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LA JOVEN RECHAZADA POR SU FAMILIA ENCONTRÓ REFUGIO JUNTO A UN CEO FRÍO Y DESPIADADO… PERO CADA NOCHE ÉL LA LLENABA DE TERNURA Y AMOR

LA JOVEN RECHAZADA POR SU FAMILIA ENCONTRÓ REFUGIO JUNTO A UN CEO FRÍO Y DESPIADADO… PERO CADA NOCHE ÉL LA LLENABA DE TERNURA Y AMOR

La noche en que mi propia madre me echó de la casa… el frío de Ciudad de México era tan intenso que mis manos quedaron completamente entumecidas.

La vieja maleta gris descansaba junto a las escaleras del pequeño edificio en la colonia Doctores.

Mi madre estaba parada frente a la puerta del departamento, mirándome como si yo fuera una completa desconocida.

—¿Todavía sigues aquí?

Su voz era tan fría que sentí un dolor punzante en el pecho.

—¿No ha sido suficiente toda la vergüenza que le has causado a esta familia?

Detrás de ella, mi media hermana Camila abrazaba su brazo mientras lloraba desconsoladamente.

—Ella intentó seducir a Diego…

Apreté con fuerza el asa de la maleta hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

Yo quería explicarme.

Quería gritar que Diego había sido quien me arrastró hacia el pasillo oscuro durante la fiesta de cumpleaños de Camila en Polanco.

Él había sido quien tomó mi mano.

Él había sido quien intentó besarme.

Pero antes de que pudiera decir una sola palabra más, mi madre me dio una bofetada tan fuerte que mi rostro ardió de inmediato.

El golpe me rompió el labio.

—Lárgate de aquí.

Me miró con un odio que jamás había visto en sus ojos.

—Desde hoy ya no eres mi hija.

La puerta se cerró violentamente frente a mí.

Me quedé inmóvil bajo la lluvia helada.

Nadie salió.

Nadie pronunció mi nombre.

Nadie preguntó adónde iría a esa hora de la noche.

Mi teléfono comenzó a vibrar sin parar dentro del bolsillo.

Temblando, miré la pantalla.

Era un mensaje de la dueña del cuarto que rentaba en la colonia Roma.

“Si mañana no pagas la renta, tendrás que irte.”

Levanté la vista hacia el cielo oscuro y solté una risa amarga.

Veinticuatro años.

Sin familia.

Sin dinero.

Sin un lugar al cual regresar.

Arrastré mi maleta por las calles mojadas durante casi dos horas hasta que mis piernas dejaron de responder.

Cuando me senté temblando frente a un OXXO abierto toda la noche cerca de Paseo de la Reforma… una camioneta Cadillac Escalade negra se detuvo frente a mí.

Primero bajó el chofer.

Después apareció un hombre alto vestido con un abrigo negro largo.

Era tan frío que su sola presencia hacía que el aire se volviera pesado.

Me observó durante unos segundos y frunció ligeramente el ceño.

—¿Llevas mucho tiempo aquí sentada?

Bajé la mirada de inmediato.

—Lo siento… ya me voy.

Pero justo cuando intenté ponerme de pie, todo se volvió negro.

Mi cuerpo cayó hacia adelante.

Cuando desperté… descubrí que estaba acostada sobre una enorme cama dentro de un penthouse lujoso con vista completa a Santa Fe iluminado de noche.

El suave aroma de madera fina llenaba el ambiente.

Las luces cálidas se reflejaban sobre paredes de mármol impecable.

Me incorporé sobresaltada.

En ese momento, la puerta se abrió.

El hombre de antes entró en silencio.

Se quitó los guantes negros de cuero y dejó una taza de té caliente junto a la cama.

—Ya despertaste.

Retrocedí por instinto.

—¿Quién es usted?

El hombre me observó con tranquilidad.

—Alejandro Castillo.

Ese nombre me dejó paralizada.

No existía nadie en Ciudad de México que no conociera a Alejandro Castillo.

El CEO de Castillo Group… el imperio inmobiliario y logístico más poderoso entre Monterrey y Ciudad de México.

Un hombre famoso por ser frío, despiadado y por jamás aparecer públicamente junto a una mujer.

