Posted in

Ella Provocaba al Mejor Amigo de su Hermano, el Jefe Más Temido al que Amaba en Secreto… Hasta que una Regla Prohibida Estuvo a Punto de Separarlos para Siempre

Ella Provocaba al Mejor Amigo de su Hermano, el Jefe Más Temido al que Amaba en Secreto… Hasta que una Regla Prohibida Estuvo a Punto de Separarlos para Siempre

PARTE 1

Claudia Santoro tenía un talento que ningún colegio de señoritas, ninguna universidad de prestigio ni ningún código familiar le había enseñado.

Sabía exactamente cómo hacer perder el control a Matteo De Luca.

No en público, por supuesto.

En público, Matteo era intocable.

Hombres que le doblaban la edad bajaban la voz cuando él entraba en una habitación. Los negocios cambiaban de dirección a su alrededor como las olas rodean una roca inmóvil. Gran parte del mundo clandestino de la Ciudad de México se movía porque él levantaba un dedo, hacía una llamada o pronunciaba una sola frase con aquella voz grave que jamás necesitaba elevarse para convertirse en una amenaza.

Pero Claudia conocía la verdad.

El hombre más peligroso de la costa este mexicana podía desmoronarse por culpa de una sonrisa.

Su sonrisa.

Una mirada lenta al otro lado de un salón lleno de gente.

Un comentario provocador lanzado por encima del hombro.

Un vestido elegido con suficiente cuidado para parecer una decisión casual.

Matteo seguía de pie, impecable, hablando con hombres que le temían, fingiendo que el mundo no acababa de inclinarse bajo sus pies.

Pero su mandíbula se tensaba.

Sus dedos apretaban con más fuerza el vaso de whisky.

Y sus ojos buscaban a Claudia, furiosos e indefensos durante un segundo de más.

Y Claudia, que Dios la perdonara, disfrutaba cada instante.

Aquella noche de viernes, la residencia De Luca en Bosques de las Lomas, Ciudad de México, estaba repleta.

Los enormes salones brillaban bajo lámparas de cristal.

Mujeres vestidas con seda y diamantes conversaban junto a chimeneas de mármol.

Hombres de traje oscuro desaparecían detrás de puertas cerradas para hablar de asuntos que todas las madres fingían no comprender.

El aire olía a tabaco fino, colonia costosa, tequila añejo, rosas blancas y peligro disfrazado de tradición familiar.

Claudia caminaba entre los invitados sosteniendo una copa de vino tinto y usando un vestido negro que había cumplido exactamente con el propósito para el que lo había comprado.

Su hermana menor, Renata, permanecía cerca del pasillo intentando disimular que observaba fijamente a Luca De Luca.

Renata tenía diecisiete años, era soñadora, expresiva y estaba convencida de que nadie notaba la manera en que miraba al hermano menor de Matteo, de diecinueve años.

Claudia le dio un pequeño codazo.

—¿Podrías ser más evidente?

Renata se sonrojó.

—No estoy viendo a nadie.

—Pareces personaje de caricatura con corazones en los ojos.

Renata sonrió.

—No deberías dar lecciones sobre mirar demasiado a alguien.

Claudia levantó la copa.

—No tengo idea de qué hablas.

—Claro. Igual que no has notado que Matteo De Luca casi se rompe el cuello cada vez que pasas frente a él.

El calor subió hasta las mejillas de Claudia.

Antes de responder, las puertas del salón principal se abrieron.

Los hombres salieron primero, acompañados por humo de puros y conversaciones en voz baja.

Entre ellos estaba Sebastián Santoro, el hermano mayor de Claudia.

Alto, atractivo y con esa sonrisa fácil que hacía olvidar lo peligroso que podía volverse cuando alguien amenazaba a su familia.

—Claudia —dijo—. Renata. Mamá está en el comedor. Vayan a comer algo antes de que me acuse de matarlas de hambre.

Entonces apareció Matteo.

Y Claudia olvidó respirar.

Llevaba un traje gris oscuro perfectamente confeccionado.

La camisa blanca estaba ligeramente abierta en el cuello.

El cabello negro peinado hacia atrás.

Había tensión bajo aquella apariencia impecable.

Y cuando sus ojos se posaron sobre Claudia, sintió como si alguien hubiera cerrado una mano alrededor de su corazón.

—Santoro —dijo Matteo.

