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La niña llamó escondida a su papá: “Renata te está robando todo”

PARTE 1

Lucía tenía 7 años cuando se metió dentro del clóset con un celular ajeno entre las manos y la respiración atorada en la garganta.

Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión en Las Lomas como si quisiera romperlos.

La niña estaba descalza, con sus trenzas mal hechas y el pijama húmedo de tanto sudar por miedo.

No era hija de sangre de Esteban Salazar, pero eso a ella nunca le importó.

Para Lucía, Esteban era su papá.

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El único hombre que la había sacado de un albergue gris en Ecatepec, donde los niños aprendían rápido a no llorar fuerte porque nadie venía.

Esteban Salazar era conocido en México como empresario, benefactor y dueño de media ciudad.

Pero en los pasillos donde se hablaba bajito, también decían que era un hombre peligroso.

Un hombre al que nadie traicionaba 2 veces.

Lucía no sabía nada de eso.

Ella solo conocía al señor serio que se quitaba el saco caro para sentarse en el piso a jugar lotería con ella.

El que le calentaba atole cuando tenía frío.

El que cada noche le decía:

—Si algún día tienes miedo, mi niña, me llamas. Aunque esté lejos, yo vuelvo.

Y Esteban estaba lejos.

Llevaba 14 meses en Madrid, detenido por una investigación de lavado de dinero y tratos políticos que, según él, eran una trampa.

Antes de irse, dejó la casa a cargo de Renata Ibáñez, su prometida.

Renata era hermosa, elegante, rubia, de esas mujeres que sonríen como si todo el mundo les debiera algo.

Frente a Esteban, abrazaba a Lucía y le decía “mi amor”.

Pero apenas el avión privado despegó, Renata cambió.

Primero le quitó a Lucía su cuarto grande.

Luego guardó sus juguetes en cajas.

Después ordenó que comiera sola en la cocina, porque “una niña recogida no debía sentarse con invitados importantes”.

Las nanas duraban poco.

Una se fue llorando.

Otra dijo que no quería meterse en problemas.

La última solo le aconsejó a Lucía:

—No hagas enojar a la señora, chaparrita. Esa mujer no tiene corazón.

Aquella noche, Lucía despertó por un trueno.

Quiso ir al despacho de Esteban para ver la foto donde él la cargaba en hombros, sonriendo como nunca sonreía con nadie.

Abrió la puerta despacito.

Entró al despacho.

Y entonces escuchó pasos.

Se escondió debajo del escritorio justo cuando Renata entró con Mauricio Rivas, el contador de confianza de Esteban.

Mauricio traía una carpeta negra y la cara de alguien que ya había vendido su alma.

—La transferencia de las 8:00 salió limpia —dijo él—. Ya movimos 38 millones a Zúrich. Pero si Esteban revisa los libros, nos carga la fregada.

Renata soltó una risa bajita.

—Esteban no va a revisar nada. Sigue atorado en Madrid. Para cuando vuelva, tú y yo estaremos en Mónaco con otros nombres.

Lucía se tapó la boca con ambas manos.

No entendía de cuentas ni bancos.

Pero sí entendía que estaban robándole a su papá.

Mauricio bajó la voz.

—¿Y la niña?

Renata caminó hacia la ventana.