Atrás de mí, algo respiró.
No era una respiración de adulto.
Era chiquita.
Mojada.
Como cuando un niño llora tanto que ya no le queda aire y solo le brinca el pecho.
Quise voltear.
Juro por mi madre que quise.
Pero la voz de Rebeca todavía me estaba raspando por dentro.
“No voltees.”
Así que me quedé viendo el tinaco.
Viendo la tapa negra.
Viendo el alambre oxidado moverse despacito, como si algo adentro lo estuviera desenredando con paciencia.
—¿Emiliano? —se me salió.
La respiración detrás de mí se detuvo.
La azotea completa quedó muda.
Ni perros.
Ni carros.
Ni el zumbido del foco.
Nada.
Luego sentí algo frío tocarme la pantorrilla.
Bajé la mirada sin mover el cuello.
Una manita.
Pequeña.
Morada.
Con las uñas levantadas.
Me estaba agarrando el pants.
No grité.
No porque fuera valiente.
Porque el miedo me cerró la garganta como si alguien me hubiera metido un trapo mojado hasta el fondo.
La manita apretó.
Y una voz, pegada a mi espalda, susurró:
—No soy yo.
Sentí que las rodillas se me doblaban.
—¿Quién eres? —pregunté apenas.
La voz volvió, pero ahora sonó como muchas voces hablando al mismo tiempo debajo del agua.
—Los que faltan.
Entonces el celular vibró en mi mano.
Otro audio.
Esta vez no decía “Rebe 2A”.
Decía:
“Mamá”.
Mi mamá llevaba muerta nueve años.
Solté el teléfono.
Cayó boca arriba sobre el cemento.
La pantalla se iluminó sola.
El audio empezó.
Primero se oyó una canción.
Una canción de cuna.
La misma que mi mamá me cantaba cuando era niño y me daba miedo dormir solo.
Después, su voz:
—Mijo… no le abras al agua.
El tinaco golpeó.
¡PUM!
La tapa brincó.
El alambre se tensó.
La manita soltó mi pants.
Y ahí sí corrí.
No sé cómo llegué a las escaleras sin voltear.
Bajé de dos en dos, resbalándome, pegándome en la pared, sintiendo que detrás de mí algo venía arrastrando los pies mojados.
Ras.
Ras.
Ras.
Como plantas descalzas sobre cemento.
Al llegar al segundo piso, toqué la primera puerta que vi.
El 2B.
Don Chema.
Un viejo que vendía discos pirata y dormía con un machete debajo de la cama.
—¡Don Chema! ¡Abra! ¡Abra, por favor!
Nadie contestó.
Toqué más fuerte.
—¡Abra, carajo!
Desde adentro, su voz salió apagada:
—¿Quién es?
—¡Soy Mateo! ¡El del 4C!
Silencio.
Luego pasos lentos.
La mirilla se oscureció.
—No puedo abrirte —dijo.
—¿Qué?
—Rebeca dijo que no le abriera a nadie que bajara mojado.
Me miré.
Tenía las piernas empapadas.
No de lluvia.
No de la cobija.
De agua negra.
El pants chorreaba como si me hubiera metido hasta la cintura en una cisterna.
—Don Chema, por favor…
Su voz tembló.
—También me mandó audio.
La sangre se me bajó a los pies.
—¿Cuándo?
—A las dos diecisiete.
Todas las puertas del pasillo empezaron a abrirse apenas.
Una rendija.
Un ojo.
Una cadena puesta.
La vecindad estaba despierta.
Todos habían escuchado.
Todos habían recibido algo.
Doña Meche, la del 3A, lloraba detrás de su puerta.
—Me habló mi hijo —dijo—. Mi hijo está en Estados Unidos, Mateo… pero me habló con voz de niño.
La señora Lupita rezaba con un rosario.
El Chino, que nunca creía en nada, estaba sentado en el escalón con una pistola en la mano, blanco como papel.
—A mí me habló mi papá —murmuró—. Me dijo que el tinaco no estaba lleno de agua.
Desde arriba llegó un golpe.
¡PUM!
Luego otro.
¡PUM!