Ella arqueó una ceja.

—¿Cuál de todas?

La mirada de Matteo descendió brevemente hacia su vestido.

—Sabes perfectamente cuál.

Sebastián ya se alejaba riendo junto a dos hombres provenientes de Monterrey.

Renata hablaba con Luca.

Y, de pronto, el ruido desapareció.

Solo quedaban ellos dos.

—Interesante vestido —comentó Matteo.

—¿No te gusta?

—No dije eso.

—Parecía que estabas pensando algo.

—Siempre estoy pensando algo.

—Costumbre peligrosa.

Por un instante, la comisura de sus labios amenazó con sonreír.

Luego se inclinó apenas hacia ella.

Lo suficiente para que nadie más escuchara.

—Biblioteca. Cinco minutos.

Y se marchó sin esperar respuesta.

Claudia esperó solamente tres.

La biblioteca estaba en el ala este de la mansión.

Oscura.

Cálida.

Llena de libros antiguos que nadie leía pero todos respetaban.

La puerta permanecía entreabierta.

Entró.

Matteo estaba junto a una estantería, con las manos dentro de los bolsillos, luciendo como un hombre que llevaba varios minutos intentando convencerse de no cometer un error.

—Esto es una locura —dijo apenas ella cerró la puerta.

—Tú me llamaste.

—Y tú viniste.

—Sabías que lo haría.

Sus ojos se oscurecieron.

—Ese es el problema.

Avanzó dos pasos.

Y se detuvo antes de tocarla.

Como si el último centímetro entre ambos estuviera protegido por una ley invisible.

—Sabes perfectamente lo que me haces sentir.

Claudia sostuvo su mirada.

—Entonces deja de fingir que no te gusta.

—Claudia…

Su nombre pronunciado por él cambió el aire.

Matteo tenía reglas.

Todos las conocían.

Jamás tocar a la hermana de un socio.

Jamás involucrarse con la familia de su mejor amigo.

Jamás perder el control.

Y Claudia era la hermana de Sebastián.

La mujer prohibida por todos los códigos de su mundo.

Pero Matteo la miraba como si cada regla que había seguido durante años hubiera dejado de tener sentido.

Ella se acercó.

—Demuéstramelo —susurró.

Por un segundo él luchó consigo mismo.

Luego la besó.

No fue un beso dulce.

Fue el estallido de meses enteros de autocontrol.

Sus manos sostuvieron el rostro de Claudia como si pudiera desaparecer.

Ella sujetó el frente de su saco y respondió al beso con todo aquello que llevaba años ocultando.

—Esto no puede pasar —murmuró Matteo.

Pero sus manos descendieron hasta la cintura de Claudia.

Ella sonrió.

—Eres pésimo defendiendo tus argumentos.

—Eres la hermana de Sebastián.

—Lo había notado.

—Esto puede destruirlo todo.

—Entonces quizá todo era demasiado frágil.

Él emitió un sonido bajo.

Mitad advertencia.

Mitad rendición.

Y volvió a besarla.

Más lento.

Más peligroso.

Más sincero.

El tipo de beso capaz de arruinar cualquier excusa futura.

Entonces se escucharon voces en el pasillo.

La voz de Sebastián.

Matteo se separó de golpe.

—Sal por la oficina. Ahora.

Claudia obedeció.

Y mientras recuperaba el aliento en el corredor contiguo, supo que acababan de cruzar una línea de la que jamás podrían regresar.

Esa noche, acostada en su habitación, recibió dos mensajes.

El primero decía:

Esto no puede volver a pasar.

Tres minutos después llegó otro.

Mentí. Quiero que vuelva a pasar una y otra vez.

Claudia sonrió en la oscuridad.

Y respondió:

Entonces deja de luchar contra ello.

La respuesta llegó de inmediato.

Tu hermano me matará cuando se entere.

Ella escribió:

Solo si llega a enterarse.

Durante dos semanas sobrevivieron a base de momentos robados.

Un beso escondido en la despensa durante una comida familiar.

Caricias disfrazadas de saludos formales.

Mensajes enviados a medianoche que comenzaban con advertencias y terminaban con confesiones.

Hasta que Sebastián llevó a Claudia a una casa segura en Valle de Bravo.

La familia Morales estaba causando problemas.

Su madre viajaba en Guadalajara.

Renata estaba con ella.

Y Claudia no se quedaría sola en la ciudad.

