SU EXNOVIO TÓXICO LA GOLPEÓ HASTA DEJARLA INCONSCIENTE… SIN SABER QUE EL JEFE DE LA MAFIA VENÍA JUSTO DETRÁS DE ÉL
PARTE 1
Javier Salgado se alejó conduciendo de la mujer que había dejado tirada en un camino forestal de la Sierra de Arteaga, Coahuila. Sus manos sujetaban el volante con firmeza mientras la calefacción de la camioneta funcionaba al máximo. En su mente repasaba una y otra vez todas las razones por las que aquella noche estaba justificada.
Las enumeraba metódicamente, como hacía con todo en su vida.
Era el ritual mental de un hombre que había pasado cuatro años convenciéndose a sí mismo —y convenciendo a una mujer llamada Mariana López— de que su versión de la realidad era la única que importaba.
Ella lo había obligado a llegar a esto.

Al menos eso era lo que él se repetía.
La prueba, según él, era que Mariana había amenazado con hablar.
Tres semanas antes había acudido al contador de uno de sus socios comerciales llevando documentos que ni siquiera comprendía: facturas de proveedores inexistentes, registros de pagos sospechosos y transferencias que conducían directamente a varios negocios que Javier había tardado años en construir.
Mariana no entendía realmente lo que tenía entre manos.
Pero Javier sí.
Lo comprendió en el instante en que su socio lo llamó.
—Alguien ha estado haciendo preguntas —dijo con voz baja y cautelosa—. Una mujer que asegura conocerte.
Mariana estaba buscando respuestas sobre algo que no terminaba de entender.
Y, sin darse cuenta, había encontrado algo que jamás debió tocar.
Así que Javier decidió encargarse personalmente del problema.
El camino forestal donde la había llevado estaba a varios kilómetros de cualquier población.
Lo había comprobado todo.
Se aseguró de que no hubiera cámaras de tráfico.
Se aseguró de que nadie pudiera relacionar su vehículo con aquel lugar.
Le quitó el teléfono.
O al menos eso creyó.
Cuando ella cayó al suelo durante la agresión, el aparato salió despedido entre la maleza.
En la oscuridad y bajo la adrenalina del momento, Javier no lo encontró.
Un pequeño error.
Nada importante.
Según sus cálculos, Mariana tendría apenas un par de horas antes de que el frío terminara el trabajo que él había comenzado.
Javier aceleró.
Los nudillos de su mano izquierda estaban hinchados y amoratados.
Los flexionó lentamente.
Sintió el dolor.
Y, por un instante, aquello le produjo una sensación extraña de satisfacción.
Era el mismo desapego emocional que había desarrollado durante años: la capacidad de catalogar la violencia como una simple necesidad.
Siempre había sabido que este día podía llegar.
Por eso llevaba tiempo preparándose.
Solo tenía que regresar a su departamento en Monterrey, darse una ducha, reforzar la coartada que llevaba una semana construyendo y esperar.
Había inventado una noche completa en un bar donde el encargado le debía varios favores.
Todo estaba preparado.
Después solo quedaba aguardar la noticia.
La noticia de que Mariana López había sido encontrada sin vida en un camino perdido de la sierra.
El forense concluiría que había muerto por exposición al frío.
La policía señalaría que era una zona peligrosa para quienes sufrían una avería o se extraviaban durante el invierno.
Nadie investigaría demasiado.
Javier se había asegurado de eso.
Y también se había asegurado de que Mariana estuviera sola.
Durante cuatro años había trabajado cuidadosamente para conseguirlo.
Desgastó sus amistades una por una.
Le repitió tantas veces que sus amigas eran una mala influencia que terminó alejándose de ellas.
Hizo sentir incómoda a su familia cada vez que intentaban visitarla.
Creó discusiones.
Inventó conflictos.
Hasta que dejaron de insistir.
Poco a poco fue destruyendo su confianza.
Al final, Mariana ya no confiaba ni siquiera en sus propios recuerdos.
Una semana antes había solicitado una orden de restricción.
