La Chica Traicionada Firmó Un Matrimonio Por Contrato… Y Terminó Enredada Con Un Heredero Arruinado y Misterioso
Yo descubrí que mi novio me engañaba justo el día de nuestro tercer aniversario.
Y la mujer que él abrazaba al entrar al hotel… era mi prima.
Ni siquiera tuve tiempo de romperme por dentro cuando un hombre desconocido me jaló hacia sus brazos delante de todos y dijo con voz fría:
—Nadie se mete con mi prometida.
Pensé que solo me estaba ayudando a actuar para salvarme del ridículo.
Hasta que desperté a la mañana siguiente en la misma cama con él y descubrí que había firmado un contrato de matrimonio con un heredero caído en desgracia, perseguido por media Ciudad de México.
Y lo más aterrador era que…
Yo ya había visto su nombre en las noticias financieras años atrás.

La música de mariachi suave seguía sonando dentro del restaurante elegante.
Las rosas rojas decoraban cada rincón.
El pastel de tres pisos seguía intacto.
Yo llevaba casi dos horas sentada sola.
Desde las ocho hasta casi las diez de la noche.
El celular de Sebastián Torres seguía apagado.
Los meseros ya me habían cambiado el café tres veces.
Las miradas de las otras mesas habían pasado de curiosidad a lástima.
Bajé la vista hacia la pequeña caja del anillo dentro de mi bolso y sentí que algo me aplastaba el pecho.
Aquella noche yo planeaba pedirle matrimonio primero.
Tres años juntos.
Tres años acompañándolo desde que apenas era un vendedor mediocre en una empresa de seguros de Monterrey.
Cuando lo despidieron, fui yo quien pasó noches enteras ayudándolo a rehacer su currículum.
Cuando nos mudamos al pequeño departamento en la colonia Del Valle, fui yo quien pagó el primer depósito.
Yo realmente creí que nos casaríamos.
Hasta que mi celular vibró.
Era un mensaje de mi mejor amiga.
“¿Dónde estás?”
“Acabo de ver a Sebastián entrando al Hotel Imperial Reforma con tu prima Valeria.”
Pensé que había leído mal.
Mis dedos comenzaron a temblar.
Tres segundos después, llegó una foto.
Sebastián abrazaba la cintura de Valeria Montes.
Los dos sonreían demasiado cerca.
Y el vestido que ella llevaba puesto…
Era exactamente el modelo que yo le había mostrado semanas antes diciéndole que quería usarlo el día de mi compromiso.
Sentí que el cerebro se me apagaba.
Me levanté de golpe.
La silla cayó contra el suelo con un ruido fuerte.
Los meseros se sobresaltaron.
Tomé un taxi y fui directo al hotel.
Durante todo el camino me repetí que seguramente había una explicación.
Tal vez era una reunión.
Tal vez un malentendido.
Tal vez una foto engañosa.
Pero en cuanto las puertas del elevador se abrieron en el piso doce…
Vi los zapatos de Sebastián frente a una suite presidencial.
La puerta estaba entreabierta.
Y escuché la voz de Valeria desde dentro.
—¿Y si Mariana descubre todo?
Después vino la risa de Sebastián.
—Que descubra lo que quiera. Después de todo, ella solo estuvo conmigo porque quería casarse con alguien de dinero.
—Además, cuando cierre el trato con los inversionistas ya no la necesitaré.
Me quedé paralizada afuera de la puerta.
Cada palabra me atravesaba como un cuchillo.
Tres años de amor.
Tres años ayudándolo a salir adelante.
Y al final…
Yo solo había sido una herramienta.
Valeria soltó una carcajada arrogante.
—Te dije que esa niña provinciana jamás estuvo a tu nivel.
—Cuando cierres el negocio, hacemos oficial lo nuestro.
—Claro.
Luego escuché el sonido de un beso.
La caja del anillo cayó de mis manos.
“Clac.”
El ruido hizo que todo se quedara en silencio.
La puerta se abrió bruscamente.
Sebastián me vio y su rostro cambió.
—¿Mariana?
Valeria se sorprendió apenas unos segundos antes de cruzarse de brazos con una sonrisa burlona.
—Bueno, ya que nos descubrió, no hace falta seguir escondiéndolo.
Yo los miré a los dos.
Uno era el hombre al que había amado durante tres años.
