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Ella solo debía almorzar con un viejo amigo… hasta que el hombre más peligroso de Ciudad de México entró al restaurante, la atrajo hacia él y dejó claro frente a todos que ella le pertenecía.

Ella solo debía almorzar con un viejo amigo… hasta que el hombre más peligroso de Ciudad de México entró al restaurante, la atrajo hacia él y dejó claro frente a todos que ella le pertenecía.

Parte 1

En el instante en que la mano de Lorenzo De la Vega se cerró alrededor del cuello de Daniel Ortega en medio del elegante restaurante Casa Lumière en Polanco, Valeria Montes entendió que la vida tranquila y perfectamente ordenada que había intentado construir ya no existía.

Un segundo antes, estaba sentada frente a un viejo amigo de la universidad, sonriendo con demasiada educación sobre una ensalada que ni siquiera quería comer, fingiendo que el hombre frente a ella pertenecía más a su mundo que aquel otro universo oscuro y peligroso al que había servido durante dos años enteros.

Y al siguiente…

Lorenzo estaba allí.

Traje negro impecable. Corbata ligeramente floja. Mandíbula dura como piedra tallada. Y los ojos clavados en la mano de Daniel, la misma que acababa de sujetar suavemente la muñeca de Valeria.

No con violencia.

No con malas intenciones.

Daniel solo había intentado llevarla hacia la salida después de notar la tensión que acababa de invadir el lugar.

Pero Lorenzo no entendía los gestos inocentes.

Lorenzo De la Vega solo entendía una cosa:

Que alguien había tocado lo que él consideraba suyo.

—Suéltala —dijo con voz baja.

Todo el restaurante quedó en silencio.

Los cubiertos se detuvieron en el aire. Una mesera quedó inmóvil junto a la máquina de espresso. Daniel, alto, nervioso y demasiado decente para comprender el peligro real frente a él, parpadeó confundido.

—Señor De la Vega, yo…

Lorenzo se movió tan rápido que Valeria apenas alcanzó a verlo.

Sujetó a Daniel por el cuello y lo empujó contra la pared de madera oscura junto a la mesa. No lo suficiente para lastimarlo seriamente… pero sí lo suficiente para que cada persona en el restaurante entendiera que el hombre que lo sostenía podía destruirlo si quisiera.

—Lorenzo… —susurró Valeria.

Solo entonces él volteó a verla.

Durante dos años, ella había aprendido a leerlo por pequeños detalles. El silencio antes de la ira. La calma antes de que un negocio saliera mal. La expresión exacta que aparecía en su rostro cuando alguien le mentía creyendo que no lo descubriría.

Pero esto era distinto.

Esto no era negocios.

Era celos.

Celos tan intensos que parecían dolor.

—Dile —murmuró Lorenzo sin apartar la mirada de Daniel.

El corazón de Valeria tropezó dentro de su pecho.

—¿Decirle qué?

—Que tocarte es un error.

Daniel tragó saliva, aterrado.

—Vale, yo no…

—No la llames así.

Las palabras cayeron como una cuchilla.

Valeria se puso de pie lentamente. Sus manos temblaban, aunque no exactamente por miedo. Hacía mucho tiempo que le tenía miedo al mundo de Lorenzo… pero jamás había temido que él pudiera lastimarla.

Y ese era precisamente el problema.

En una vida llena de límites y cuidado, Lorenzo se había convertido en el único peligro en el que ella confiaba.

—Suéltalo —dijo con firmeza.

Durante un segundo eterno nadie se movió.

Luego, los dedos de Lorenzo se aflojaron.

Daniel retrocedió rápidamente, llevándose una mano al cuello.

—Debo irme… mi vuelo… tengo un vuelo.

Tomó su saco, dejó varios billetes sobre la mesa con manos temblorosas y salió casi corriendo del restaurante. La campana sobre la puerta sonó desesperadamente detrás de él.

