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ELLA LLAMÓ “GUAPÍSIMO” AL BRAZO DERECHO DEL JEFE… Y EL HOMBRE MÁS TEMIDO DE MONTERREY LA CONVIRTIÓ EN SU ÚNICA DEBILIDAD

ELLA LLAMÓ “GUAPÍSIMO” AL BRAZO DERECHO DEL JEFE… Y EL HOMBRE MÁS TEMIDO DE MONTERREY LA CONVIRTIÓ EN SU ÚNICA DEBILIDAD

Sofía Ramírez arruinó su propia vida a las 8:43 de la mañana de un martes con una frase que jamás pensó decir en voz alta.

—Está guapísimo.

La oficina quedó en silencio.

No un silencio incómodo.

No un silencio extraño.

Un silencio mortal.

Los teléfonos dejaron de sonar. Los teclados dejaron de escucharse. Incluso la elegante máquina de café junto al ventanal pareció ahogarse en su propio vapor.

Sofía se quedó paralizada junto a la estación de café en el piso sesenta y uno de la Torre Horizonte, en San Pedro Garza García, Monterrey. Una mano sujetaba su termo; la otra cubría su boca como si pudiera empujar las palabras de regreso.

Pero era demasiado tarde.

Porque al otro lado de la sala, recargado contra una barra de mármol como si fuera dueño de la gravedad, estaba Leonardo Salazar.

Capitán.

Ejecutor.

Y mano derecha de Alejandro Mendoza, el empresario más poderoso y temido del norte de México.

Leonardo la había escuchado.

Peor aún.

Alejandro también.

Desde su oficina de cristal en la esquina, Alejandro Mendoza permanecía inmóvil con una taza de espresso en la mano. No se giró de inmediato. No parpadeó.

Simplemente observó el reflejo de la oficina en el vidrio oscuro.

Y su mandíbula se tensó apenas un centímetro.

Sofía sintió que su alma abandonaba su cuerpo.

Su mejor amiga dentro de la empresa, Valeria Torres, susurró:

—Dios mío.

—Lo sé —respondió Sofía.

—Lo dijiste en voz alta.

—Lo sé.

—Lo dijiste sobre Leonardo.

—Lo sé.

Leonardo levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos verdes brillaban con diversión.

Llevaba las mangas remangadas hasta los antebrazos. Los tatuajes desaparecían bajo la tela oscura de la camisa. Su cabello negro estaba recogido en una coleta baja.

Parecía exactamente el tipo de hombre que una mujer inteligente jamás debería mirar dos veces.

Desafortunadamente, la inteligencia de Sofía había decidido tomarse la mañana libre.

—¿Perdón? —preguntó Leonardo con una sonrisa que recordaba demasiado a un lobo.

El rostro de Sofía se incendió.

—Eso debía quedarse dentro de mi cabeza.

Valeria hizo un ruido parecido al de alguien siendo estrangulado.

La sonrisa de Leonardo se amplió.

—Es algo nuevo. Normalmente la gente me llama insoportable.

La puerta de cristal de la oficina de Alejandro se abrió.

De inmediato, toda la planta descubrió algo extremadamente importante en sus computadoras.

Alejandro salió con la taza en una mano y la otra dentro del bolsillo de su pantalón de vestir.

No era atractivo de la misma manera que Leonardo.

Porque no había absolutamente nada casual en Alejandro Mendoza.

Era controlado.

Preciso.

Imponente.

De hombros anchos.

Ojos oscuros.

Y lo bastante frío como para hacer que hombres poderosos olvidaran los discursos que habían preparado.

Miró primero a Leonardo.

Luego a Sofía.

Despacio.

Deteniéndose en sus mejillas sonrojadas.

En la tensión de sus dedos alrededor del termo.

En el pánico evidente en sus ojos.

—¿Estamos repartiendo cumplidos a mi capitán tan temprano? —preguntó Alejandro.

Su voz era tranquila.

Eso lo hacía mucho peor.

Leonardo sonrió.

—Buenos días para usted también, jefe.

Alejandro no pareció divertido.

—Señorita Ramírez.

Sofía tragó saliva.

—¿Sí, señor Mendoza?

—Entre. Tenemos un contrato que revisar.

Existen momentos en la vida en los que una persona puede sentir cómo el suelo se abre bajo sus pies.

Sofía tuvo uno de esos momentos mientras seguía a Alejandro hacia la oficina.

La puerta se cerró detrás de ella con un suave clic.

Afuera, Monterrey brillaba bajo el sol de la mañana.

Adentro, el aire parecía inmóvil.

Alejandro dejó cuidadosamente la taza sobre el escritorio y se giró hacia ella.

—Dígame algo.

Sofía permaneció frente al escritorio como una acusada esperando sentencia.

—Claro.

—¿Suele comentar la apariencia de mis hombres en medio de mi oficina?

—No —respondió rápidamente—. Nunca. Fue una tontería. No quise…

—¿Llamarlo guapísimo?

Todo su cuerpo volvió a arder.