La otra era mi propia prima.
Sentí el corazón destrozándose lentamente.
Aun así, logré preguntar:
—¿Desde cuándo están juntos?
Sebastián ni siquiera parecía culpable.
—No armes un escándalo aquí.
—Valeria y yo nos amamos de verdad.
Solté una risa amarga.
—¿Y yo qué fui entonces?
Él acomodó su saco con fastidio.
—Mariana, sé madura.
—¿De verdad creías que una mujer común como tú podía ayudarme a llegar lejos?
—Valeria conoce gente importante. Inversionistas. Empresarios. Tú jamás entenderías ese mundo.
Miré al hombre frente a mí y sentí que nunca lo había conocido.
Entonces Valeria levantó la muñeca con intención.
Llevaba una pulsera Cartier brillante.
Yo misma había dicho semanas antes que era hermosa.
—Ah, por cierto…
—Sebastián me compró esto la semana pasada.
—Creo que costó exactamente lo mismo que el dinero que tú le prestaste hace meses.
La sangre se me heló.
Ese dinero era para el enganche de mi futura casa.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Usaste mi dinero para comprarle regalos a ella?
Sebastián frunció el ceño.
—Te lo iba a devolver después.
—No hagas drama por esto.
En ese instante, una voz masculina sonó detrás de nosotros.
—Usar el dinero de tu novia para mantener a tu amante.
—Eso sí es caer bajo.
Todos voltearon al mismo tiempo.
Un hombre alto caminaba lentamente por el pasillo.
Vestía una camisa negra sencilla, pero tenía una presencia imposible de ignorar.
Su rostro era frío y elegante.
Había un corte reciente en la comisura de sus labios.
Como si hubiera peleado hacía poco.
Sebastián lo miró molesto.
—¿Y tú quién demonios eres?
El desconocido no respondió.
Se acercó directamente a mí y, sin avisar, me rodeó con un brazo.
El olor fresco de su perfume me envolvió al instante.
Yo ni siquiera reaccioné cuando él inclinó la cabeza hacia mí y dijo con calma:
—Perdón por llegar tarde, amor.
Sebastián cambió de expresión.
—¿Mariana… quién es este tipo?
El hombre sonrió apenas.
—El futuro esposo de Mariana.
El pasillo entero quedó en silencio.
Valeria soltó una carcajada incrédula.
—Por favor. ¿Una mujer como ella con un hombre así?
El desconocido la miró una sola vez.
Y esa mirada bastó para borrar la sonrisa de su rostro.
Luego sacó un pañuelo y limpió lentamente la mano con la que había tocado la puerta de la habitación.
—El lugar está sucio.
—Y la gente también.
Valeria palideció.
Sebastián avanzó furioso.
—¿Qué acabas de decir?
Pero antes de que pudiera acercarse más, recibió un golpe directo en el estómago.
Cayó al suelo de inmediato.
Yo me quedé congelada.
El hombre frente a mí seguía completamente tranquilo.
Se inclinó ligeramente hacia Sebastián y habló con voz helada:
—Si vuelves a hacerla llorar…
—Te rompo las manos.
Después tomó mi mano y me sacó de allí.
Terminamos en el estacionamiento subterráneo del hotel.
Cuando subí al Bentley negro, mi cabeza seguía confundida.
Lo miré de reojo.
—¿Quién eres realmente?
Él guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Alejandro De la Vega.
El nombre me hizo contener la respiración.
Alejandro De la Vega.
Tres años atrás, el heredero más famoso del mundo financiero mexicano.
El hombre que había liderado Grupo De la Vega antes de desaparecer tras un escándalo económico gigantesco.
Decían que había perdido toda su fortuna de la noche a la mañana.
Y también que medio país lo estaba buscando para cobrarle deudas.
Lo miré fijamente.
—¿Tú eres Alejandro De la Vega?
Él soltó una risa seca.
—¿Te decepciona?
Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.
Contestó sin emoción.
Y una voz furiosa explotó desde el otro lado.
—Alejandro, ya no tienes dónde esconderte.
—Si no pagas antes de medianoche, te vamos a quebrar las piernas.
La llamada terminó.
El silencio dentro del auto se volvió pesado.
Yo lo observé unos segundos.
—¿Estás huyendo de acreedores?
Él apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.