Ese detalle lo había enfurecido.
No porque representara un peligro para él.
Sino porque significaba que ella se atrevía a decir públicamente que necesitaba protección.
Qué arrogancia.
Al menos así lo veía él.
La carretera avanzaba entre extensos bosques de pinos.
La noche era oscura y silenciosa.
No había luces detrás de él.
Ningún testigo.
Ninguna evidencia.
Solo el frío.
Solo la certeza de que había tomado la única decisión posible.
Casi se pasó la desviación hacia la autopista.
Casi logró escapar.
Casi.
PARTE 2
Javier Salgado no llegó a la autopista.
Apenas había avanzado unos kilómetros cuando vio algo que lo hizo fruncir el ceño.
Luces.
Dos pares de luces blancas aparecieron detrás de él en medio de la oscuridad.
Durante unos segundos no le dio importancia.
Seguramente algún vehículo regresando de una cabaña o un rancho cercano.
Sin embargo, las luces no desaparecieron.
Al contrario.
Se acercaban.
Rápidamente.
Javier aceleró.
La camioneta respondió.
Pero el vehículo detrás de él también.
Entonces ocurrió algo extraño.
Las luces se separaron.
Un vehículo permaneció detrás.
El otro tomó una desviación lateral que conducía exactamente hacia el camino forestal donde había abandonado a Mariana.
Javier sintió un pequeño escalofrío.
No por miedo.
Por molestia.
Nadie debía estar allí.
Nadie.
Pero decidió ignorarlo.
Lo importante era alejarse.
Lo importante era que Mariana estaba inconsciente.
Ni siquiera podía mantenerse en pie.
Mucho menos pedir ayuda.
No había forma de que sobreviviera.
Ninguna.
Mientras tanto, varios kilómetros atrás, una camioneta negra blindada avanzaba por el camino forestal.
En el asiento trasero viajaba un hombre cuya sola presencia era suficiente para silenciar habitaciones enteras.
Arturo De Luca.
Empresario para algunos.
Benefactor para otros.
Leyenda para quienes conocían la verdad.
En el norte de México circulaban muchas historias sobre él.
Algunas exageradas.
Otras aterradoramente ciertas.
Lo único indiscutible era que nadie deseaba convertirse en su enemigo.
Aquella noche Arturo regresaba de una reunión privada en una hacienda cercana.
El conductor redujo la velocidad.
—Señor…
Arturo levantó la vista de unos documentos.
—¿Qué ocurre?
—Hay algo en el camino.
El vehículo se detuvo.
Uno de los escoltas descendió primero.
Después otro.
Segundos más tarde se escuchó una voz.
—¡Hay una mujer aquí!
Arturo salió.
El aire helado golpeó su rostro.
Y entonces la vio.
Una joven tendida sobre la nieve.
Cubierta de golpes.
Inconsciente.
Apenas respirando.
Uno de los escoltas revisó el pulso.
—Sigue viva.
Arturo observó el rostro de la desconocida.
Labios partidos.
Moretones.
Sangre seca.
Y una expresión de dolor que permanecía incluso estando inconsciente.
Había visto aquello antes.
Demasiadas veces.
Sabía exactamente cómo lucía una persona que había sido golpeada por alguien que decía amarla.
Su mandíbula se tensó.
—Llévenla al hospital.
—Sí, señor.
Uno de los hombres encontró algo entre la maleza.
Un teléfono celular.
La pantalla estaba rota.
Pero seguía funcionando.
Arturo lo tomó.
La última llamada registrada tenía un nombre.
Javier.
Y más de cuarenta llamadas perdidas provenientes del mismo número.
Arturo guardó silencio.
Después entregó el teléfono a su jefe de seguridad.
—Quiero saber quién es.
—¿La mujer?
—No.
El hombre que hizo esto.
Cuando Mariana despertó dos días después, el primer sonido que escuchó fue el pitido constante de una máquina.
Abrió lentamente los ojos.
Todo estaba borroso.
Intentó moverse.