Valeria miró a Lorenzo.

—Me seguiste.

—Vine a buscarte.

—¿Por qué?

La mandíbula de Lorenzo se tensó. Sus ojos recorrieron la mesa: el plato de pasta abandonado, las copas de agua, la vida normal que Valeria podría haber tenido si hubiera elegido hombres que olían a café de aeropuerto y tranquilidad… en lugar de humo, perfumes caros y ruina.

—No lo sé —admitió finalmente.

Y de alguna manera, aquella honestidad la sacudió más que la violencia.

Su hora de comida había comenzado de forma completamente normal.

A las 11:47 estaba detrás de su escritorio en Grupo De la Vega, organizando llamadas internacionales, moviendo reuniones, acomodando contratos que parecían relacionados con bienes raíces… aunque ambos sabían que había cosas mucho más oscuras escondidas debajo.

La reunión de Lorenzo debía terminar hasta las dos de la tarde.

Ella creyó que tendría una sola hora.

Una hora normal.

Una comida tranquila con Daniel Ortega, su antiguo amigo universitario, quien estaba en Ciudad de México entre vuelos, comprometido con una pediatra y dueño de un golden retriever llamado Pixel.

La gente normal almorzaba con amigos.

La gente normal tenía vidas sencillas.

La gente normal no trabajaba para hombres capaces de destruir familias con una llamada telefónica… y protegerlas con la misma mano.

Ahora Lorenzo estaba frente a ella, respirando como si hubiera atravesado fuego para llegar ahí.

—Lo asustaste —dijo Valeria.

—Te tocó.

—Es mi amigo.

—¿Él sabe quién soy realmente?

—Sabe que diriges una empresa.

Lorenzo soltó una risa seca y peligrosa.

—Eso no responde mi pregunta.

—Es la única respuesta que todos reciben.

Él dio un paso hacia ella.

El calor de su cuerpo robó gran parte de su enojo por un segundo peligroso.

—¿Sabes lo que harían ciertas personas si descubrieran que eres importante para mí?

Las palabras golpearon más fuerte que los celos.

Importante.

Durante dos años, Valeria se había obligado a ser útil, eficiente, invisible e indispensable. Sabía cómo Lorenzo tomaba el café. Qué nombres lograban congelar su voz. Cuándo llevaba días sin dormir. Sabía que odiaba los lirios porque su madre llenó la casa con esas flores después de que su padre desapareció.

Pero jamás imaginó que ella le importara.

—Soy tu asistente —susurró.

—No.

La palabra abrió algo peligroso entre ambos.

Los ojos de Lorenzo recorrieron su rostro lentamente, sin esconder el hambre que llevaba años intentando ocultar.

—Hace mucho tiempo dejaste de ser solo eso.

Valeria sintió que el aire desaparecía.

—No puedes decir eso ahora.

—Lo sé.

—No puedes entrar aquí, aterrorizar a mi amigo y actuar como si yo te perteneciera.

Por primera vez desde que había llegado, algo en Lorenzo cedió. No suavidad… porque hombres como él rara vez eran suaves.

Pero sí dolor.

Como alguien abriendo la mano alrededor de vidrios rotos.

—No me perteneces —dijo finalmente—. Precisamente por eso me alejé de ti durante tanto tiempo.

Valeria soltó una pequeña risa nerviosa.

—¿Tú llamas a esto mantener distancia?

—Yo lo llamo fracasar.

El silencio que siguió fue peor que todas las miradas alrededor.

Todo Casa Lumière observaba discretamente el escándalo. Manteles blancos. Copas brillando bajo la luz dorada. Personas ricas fingiendo no escuchar mientras absorbían cada palabra.

Valeria debería haberse marchado.

Debería haber regresado a la oficina, empacado sus cosas y elegido una vida donde los hombres no amenazaran a otros por ella.

En cambio, escuchó su propia voz preguntando:

—Si realmente te importo… ¿cómo sería eso?