—Sí.
—Así que todavía puedes bajarte del coche si quieres.
No sé por qué.
Tal vez porque acababa de salvarme.
Tal vez porque en sus ojos vi la misma traición que yo acababa de sufrir.
Dos personas destruidas por la vida.
Dos desconocidos en ruinas.
Respiré profundo.
Y dije algo que ni yo misma esperaba.
—¿Y si yo te ayudo a pagar tus deudas?
Alejandro abrió los ojos lentamente.
—¿Qué acabas de decir?
Lo miré directo.
—Casémonos por contrato.
—Tú necesitas dinero.
—Y yo necesito humillar a esas dos personas.
—Los dos ganamos.
Él me observó durante varios segundos.
Después soltó una risa baja, peligrosa.
—Mariana…
—¿Sabes cuál es la cosa más peligrosa del mundo?
Yo negué lentamente.
Él se inclinó hacia mí hasta quedar demasiado cerca.
Su voz rozó mi oído.
—Firmar un contrato con un hombre que ya lo perdió todo.
Luego abrió la guantera del auto.
Y sacó un contrato real.
Antes de que pudiera reaccionar, puso una pluma en mi mano.
—Pero si quieres jugar…
—Entonces juguemos hasta el final.
La pluma permaneció temblando entre mis dedos durante varios segundos.
Yo observé el contrato frente a mí sin atreverme a respirar demasiado fuerte.
El nombre de Alejandro De la Vega aparecía en la primera página junto a una cláusula enorme que decía:
“Matrimonio legal por un período inicial de doce meses.”
Levanté lentamente la vista hacia él.
—¿Hablas en serio?
Alejandro apoyó un brazo sobre el volante y me miró fijamente.
—Yo nunca bromeo con contratos.
La luz tenue del estacionamiento marcaba el cansancio debajo de sus ojos.
Por primera vez desde que lo había conocido, pude ver algo más allá de aquella frialdad elegante.
Agotamiento.
Soledad.
Y una tristeza demasiado profunda para alguien de apenas treinta y pocos años.
Respiré lentamente.
Luego tomé la pluma.
Y firmé.
Alejandro observó mi firma en silencio.
Después tomó el contrato, lo guardó dentro de una carpeta negra y arrancó el auto.
—Bienvenida a tu peor decisión, Mariana.
Intenté sonreír.
—Después de Sebastián, creo que ya no puedo tomar decisiones peores.
Alejandro soltó una pequeña risa.
Fue apenas un sonido breve.
Pero era la primera vez que parecía realmente humano.
2
Yo descubrí lo complicado que era casarse con Alejandro De la Vega apenas una hora después.
El Bentley negro se detuvo frente a un edificio viejo en la colonia Roma.
Miré alrededor confundida.
—¿Aquí vives?
Alejandro apagó el motor.
—Por ahora.
Fruncí ligeramente el ceño.
Tres años atrás, Alejandro había sido dueño de mansiones en Polanco, Cancún y San Pedro Garza García.
Ahora estaba estacionando frente a un edificio antiguo con elevador descompuesto.
Subimos hasta el cuarto piso por las escaleras.
Cuando abrió la puerta del departamento, me quedé inmóvil.
El lugar estaba completamente vacío.
No había decoración.
No había fotografías.
No había televisión.
Solo un sofá gris, una mesa pequeña y varias cajas llenas de documentos.
Parecía más un escondite que una casa.
Alejandro dejó las llaves sobre la mesa.
—No tengo habitación de invitados.
Lo miré inmediatamente.
Él levantó una ceja.
—No voy a tocarte si eso te preocupa.
Sentí calor en las mejillas.
—No estaba pensando eso.
—Claro que sí.
Me crucé de brazos.
—Eres demasiado arrogante para alguien arruinado.
Él sonrió apenas.
—Y tú eres demasiado valiente para alguien que acaba de casarse con un desconocido.
Por alguna razón…
La tensión incómoda comenzó a desaparecer un poco.
Aquella noche terminé durmiendo en la cama mientras Alejandro dormía en el sofá.
Pero yo no pude cerrar los ojos.
Cada vez que pensaba en Sebastián y Valeria, el pecho me ardía.
Tres años.
Tres años tirados a la basura.
Me giré lentamente hacia la ventana.