La casa era enorme.

De piedra.

Rodeada por bosque.

Custodiada por hombres armados.

Sebastián desapareció en reuniones.

Claudia fue enviada a una habitación como si aún fuera una niña.

A las once de la noche, la casa estaba en silencio.

Debió dormir.

Pero se puso una pijama de seda rosa claro.

Y caminó descalza por el pasillo hasta detenerse frente a la habitación de Matteo.

Golpeó suavemente.

Tres veces.

Matteo abrió.

Y al verla, sus ojos se oscurecieron.

—Claudia.

Su nombre era una advertencia.

Ella sonrió.

—Vine a darte las buenas noches.

—¿Vestida así?

—Pensé que era un gesto educado.

Matteo observó el pasillo.

Luego tomó su muñeca.

Y la hizo entrar.

La puerta se cerró.

Por primera vez estaban completamente solos.

Sin fiestas.

Sin invitados.

Sin bibliotecas.

Sin excusas.

Solo Matteo.

Solo Claudia.

Y el peligroso silencio que existía entre el deseo y el desastre.

—Estás jugando con fuego —dijo él.

Ella apoyó una mano sobre su pecho.

—Entonces déjame arder.

La poca resistencia que quedaba en Matteo comenzó a derrumbarse.

Y justo en ese instante…

Se escucharon pasos.

Pesados.

Firmes.

Inconfundibles.

Sebastián.

PARTE 2

Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta.

Matteo se quedó inmóvil.

Claudia sintió cómo su corazón golpeaba con tanta fuerza contra sus costillas que estaba convencida de que Sebastián podría escucharlo desde el otro lado.

Tres golpes secos resonaron.

—Matteo.

La voz de Sebastián.

—¿Estás despierto?

Matteo cerró los ojos durante un segundo.

—Sí.

—Abre.

Claudia tragó saliva.

Matteo la miró.

Por primera vez desde que lo conocía, vio algo parecido al miedo en sus ojos.

No miedo a una bala.

No miedo a una traición.

No miedo a perder dinero.

Miedo a perder a su mejor amigo.

Porque Sebastián Santoro no era solamente un socio.

Habían crecido juntos.

Se habían protegido mutuamente.

Habían enterrado amigos.

Habían sobrevivido a emboscadas.

Habían construido un imperio sobre lealtad.

Y Matteo estaba a punto de romper la única regla que jamás se permitieron cuestionar.

No tocar a la hermana del otro.

—Escúchame —susurró Matteo—. Métete al baño.

—No pienso esconderme.

—Claudia.

—No.

—Por favor.

Ella se quedó inmóvil.

Aquella palabra.

Por favor.

Jamás la había escuchado salir de sus labios.

Matteo De Luca nunca suplicaba.

Ni negociaba.

Ni pedía.

Pero estaba pidiéndole algo.

Y eso fue suficiente.

Claudia entró en el baño.

Matteo abrió la puerta.

Sebastián entró sosteniendo dos vasos de tequila.

—Pensé que seguías despierto.

Matteo tomó uno.

—No podía dormir.

Sebastián se dejó caer en un sillón.

—Yo tampoco.

Hubo silencio.

—¿Sabes qué me preocupa?

—¿Qué?

—Claudia.

Matteo sintió el estómago encogerse.

—¿Qué pasa con ella?

Sebastián suspiró.

—Está creciendo demasiado rápido.

—Tiene veinticuatro años.

—Lo sé.

—Es inteligente.

—También es impulsiva.

—Como tú.

Sebastián sonrió.

—Peor.

Miró a Matteo.

—Y hermosa.

—Sí.

—Demasiado hermosa.

—Sí.

—Los hombres la miran.

Matteo bebió tequila.

—Supongo.

—Si algún idiota intenta acercarse a ella…

Sebastián sonrió.

—Lo entierro en Valle de Bravo.

Matteo casi se atragantó.

—Sebastián…

—¿Sí?

—¿Y si ella se enamora?

—Perfecto.

—¿De quién?

—De alguien decente.

—¿Qué significa decente?

—No criminal.

—Complicado.

—No cuarentón.

—Tengo treinta y cinco.

—Exactamente.

—No socio mío.

—Bien.

—No mejor amigo.

—Mucho mejor.

Matteo permaneció callado.

Sebastián levantó la ceja.

—¿Por qué estás tan serio?