Lorenzo quedó inmóvil.

Cuando respondió, su voz era más grave de lo que ella jamás había escuchado.

—Se vería como yo destruyendo todo lo que construí para mantenerte a salvo.

Dio un paso más hacia ella.

—Se vería como yo siendo lo suficientemente egoísta para quedarme contigo de todos modos.

—Lorenzo…

—Se vería… —levantó lentamente una mano hasta acariciar su mandíbula— …así.

Y entonces la besó.

No fue un beso cuidadoso.

No fue elegante.

Fue el colapso de dos años enteros de silencio contenido.

La mano de Lorenzo se deslizó entre su cabello mientras Valeria lo sujetaba del saco antes de poder fingir que no lo deseaba. Lo besó con todas las noches que pasó ignorando la tensión entre ellos. Con cada roce accidental de manos sobre documentos. Con cada “vete a casa, Valeria” cuando él se quedaba solo en oficinas oscuras hasta el amanecer.

Cuando Lorenzo finalmente se apartó, ella sentía el corazón completamente fuera de control.

La gente seguía mirando.

A Lorenzo no le importó.

—Supongo que eso responde tu pregunta —murmuró.

—Estás loco.

—Probablemente.

—Esto es una pésima idea.

—Definitivamente.

—Todavía trabajo para ti.

—Yo soy dueño de la empresa.

A pesar de todo, Valeria estuvo a punto de sonreír.

—Eso no es tan tranquilizador como crees.

—Nada relacionado conmigo debería tranquilizarte.

Pero la tranquilizaba.

Dios santo… sí la tranquilizaba.

Lorenzo tomó su mano y la condujo fuera del restaurante hacia la brillante tarde de Reforma. Una camioneta negra esperaba junto a la acera. Él despidió al chofer personalmente y abrió la puerta para ella.

Eso por sí solo debió advertirle que el mundo entero acababa de cambiar.

Dentro del vehículo, Lorenzo no arrancó el motor.

Permaneció mirando el tráfico de Ciudad de México como si intentara decidir si estaba dispuesto a incendiar todo por ella.

—Necesitas entender algo —dijo al fin—. Si esto sucede… si te quedas a mi lado… mis enemigos lo notarán. Y no verán romance. Verán un punto débil.

—Sé lo que haces.

Lorenzo giró lentamente la cabeza.

—¿Y qué crees que hago exactamente?

Valeria sostuvo su mirada.

—Creo que Grupo De la Vega es suficientemente limpio para los periódicos… y suficientemente oscuro para que hombres como Arturo Salcedo contesten tus llamadas a las tres de la mañana. Creo que algunos contratos internacionales no tienen nada que ver con bienes raíces. Y creo… —tragó saliva— …que me quedé a tu lado aun sabiendo eso.

Durante largos segundos él no dijo nada.

—¿Por qué?

Porque contigo me siento viva.

Eso fue lo que quiso responder.

Pero solo susurró:

—Porque la seguridad jamás me ha amado de vuelta.

Algo feroz cruzó los ojos de Lorenzo.

Aquella noche, un vestido llegó a su departamento en Santa Fe dentro de una caja negra.

Seda color esmeralda profundo.

Aretes de diamantes.

Y una nota escrita a mano.

“Úsalos. Son mis colores.”

A las 6:55 él llamó.

—El auto está abajo. Esta es tu última oportunidad para arrepentirte.

Valeria se observó en el espejo.

El vestido parecía hecho exactamente para su cuerpo.

Como si Lorenzo la hubiera memorizado.

Tal vez lo había hecho.

—No voy a cambiar de opinión.

El silencio al otro lado duró un segundo.

Luego él respiró lentamente.

—Entonces baja.**

El automóvil negro avanzó lentamente por Paseo de la Reforma mientras la lluvia comenzaba a caer sobre Ciudad de México como una advertencia silenciosa.