La lluvia comenzaba a caer sobre Ciudad de México.
Y entonces escuché la voz de Alejandro desde la sala.
—Si quieres llorar, puedes hacerlo.
Me quedé quieta.
—No estoy llorando.
—Entonces deja de respirar como si estuvieras aguantándote.
Guardé silencio varios segundos.
Luego pregunté en voz baja:
—¿A ti también te traicionaron?
La sala quedó en silencio.
Pasó casi un minuto completo antes de que él respondiera.
—Mi hermano menor vendió información interna de mi empresa.
Sentí un nudo en el estómago.
Alejandro continuó hablando con la misma voz tranquila.
—La gente cree que perdí mi fortuna por malas inversiones.
—Pero la verdad es que alguien de mi propia familia me destruyó desde dentro.
Yo cerré lentamente los ojos.
En ese momento entendí algo.
Los dos estábamos rotos.
Y tal vez por eso nos entendíamos tan rápido.
3
Dos días después, mi matrimonio falso se volvió viral en internet.
Todo comenzó cuando Valeria publicó fotografías abrazando a Sebastián en redes sociales.
“Algunas historias terminan para que comiencen otras mejores.”
Yo estaba desayunando cuando vi la publicación.
El café me supo amargo.
Alejandro observó mi expresión desde el otro lado de la mesa.
—¿Quieres vengarte?
Lo miré.
—Muchísimo.
Él dejó el periódico a un lado.
—Entonces arréglate.
—¿Para qué?
Sus labios se curvaron lentamente.
—Vamos a destruirles el día.
Una hora después yo estaba entrando al Hotel Four Seasons junto a Alejandro.
Llevaba un vestido negro elegante que él mismo había comprado esa mañana.
Cuando vi la etiqueta del precio casi me desmayé.
—Alejandro, esto cuesta demasiado.
Él ajustó tranquilamente los gemelos de su camisa.
—Mi esposa no puede vestirse barato.
Lo miré sorprendida.
Él había dicho “mi esposa” con tanta naturalidad que mi corazón dio un pequeño salto absurdo.
Intenté ignorarlo.
Entramos al salón principal tomados de la mano.
Y apenas Sebastián nos vio…
Se quedó completamente paralizado.
Valeria también abrió los ojos con incredulidad.
—¿Mariana?
Yo sonreí con calma.
—Hola, prima.
Sebastián miró a Alejandro de arriba abajo.
—¿Qué haces con este tipo?
Alejandro tomó una copa de champagne y respondió tranquilamente:
—Desayunando con mi esposa.
La copa en la mano de Valeria tembló.
—Eso es imposible.
—Alejandro De la Vega está arruinado.
Alejandro sonrió ligeramente.
—Y aun arruinado, Mariana me eligió a mí en lugar de tu novio.
El rostro de Sebastián se oscureció de inmediato.
Yo disfruté cada segundo.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Uno de los empresarios más importantes del evento se acercó directamente hacia Alejandro.
—Señor De la Vega.
El hombre sonrió con respeto.
—Me alegra verlo nuevamente.
Yo me quedé confundida.
Luego llegó otro empresario.
Y luego otro más.
Todos saludaban a Alejandro con una mezcla extraña de admiración y cautela.
Sebastián comenzó a ponerse nervioso.
Valeria también.
Finalmente Sebastián preguntó:
—¿Qué demonios está pasando?
Alejandro lo miró tranquilamente.
—¿De verdad creíste todos los rumores?
Yo giré lentamente hacia él.
—¿Qué quieres decir?
Alejandro bebió un poco de champagne antes de responder.
—Nunca estuve realmente arruinado.
Sentí que el cerebro me dejaba de funcionar.
—¿Qué?
Él me observó fijamente.
—Desaparecí porque necesitaba encontrar quién me traicionó dentro de mi empresa.
—Y mientras todos pensaban que yo estaba acabado… los verdaderos culpables comenzaron a relajarse.
El corazón me golpeó el pecho.
Entonces entendí.
Todo había sido una trampa.
Una trampa gigantesca.
Sebastián retrocedió un paso.
—Eso no tiene sentido…
Alejandro sonrió lentamente.
—Claro que lo tiene.
—Especialmente porque la empresa donde trabajas ahora pertenece a uno de mis grupos de inversión.
El rostro de Sebastián perdió completamente el color.
