La noche que Álvaro volvió sin abrigo, supe que ya no me pertenecía.
No porque una prenda desaparecida fuera una prueba suficiente.
Sino porque, cuando le pregunté dónde estaba, él miró primero hacia el piso de arriba antes de mirarme a mí.
—No empieces, Clara —dijo, con esa paciencia falsa que usaba cuando ya había decidido que yo era la culpable—. Solo he ayudado a Irene un momento. Vive sola con un niño pequeño. No seas tan mezquina.
Otra vez Irene.
La vecina del séptimo B.
La madre soltera “tan buena”, “tan indefensa”, “tan agradecida”, “tan pobre mujer”.
Esa misma mañana, yo le había pedido a Álvaro que recogiera mi paquete de las rebajas de verano. Llevaba dos semanas esperando unas telas especiales para cerrar un proyecto importante de interiorismo.
—No puedo, estoy liado —me respondió.
Pero media hora después, lo vi por la mirilla subiendo con dos cajas enormes de Irene entre los brazos.
La semana anterior, las cortinas de nuestro salón llevaban quince días colgando de un lado porque el soporte se había soltado. Álvaro ni lo miró.
Pero subió al séptimo B con una caja de herramientas.
—A Irene se le cayó la barra, Clara. No puede atornillar sola con el niño en casa.
Cuando tuve anginas y apenas podía hablar, le pedí que bajara a la farmacia por un antiinflamatorio.
Tardó dos horas.
Al volver, no traía mi medicina.
—Es que Irene se torció el tobillo y no podía bajar. Le llevé lo tuyo, luego compro otra cosa para ti.
Y todavía añadió:
—Además, me ha hecho peras cocidas con miel para la garganta. Es un detalle precioso. No como tú, que solo sabes reclamar.
Pero el día de mi cumpleaños fue distinto.
Yo había preparado cena, velas, una tarta pequeña y una botella de vino de Rueda. Lo esperé con el móvil en la mano hasta que las velas se consumieron.
Llegó dos horas tarde, sin camiseta, con el pelo húmedo y unas marcas rojas en la espalda.
—Se rompió la ducha de Irene —explicó, evitando mis ojos—. El agua salió disparada. Me empapé. El niño se puso a llorar. Ella me hizo unas friegas para que no me resfriara.
Me quedé mirándolo.
—¿Y tu abrigo?
Álvaro respiró hondo.
—Se lo dejé allí secando. Clara, de verdad, estás enferma de celos.
No discutí.
Me levanté, fui al recibidor, quité mi tarjeta magnética de la entrada y se la lancé a los pies.
—Entonces sube y quédate con ella.
En ese instante, la puerta del ascensor se abrió en el séptimo.
Irene asomó la cabeza por la barandilla, con el abrigo de Álvaro colgado de un dedo. Llevaba una bata de satén color champán y sonreía como si hubiese ganado algo.
—Álvaro, cariño, te has dejado esto arriba. Y ya que estás… la lámpara de mi dormitorio vuelve a fallar. ¿Me prestas a tu hombre un ratito más, Clara?
“Tu hombre”.
Así lo dijo.
Álvaro se movió instintivamente, colocándose entre ella y yo.
—Era una broma —me soltó—. ¿Puedes dejar de montar espectáculos?
Ese gesto me dolió más que todas sus excusas juntas.
Porque Irene no siempre había sido esa mujer que bajaba perfumada y sonriente a pedirme azúcar.
Un año antes, la encontré llorando en el jardín interior, con su hijo dormido en brazos y dos maletas rotas a los pies. Su exmarido la había dejado en la calle después de una pelea. Yo fui quien llamó a mi tía Mercedes.
Yo fui quien le pidió que le alquilara barato el piso del séptimo B.
Yo fui quien le llevó sábanas, platos, mantas y hasta ropa para el niño.
Irene me abrazó entonces y me dijo:
—Nunca olvidaré lo que has hecho por mí.
Tenía razón.
No lo olvidó.
Solo aprendió dónde golpear.
Cuando oí los pasos de Álvaro subiendo las escaleras hacia ella, entré al piso sin hacer ruido.
Debajo de la cama tenía dos maletas preparadas desde hacía tres días.
No se había dado cuenta.
Él ya no veía nada que no tuviera que ver con Irene.
Salí con las maletas arrastrando por el pasillo. Justo cuando llamé al ascensor, las puertas se abrieron y un hombre con abrigo claro apareció frente a mí.
Durante un segundo, el tiempo se dobló.
—Clara.
Marcos Vidal.
Mi primer amor. Mi vecino de infancia. El chico que se fue a Barcelona con una beca de arquitectura y al que no veía desde hacía cuatro años.
Estaba más serio, más alto, más tranquilo. En una mano llevaba una bolsa de supermercado; en la otra, un manojo de llaves recién estrenadas.
—Me acabo de mudar al sexto A —dijo, sin apartar la mirada de mis maletas—. ¿Estás bien?
Yo asentí demasiado rápido.
—Sí. Solo… cambio de aire.
No hizo preguntas. Solo apartó un poco la bolsa para que pudiera pasar.
Al entrar al ascensor, noté el olor suave de cedro de su abrigo. Algo en mi pecho se aflojó, como si una parte antigua de mí recordara que hubo un tiempo en que nadie me hacía sentir exagerada por sufrir.
Tomé un taxi hasta casa de mi tía Mercedes.
Antes de entrar, abrí el chat de Álvaro y escribí:
“Lo dejamos.”
Él respondió veinte minutos después.
“¿Otra rabieta?”
Luego:
“Estoy cenando en casa de Irene. Mañana hablamos cuando se te pase.”
Apagué la pantalla.
Mi tía no preguntó nada al verme con dos maletas.
Solo abrió más la puerta.
—¿Has cenado?
Negué con la cabeza.
—Entonces dúchate. Te preparo caldo.
Esa noche no lloré.
Me dolía el vientre desde hacía días. La regla llevaba medio mes de retraso, pero lo achaqué al estrés, al trabajo, a tantas noches durmiendo con un hombre que ya estaba emocionalmente en otra casa.
A la tarde siguiente, después de entregar por fin mi proyecto, recibí un mensaje de una inmobiliaria.
“Señorita Rivas, seguimos interesados en alquilar el piso del séptimo B cuando quede libre. Podemos pagar el doble de la renta actual.”
Miré la pantalla durante un largo rato.
El séptimo B.
El piso barato donde vivía Irene.
El piso de mi tía.
El refugio que yo misma le había conseguido.
Reenvié la captura a Mercedes y escribí:
“Tía, cuando termine el contrato, no renueves. Que Irene se vaya.”
Tres minutos después, mi tía me mandó un audio.
Lo abrí.
Su voz sonó baja, tensa.
—Clara, ven ahora mismo. Irene está aquí con Álvaro… y acaba de decir que ese piso se lo prometiste tú como compensación por destruirle la vida.
PARTE2

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