—No quise decirlo en voz alta.

—Pero lo pensó.

Ella abrió la boca.

Luego la cerró.

Los ojos de Alejandro se oscurecieron.

Sofía decidió que el silencio probablemente era la opción más segura.

—Este es un entorno profesional —continuó él—. Usted trabaja para mí.

—Sí.

—Leonardo trabaja para mí.

—Sí.

—Entonces la próxima vez que sienta deseos de admirar a alguno de mis hombres, recuerde dos cosas.

Apoyó una mano sobre el escritorio.

—Detesto las distracciones.

Su mirada se clavó en la de ella.

—Y noto absolutamente todo.

Sofía se obligó a sostenerle la mirada.

—Entendido.

Alejandro deslizó una carpeta hacia ella.

—Reunión con Grupo Altavista a las nueve. Página cuatro. Cláusula B. Hay una renovación oculta. Márquela.

Ella tomó la carpeta porque necesitaba algo que hacer además de morir de vergüenza.

—Y señorita Ramírez.

Levantó la vista.

—En esta oficina nadie es guapo.

Sus ojos no abandonaron los de ella.

—Son útiles o no lo son.

Hizo una breve pausa.

—Procure permanecer en la primera categoría.

Aquellas palabras impactaron más de lo que deberían.

Sofía asintió.

—Sí, señor Mendoza.

Durante los siguientes veinte minutos trabajó en absoluto silencio.

Pero Alejandro no volvió a la normalidad.

Ella conocía perfectamente su rutina.

Llevaba ocho meses siendo su asistente ejecutiva.

Sabía cómo tomaba el café.

Qué reuniones odiaba en secreto.

Qué inversionistas lograban que su ceja izquierda se moviera.

Y cuáles eran los días en los que olvidaba almorzar si ella no le dejaba un sándwich sobre el escritorio bajo amenaza de cancelar su reunión de las tres.

Siempre era un hombre perfectamente controlado.

Hoy no.

Hoy golpeó el escritorio con el pulgar.

Una vez.

Dos veces.

Luego se detuvo cuando descubrió que ella lo había notado.

A las nueve entraron juntos a la sala de juntas.

Alejandro ocupó la cabecera de la mesa.

Leonardo se sentó a su derecha.

Sofía tomó asiento a su izquierda con su tableta electrónica.

Los representantes del Grupo Altavista llegaron con trajes caros y sonrisas falsas.

Hubo apretones de manos.

Saludos cordiales.

Café.

Y mentiras disfrazadas de números.

Sofía intentó concentrarse.

De verdad lo intentó.

Pero cada vez que Leonardo se inclinaba hacia Alejandro para susurrarle algo, ella recordaba lo que había dicho aquella mañana y sentía deseos de esconderse debajo de la mesa.

—Señorita Ramírez —dijo Alejandro sin mirarla.

Ella se enderezó inmediatamente.

—¿Sí?

—¿Sí? —respondió Sofía, enderezándose de inmediato.

Alejandro seguía observando los documentos frente a él.

—¿Qué opina de la cláusula de renovación?

Sofía agradeció internamente la pregunta. Era mucho mejor hablar de contratos que recordar el momento más vergonzoso de toda su vida.

—Intentan ocultarla entre dos anexos financieros. Si se firma tal como está, Grupo Altavista obtendría una extensión automática de cinco años sin necesidad de renegociar condiciones.

Los representantes del grupo intercambiaron miradas incómodas.

Uno de ellos sonrió.

—Es una interpretación bastante creativa.

—No —respondió Sofía con tranquilidad—. Es una interpretación jurídica.

El hombre dejó de sonreír.

Leonardo soltó una carcajada.

Alejandro no.

Pero la comisura de su boca se movió apenas unos milímetros.

La reunión continuó.

Dos horas después, Grupo Altavista salió del edificio con expresiones sombrías y millones de pesos menos en ganancias futuras.

Cuando la puerta se cerró detrás de los visitantes, Leonardo silbó.

—Me recuerda que jamás debo jugar póker contra ella.

Sofía levantó una ceja.

—¿Porque leo contratos?

—Porque destruye personas sonriendo.

—Gracias… creo.

—Era un cumplido.

—Lo sé.

Leonardo volvió a reír.

Alejandro observó el intercambio en silencio.

Y algo en su mirada cambió.

Algo oscuro.

Algo que Sofía no alcanzó a comprender.


Durante las siguientes semanas, comenzaron a ocurrir cosas extrañas.

Pequeñas cosas.

Casi insignificantes.

Pero imposibles de ignorar.

Su café favorito aparecía en su escritorio antes de llegar.

La silla ergonómica que llevaba meses solicitando apareció de la nada.

La computadora que se había congelado tres veces fue reemplazada por un modelo nuevo al día siguiente.

Y cuando mencionó casualmente que el aire acondicionado de su departamento estaba fallando, un técnico llamó a su puerta esa misma noche.

—Esto ya da miedo —murmuró Valeria.

—Coincido.

—¿Se lo dijiste a alguien?