Y después, un sonido que jamás voy a olvidar.
Risas.
Risas de niños.
Muchas.
Chiquitas.
Alegres.
Pero ahogadas.
Como si se estuvieran riendo con la boca llena de lodo.
Doña Meche gritó y cerró la puerta.
Yo bajé hasta el patio central.
La vecindad olía peor ahí.
El olor bajaba por las tuberías.
Agua podrida.
Óxido.
Carne dulce.
Y algo más.
Algo viejo.
En medio del patio estaba la hermana de Rebeca.
La que había llorado por compromiso en el entierro.
Se llamaba Norma.
Traía una bata rosa, chanclas y el cabello revuelto.
En la mano llevaba el celular de Rebeca.
No una llamada.
No un mensaje.
El celular físico.
El mismo que debía estar apagado, perdido, guardado con sus cosas.
—¿De dónde sacó eso? —le pregunté.
Norma levantó la cara.
Tenía los ojos hinchados, pero no de llorar.
De no dormir en años.
—Estaba en mi buró —dijo—. Sonó solito.
El teléfono vibró.
Todos los que estábamos en el patio retrocedimos.
Norma miró la pantalla.
—Es ella.
—No conteste —dijo don Chema desde las escaleras.
Norma contestó.
Puso el altavoz.
Al principio solo se oyó agua goteando.
Luego Rebeca.
Pero ya no sonaba muerta.
Sonaba despierta.
—Norma.
La hermana se tapó la boca.
—Rebe…
—Diles que no destapen el tinaco.
—¿Qué hiciste, Rebeca? —sollozó Norma—. ¿Qué hiciste con Emiliano?
La estática crujió.
Y cuando Rebeca volvió a hablar, su voz ya no era súplica.
Era rabia.
—Yo no lo dejé ahí.
Norma dejó de llorar.
—No…
—Tú sí.
El patio se quedó congelado.
Norma bajó el celular despacio.
Todos la miramos.
La señora Lupita se persignó.
—¿Qué está diciendo?
Norma empezó a negar con la cabeza.
—No. No. No fue así.
El celular habló otra vez, aunque Norma ya no lo tenía en la oreja.
—Emiliano vio algo que no debía.
La pantalla parpadeó.
De pronto ya no era solo audio.
Era video.
Se veía la azotea.
Pero no la de ahora.
La de hace cuatro años.
Llovía.
El foco amarillo se movía con el viento.
Emiliano aparecía en la imagen, flaco, con una playera de dinosaurios, parado junto al tinaco negro.
—¿Tía? —decía el niño—. ¿Por qué le estás echando eso al agua?
La cámara temblaba.
No veíamos quién grababa.
Pero sí escuchábamos a Norma.
Más joven.
Más dura.
—Vete para abajo, Emiliano.
—Le voy a decir a mi mamá.
Entonces apareció otra sombra.
Un hombre.
El marido de Norma.
Rogelio.
El que se había ido de la vecindad una semana después de que desapareció el niño.
El que todos creímos que se había largado por deudas.
Rogelio agarró a Emiliano del brazo.
El niño gritó.
—¡Suéltame!
Norma dijo:
—Cállalo. Nos va a meter en problemas.
El video se cortó justo cuando Rogelio levantó al niño.
Norma cayó de rodillas.
—Yo no quería… yo no quería…
El Chino levantó la pistola.
—¿Qué le hicieron?
Norma lloraba con las manos en el piso.
—Rogelio robaba gasolina. La guardaba en tambos. Esa noche estaba mezclando químicos para borrar el olor. Emiliano nos vio. Dijo que le iba a contar a Rebeca. Rogelio se asustó. Solo quería encerrarlo un rato. Solo un rato.
—¿En el tinaco? —pregunté, sintiendo náuseas.
Norma me miró.
Y en su cara vi la verdad antes de que hablara.
—El tinaco estaba vacío.
Arriba, algo golpeó otra vez.
¡PUM!
Norma gritó.
—¡Yo le dije que lo sacara! ¡Se lo dije! Pero llegó la policía por otro asunto, todos salimos corriendo, y cuando volvimos… cuando volvimos ya no lloraba.