Dentro del vehículo, Valeria apenas podía respirar.

Lorenzo conducía en absoluto silencio. Una mano descansaba sobre el volante y la otra permanecía relajada cerca de la palanca de cambios, pero ella sabía leerlo demasiado bien para dejarse engañar por aquella calma.

Estaba tenso.

Peligrosamente tenso.

Las luces de la ciudad se reflejaban sobre su rostro duro mientras atravesaban avenidas cubiertas de neón, restaurantes exclusivos y hoteles llenos de personas normales que jamás imaginarían el tipo de hombres que gobernaban realmente aquella ciudad desde las sombras.

—¿A dónde vamos? —preguntó finalmente.

—A una fiesta.

Valeria soltó una pequeña risa nerviosa.

—Eso no sonó tranquilizador.

—No debía sonar tranquilizador.

Ella volteó hacia la ventana.

—¿Va a estar Arturo Salcedo allí?

Los dedos de Lorenzo se endurecieron apenas sobre el volante.

—Sí.

—Entonces esto no es solo una fiesta.

—No.

El silencio volvió a caer entre ellos.

Valeria conocía el nombre de Arturo Salcedo desde hacía más de un año. Nadie pronunciaba ese apellido dentro de Grupo De la Vega sin bajar la voz. Oficialmente era un inversionista internacional. Extraoficialmente… era uno de los hombres más peligrosos del país.

Y Lorenzo lo odiaba.

No con la ira explosiva de los hombres impulsivos.

Peor.

Lo odiaba con paciencia.

Con la clase de odio que espera años enteros para destruir a alguien.

El vehículo se detuvo frente al Hotel Imperial, uno de los edificios más lujosos de Polanco. Cámaras, periodistas y empresarios llenaban la entrada principal bajo enormes luces doradas.

La lluvia caía sobre el pavimento brillante mientras Lorenzo descendía primero y luego abría la puerta para ella.

En el instante en que Valeria salió del auto, los flashes comenzaron.

—Mírame —murmuró Lorenzo cerca de su oído—. No a ellos.

Ella levantó la vista hacia él.

Error.

Porque Lorenzo se veía devastador.

El tuxedo negro abrazaba perfectamente su cuerpo alto y peligroso. La lluvia había humedecido ligeramente su cabello oscuro y sus ojos parecían todavía más intensos bajo las luces del hotel.

Un hombre así no entraba a una habitación.

La conquistaba.

Su mano se deslizó hacia la cintura de Valeria mientras avanzaban hacia la entrada.

Y entonces ella comenzó a notar algo extraño.

Todos observaban a Lorenzo.

Pero algunos… la observaban a ella.

Con sorpresa.

Con tensión.

Con miedo.

Como si el hecho de verla junto a él hubiera cambiado algo importante.

Dentro del salón principal, la música de cuerdas llenaba el ambiente elegante. Empresarios, políticos, modelos y celebridades fingían disfrutar la noche mientras hombres armados vigilaban discretamente desde las esquinas.

Valeria sintió la mano de Lorenzo en la parte baja de su espalda.

Protectora.

Posesiva.

Peligrosa.

—No te separes de mí esta noche —dijo él en voz baja.

—Eso tampoco sonó tranquilizador.

—Porque tampoco debía sonar así.

Antes de que ella pudiera responder, una voz femenina atravesó el salón.

—Bueno… ahora entiendo por qué desapareciste toda la semana.

Valeria levantó la vista.

Una mujer espectacular caminaba hacia ellos.

Alta. Elegante. Vestido rojo intenso. Diamantes brillando en su cuello. El tipo de belleza fría que hacía que toda una habitación volteara a mirarla.

Pero lo peor no fue eso.

Lo peor fue la forma en que Lorenzo se quedó inmóvil.

—Camila —dijo él.

Valeria sintió un golpe extraño en el pecho.

