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Me arrojaron un fajo de billetes de pesos en la cara, en medio del hospital privado más lujoso de la ciudad, solo porque me atreví a decir que el bebé que llevaba en mi vientre era hijo de él.

Me arrojaron un fajo de billetes de pesos en la cara, en medio del hospital privado más lujoso de la ciudad, solo porque me atreví a decir que el bebé que llevaba en mi vientre era hijo de él.

La mujer que estaba al lado de su madre incluso soltó una risa fría y dijo que yo debía recordar cuál era mi lugar, porque solo era una estudiante pobre que trabajaba en un bar.

Pero justo cuando estaba a punto de firmar el documento donde renunciaba a mi derecho de ser madre, después de que ellos me presionaran durante más de tres horas, el teléfono de aquel hombre se iluminó de repente con un video que hizo cambiar el rostro de toda su familia.

Jamás imaginé que mi vida cambiaría por completo después de una sola noche.

Yo era estudiante de último año de diseño de interiores. Durante el día asistía a clases y por las noches trabajaba en un bar de lujo para pagar el alquiler y los gastos médicos de mi madre, que estaba hospitalizada por una enfermedad cardíaca.

Ya me había acostumbrado a las miradas de desprecio de los clientes.

También me había acostumbrado a que la gente creyera que una chica que trabaja en un bar no puede ser una buena mujer.

Pero yo nunca había vendido mi dignidad.

Aquella noche, el bar organizó una fiesta de cumpleaños para un grupo de clientes VIP. Ese hombre llegó muy tarde. Vestía una camisa negra y se sentó en el rincón más apartado, pero todos los gerentes estaban tensos por su presencia.

Yo solo sabía que era inmensamente rico.

Ridículamente rico.

Mientras llevaba bebidas a una sala privada, un hombre borracho me agarró del brazo. Intentó obligarme a beber y empezó a insultarme con palabras horribles.

Fue él quien se levantó y golpeó al hombre en la cara.

Esa también fue la primera vez que vi claramente su rostro.

Después de aquel incidente, él me sacó de esa habitación caótica. Yo no sabía que alguien había puesto algo en mi bebida. Mi cuerpo empezó a arder y todo se volvió borroso.

A la mañana siguiente desperté en un penthouse desconocido.

Entré en pánico y escapé de inmediato.

Pensé que nunca volveríamos a encontrarnos.

Pero un mes después, el hospital me entregó una prueba de embarazo.

Me quedé sentada en silencio en el pasillo durante casi dos horas.

No tenía dinero.

Tampoco tenía a nadie que me protegiera.

Pensé que tendría a mi bebé en secreto y lo criaría sola.

Hasta que una mujer elegante apareció en mi universidad.

Ella llegó acompañada de dos guardaespaldas y gritó mi nombre frente a todos los estudiantes.

Después me abofeteó.

Fue una bofetada tan fuerte que mis labios empezaron a sangrar.

—¿De verdad crees que una mujer como tú merece entrar en nuestra familia?

Yo temblaba tanto que no podía responder.

Ella me lanzó una fotografía tomada por las cámaras del hotel.

En la imagen aparecía aquel hombre cargándome en brazos hacia el ascensor aquella noche.

—Tú planeaste todo esto para atrapar a mi hijo, ¿verdad?

Intenté explicar que alguien había puesto drogas en mi bebida.

Pero ella no me creyó.

La mujer que estaba a su lado soltó una carcajada.

—Una mesera de bar fingiendo ser inocente. Qué ridícula.

Yo soporté todo en silencio.

Guardé silencio porque mi madre seguía hospitalizada.

Guardé silencio porque no quería que mi bebé creciera rodeado de escándalos.

Pero las cosas no terminaron ahí.

Ellos empezaron a seguirme.

Cancelaron mi beca universitaria.

Incluso el dueño del cuarto que alquilaba quiso echarme en mitad de la noche.

Hace tres días también recibí un sobre sin remitente.

Dentro había un contrato.

Un contrato de maternidad subrogada.

Y en la esquina del documento aparecía la firma de aquel hombre.

Pensé que esa era toda la verdad, pero estaba equivocada.

