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El jefe de la mafia más temido de México se estaba muriendo dentro de una mansión llena de médicos… hasta que la hija de 8 años de una empleada doméstica levantó su almohada y descubrió lo que su prometida escondía allí cada noche.

El jefe de la mafia más temido de México se estaba muriendo dentro de una mansión llena de médicos… hasta que la hija de 8 años de una empleada doméstica levantó su almohada y descubrió lo que su prometida escondía allí cada noche.

Para cuando Alejandro Montemayor comenzó a congelarse debajo de mantas de cachemira valuadas en cientos de miles de pesos, en pleno verano de Monterrey, todos los médicos importantes de México ya habían fracasado con él.

Los trajeron desde Ciudad de México, Guadalajara, Puebla, Houston y Miami.

Especialistas con sonrisas perfectas y relojes más caros que un automóvil.

Expertos en enfermedades extrañas que susurraban en los pasillos de la mansión.

Cardiólogos que revisaban estudios hasta el amanecer.

Toxicólogos que ordenaban análisis con nombres tan complicados que Alejandro dejó de preguntar qué significaban.

Todos llegaban a la enorme residencia en San Pedro Garza García con portafolios elegantes y una seguridad arrogante.

Y todos se iban con el miedo dibujado en el rostro.

Porque cada madrugada, exactamente a las 2:17, el hombre más poderoso y temido del norte de México despertaba temblando violentamente, como si el invierno viviera dentro de sus huesos.

Alejandro Montemayor había sobrevivido a balaceras, traiciones, operativos federales, guerras entre cárteles rivales y socios que le estrechaban la mano mientras planeaban enterrarlo.

Pero no podía sobrevivir al frío.

Ese frío lo consumía desde adentro.

Le congelaba la sangre mientras le quemaba la piel.

La servidumbre de la mansión ya había aprendido a caminar en silencio alrededor de aquella enfermedad. Calentaban toallas. Cambiaban sábanas empapadas en sudor. Llevaban sopas que él apenas probaba. Fingían no notar el temblor de sus manos al levantar un vaso.

Solo una persona parecía no tener miedo.

Valeria Salgado.

Su prometida.

Alta, elegante y perfecta, con una belleza fría capaz de llenar cualquier habitación. Su cabello rubio caía impecable sobre sus hombros y el enorme diamante de compromiso brillaba cada vez que acariciaba la frente de Alejandro mientras murmuraba:

—Todo va a estar bien, amor.

Pero Alejandro había comenzado a odiar aquella frase.

No porque sonara cruel.

Sino porque sonaba demasiado segura.

Esa noche, la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión mientras las luces de Monterrey brillaban borrosas a lo lejos. Alejandro permanecía sentado en su habitación, envuelto en una bata azul marino, observando cómo una enfermera privada retiraba otra bolsa de suero del soporte metálico junto a la cama.

La habitación parecía más una suite médica de lujo que un dormitorio. Máquinas monitoreaban sus signos vitales junto a muebles antiguos y botellas de whisky importado que ya no podía beber. Un calentador eléctrico zumbaba inútilmente contra el frío que lo devoraba.

El doctor Herrera, su médico principal, permanecía junto a la chimenea con el rostro agotado.

—Quiero repetir los estudios —dijo en voz baja.

Alejandro soltó una risa seca.

—Los repetiste ayer.

—Lo sé.

—Y antier.

—También lo sé.

—¿Entonces?

El médico dudó antes de hablar.

—Algo está entrando constantemente en su organismo. Aún no puedo demostrar qué es… pero sus resultados mejoran ligeramente y luego vuelven a empeorar. Como si siguiera expuesto.

Los ojos de Alejandro se endurecieron de inmediato.

Incluso enfermo, seguía teniendo la mirada de un hombre peligroso.

—¿Estás diciendo que alguien me está envenenando?

El silencio llenó la habitación.

Valeria dejó lentamente la taza de porcelana que sostenía.

—Eso es una acusación irresponsable —dijo con una sonrisa fría—. Alejandro tiene enemigos en todo México. Pero todos en esta casa son leales.

Alejandro la observó en silencio.

La mujer con la que debía casarse en apenas seis semanas.

La mujer que había elegido la catedral, los invitados, las flores y la orquesta.

La mujer que dormía junto a él cada noche.

La mujer que besaba su mejilla antes de que comenzaran los escalofríos.

Quería creerle.

Pero algo dentro de él despertaba cada vez que Valeria entraba a la habitación.

Como un instinto antiguo.

Como un animal advirtiéndole peligro.

Antes de responder, alguien tocó la puerta.

La puerta se abrió lentamente y una joven entró cargando toallas limpias.

Se quedó paralizada al notar la tensión del ambiente.

—Perdón, señor Montemayor… la señora Estela me pidió traer esto.

Se llamaba Elena Ramírez.

No se parecía a las otras mujeres de la mansión.

Caminaba como alguien acostumbrada a pedir permiso incluso para respirar. Su uniforme era sencillo y demasiado nuevo sobre su cuerpo delgado. Había sido contratada tres semanas antes como empleada temporal después de que la jefa de personal descubriera que vivía en un refugio junto a su hija.

Alejandro aprobó personalmente su contratación.

No por generosidad.

Sino porque su nombre lo había golpeado como un recuerdo enterrado.

Años atrás, mucho antes de Valeria, antes del dinero limpio y las apariencias elegantes, Alejandro había pasado una sola noche con una mujer humilde del barrio Independencia.

Una mujer amable en una época en la que él ya comenzaba a convertirse en monstruo.

Jamás volvió a verla.

Pero nunca olvidó su rostro.

Y cuando Elena apareció en la mansión… algo dentro de él se estremeció.

Especialmente por Lucía.

La hija de Elena.

Una niña de ocho años que a veces esperaba a su madre en la cocina del servicio, leyendo libros viejos con una gorra de los Sultanes de Monterrey sobre la cabeza.

La primera vez que Alejandro la vio, sintió un golpe brutal en el pecho.

Lucía tenía los ojos de Elena.

Pero la misma mandíbula terca de él.

La misma manera silenciosa de observar una habitación antes de confiar.

La misma mirada desconfiada.

Ahora Elena bajó la cabeza, incómoda.

Valeria la observó como si fuera invisible.

—Puedes retirarte.

Alejandro habló antes de que Elena saliera.

—Elena.

Ella se detuvo.

—¿Tu hija está aquí esta noche?

—Sí, señor… no encontré quién la cuidara.

Valeria sonrió apenas.

—Qué poco profesional.

Pero Alejandro ignoró el comentario.

—Está bien. Que coma algo antes de dormir.

Elena lo miró sorprendida.

—Gracias, señor.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Porque por primera vez en semanas…

Alejandro dejó de sentir frío durante unos segundos.