Había rumores de que había destruido una empresa rival en menos de un mes.

También decían que no confiaba absolutamente en nadie.

Apreté la sábana con nerviosismo.

—¿Por qué me trajo aquí?

Alejandro guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Porque te desmayaste frente a mi coche.

—Me iré de inmediato.

Intenté bajar de la cama, pero mis piernas cedieron al instante.

Él reaccionó rápido y sostuvo mi brazo.

Su mano era cálida.

Completamente distinta a su apariencia fría.

—El médico dijo que tienes fiebre alta y desnutrición.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Quédate aquí unos días.

Quise negarme.

Pero justo en ese momento mi estómago gruñó de hambre.

Una pequeña sonrisa apareció apenas en los labios de Alejandro.

Era probablemente la primera emoción que veía en su rostro.

Esa noche descubrí que aquel penthouse era tan grande como un hotel de lujo completo en Santa Fe.

Los empleados llenaron la mesa con platillos tan caros que una sola cena seguramente costaba más que todo mi sueldo mensual.

Pero lo que más me sorprendió…

fue que Alejandro apartó la silla para mí con sus propias manos.

Se sentó frente a mí bajo la luz cálida del comedor.

Su expresión fría de siempre parecía mucho más tranquila en ese momento.

—Come.

Bajé la cabeza y le agradecí en voz baja.

Durante toda la cena, él jamás preguntó sobre mi pasado.

No preguntó por qué estaba sola en la calle a medianoche.

No preguntó por qué mis ojos estaban hinchados de tanto llorar.

Simplemente colocaba más comida en mi plato cada vez que veía que dejaba de comer.

Esa noche…

mientras la fiebre me hacía perder la conciencia, sentí que alguien cambiaba cuidadosamente el paño frío sobre mi frente.

Una mano grande acarició mi cabello con suavidad.

Entonces escuché una voz profunda junto a mi oído.

—Ya estás a salvo.

Intenté abrir los ojos.

Y bajo la tenue luz de la habitación…

vi a Alejandro Castillo sentado junto a mi cama toda la noche.

Pero lo que realmente me heló la sangre…

fue escuchar accidentalmente la llamada telefónica de su asistente a la mañana siguiente.

—Señor Castillo… la gente de la señora Estela sigue buscando a esa muchacha.

Alejandro respondió con una voz fría y peligrosa:

—Si esa mujer vuelve a tocar a Valeria una sola vez más…

Guardó silencio durante unos segundos.

Sus ojos se oscurecieron peligrosamente.

—Entonces esa familia puede olvidarse de seguir viviendo tranquila en Ciudad de México.

Alejandro permaneció en silencio durante varios segundos después de escuchar el mensaje de voz. La tensión que llenó la sala hizo que yo apenas pudiera respirar con normalidad. Yo intenté tomar nuevamente mi teléfono, pero Alejandro sostuvo el aparato antes de que yo pudiera alcanzarlo.

Él volvió a reproducir el audio completo y escuchó cada palabra sin apartar la mirada de la pantalla. Cuando terminó, Alejandro levantó lentamente los ojos hacia mí.

—¿Tú pagabas todos los gastos de tu familia?

Yo sentí un nudo doloroso en la garganta. Intenté evitar aquella conversación porque me avergonzaba admitir cuánto había permitido durante años.

Sin embargo, Alejandro continuó observándome con paciencia.

Finalmente, yo asentí lentamente con la cabeza.

—Yo trabajaba en dos cafeterías y también hacía traducciones por internet durante las noches.

Alejandro frunció ligeramente el ceño.

—¿Y con ese dinero tú pagabas la universidad de Camila?

—Sí. Mi madre decía que Camila tenía más futuro que yo y que valía la pena invertir en ella.

La mandíbula de Alejandro se tensó visiblemente.

—¿Y quién invertía en ti?

Yo bajé la mirada hacia la taza de café que sostenía entre mis manos.

—Nadie.

Aquella única palabra hizo que el ambiente se volviera todavía más pesado.

Alejandro se levantó lentamente del sofá y caminó hacia la enorme ventana del penthouse. Las luces de Santa Fe iluminaban su figura desde atrás. Él permaneció de espaldas durante varios segundos antes de volver a hablar.