Porque esta mañana, cuando la madre de él me obligó a ir al hospital para abortar, ese hombre apareció inesperadamente.

Entró en la habitación con una mirada tan fría que daba miedo.

Su madre inmediatamente le tomó del brazo.

—Llegaste justo a tiempo. Haz que firme de una vez.

Él ni siquiera miró a su madre.

Solo me observó a mí durante unos largos segundos.

Después tomó la prueba de ADN que estaba sobre la mesa.

Yo todavía no entendía lo que ocurría cuando su teléfono se iluminó de repente.

Un video comenzó a reproducirse frente a todos.

En el video, la mujer que siempre acompañaba a su madre aparecía poniendo algo dentro de mi bebida aquella noche en el bar.

Y la frase que dijo aquel hombre después dejó a toda la habitación completamente paralizada.

—Ese bebé no solo es mi hijo.

—También es el único heredero de todo el Grupo Rivera.

En el Hospital Ángeles Pedregal, todo el piso VIP quedó en silencio después de las palabras de Alejandro Rivera.

Yo permanecí paralizada junto a la mesa llena de documentos para obligarme a abortar, mientras la madre de Alejandro palidecía hasta el punto de que sus labios comenzaron a temblar.

La mujer que siempre estaba al lado de ella corrió de inmediato para intentar arrebatarle el teléfono a Alejandro.

—¡Ese video es falso! ¡Alguien me está tendiendo una trampa!

Alejandro sujetó su muñeca con frialdad.

—Valeria, ¿de verdad crees que soy tan idiota como para no revisar las grabaciones originales?

Cuando escuché ese nombre, sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.

Valeria.

La misma mujer que había aparecido varias veces junto a la madre de Alejandro.

La misma mujer que siempre me miraba con desprecio.

Y también la misma mujer que acababa de aparecer en el video poniendo algo dentro de mi bebida aquella noche.

La madre de Alejandro giró de inmediato hacia mí.

—¿Ya estás satisfecha? ¿Querías destruir a nuestra familia?

Yo solté una risa amarga.

—La persona que quería matar a este bebé era usted. La persona que me drogó también era alguien de su lado. Entonces, ¿por qué al final la culpable sigo siendo yo?

Ella no alcanzó a responder porque Alejandro golpeó los documentos contra la mesa.

—Basta.

Después miró al médico que estaba temblando en una esquina.

—¿Quién autorizó este aborto?

El médico palideció.

—La señora Rivera fue quien lo ordenó.

Alejandro soltó una sonrisa fría.

—Desde hoy, el Hospital Rivera cancelará todos los contratos de patrocinio con usted.

La madre de Alejandro quedó completamente inmóvil.

En ese momento comprendí que aquel hospital también pertenecía al Grupo Rivera.

Pero lo que más me sorprendió vino después.

Alejandro me tomó de la mano y me sacó de aquella habitación frente a todos.

Me llevó directamente al penthouse privado en la parte más alta del hospital.

La suite era tan enorme que jamás había visto algo parecido.

Yo permanecí cerca de la puerta porque sentía que no pertenecía a un lugar así.

Alejandro me observó durante varios segundos antes de hablar.

—Tu nombre es Camila, ¿verdad?

Yo asentí.

—Lo siento.

Levanté la mirada hacia él.

Era la primera vez que veía a un hombre como él pedir perdón.

Alejandro me contó que aquella noche en el bar él también había sido drogado.

La persona detrás de todo era Valeria.

Ella era hija de uno de los socios más importantes del Grupo Rivera y desde pequeña existía un compromiso secreto entre ambas familias.

Pero Alejandro nunca la había amado.

Siempre se había negado a casarse con ella.

Hasta que ocurrió aquella noche.

Valeria sabía que Alejandro odiaba que intentaran obligarlo a casarse, así que quiso crear un escándalo para que él ya no tuviera salida.

Pero jamás imaginó que la mujer que terminaría en aquella habitación sería yo.

Apreté las manos con fuerza.

—Entonces, ¿usted pensó que yo era una mujer que quería aprovecharse de usted?

Alejandro me sostuvo la mirada.