—¿Qué…?
Alejandro sacó un folder negro y lo colocó sobre la mesa.
—También descubrí algo interesante.
—Tu empresa estuvo inflando cifras para atraer inversionistas.
—Y tú participaste directamente.
El silencio explotó dentro del salón.
Yo miré a Sebastián completamente impactada.
Valeria comenzó a ponerse pálida.
—Eso es mentira…
Alejandro abrió el folder.
Había transferencias bancarias.
Correos electrónicos.
Firmas.
Pruebas.
Sebastián comenzó a sudar.
—Alejandro… podemos hablar esto…
—No.
La voz de Alejandro se volvió helada.
—Pero puedes hablarlo con la fiscalía.
Dos hombres vestidos de traje entraron al salón en ese momento.
Mostraron sus identificaciones.
Y caminaron directamente hacia Sebastián.
—Señor Sebastián Torres, necesitamos que nos acompañe.
Valeria agarró desesperadamente el brazo de Sebastián.
—¡Sebastián!
Pero él la apartó violentamente.
—¡Suéltame!
Todos comenzaron a murmurar alrededor.
La escena era humillante.
Exactamente como ellos habían intentado humillarme a mí.
Sebastián giró furioso hacia mí.
—¡Mariana, ayúdame!
Yo lo observé varios segundos.
Y por primera vez en mucho tiempo…
No sentí amor.
No sentí tristeza.
No sentí nada.
—Tú elegiste esto, Sebastián.
La policía se lo llevó delante de todos.
Valeria quedó sola en medio del salón mientras las personas comenzaban a grabarla con sus teléfonos.
Ella intentó acercarse a mí.
—Mariana… yo…
—No.
La interrumpí tranquilamente.
—Tú también elegiste.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Pero ya era demasiado tarde.
4
Aquella noche, Alejandro y yo regresamos al departamento bajo una lluvia intensa.
Yo todavía seguía en shock.
Entré al lugar y me giré inmediatamente hacia él.
—¿Por qué no me dijiste la verdad?
Alejandro aflojó lentamente su corbata.
—Porque necesitaba saber si podía confiar en alguien.
—Y porque no quería que te acercaras a mí por dinero.
Mi respiración se detuvo un instante.
—¿Entonces todo este tiempo…?
Él se acercó lentamente.
—Todo este tiempo fuiste la única persona que me ofreció ayuda cuando creyó que yo no tenía nada.
Sentí el corazón latiendo con fuerza.
Alejandro continuó mirándome fijamente.
—Mariana, tú firmaste un contrato conmigo sin saber quién era realmente.
—Eso no lo había hecho nadie antes.
Mi garganta se secó.
La distancia entre nosotros comenzó a desaparecer lentamente.
—Alejandro…
Él levantó una mano y acarició suavemente mi mejilla.
El gesto fue tan delicado que casi me rompió por dentro.
Porque nadie me había tratado así en mucho tiempo.
Como si yo realmente importara.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi llorando afuera de aquella habitación del hotel?
Yo negué lentamente.
Él sonrió apenas.
—Pensé que quería protegerte.
Mis ojos comenzaron a arder.
Y antes de darme cuenta…
Lo abracé.
Alejandro se quedó quieto unos segundos.
Luego rodeó mi cintura lentamente.
La lluvia golpeaba las ventanas.
El departamento seguía igual de vacío.
Pero por primera vez…
Yo sentí calor.
5
Las semanas siguientes cambiaron mi vida completamente.
Sebastián fue acusado oficialmente de fraude financiero.
Valeria desapareció de redes sociales después de que varias marcas cancelaran contratos con ella.
Y Alejandro…
Alejandro comenzó a regresar lentamente al mundo empresarial.
Sin embargo, él seguía viviendo en aquel departamento sencillo.
Una noche no pude evitar preguntarle:
—Si recuperaste todo… ¿por qué sigues aquí?
Alejandro estaba cocinando pasta en la cocina.
Se quedó pensativo unos segundos.
—Porque aquí fue donde volví a sentir paz.
Luego me miró directamente.
—Y porque aquí estás tú.
Sentí que el corazón se me detenía.
Alejandro dejó la cuchara sobre la mesa y caminó hacia mí.
—Mariana.
—Nuestro contrato termina en seis meses.