—Valeria, tú no eras una carga para esa familia.

Yo levanté la vista lentamente.

Alejandro giró el rostro hacia mí.

—Ellos eran una carga para ti.

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas inmediatamente.

Nadie me había dicho algo así antes.

Toda mi vida había crecido escuchando que yo era el problema. Mi madre repetía constantemente que yo había nacido para complicarle la existencia. Camila siempre recibía los mejores regalos, la mejor ropa y toda la atención. Mientras tanto, yo trabajaba desde los dieciséis años para ayudar con las cuentas de la casa.

Yo nunca me había detenido a pensar que aquello no era normal.

Alejandro regresó hasta donde yo estaba y tomó asiento frente a mí.

—Escúchame bien, Valeria.

Su voz sonó firme y tranquila.

—El hecho de que tu familia no supiera valorarte no significa que tú valgas menos.

Yo mordí mi labio inferior para contener el llanto.

Alejandro extendió lentamente la mano y limpió una lágrima que escapó por mi mejilla.

El gesto fue tan suave que mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Mientras estés aquí, nadie volverá a hacerte daño.

Aquellas palabras rompieron algo dentro de mí.

Yo llevaba demasiados años intentando ser fuerte completamente sola. Nadie me había protegido jamás. Nadie se había colocado delante de mí para decir que me cuidaría.

Esa noche lloré por primera vez delante de alguien.

Y Alejandro no intentó detenerme.

Él simplemente permaneció sentado a mi lado mientras yo lloraba en silencio.

Durante los días siguientes, mi vida comenzó a cambiar poco a poco.

Alejandro continuaba trabajando largas horas en Castillo Group. Las noticias hablaban constantemente de él. Los periódicos financieros lo llamaban “el hombre más peligroso del mundo empresarial mexicano”.

Sin embargo, dentro del penthouse, Alejandro era completamente distinto.

Cada mañana, él preguntaba si yo había desayunado correctamente.

Cada noche, él regresaba aunque estuviera agotado y se sentaba conmigo durante la cena.

En ocasiones, Alejandro incluso cancelaba reuniones para acompañarme cuando yo debía realizar trámites relacionados con mi antigua universidad.

Yo no entendía por qué alguien tan poderoso dedicaba tanto tiempo a una persona como yo.

Una tarde, mientras yo revisaba algunas ofertas de empleo en la sala, Alejandro llegó antes de lo habitual.

Él aflojó lentamente su corbata mientras caminaba hacia mí.

—¿Qué estás haciendo?

Yo levanté la laptop.

—Estoy buscando trabajo.

Alejandro permaneció en silencio unos segundos.

—¿Necesitas dinero?

Yo negué rápidamente con la cabeza.

—No. Yo solamente no quiero depender de ti para siempre.

Alejandro dejó las llaves sobre la mesa y se acercó lentamente.

—Valeria, tú puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras.

—Pero yo no quiero convertirme en una carga.

Alejandro me miró fijamente.

—Tú jamás serás una carga para mí.

Aquellas palabras hicieron que el corazón me latiera aún más rápido.

Él tomó asiento junto a mí y observó la pantalla de la laptop.

—¿Qué querías estudiar realmente?

Yo dudé unos segundos antes de responder.

—Arquitectura.

Alejandro levantó ligeramente las cejas.

—¿Por qué no terminaste la carrera?

Yo sonreí con tristeza.

—Porque el dinero que tenía debía usarse para Camila.

Alejandro apoyó los brazos sobre sus piernas y permaneció pensativo durante unos segundos.

Después habló con total tranquilidad.

—Entonces terminarás arquitectura.

Yo lo miré sorprendida.

—Alejandro, eso cuesta muchísimo dinero.

—Yo puedo pagarlo.

Yo negué de inmediato.

—No puedo aceptar algo tan grande.

Alejandro sostuvo mi mirada sin apartarse ni un segundo.

—Valeria, tú has pasado toda tu vida creyendo que no mereces recibir nada de nadie.

Su voz se volvió más suave.

—Pero ayudar a la persona que quiero no es una obligación para mí. Es algo que deseo hacer.

El aire desapareció completamente de mis pulmones cuando escuché aquella frase.

