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Ella Susurró Que Nunca Había Recibido un Beso… Entonces el Hombre Más Poderoso de Ciudad de México Hizo Lo Que Nadie Esperaba

Ella Susurró Que Nunca Había Recibido un Beso… Entonces el Hombre Más Poderoso de Ciudad de México Hizo Lo Que Nadie Esperaba

Parte 1

—Nunca me han besado.

Las palabras escaparon de los labios de Valeria Mendoza antes de que el miedo pudiera obligarla a tragárselas.

Un segundo antes, Alejandro Ferrer había estado tan cerca que ella podía sentir el calor de su cuerpo, tan cerca que su mano descansaba sobre su mejilla, tan cerca que toda la inmensa Ciudad de México parecía haber desaparecido detrás de los ventanales de cristal de su exclusivo penthouse en Polanco.

Alejandro era el tipo de hombre del que la gente hablaba en voz baja.

El tipo de hombre cuyo nombre podía vaciar una habitación.

El tipo de hombre que jamás repetía una orden.

Y ahora se había quedado completamente inmóvil.

Su mano se congeló sobre el rostro de Valeria.

Sus ojos oscuros, ya de por sí intimidantes, se afilaron como una navaja bajo la luz.

El corazón de Valeria golpeó con fuerza contra sus costillas.

No debería haber venido allí a medianoche.

No debería haber bajado del elevador cuando encontró vacío el puesto de seguridad.

No debería haber entrado en la oficina privada de Alejandro Ferrer, dueño de hoteles de lujo, constructoras, cadenas de restaurantes y centros logísticos por todo México.

Y, sobre todo, no debería haberle dicho la verdad.

Durante un instante interminable, pensó que acababa de cometer el peor error de su vida.

Entonces el pulgar de Alejandro acarició suavemente su mejilla.

Con tanta delicadeza que casi le rompió el alma.

Sus labios se curvaron.

No en la sonrisa fría y despiadada de la que hablaban los programas de espectáculos.

Sino en algo más lento.

Más suave.

Casi triste.

—Entonces iremos despacio —dijo.

Valeria olvidó cómo respirar.

Porque nada en Alejandro Ferrer parecía capaz de ir despacio.

Había una pequeña mancha de sangre en el cuello de su camisa blanca.

No la suficiente para parecer un accidente.

Sí la suficiente para confirmar que algo extraño había ocurrido aquella noche.

Para explicarle por qué el pasillo vacío le había provocado escalofríos.

Por qué el ascensor había parecido una advertencia.

Por qué cada parte sensata de ella le había suplicado que se marchara.

Pero Valeria Mendoza llevaba veintiséis años ignorando advertencias.

Las advertencias no pagaban la renta.

Las advertencias no cubrían los recibos vencidos de luz de su madre.

Las advertencias no evitaban que una empresa de catering despidiera empleados por un simple error administrativo.

Por eso había ido.

Con apenas unos cuantos pesos en su cuenta bancaria.

Con restos de harina todavía pegados bajo una uña.

Y con un sobre tan apretado entre las manos que ya estaba doblado por las esquinas.

Alejandro la observó.

Y por primera vez desde que había entrado en aquella oficina, Valeria comprendió algo.

Él no la estaba tocando como un hombre que reclama algo que le pertenece.

La estaba tocando como un hombre que teme romper algo frágil.

—Debería irme —susurró ella.

—Deberías.

Pero él no se apartó.

Y ella tampoco.

La oficina era enorme.

Madera oscura, cuero italiano y paredes de cristal.

Más allá de los ventanales, las luces de Paseo de la Reforma brillaban bajo el cielo nocturno de la capital.

La ciudad parecía infinita.

El aire olía ligeramente a whisky, lluvia y humo.

Alejandro Ferrer olía a peligro disfrazado de perfume caro.

—¿Viniste sola? —preguntó él.

—Pensé que habría seguridad abajo.

—No la había.

—Ya me di cuenta.

Los ojos de Alejandro se estrecharon.

—Y aun así subiste.

Valeria tragó saliva.

—Mi jefa dijo que si esta factura no se entregaba hoy mismo, me descontaría el salario.

—¿Tu jefa te envió aquí a medianoche?

—No me envió. Me gritó. Hay diferencia.

Durante una fracción de segundo, Alejandro pareció divertido.

—¿Cómo se llama tu jefa?

El estómago de Valeria se encogió.

—No. Por favor.

—¿No?

—No haga lo que está pensando.

—¿Y qué estoy pensando?

—Que alguien merece ser castigado porque yo tuve miedo.

La expresión de Alejandro cambió.

Ahí estaba otra vez.

Ese silencio controlado.