Mi pecho se tensó de inmediato.
Claro.
El contrato.
Había olvidado completamente que aquello comenzó siendo falso.
Intenté sonreír.
—Sí… lo recuerdo.
Alejandro me observó en silencio.
Luego preguntó:
—¿Y qué quieres hacer cuando termine?
Yo bajé la mirada.
Porque la respuesta me daba miedo.
Porque en algún momento…
Yo me había enamorado de él.
Del hombre frío que dormía en un sofá para que yo estuviera cómoda.
Del hombre que me defendió cuando yo estaba destruida.
Del hombre que jamás intentó aprovecharse de mí.
Pero antes de que pudiera responder…
Alejandro sacó algo de su bolsillo.
Era una pequeña caja negra.
Mis ojos se abrieron.
Él respiró lentamente.
Y por primera vez desde que lo conocía…
Parecía nervioso.
—Mariana.
—Sé que nuestro matrimonio comenzó como una mentira.
—Pero todo lo que siento por ti es real.
Mi respiración comenzó a temblar.
Alejandro abrió lentamente la caja.
Dentro había un anillo sencillo y elegante.
—Esta vez no quiero un contrato.
—Quiero un matrimonio de verdad.
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas inmediatamente.
Yo me cubrí la boca con ambas manos.
Alejandro sonrió suavemente.
—Así que necesito hacerte una pregunta importante.
Él tomó mi mano.
Y sus ojos jamás dejaron los míos.
—¿Quieres quedarte conmigo incluso cuando ya no haga falta fingir?
Yo lloré mientras asentía una y otra vez.
—Sí.
—Claro que sí.
Alejandro soltó una pequeña risa aliviada.
Luego colocó el anillo en mi dedo.
Y finalmente me besó.
No fue un beso desesperado.
No fue impulsivo.
Fue lento.
Cálido.
Como una promesa.
Como un hogar.
6
Seis meses después, nuestra boda real apareció en todas las revistas de negocios y sociales de México.
Pero lo que más sorprendió a la gente no fue el regreso de Alejandro De la Vega al mundo financiero.
Fue que él jamás soltó mi mano durante toda la ceremonia.
La boda se celebró en una hacienda hermosa en San Miguel de Allende.
Las luces doradas iluminaban el jardín entero.
Mi madre lloraba en primera fila.
Y Alejandro no dejó de mirarme ni un segundo mientras caminaba hacia el altar.
Cuando llegué frente a él, sus ojos estaban ligeramente rojos.
Yo sonreí entre lágrimas.
—¿Estás llorando?
Él negó inmediatamente.
—Jamás.
Solté una pequeña risa.
El sacerdote comenzó la ceremonia.
Y cuando llegó el momento de los votos, Alejandro tomó mis manos con fuerza.
—Mariana.
—Antes de conocerte, yo creía que el dinero podía resolver cualquier cosa.
—Luego perdí mi empresa, mis amigos y casi toda mi vida.
—Y entonces apareciste tú.
Sus ojos brillaron bajo las luces.
—La única mujer que decidió quedarse cuando creyó que yo no tenía nada.
Yo ya estaba llorando abiertamente.
Alejandro sonrió suavemente.
—Tú me enseñaste que el amor no tiene nada que ver con el poder ni con el dinero.
—Tiene que ver con quién permanece a tu lado cuando todo se derrumba.
Mi corazón latía tan fuerte que casi dolía.
Él besó lentamente mis manos.
Y terminó diciendo:
—Gracias por salvarme, Mariana.
Las lágrimas comenzaron a caer también por el rostro de mi madre.
Yo respiré profundamente antes de responder.
—No.
—Fuimos nosotros quienes nos salvamos mutuamente.
Alejandro cerró los ojos unos segundos.
Y cuando volvió a abrirlos…
Yo vi felicidad real en ellos.
La clase de felicidad que no se compra.
La clase de felicidad que solo llega después de sobrevivir al dolor.
El sacerdote sonrió.
—Ahora puede besar a la novia.
Alejandro no esperó ni un segundo más.
Me abrazó por la cintura.
Y me besó frente a todos.
Las luces brillaban.
La música sonaba.
Y por primera vez en muchísimo tiempo…
Yo entendí algo.
A veces la peor traición de tu vida…
Solamente es el camino que te lleva hacia la persona correcta.