“La persona que quiero.”

Alejandro pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

Por primera vez desde que lo conocía, él pareció incómodo.

Yo sentí calor subir hasta mis mejillas.

Ninguno de los dos habló durante varios segundos.

Finalmente, Alejandro aclaró la garganta y se levantó lentamente.

—Voy a cambiarme de ropa.

Él comenzó a caminar hacia el pasillo, pero antes de desaparecer añadió algo más.

—Y mañana iremos a la universidad para arreglar tus papeles.

Yo me quedé completamente inmóvil sobre el sofá después de que él se fue.

Aquella noche casi no pude dormir.

Porque por primera vez en mucho tiempo… me permití imaginar un futuro feliz.

Dos semanas después, Alejandro me llevó personalmente a la universidad donde años atrás había abandonado mis estudios.

El rector prácticamente corrió para recibirnos cuando reconoció a Alejandro Castillo.

Todo el mundo lo saludaba con nerviosismo y respeto.

Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la manera en que Alejandro me miraba constantemente para asegurarse de que yo estuviera cómoda.

Mientras esperábamos algunos documentos, varias estudiantes comenzaron a murmurar cerca de nosotros.

—Es Alejandro Castillo.

—Nunca había venido aquí.

—¿Quién será la chica que está con él?

Yo intenté ignorarlas, pero Alejandro notó mi incomodidad.

Entonces él tomó suavemente mi mano delante de todos.

Mi respiración se detuvo de inmediato.

Alejandro ni siquiera parecía darse cuenta del efecto que provocaba en mí cada vez que hacía algo así.

Después de terminar los trámites, salimos juntos del edificio.

Yo miré nuevamente mi nombre impreso en los documentos de inscripción y sentí ganas de llorar.

—Pensé que nunca volvería aquí.

Alejandro observó los papeles y luego me miró a mí.

—Tu vida apenas está comenzando, Valeria.

Yo levanté lentamente los ojos hacia él.

El viento movía suavemente el cabello oscuro de Alejandro mientras el sol de la tarde iluminaba parcialmente su rostro.

Y entonces comprendí algo que me asustó profundamente.

Yo ya estaba completamente enamorada de él.

Aquella noche ocurrió algo que cambió todo.

Alejandro recibió una llamada urgente relacionada con un problema en Monterrey. Algunos inversionistas importantes habían decidido cancelar un acuerdo millonario.

Él pasó horas encerrado en su oficina.

Yo sabía que no debía molestarlo, pero cerca de la medianoche decidí llevarle café.

Cuando entré, Alejandro estaba sentado detrás del escritorio con expresión agotada.

Varias carpetas estaban abiertas frente a él.

Él levantó la mirada cuando me vio.

—Todavía sigues despierta.

Yo coloqué la taza frente a él.

—Pensé que necesitabas esto.

Alejandro observó el café durante unos segundos antes de hablar.

—Gracias.

Yo intenté regresar hacia la puerta, pero Alejandro volvió a hablar.

—Quédate conmigo un momento.

Mi corazón comenzó a acelerarse otra vez.

Yo tomé asiento frente al escritorio.

Alejandro apoyó lentamente la espalda contra la silla y cerró los ojos unos segundos.

—A veces odio este trabajo.

Yo lo miré sorprendida.

—Todo el mundo cree que tú amas controlar empresas y negocios.

Alejandro soltó una pequeña risa cansada.

—La mayoría del tiempo solamente estoy apagando incendios.

Yo sonreí apenas.

Después de unos segundos de silencio, Alejandro volvió a mirarme.

—¿Tú tienes miedo de mí?

La pregunta me tomó completamente por sorpresa.

—No.

—¿Nunca?

Yo negué lentamente.

—Cuando estoy contigo… me siento segura.

Alejandro permaneció inmóvil observándome.

La tensión entre nosotros se volvió insoportable.

Él se levantó lentamente de la silla y caminó hasta donde yo estaba.

Mi respiración comenzó a volverse irregular.

Alejandro se detuvo frente a mí.

Después levantó una mano y acomodó suavemente un mechón de cabello detrás de mi oreja.

—Valeria…

Su voz sonó baja y peligrosa.

Yo levanté lentamente la mirada.