Esa calma aterradora que vuelve peligrosos a los hombres poderosos.

La observó como si ella fuera la persona más extraña que hubiera conocido.

—¿Defiendes a quienes te fallan?

Valeria soltó una breve risa amarga.

—Si no lo hiciera, no me quedaría nadie.

La oficina quedó en silencio.

Los ojos de Alejandro recorrieron lentamente su rostro.

Las ojeras.

El abrigo económico.

El uniforme de catering debajo.

Los zapatos reparados varias veces porque comprar unos nuevos significaba dejar de comprar comida.

—¿Cómo te llamas?

—Valeria.

—¿Valeria qué?

—Mendoza.

Él repitió su nombre en voz baja.

Como si quisiera guardarlo en algún lugar privado.

—Valeria Mendoza.

Ella odiaba cómo sonaba su nombre en la voz de aquel hombre.

Y al mismo tiempo le encantaba.

Finalmente, Alejandro dio un paso atrás.

El aire frío se coló entre ambos.

Valeria recordó el sobre que llevaba y se lo extendió.

—La factura de Sabores del Sol Catering. Es por la gala benéfica del Hospital Infantil del mes pasado. Yo preparé los postres.

—Lo sé.

La mano de Valeria tembló.

—¿Lo sabe?

—Te vi discutir con el chef sobre la cantidad correcta de ralladura de naranja.

Ella parpadeó.

—¿Me vio?

—Siempre observo.

Claro que sí.

Hombres como Alejandro Ferrer sobrevivían observándolo todo.

Tomó el sobre sin abrirlo.

Luego caminó hasta su escritorio.

Sacó una chequera.

Y escribió con movimientos rápidos y seguros.

Cuando deslizó el cheque hacia ella, Valeria bajó la mirada.

Y casi dejó de respirar.

—Es demasiado dinero.

—Incluye la propina.

—Esto es una locura.

—Tus postres lo valen.

—Ningún postre vale tanto.

—Los tuyos sí.

Valeria levantó la vista.

Alejandro la observaba con una leve sonrisa.

No era exactamente amable.

No era exactamente segura.

Pero sí mucho más cálida que antes.

En ese instante, Valeria supo que debía marcharse inmediatamente.

Sin embargo, permaneció allí.

Con un cheque capaz de pagar la renta atrasada.

Las cuentas de su madre.

Y la reparación del viejo Nissan que llevaba semanas amenazando con dejar de funcionar.

Entonces Alejandro se reclinó en su silla.

Y dijo algo que golpeó más fuerte que cualquier amenaza.

—Cena conmigo mañana.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Qué…? Continuará.**

Valeria sintió que el mundo entero se detenía.

—¿Qué…? —susurró.

Alejandro Ferrer no repitió la invitación.

Simplemente la observó desde detrás de su escritorio, como si ya supiera que ella estaba buscando una razón para decir que no.

Y tenía muchas.

Los hombres como él no invitaban a cenar a mujeres como ella.

Los hombres como él salían con actrices, modelos e hijas de empresarios.

No con una pastelera que apenas podía pagar el alquiler.

—Creo que me está confundiendo con alguien más —dijo finalmente.

—No me equivoco cuando se trata de personas.

—Yo diría que sí.

—¿Por qué?

Valeria levantó el cheque.

—Porque esto es caridad.

Los ojos de Alejandro se endurecieron.

—No hago caridad.

—Entonces, ¿qué hace?

—Reconozco el talento cuando lo veo.

Ella soltó una pequeña risa nerviosa.

—Son solo postres.

—No estoy hablando de los postres.

El silencio que siguió fue tan intenso que Valeria sintió calor en las mejillas.

Una parte de ella quería salir corriendo.

Otra quería quedarse.

Y eso era lo que más miedo le daba.


A la mañana siguiente, Valeria despertó convencida de que todo había sido un sueño extraño.

Hasta que vio el cheque sobre la mesa de la cocina.

Su madre casi dejó caer la taza de café cuando vio la cantidad.

—¿Robaste un banco?

—Ojalá.

—Entonces explícame esto.

Valeria inventó una excusa.

No mencionó a Alejandro.

No mencionó la invitación.

Pero durante todo el día fue incapaz de pensar en otra cosa.

Y a las siete de la noche estaba parada frente a un elegante restaurante en Polanco preguntándose si había perdido la razón.

Un automóvil negro se detuvo frente a ella.

Un chofer abrió la puerta.

—Señorita Mendoza.

Su corazón se aceleró.


La cena no fue lo que esperaba.

Alejandro no habló de negocios.

No habló de dinero.

Ni de poder.

Le preguntó sobre su infancia.

Sobre su madre.

Sobre sus sueños.

