
Ricardo sonrió, disfrutando cada segundo.
—¿Qué pasó, Vale? ¿No que los Moncada no se rajan?
Diego me tocó el hombro.
—No le hagas caso. Está idiota.
Pero yo no podía respirar bien.
Doscientos mil pesos.
Mi madre llevaba semanas sin dormir porque faltaban cuarenta mil para terminar el techo de la casa. Yo llevaba dos meses comiendo lo mínimo para comprar libros usados. Y esos muchachos lanzaban cifras como quien avienta servilletas.
Valeria no se rio.
Eso fue lo raro.
Me miró.
No con lástima. No con burla. Con una calma que me incomodó más que las risas de los demás.
Luego tomó su celular.
—Pásame tu número.
Sentí que la música se alejaba.
—¿Qué?
—Tu número, Mateo.
Era la primera vez que decía mi nombre.
Ricardo perdió la sonrisa.
—Era broma, Vale.
Ella ni lo miró.
—Los retos se cumplen.
Yo recité mi número casi sin voz. Ella tecleó rápido. Unos segundos después, mi celular vibró en el bolsillo.
No quería verlo.
Pero lo saqué.
Mensaje del banco:
“Depósito recibido: $200,000.00 MXN. Saldo actual: $200,188.20 MXN.”
Mis manos empezaron a temblar.
Valeria dejó el celular sobre la mesa, levantó su copa y dijo cuatro palabras:
—El juego se respeta.
Después bebió un sorbo, como si nada hubiera pasado.
Yo me puse de pie.
Todos me miraban. Algunos con envidia. Otros con morbo. Ricardo estaba rojo de rabia.
No dije gracias. No pude.
Salí del salón sin mirar atrás.
Esa noche caminé por la ciudad hasta que me dolieron los pies. Compré una sopa instantánea, un huevo cocido y una salchicha en una tienda abierta las veinticuatro horas. Era la cena más cara que me había permitido en meses.
Al llegar a mi cuarto de estudiante, abrí una libreta y escribí en la primera hoja:
“Plan de cuatro años”.
Dividí cada peso.
Comida. Renta. Transporte. Libros. Trámite de titulación. El techo de mi madre. Fondo de emergencia.
No era dinero regalado.
Era una vida prestada.
Y yo juré devolverla.
Cuatro años después, me gradué con honores. Conseguí mi primer empleo en una firma financiera de la Ciudad de México. El día que recibí mi título, mi cuenta tenía exactamente ochenta y dos centavos.
El dinero de Valeria había alcanzado hasta el último metro.
Pasaron otros cuatro años.
Una noche de lluvia, al salir de la oficina, vi a una mujer encogida bajo el puente peatonal de Insurgentes. Tenía el cabello sucio, la ropa rota y los brazos abrazándose el cuerpo para no temblar.
Iba a seguir caminando.
Pero entonces levantó la cara.
Y reconocí esos ojos.
Valeria Moncada.
Me arrodillé frente a ella, con el corazón golpeándome el pecho.
—Valeria… ¿te vienes conmigo?
Ella me miró como si acabara de regresar de una tumba.
Y entonces rompió a llorar.
PARTE2
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