Y entonces Alejandro me besó.

El beso fue lento y cuidadoso.

Como si él estuviera intentando contener algo que llevaba demasiado tiempo guardando.

Yo sentí que todo mi cuerpo temblaba.

Las manos de Alejandro rodearon suavemente mi cintura mientras él profundizaba el beso.

Nunca nadie me había besado de aquella manera.

Como si yo fuera alguien valiosa.

Como si realmente importara.

Cuando finalmente nos separamos, ambos respirábamos agitadamente.

Alejandro apoyó su frente contra la mía.

—Intenté mantener distancia contigo.

Su voz sonó ronca.

—Pero ya no puedo seguir fingiendo.

Yo sentí lágrimas acumularse nuevamente en mis ojos.

—Yo también estoy enamorada de ti.

Alejandro cerró los ojos apenas unos segundos después de escucharme.

Y entonces volvió a besarme con todavía más ternura.

A partir de aquella noche, todo cambió entre nosotros.

Alejandro continuaba siendo el hombre frío y temido que aparecía en las noticias.

Pero conmigo era distinto.

Él siempre buscaba cualquier excusa para tocar mi mano.

Siempre esperaba despierto cuando yo estudiaba hasta tarde.

Siempre se aseguraba de que yo cenara correctamente aunque él estuviera ocupado.

Y poco a poco… el penthouse comenzó a sentirse verdaderamente como un hogar.

Sin embargo, la tranquilidad no duró demasiado.

Porque una mañana, mientras desayunábamos juntos, uno de los guardias entró apresuradamente.

—Señor Castillo, hay periodistas afuera.

Alejandro frunció el ceño inmediatamente.

—¿Qué ocurrió?

El guardia dudó unos segundos.

—La señora Estela habló con varios medios esta mañana.

Yo sentí un escalofrío recorrerme completamente.

Alejandro tomó el control remoto y encendió la televisión.

La imagen de mi madre apareció inmediatamente en pantalla.

Ella estaba llorando frente a las cámaras.

—Mi hija desapareció después de involucrarse con un empresario muy poderoso…

Yo sentí que el estómago se me revolvía.

Mi madre continuó hablando frente a todos los periodistas.

—Yo solamente quiero recuperar a mi hija. Ese hombre la manipuló.

Alejandro apagó la televisión de inmediato.

La furia en su rostro era aterradora.

—Esto se termina hoy.

Él tomó su teléfono y llamó inmediatamente a sus abogados.

Horas después, Alejandro organizó una conferencia de prensa.

Yo estaba extremadamente nerviosa antes de entrar.

Alejandro lo notó enseguida.

Él sostuvo suavemente mis manos.

—Nadie volverá a humillarte nunca más.

Yo respiré profundamente y asentí.

Cuando entramos al salón lleno de cámaras y periodistas, los flashes comenzaron inmediatamente.

Alejandro caminó conmigo frente a todos sin soltar mi mano ni un segundo.

Después tomó asiento frente a los micrófonos.

Su expresión era completamente fría.

—La señorita Valeria Morales no fue secuestrada ni manipulada.

Toda la sala quedó en silencio.

Alejandro continuó hablando con absoluta firmeza.

—Ella abandonó voluntariamente un hogar donde sufría abuso psicológico y explotación económica.

Los periodistas comenzaron a murmurar inmediatamente.

Entonces Alejandro mostró documentos bancarios, grabaciones y pruebas que demostraban todo lo que mi familia había hecho.

El rostro de mi madre cambió completamente cuando los periodistas comenzaron a hacerle preguntas agresivas.

Por primera vez en mi vida… la verdad salió completamente a la luz.

Cuando terminó la conferencia, yo apenas podía respirar por la tensión.

Sin embargo, Alejandro tomó mi mano dentro del automóvil y besó suavemente mis dedos.

—Estoy orgulloso de ti.

Yo lo miré emocionada.

—Gracias por defenderme.

Alejandro negó lentamente con la cabeza.

—No te defendí porque seas débil.

Sus ojos se clavaron profundamente en los míos.

—Te defendí porque mereces ser amada correctamente.

Y en aquel instante comprendí que mi vida ya jamás volvería a ser igual.