Y cuando Valeria confesó que alguna vez había querido abrir una pequeña panadería propia, él escuchó como si estuviera hablando del proyecto más importante del mundo.

Nadie había hecho eso antes.

Nadie.

Cuando terminó la noche, Alejandro la acompañó hasta la puerta de su edificio.

No intentó besarla.

No intentó tocarla.

Solo dijo:

—Buenas noches, Valeria.

Y se marchó.

Por primera vez en años, ella sonrió antes de quedarse dormida.


Tres meses después, estaban enamorados.

O al menos Valeria lo estaba.

Y eso la aterraba.

Porque también había descubierto algo.

Alejandro tenía enemigos.

Muchos.

Hombres poderosos.

Políticos.

Empresarios.

Personas que sonreían en público y destruían vidas en privado.

Una noche, mientras Alejandro estaba fuera de la ciudad, Valeria recibió una llamada.

—Aléjate de él.

La voz era masculina.

Desconocida.

—¿Quién habla?

—Si quieres que tu madre siga viva, termina esa relación.

La llamada se cortó.

Valeria quedó paralizada.

Durante horas intentó convencerse de que era una broma.

Hasta que llegó a casa de su madre.

Y encontró la puerta abierta.

Los cajones vaciados.

Las fotografías familiares rotas.

Y una nota sobre la mesa.

“ALEJANDRO FERRER NO ES QUIEN CREES.”


Aquella misma noche enfrentó a Alejandro.

—Necesito que me digas la verdad.

Él la observó en silencio.

—¿Sobre qué?

—Sobre todo.

Por primera vez desde que lo conocía, vio dolor en sus ojos.

Un dolor real.

Profundo.

—La verdad puede hacer que me odies.

—Pruébame.

Alejandro permaneció callado varios segundos.

Después abrió una caja fuerte oculta detrás de una pintura.

Sacó una carpeta.

Y la colocó frente a ella.

Valeria abrió el expediente.

Lo que encontró dentro hizo que se le cortara la respiración.

Actas de nacimiento.

Fotografías antiguas.

Informes médicos.

Documentos de adopción.

Y una fotografía de una mujer joven idéntica a ella.

La misma sonrisa.

Los mismos ojos.

El mismo rostro.

—¿Quién es ella? —preguntó con voz temblorosa.

Alejandro tragó saliva.

—Tu hermana.

Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No tengo ninguna hermana.

—Eso es lo que te hicieron creer.

—¿Qué estás diciendo?

Alejandro respiró profundamente.

—Tu madre no es tu madre biológica.

El mundo se detuvo.

—No…

—Hace veintiséis años, dos recién nacidas fueron separadas después de un escándalo que involucró a una de las familias más poderosas de México.

Valeria retrocedió.

—Estás mintiendo.

—Ojalá lo estuviera.

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

—¿Cómo sabes todo esto?

Alejandro cerró los ojos.

Y cuando volvió a abrirlos, ella vio algo que jamás había visto en él.

Miedo.

—Porque la otra niña era mi hermana.

Valeria quedó inmóvil.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—La niña que aparece en esa fotografía era mi hermana menor.

La que desapareció hace veintiséis años.

La que mi familia buscó durante décadas.

Valeria sintió que el corazón dejaba de latir.

—Entonces…

Alejandro bajó la mirada.

—La noche que te vi discutir con aquel chef no me fijé en ti por casualidad.

—No…

—Te reconocí por una marca de nacimiento que aparece en los expedientes.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

—¿Me estabas investigando?

—Sí.

—¿Desde el principio?

—Sí.

La verdad explotó entre ambos.

Todo el amor.

Toda la confianza.

Todas las emociones.

Todo quedó suspendido.

—Entonces nunca fue una coincidencia —susurró ella.

Alejandro parecía destrozado.

—No.

—¿Y cuándo ibas a decirme la verdad?

—Cuando estuviera seguro.

—¿Seguro de qué?

Él dio un paso hacia ella.

—De que te amaba por quien eres y no por quien resultaras ser.

Valeria rompió a llorar.

Porque por primera vez comprendió algo.

Alejandro no había aparecido en su vida buscando una novia.

Había aparecido buscando respuestas.

Pero en algún momento del camino se había enamorado.

Y ahora ambos estaban atrapados entre el amor y una verdad capaz de destruirlo todo.

Sin embargo, lo que ninguno de los dos sabía era que la mayor sorpresa aún estaba por llegar.

Porque la mujer que Valeria había llamado “mamá” durante toda su vida acababa de desaparecer.

Y horas antes de hacerlo había dejado una carta.

Una carta que comenzaba con una sola frase:

“Perdóname, hija. Todo lo que te conté sobre tu nacimiento fue una mentira…”