
—Tu madre no vuelve a poner un pie en esta casa —escupió Javier López, segundos antes de levantar la mano y cruzarle la cara a mi madre frente a toda su familia.
El sonido del golpe rebotó en la sala como si hubieran quebrado un plato contra el suelo. Mi madre, doña Carmen, perdió el equilibrio y cayó sobre la alfombra, con una mano en la mejilla y los ojos llenos de lágrimas que ni siquiera se atrevía a soltar. Yo me quedé inmóvil.
La comida seguía servida en la mesa: paella recalentada, caldo de pollo y una ensalada de temporada. Mi madre había llegado esa tarde desde su pueblo, cerca de Guadalajara, con una bolsa llena de hortalizas, queso manchego, pan casero y un pollo asado que compró en la plaza del mercado porque, según ella, “no podía llegar con las manos vacías”.
Le había dicho que se sentara, que descansara, que ya no tenía edad para andar limpiando casas ajenas. Pero mi madre nunca supo quedarse quieta. Mientras yo terminaba unas llamadas de trabajo, ella se puso a ordenar, a recoger platos y a acomodar cosas, como si quisiera ganarse el derecho de ser bien recibida.
El problema empezó cuando entró al cuarto de Valeria, la hermana menor de Javier. Al limpiar la mesita, tiró sin querer un frasco de crema carísima que Valeria presumía como si fuera una joya. El vidrio se rompió contra el piso y el líquido blanco se esparció entre los pedazos.
Valeria apareció gritando como si mi madre hubiera incendiado la casa.
—¡Vieja entrometida! ¿Quién te dijo que entraras en mi cuarto? ¡Esa crema vale más que todo lo que llevas puesto!
Mi madre se agachó, temblando, a juntar los vidrios con las manos.
—Perdón, hija, yo se la pago poquito a poquito…
—¿Con qué? ¿Con gallinas? —se burló Paula, otra de mis cuñadas, que bajó corriendo al escuchar el escándalo.
Doña Isabel, mi suegra, apareció detrás de ellas con su cara de reina ofendida. En lugar de detenerlas, se plantó con las manos en la cintura.
—Eso pasa por traer gente de pueblo a una casa de ciudad. No saben tocar nada sin estropearlo.
Mi garganta se cerró. Durante años había tragado comentarios parecidos: que mi familia era humilde, que yo había tenido suerte de casarme con Javier, que gracias a ellos ahora vivía “como señora”. Lo decían aunque la casa de tres pisos en Salamanca la estuviera pagando yo, aunque los muebles, el coche y las colegiaturas de sus hermanas salieran de mi trabajo.
Javier llegó cuando los gritos ya habían llenado toda la planta baja. Valeria lloraba abrazada a doña Isabel, Paula y Brenda hablaban al mismo tiempo, exagerando todo. Mi madre seguía agachada, pidiendo perdón.
Javier no preguntó nada. Caminó directo hacia mi madre, rojo de coraje, y le soltó la cachetada.
Ahí algo dentro de mí se apagó.
No grité. No lloré. No hice una escena. Me acerqué a mi madre, la levanté del suelo y le limpié la mejilla con la manga de mi blusa. Luego miré a Javier, tan fijo que él bajó la mano como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho.
Sonreí. Una sonrisa seca, helada, de esas que no anuncian perdón, sino entierro.
—Te quedan tres hermanas solteras, Javier —dije despacio—. Desde hoy, tú vas a mantenerlas, servirles y aguantarles sus berrinches.
La cara se le puso blanca.
—Mariana, no exageres…
No lo dejé terminar. Tomé a mi madre del brazo y subí con ella a la recámara. Cerré con seguro. Saqué la maleta grande del armario y empecé a guardar documentos: escrituras, contratos, estados de cuenta, pólizas, joyas, identificaciones y las tarjetas que estaban a mi nombre.
Mi madre lloraba sentada en la cama.
—Hija, no destruyas tu matrimonio por mí.
Me arrodillé frente a ella.
—No lo estoy destruyendo por usted. Ellos lo destruyeron desde hace años. Hoy solo me quitaron la venda.
Bajé con la maleta en una mano y mi madre en la otra. Doña Isabel me gritó desde la sala:
—¡Si sales por esa puerta, no vuelvas nunca! ¡Mujeres sobran!
Pasé junto a ella sin mirarla. Javier intentó ponerse enfrente, pero se hizo a un lado cuando vio mis ojos.
Esa noche pedí un taxi y cerré la puerta del coche con una calma que me dio miedo hasta a mí.
No podía creer lo que estaba a punto de hacerles….
PARTE2