—No.

—Entonces alguien te escucha.

Sofía se quedó pensativa.

Porque sabía exactamente quién tenía la costumbre de saber cosas que nadie le decía.

Alejandro Mendoza.

El hombre que parecía enterarse de todo.


La respuesta llegó un viernes.

Pasaban de las ocho de la noche.

La mayoría de los empleados ya se habían ido.

Sofía seguía terminando unos informes cuando la puerta de la oficina principal se abrió.

Alejandro salió.

Solo.

Sin escoltas.

Sin Leonardo.

—¿Todavía aquí?

—Todavía trabajando.

Él miró el reloj.

—Lleva doce horas en la oficina.

—Usted lleva catorce.

—Yo soy el dueño.

—Y yo soy la persona que evita que olvide la mitad de sus reuniones.

Por primera vez en semanas, Alejandro sonrió de verdad.

No fue una sonrisa grande.

Pero fue suficiente para dejarla sin aire.

Porque era la primera vez que comprendía por qué tantas personas le temían.

Y por qué tantas otras lo seguían.

Era peligroso.

Pero también era imposible ignorarlo.

Alejandro la observó durante varios segundos.

—¿Quiere cenar?

Sofía parpadeó.

—¿Perdón?

—Cenar.

—¿Con usted?

—Eso suele implicar la pregunta.

Ella se quedó inmóvil.

Porque aquello no tenía sentido.

Los hombres como Alejandro Mendoza no invitaban a cenar a sus asistentes.

Mucho menos después de insistir en que todo debía ser profesional.

—¿Es una reunión de trabajo?

—No.

—¿Entonces?

—Es una cena.

—¿Por qué?

Alejandro se apoyó contra la mesa.

—Porque llevo un mes intentando ignorar algo.

El corazón de Sofía se aceleró.

—¿Qué cosa?

—Que cada vez que entra en una habitación, dejo de escuchar a las demás personas.

El silencio cayó entre ellos.

Lento.

Pesado.

Peligroso.

Sofía olvidó respirar.

Alejandro continuó.

—Intenté convencerme de que era una distracción.

—¿Y funcionó?

—No.

—¿Por eso me invitó?

—No.

Ella frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué?

Los ojos oscuros de Alejandro se clavaron en los suyos.

—Porque hoy descubrí algo.

—¿Qué?

—Que cuando Leonardo habló con usted durante el almuerzo sentí deseos de despedirlo.

Sofía casi dejó caer la carpeta que sostenía.

Alejandro soltó una risa baja.

—Eso me preocupó bastante.

—¿Está celoso?

—Muchísimo.

—Pero yo dije que Leonardo era guapísimo.

—Lo recuerdo perfectamente.

—¿Y eso no le molesta?

Alejandro dio un paso hacia ella.

Solo uno.

Pero fue suficiente para que todo el aire desapareciera.

—Lo que me molesta es que todavía no se ha dado cuenta de que estaba mirando al hombre equivocado.

El corazón de Sofía se detuvo.

Y luego empezó a latir tan fuerte que juró que podía escucharse en toda la oficina.


Pero justo cuando parecía que algo iba a suceder…

Sonó un teléfono.

No el suyo.

El de Alejandro.

La expresión de él cambió inmediatamente.

Toda calidez desapareció.

Toda emoción desapareció.

Volvió el hombre peligroso.

Contestó.

Escuchó durante apenas diez segundos.

Y su rostro se endureció.

—¿Qué pasó? —preguntó Sofía.

Alejandro guardó silencio unos segundos.

—Alguien intentó secuestrar a Leonardo.

La sangre abandonó el rostro de Sofía.

—¿Qué?

—Hace veinte minutos.

—¿Está bien?

—Sí.

—Gracias a Dios.

Alejandro la observó.

Y por primera vez ella vio miedo en sus ojos.

Miedo real.

—No iban por Leonardo.

—¿Entonces?

—Iban por alguien cercano a mí.

Sofía sintió un escalofrío.

Porque ambos comprendieron la verdad al mismo tiempo.

Alguien la había estado vigilando.

Alguien sabía que ella se había convertido en la única debilidad del hombre más poderoso de Monterrey.

Y eso la convertía automáticamente en un objetivo.

La expresión de Alejandro se volvió letal.

—A partir de esta noche no volverá sola a casa.

—Alejandro…

—No es una sugerencia.

—Puedo cuidarme.

—Lo sé.

Dio otro paso hacia ella.

—Pero no pienso arriesgarme.

—¿Por qué?

Su respuesta llegó tan baja que casi no la escuchó.

—Porque me estoy enamorando de usted, Sofía.

Y por primera vez en toda su vida, Alejandro Mendoza parecía más asustado que cualquier otra persona en aquella ciudad.

Porque enfrentarse a enemigos era sencillo.

Construir imperios era sencillo.

Ganar guerras era sencillo.

Lo difícil era descubrir que una mujer capaz de llamar “guapísimo” a su capitán había conseguido convertirse en la única persona capaz de romperle el corazón.