El dolor la obligó a detenerse.
—Tranquila.
La voz pertenecía a una enfermera.
—Está a salvo.
Mariana tardó varios segundos en comprender dónde estaba.
—¿Dónde…?
—Hospital San José de Monterrey.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente.
No entendía cómo seguía viva.
Recordó el bosque.
Recordó los golpes.
Recordó el rostro de Javier.
Recordó sus últimas palabras.
“Nadie te va a creer.”
Una hora después recibió una visita inesperada.
Un hombre alto.
Cabello oscuro.
Traje impecable.
Mirada tranquila.
Pero peligrosa.
—Soy Arturo De Luca.
Mariana palideció.
Había escuchado ese nombre.
Todo el mundo lo había escuchado.
—Usted me encontró…
Arturo asintió.
—Sí.
Mariana bajó la mirada.
—Debí haber muerto.
—Pero no murió.
Hubo un largo silencio.
—¿Quién fue?
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Mi exnovio.
Arturo ya lo sabía.
Sus hombres llevaban cuarenta y ocho horas investigando.
Y los resultados eran interesantes.
Muy interesantes.
Javier Salgado no solo era un agresor.
También participaba en una compleja red de lavado de dinero.
Fraude fiscal.
Empresas fantasma.
Corrupción empresarial.
Mariana no tenía idea de lo que había descubierto.
Pero Javier sí.
Y había intentado matarla por ello.
Arturo observó a la joven.
Ella parecía rota.
Agotada.
Derrotada.
Y aun así seguía viva.
Eso significaba algo.
—¿Está dispuesta a declarar?
Mariana dudó.
Tenía miedo.
Mucho miedo.
Pero entonces recordó cuatro años de manipulación.
Cuatro años de insultos.
Cuatro años de golpes emocionales.
Y finalmente aquella noche.
Abrió los ojos.
—Sí.
Dos semanas después.
Javier se sentía invencible.
La policía no había encontrado nada.
No había noticias sobre Mariana.
No había cadáver.
Pero tampoco había denuncias nuevas.
Para él eso significaba una sola cosa.
El problema había desaparecido.
Aquella tarde salió de su oficina sonriendo.
No llegó a su automóvil.
Tres camionetas negras bloquearon la calle.
Cuatro hombres descendieron.
Vestidos de traje.
Impecables.
Javier sintió que algo iba mal.
Muy mal.
Uno de los hombres se acercó.
—El señor De Luca quiere hablar con usted.
El color desapareció del rostro de Javier.
—No sé quién es.
El escolta sonrió.
—Claro que lo sabes.
Esa misma noche Javier fue llevado a una enorme propiedad en las afueras de Monterrey.
Lo condujeron hasta una oficina privada.
Arturo estaba sentado detrás de un escritorio.
Tranquilo.
Como si estuviera revisando asuntos de rutina.
—Siéntate.
Javier obedeció.
Por primera vez en años sentía verdadero miedo.
Arturo deslizó una carpeta sobre la mesa.
Dentro había fotografías.
Registros bancarios.
Contratos.
Transferencias.
Empresas fantasma.
Y finalmente una fotografía de Mariana hospitalizada.
Javier quedó inmóvil.
—Ella sobrevivió.
Arturo lo observó.
—Sí.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué quiere?
Arturo entrelazó las manos.
—Que entiendas algo.
—¿Qué?
—Cometiste dos errores.
Javier tragó saliva.
—Primero…
Arturo señaló la fotografía de Mariana.
—Creíste que era tuya.
El rostro de Javier se tensó.
—Y segundo…
Arturo cerró lentamente la carpeta.
—Pensaste que nadie vendría por ella.
La oficina quedó en silencio.
Un silencio aterrador.
Porque Javier comprendió algo demasiado tarde.
Aquella noche en el bosque no había dejado atrás a una víctima.
Había dejado atrás a una testigo.
Y la única persona que podía destruir toda su vida acababa de convertirse en la protegida del hombre más poderoso que jamás había conocido.
Y apenas estaba comenzando.