—Clara, date prisa. No pienso llegar tarde a la cena con el director general por tu culpa.
Yo estaba frente al espejo del dormitorio, con un vestido azul noche que llevaba guardado casi un año.
Por primera vez en mucho tiempo, me había sentido bonita.
Cinco minutos después, mi marido me miró como si acabara de cometer un crimen.
—¿Eso piensas ponerte? —preguntó Álvaro, apretando la mandíbula.
Me giré despacio, todavía con una sonrisa tímida.
—Sí. ¿No te gusta?
Él soltó una risa seca.
—Pareces una mujer desesperada por llamar la atención.
La frase me cayó encima como agua helada.
Me llamo Clara Medina, tengo treinta y dos años y llevaba seis casada con Álvaro Salvatierra, director de operaciones en una empresa tecnológica de Madrid. A ojos de todos, él era un marido responsable, ambicioso, impecable.
En casa, era otra cosa.
—Álvaro, solo es un vestido.
—No. Es un mensaje —dijo, acercándose—. Un mensaje vulgar. ¿Qué quieres que piense mi jefe cuando te vea? ¿Que mi mujer necesita que otros hombres la miren?
Bajé la vista.
Había aprendido que discutir solo alargaba la humillación.
Él abrió el armario, sacó un pantalón gris, una blusa cerrada hasta el cuello y me los lanzó encima de la cama.
—Te cambias. Te quitas ese pintalabios. Y recoges ese pelo.
—Pero yo pensé que…
—Tú no piensas, Clara. Para eso estoy yo.
Me cambié en silencio.
Cuando salí, él sonrió satisfecho.
—Ahora sí pareces una mujer decente.
En el coche, camino a La Moraleja, me dio las instrucciones como si yo fuera una empleada temporal.
—Esta noche no hables de más. Saludamos, cenamos y sonríes. Si te preguntan algo, respondes corto. Nada de opiniones, nada de historias tuyas. No quiero que me dejes en ridículo.
—Entendido.
—Mírame cuando te hablo.
Lo miré.
—Entendido, Álvaro.
La casa de don Ricardo Armenta parecía un palacio moderno: cristales enormes, mármol claro, lámparas doradas y un jardín iluminado como si allí se celebrara una boda.
Ricardo era el director general de la empresa donde trabajaba Álvaro. Su esposa, Isabel Luján, era la heredera original del grupo, hija del fundador. Todos sabían que Ricardo dirigía la empresa, pero legalmente la mayoría seguía siendo de Isabel.
Ella fue quien abrió la puerta.
Tendría unos cuarenta y cinco años. Elegante, serena, con una sonrisa cansada.
—Bienvenidos. Qué alegría conocerte por fin, Clara.
—Muchas gracias por invitarnos —dije.
Álvaro me apretó la mano demasiado fuerte.
La cena empezó mal desde el primer plato.
Cuando la empleada sirvió cordero asado, me quedé inmóvil.
—Perdone —dije con educación—, yo no como carne.
Álvaro me miró como si hubiera insultado al rey.
—Clara, no empieces.
—No pasa nada —intervino Isabel—. Puedo pedir que te preparen algo vegetal.
—De ninguna manera —dijo Álvaro, sonriendo falsamente—. Mi esposa a veces se pone caprichosa con esas modas. Pero hoy comerá lo que hay.
Ricardo soltó una carcajada.
—Así se habla. Hoy en día algunas mujeres creen que todo debe adaptarse a ellas.
Noté que Isabel bajaba la mirada.
Álvaro se inclinó hacia mí.
—Te lo comes. No me vas a hacer quedar como un imbécil.
Cogí el tenedor con la mano temblorosa.
Intenté tragar un trozo pequeño. El sabor me revolvió el estómago, pero lo peor no era la comida. Era su mirada. Era saber que disfrutaba venciendo mi voluntad delante de otros.
Luego empezó a hablar de mí como si yo no estuviera sentada allí.
—Clara antes se arreglaba demasiado. Hoy casi sale vestida como si fuera a una discoteca barata. Menos mal que tengo paciencia para corregirla.
Ricardo volvió a reír.
—Haces bien. A las mujeres hay que ponerles límites.
Isabel dejó la copa sobre la mesa con un golpe suave.
—Ricardo, basta. Es un comentario ofensivo.
—No exageres, cariño. Estamos entre amigos.
La cena siguió, pero algo había cambiado.
Isabel me miró de una forma distinta. No con lástima. Con reconocimiento.
Más tarde, cuando los hombres se levantaron para tomar brandy en el despacho, ella se acercó a mí en la cocina.
—Siento mucho lo de esta noche —me dijo en voz baja—. No debería haber permitido esos comentarios.
Yo sonreí con tristeza.
—Estoy acostumbrada.
Isabel tragó saliva.
—Eso es lo peor. Que una se acostumbra.
Nos quedamos calladas.
La empleada salió un momento y, por primera vez, Isabel dejó de fingir.
—Ricardo también era encantador al principio. Después empezó con frases pequeñas. Luego decisiones pequeñas. Después ya no podía firmar nada sin él, ni elegir un vestido, ni opinar en reuniones de mi propia empresa.
La miré sorprendida.
—¿Su empresa?
—Mi padre la fundó. Las acciones mayoritarias son mías. Pero Ricardo convenció a todos de que él era el cerebro. Y yo… dejé que lo hiciera.
Antes de poder responder, se escucharon voces desde el despacho.
Ricardo y Álvaro hablaban demasiado alto.
Isabel fue a buscar unas servilletas. Yo me quedé sola cerca del pasillo.
Entonces oí mi nombre.
—Tu mujer es bastante mediocre, Álvaro —dijo Ricardo—. Fea no es, pero tiene una cara de derrota que deprime.
Mi cuerpo se paralizó.
Álvaro rió.
—Créame, jefe, en casa es peor. Hay días que me arrepiento de haberme casado con ella.
Me llevé una mano al pecho.
Saqué el móvil casi por instinto y activé la grabadora.
Lo siguiente que escuché ya no era solo humillación.
Era un delito.
—La auditoría del lunes está controlada —dijo Ricardo—. Llevo dos años desviando dinero a consultoras fantasma. Cuando Isabel vea que la empresa está ahogada, le haré creer que la única salida es vender barato. A mí.
—¿Y yo? —preguntó Álvaro.
—Tú firmas los informes operativos. Nadie sospechará de ti. Te daré la vicepresidencia y un cinco por ciento.
Hubo un silencio.
Luego escuché la voz de mi marido:
—Entonces tenemos un trato.
Se me heló la sangre.
En ese instante entendí que Álvaro no solo era cruel.
Era cómplice.
Di un paso atrás, pero el tacón rozó una maceta.
La puerta del despacho se abrió de golpe.
Ricardo apareció primero.
Álvaro, detrás.
—Clara —dijo mi marido, con los ojos entrecerrados—. ¿Qué demonios estabas haciendo ahí?
Miré mi móvil.
La grabación seguía encendida.
Y Álvaro también la vio.
part2