Camila Salcedo.

La hija de Arturo.

La mujer que todos los periódicos llevaban años intentando casar con Lorenzo De la Vega.

Camila sonrió lentamente mientras observaba a Valeria de arriba abajo.

—Así que ella es la razón.

Lorenzo dio un paso apenas perceptible hacia adelante, colocándose ligeramente frente a Valeria.

—No hagas esto.

—¿Hacer qué? —preguntó Camila con falsa inocencia—. Solo vine a conocer a la mujer que logró lo imposible.

Sus ojos regresaron hacia Valeria.

—Lorenzo nunca trae mujeres a eventos públicos.

Aquello hizo que el salón entero pareciera quedarse más silencioso.

Camila inclinó apenas la cabeza.

—Debes sentirte especial.

Valeria sostuvo su mirada.

—No necesito que nadie me diga lo que soy para él.

Por primera vez, algo parecido a sorpresa cruzó el rostro de Camila.

Y Lorenzo…

Lorenzo sonrió apenas.

Una sonrisa pequeña y peligrosa que casi nunca mostraba.

—Te advertí que no hicieras esto —le dijo a Camila.

Ella ignoró el comentario.

—¿Sabes quién soy?

—La hija de un hombre que Lorenzo desprecia.

La tensión explotó instantáneamente alrededor.

Varios invitados dejaron de hablar.

Algunos incluso retrocedieron discretamente.

Camila soltó una risa suave.

—Tienes más valor del que esperaba.

—O menos instinto de supervivencia —respondió Valeria.

Lorenzo la observó por un segundo con algo cercano al orgullo.

Eso solo empeoró las cosas.

Camila notó aquella mirada.

Y algo oscuro apareció en sus ojos.

—Ten cuidado, Valeria —dijo finalmente—. Los hombres como Lorenzo no aman de forma normal.

La mano de Lorenzo se endureció sobre la cintura de Valeria.

—Basta.

Camila lo miró fijamente.

—¿La amas?

El salón entero quedó congelado.

Valeria sintió cómo el corazón se detenía dentro de su pecho.

Porque Lorenzo jamás respondía preguntas emocionales.

Jamás.

Pero entonces él habló.

Y destruyó completamente la noche.

—Sí.

Ni una duda.

Ni una pausa.

Sí.

Camila palideció apenas.

Valeria dejó de respirar.

Y Lorenzo, sin apartar la mirada de nadie en aquella sala, atrajo a Valeria contra su cuerpo y añadió con una calma aterradora:

—Así que será mejor que todos entiendan algo esta noche.

Sus ojos recorrieron lentamente el salón.

Políticos.

Empresarios.

Enemigos.

Periodistas.

Todos.

—Si alguien la toca… si alguien la amenaza… si alguien siquiera pronuncia su nombre para usarla contra mí…

La sonrisa de Lorenzo desapareció completamente.

—Voy a incendiar este maldito país para encontrarlos.

El silencio fue absoluto.

Incluso Camila perdió el color del rostro.

Y entonces ocurrió.

Un disparo.

El sonido explotó desde el piso superior del hotel.

La música se detuvo.

La gente comenzó a gritar.

Guardias armados aparecieron de inmediato.

Y Lorenzo reaccionó más rápido que todos.

Sujetó a Valeria violentamente contra su pecho y la cubrió con su cuerpo mientras otro disparo destrozaba una copa cerca de ellos.

—¡Lorenzo! —gritó ella.

—No me sueltes.

Los invitados corrían aterrados. Cristales cayendo. Mujeres gritando. Seguridad sacando armas.

Pero Lorenzo no miraba el caos.

Miraba el balcón del segundo piso.

Con una furia que Valeria jamás había visto.

Porque alguien acababa de cruzar una línea imposible.

Habían disparado mientras ella estaba a su lado.

Y en el mundo de Lorenzo De la Vega…

Eso era una sentencia de muerte.