MI PADRE ME OBLIGÓ A CASARME CON UN MAGNATE PARA PAGAR SUS DEUDAS…
YO CREÍ QUE SOLO ERA UNA MERCANCÍA MÁS, HASTA AQUELLA NOCHE EN LA NIEVE — CUANDO ÉL ME ABRAZÓ ENSANGRENTADO EN UN CALLEJÓN DE POLANCO Y SUSURRÓ ALGO QUE ME DESTROZÓ EL ALMA…
Mi padre me vendió el día de mi cumpleaños número veintitrés.
No hubo pastel.
Ni felicitaciones.
Solo un contrato de matrimonio sobre la mesa, junto a una copa de vino tinto que él mismo derramó sobre el mantel blanco porque le temblaban las manos.
“Fírmalo.”
Ni siquiera me miró.
“La familia ya no tiene salida.”
A través de los enormes ventanales de la casa en Bosques de las Lomas, la primera nevada del invierno cubría lentamente la Ciudad de México. Dentro del comedor, mi madrastra bebía té como si entregar a la hija incómoda de la familia a cambio de millones fuera lo más normal del mundo.

Me reí.
Una risa pequeña.
Vacía.
“¿Con quién quieren casarme?”
Mi padre tragó saliva.
“Con Alejandro Villareal.”
Sentí que el cuerpo se me congelaba.
Todo México conocía ese nombre.
Alejandro Villareal.
Treinta y cinco años.
Dueño del grupo financiero y tecnológico más poderoso de Monterrey.
Frío.
Peligroso.
Un hombre capaz de destruir empresas enteras con una sola llamada.
Decían que nunca había amado a nadie.
Y que cualquiera que lo traicionara desaparecía de la alta sociedad en cuestión de días.
“¿Por qué yo?”
Lo miré fijamente.
“También tienen a Renata.”
Renata era la hija de mi madrastra. Hermosa. Consentida. La clase de mujer criada para asistir a galas en Polanco y aparecer en revistas de sociedad.
Mi madrastra dejó la taza sobre el plato con suavidad.
“Ella ya está comprometida.”
Sonreí otra vez.
Ahora lo entendía.
La sacrificable siempre era yo.
Tres días después, caminé hacia el altar de una antigua iglesia en Coyoacán usando un vestido blanco que sentía ajeno sobre mi piel.
Nunca había visto a Alejandro Villareal en persona.
Solo sabía que había aceptado el matrimonio porque necesitaba una esposa “discreta y obediente”.
Cuando las puertas de la iglesia se abrieron, lo vi por primera vez.
Traje negro.
Espalda recta.
Mirada helada.
Era un hombre tan imponente que incluso el murmullo de los invitados se apagó cuando él levantó los ojos hacia mí.
No había emoción en su rostro.
Ni ternura.
Ni felicidad.
Solo la expresión fría de alguien observando algo que acababa de comprar.
El sacerdote habló:
“¿Acepta usted a esta mujer como su esposa?”
Alejandro respondió sin dudar.
“Sí.”
Su voz grave hizo eco bajo las bóvedas de la iglesia.
Luego llegó mi turno.
El silencio se volvió insoportable.
Miré las flores blancas entre mis manos.
Y susurré:
“Sí.”
Aquella noche, en el penthouse de Santa Fe, Alejandro no se acercó a mí.
Se quedó de pie frente a los ventanales, observando la ciudad iluminada mientras sostenía un vaso de whiskey.
Yo permanecí sentada al borde de la cama, inmóvil.
Como una extraña.
Después de un largo rato, finalmente habló.
“No me importa si amas a alguien más.”
Su voz seguía siendo igual de fría.
“Y tampoco necesito que me ames.”
Giró apenas el rostro hacia mí.
“Pero ahora eres parte de la familia Villareal.”
Sus ojos grises se clavaron en los míos.
“Si me traicionas…”
Hizo una pausa.
Y por primera vez sentí verdadero miedo.
“Haré que te arrepientas de haber nacido.”
Apreté las manos sobre mi vestido.
“No tienes que preocuparte. Yo tampoco quería este matrimonio.”
Alejandro me observó durante varios segundos.
Y entonces sonrió apenas.
Fue la primera vez que lo vi hacerlo.
Pero aquella sonrisa era tan fría que me recorrió un escalofrío por toda la espalda.
Los días siguientes vivimos como desconocidos.
Había noches en las que él desaparecía hasta el amanecer.
A veces regresaba con la camisa manchada de sangre.
O con heridas cubriéndole los nudillos.
Pero yo nunca preguntaba.
Y él jamás daba explicaciones.
Hasta aquella noche.
La noche que cambió todo.
Recibí un mensaje de un número desconocido.
“¿Quieres saber qué le debe realmente tu padre a Alejandro Villareal?”
“Ven sola.”
“Callejón trasero cerca de Masaryk. 11:00 p.m.”
No debí ir.
Pero fui.
La nieve caía con fuerza sobre las calles vacías de Polanco mientras caminaba hacia el callejón oscuro detrás de unos edificios viejos.
El aire helado me cortaba la piel.
Y algo dentro de mí gritaba que escapara.
Justo cuando di media vuelta para irme, escuché pasos detrás de mí.
“Qué ingenua eres.”
La voz de un hombre me paralizó.
Tres sujetos vestidos de negro bloqueaban la salida.
Sentí el corazón golpeándome las costillas.
“Yo no tengo dinero…”
“Nosotros no queremos dinero.”
El hombre del centro sonrió de una forma horrible.
“Solo queremos enviarle un mensaje a tu esposo.”
Sacó una navaja.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Un disparo explotó en medio de la nieve.
Luego otro.
Alguien me jaló bruscamente hacia atrás antes de que pudiera gritar.
Abrí los ojos temblando.
Alejandro estaba frente a mí.
Con una pistola en la mano.
Uno de los hombres yacía sobre la nieve.
Los otros dos escapaban corriendo.
“Alejandro…”
No terminé la frase.
Él cayó de rodillas.
La sangre comenzó a extenderse sobre su hombro oscuro.
Sentí que el mundo entero se detenía.
“¡Alejandro!”
Corrí hacia él desesperada.
La nieve cubría nuestro cabello mientras intentaba sostenerlo.
Entonces él me abrazó con fuerza usando el brazo sano.
Su respiración era pesada.
Dolorosa.
Y por primera vez desde que lo conocí, su voz sonó quebrada.
“Te dije que no salieras sola…”
Cerró los ojos unos segundos.
Como si estuviera luchando por mantenerse consciente.
“¿Tienes idea de lo que habría pasado si llegaba un minuto tarde?”
Lo miré sin poder hablar.
Y entonces él apoyó la frente contra la mía y susurró:
“Porque yo sí…”
“…yo sí habría muerto si te perdía.”