Doña Lupita se tapó los oídos.
—Jesús bendito…
—Rogelio dijo que si hablábamos, nos metían a todos. Que yo también iba presa. Que Rebeca nunca me iba a perdonar. Que era mejor decir que el papá se lo llevó.
—¿Y Rebeca? —pregunté.
Norma se limpió la nariz con la manga.
—Ella lo supo.
Nadie respiró.
—¿Cuándo?
Norma miró el celular de su hermana.
—Desde el primer mes.
Sentí que el corazón se me hundía.
—Por eso subía todas las noches.
Norma asintió.
—Encontró un zapato atorado detrás del tinaco. Me lo enseñó. Me preguntó si yo sabía algo. Yo le juré que no. Esa noche me dijo que iba a destaparlo.
—¿Y?
Norma cerró los ojos.
—Rogelio ya había regresado. La amenazó. Le dijo que si abría el tinaco, iba a desaparecer a otros niños de la vecindad. Rebeca dejó de hablar. Pero siguió subiendo. Todas las noches. Como si esperara que Emiliano le contestara.
El celular vibró de nuevo.
La voz de Rebeca salió suave.
—Sí me contestaba.
La escalera del fondo empezó a gotear.
Primero poquito.
Luego chorros.
Agua negra bajando de la azotea, escalón por escalón.
Pero no caía normal.
Se arrastraba.
Como si buscara pies.
Doña Meche gritó desde arriba:
—¡Está entrando por las coladeras!
Las puertas se abrieron.
Vecinos corriendo.
Niños llorando.
Gente cargando bolsas, santos, cobijas.
Pero la puerta principal de la vecindad, esa reja azul que siempre estaba abierta, se cerró de golpe.
¡CLANG!
El candado cayó solo.
Encerrados.
El patio se llenó de gritos.
Norma se arrastró hacia la escalera.
—¡Rebeca! ¡Perdóname!
El agua negra llegó hasta el primer piso.
Y entonces vimos las huellas.
No una.
No dos.
Decenas.
Huellitas mojadas bajando por las paredes, por los escalones, por los barandales.
Niños.
Muchos niños.
Algunos de la vecindad.
Otros no.
Huellas de tamaños distintos.
De años distintos.
Como si ese tinaco no hubiera guardado solo a Emiliano.
Como si hubiera sido boca.
Como si hubiera tragado durante mucho tiempo.
El Chino disparó hacia arriba.
El balazo reventó una lámpara.
La oscuridad cayó en pedazos.
Y en la penumbra, desde el descanso del segundo piso, apareció Emiliano.
O lo que quedaba de él.
Tenía seis años todavía.
La misma playera de dinosaurios pegada al cuerpo.
La piel inflada.
Los ojos negros, llenos de agua.
La boca abierta, pero no para gritar.
Para dejar salir un hilito oscuro que le bajaba por la barbilla.
Norma lo vio y se orinó encima.
—Emi…
El niño ladeó la cabeza.
—Mi mamá ya se cansó de esperar.
Detrás de él apareció Rebeca.
Con la bata gris.
El pelo suelto.
La cara pálida de muerta reciente.
Pero sus ojos…
Sus ojos estaban vivos de dolor.
No miró a nadie.
Solo a Norma.
—Te pedí una cosa, hermana —dijo—. Una sola. Que no me mintieras con mi hijo.
Norma empezó a golpearse el pecho.
—Perdóname, Rebe. Perdóname. Yo tenía miedo.
Rebeca bajó un escalón.
El agua subió hasta nuestros tobillos.
Estaba helada.
—Yo también tenía miedo.
Bajó otro.
—Pero lo busqué.
Otro.
—Lo lloré.
Otro.
—Lo escuché rascar cuatro años.
Norma gritó:
—¡Rogelio fue! ¡Él lo metió! ¡Él lo mató!
Rebeca sonrió.
Una sonrisa triste.
—Rogelio ya está en el tinaco.
El celular de Norma se iluminó.
Una foto apareció en la pantalla.
Rogelio.
Dentro del tinaco.
Con la boca abierta, los ojos arrancados y las manos pegadas a las paredes negras, como si hubiera intentado salir durante días.