—Cansancio.

—¿Seguro?

—Sí.

Sebastián terminó su bebida.

—A veces pienso que Claudia está enamorada.

Matteo sintió un golpe en el pecho.

—¿Por qué?

—La conozco.

—¿Y?

—Sonríe diferente.

—Tal vez conoció a alguien.

—Espero que no.

—No puedes controlarla toda la vida.

—No quiero controlarla.

—Entonces…

—Quiero protegerla.

Matteo bajó la mirada.

Porque él era precisamente aquello de lo que Sebastián intentaba protegerla.


A la mañana siguiente, Claudia apenas pudo mirar a Matteo durante el desayuno.

Sebastián hablaba animadamente.

Luca coqueteaba descaradamente con Renata.

La señora Santoro comentaba planes para Navidad.

Y Matteo permanecía en silencio.

Distante.

Frío.

Como si la noche anterior nunca hubiera ocurrido.

Claudia se enfureció.

Después de comer, lo encontró solo en el jardín.

—¿Qué demonios haces?

Matteo no se giró.

—Nada.

—¿Nada?

—Debemos parar.

Ella soltó una carcajada incrédula.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

—¿Por una conversación?

—Por veinte años de amistad.

—¿Y nosotros?

—No existe un nosotros.

Claudia sintió que algo se rompía dentro de ella.

—Mírame a los ojos.

Matteo la miró.

—Dime que no me amas.

Silencio.

—Dilo.

Silencio.

—Matteo.

Él respiró profundamente.

—Te amo.

La voz salió rota.

Honesta.

Devastadora.

—Te amo demasiado.

—Entonces…

—Precisamente por eso.

—¿Vas a renunciar a nosotros?

—Voy a protegerte.

—No necesito protección.

—Sí la necesitas.

—No soy una niña.

—Lo sé.

—Entonces deja que decida.

—No puedo.

—¿Por Sebastián?

—Por mí.

Claudia frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Matteo permaneció callado.

Finalmente habló.

—Porque si empezamos esto…

—¿Sí?

—No podré detenerme.

Ella sintió lágrimas en los ojos.

—No quiero que te detengas.

Matteo dio un paso atrás.

—Yo sí.

—¿Por qué?

—Porque tú mereces una vida normal.

—No quiero una vida normal.

—Mereces un esposo que vuelva a casa a las seis.

—Quiero uno que vuelva vivo.

—Claudia.

—Quiero al hombre que amo.

—Ese hombre puede morir cualquier día.

—Entonces amaré todos los días que tenga.

Matteo cerró los ojos.

Por primera vez en años, no tenía respuestas.


Pero el destino no les daría tiempo.

Aquella misma noche comenzaron los disparos.

Los Morales habían localizado la casa.

Los guardias respondieron.

Sebastián tomó un arma.

—¡Todos abajo!

Renata gritó.

La señora Santoro lloró.

Luca protegió a su madre.

Y Claudia quedó paralizada.

Hasta que una bala atravesó la ventana.

Matteo apareció.

Corrió hacia ella.

La cubrió con su cuerpo.

El cristal explotó sobre ambos.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No te muevas.

Otro disparo.

Matteo respondió.

Sebastián lo vio.

Y vio algo más.

La forma en que Matteo sostenía a Claudia.

Como si fuera lo más importante del mundo.

Como si estuviera dispuesto a morir por ella.

Y comprendió.

Todo.

El beso escondido.

Las miradas.

Los silencios.

La distancia.

La tensión.

Comprendió la verdad.

Y su rostro cambió.

—Matteo…

El hombre levantó la vista.

Sebastián estaba frente a él.

Con los ojos llenos de decepción.

—¿Desde cuándo?

Silencio.

—¿Desde cuándo amas a mi hermana?

Matteo dejó el arma sobre la mesa.

Y respondió con sinceridad.

—Desde hace mucho más tiempo del que debería.

Sebastián miró a Claudia.

—¿Tú también?

Ella dio un paso adelante.

—Sí.

—¿Lo elegiste?

—Sí.

—¿Nadie te obligó?

—Jamás.

Sebastián respiró profundamente.

Miró a su mejor amigo.

Miró a su hermana.

Y por primera vez en años…

No supo qué hacer.

Porque podía perder a un hermano.

O perder a otro.

Y ambos estaban frente a él.

Esperando su decisión.

 

Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.