—Si hubiera pensado eso, hoy no habría venido.

Yo todavía no sabía qué responder cuando el teléfono sobre la mesa se iluminó de repente.

El rostro de Alejandro cambió de inmediato.

Él activó el altavoz.

La voz de un hombre sonó desesperada.

—Joven amo, el señor Rivera acaba de ser hospitalizado. La señora Rivera está llevando abogados a la empresa.

Alejandro se levantó bruscamente.

—Protejan todas las acciones. Nadie puede firmar ningún documento sin mí.

Después de escuchar aquello, entendí que esta historia era mucho más aterradora de lo que imaginaba.

En el camino hacia el Grupo Rivera, en Santa Fe, Alejandro finalmente me contó toda la verdad.

Su abuelo estaba muriendo.

Y según el testamento familiar, el único heredero legítimo debía ser el primer bisnieto con sangre directa de los Rivera.

Si Alejandro no tenía un hijo legítimo, todo el imperio valuado en miles de millones de pesos pasaría a manos de su tío.

Yo lo miré con desconfianza.

—Entonces, ¿por eso quiere proteger a este bebé?

Alejandro guardó silencio unos segundos.

—Al principio sí.

Sentí que el corazón me dolía.

Pero él continuó hablando.

—Sin embargo, cuando revisé las cámaras de aquella noche, entendí que tú también eras una víctima.

—Voy a protegerte a ti y a nuestro hijo.

Yo giré el rostro hacia la ventana.

No sabía si podía confiar en él.

Cuando el automóvil llegó frente a la Torre Rivera, una multitud de periodistas se abalanzó sobre nosotros.

Los flashes iluminaron todo el lugar.

Entonces una voz femenina gritó entre la multitud.

—¡Es ella! ¡Ella sedujo a Alejandro Rivera!

Valeria apareció frente al edificio usando un elegante vestido blanco.

Ella lloraba con los ojos completamente rojos.

—¡Alejandro y yo íbamos a casarnos! ¡Pero ella quedó embarazada para separarnos!

La multitud comenzó a murmurar.

Incluso una mujer lanzó una botella de agua hacia mí.

—¡Aprovechada!

Instintivamente me cubrí el vientre.

Alejandro me abrazó de inmediato.

Después habló con voz helada.

—Si alguien vuelve a tocarla, los demandaré hasta las últimas consecuencias.

Valeria empezó a llorar aún más fuerte.

—Alejandro, ¿de verdad vas a tratarme así por una simple mesera de bar?

Pero justo en ese momento, las puertas principales del edificio se abrieron.

Un anciano de cabello blanco apareció lentamente en silla de ruedas.

Toda la multitud quedó en silencio.

Era el abuelo de Alejandro.

El anciano me observó fijamente.

Después se quitó el anillo de la familia Rivera.

—La única mujer que puede convertirse en la esposa de un Rivera es la que lleva en su vientre a mi bisnieto.

Toda la plaza frente al edificio quedó paralizada.

Valeria gritó desesperada.

—¡Eso es imposible!

La madre de Alejandro acababa de llegar también.

Ella cayó de rodillas junto a la silla de ruedas.

—Padre, no diga locuras. Esa chica no merece entrar a nuestra familia.

Pero el anciano solo la miró con frialdad.

—La que no merece estar aquí eres tú.

Yo pensé que aquello era el mayor shock de mi vida.

Pero estaba equivocada.

Porque esa misma noche, cuando fui llevada a la mansión Rivera en Polanco, una empleada doméstica me entregó un sobre en secreto.

Dentro había una prueba de ADN.

Abrí el sobre y mis manos comenzaron a helarse.

La persona que tenía relación sanguínea con Alejandro… no era el bebé que llevaba en mi vientre.

Era yo.

Todavía no lograba reaccionar cuando escuché detrás de mí la voz fría de la madre de Alejandro.

—Finalmente ya lo descubriste, ¿verdad?

Me giré de inmediato.

Ella cerró la puerta de la habitación.

Luego pronunció lentamente cada palabra:

—Tú no eres una extraña.

—Tú eres la hija que fue intercambiada y expulsada de la familia Rivera hace veintidós años.