Norma vomitó.
Rebeca llegó al patio.
El agua le cubría los pies, pero su bata no se mojaba.
Emiliano caminaba a su lado, tomado de su mano.
Por un segundo parecieron normales.
Una madre y su hijo bajando por pan.
Una vecina y su niño.
Una vida que les quitaron.
Rebeca me miró.
Sentí que me atravesaba.
—Mateo.
—Sí —dije, llorando sin darme cuenta.
—Tú sí escuchaste.
No supe qué contestar.
Ella señaló la puerta principal.
El candado cayó al piso.
—Saca a los niños.
Nadie se movió.
Rebeca levantó la voz.
—¡Ahora!
El grito hizo temblar los vidrios.
Todos reaccionamos.
Cargamos chamacos.
Empujamos puertas.
Sacamos a los viejos.
El agua nos seguía, pero no nos alcanzaba.
Como si Rebeca la estuviera deteniendo con pura voluntad.
Yo cargué a la nieta de doña Meche y corrí hacia la calle.
El aire de Tepito me pegó en la cara como una cachetada bendita.
La gente salía llorando, rezando, sin zapatos.
Desde afuera vimos la vecindad oscura.
Solo la azotea tenía luz.
El tinaco negro se recortaba contra el cielo.
Norma no salió.
Nadie la ayudó.
No porque no quisiéramos.
Porque cuando intentó cruzar la puerta, el agua le agarró los tobillos.
Ella gritó.
Se clavó las uñas en el piso.
—¡Mateo! ¡Ayúdame!
Di un paso.
Rebeca apareció detrás de ella.
Negó con la cabeza.
No con odio.
Con cansancio.
Norma fue arrastrada hacia adentro.
Sus gritos subieron por la escalera.
Primer piso.
Segundo.
Tercero.
Azotea.
Luego escuchamos la tapa del tinaco abrirse.
Un golpe de agua.
Un chillido.
Y silencio.
La policía llegó media hora después.
Los bomberos subieron al amanecer.
Yo estaba sentado en la banqueta, envuelto en una cobija, con el celular muerto en la mano.
Cuando destaparon el tinaco, no encontraron a Norma.
No encontraron a Rogelio.
No encontraron a Emiliano.
Solo agua limpia.
Tan limpia que se veía el fondo.
Y en el fondo, acomodados en círculo, había zapatos de niño.
Veintisiete pares.
Algunos nuevos.
Otros podridos.
Unos de hace décadas.
Entre ellos, una chanclita azul con un dinosaurio.
La de Emiliano.
La vecindad quedó clausurada.
Dijeron fuga de agua contaminada.
Dijeron histeria colectiva.
Dijeron que Norma había escapado por culpa.
Dijeron muchas cosas porque la gente necesita palabras normales para dormir.
Yo no volví a vivir ahí.
Me fui con una tía a Iztapalapa.
Cambié de número.
Tiré mi celular.
Pero a veces, a las 2:17 de la madrugada, cualquier teléfono cerca de mí vibra.
No importa si es mío.
No importa si está apagado.
Primero se oye estática.
Luego agua.
Luego Rebeca.
Ya no suena asustada.
Suena tranquila.
Siempre dice lo mismo:
—Gracias por no destapar.
Y después se escucha a Emiliano, lejitos, como jugando en una azotea que ya no existe.
—Mamá, ¿ya nos podemos ir?
La primera vez lloré.
La segunda recé.
La tercera entendí.
Rebeca no quería que abriéramos el tinaco para encontrar a su hijo.
Quería que sacáramos a los vivos antes de que los muertos cobraran lo suyo.
Porque hay lugares que no guardan secretos.
Los fermentan.
Y cuando por fin revientan, no sale agua.
Sale todo lo que la gente creyó enterrado.
Por eso, si alguna madrugada escuchas rascar dentro de un tinaco, no te acerques solo.
No preguntes quién está ahí.
No pongas la oreja.
Y por lo que más quieras, no lo destapes.
A veces los muertos no están pidiendo ayuda.
A veces están avisando que ya vienen por alguien.