El regalo de San Valentín de la secretaria de mi marido llegó a nuestra casa antes que él.
Yo lo abrí pensando que quizá Álvaro, por primera vez en años, había recordado que todavía tenía esposa.
Pero dentro no había flores.
No había una nota.
No había amor.
Había una caja de profilácticos de lujo, de esos que las revistas absurdas llaman “edición limitada”, con varios sabores cuidadosamente colocados como si fueran bombones.
Y faltaba uno.
El de fresa.
Ni siquiera había tenido tiempo de enfadarme cuando el teléfono de Álvaro sonó en videollamada. En la pantalla apareció Vera Montes, su secretaria, con el pelo castaño rizado cayéndole sobre los hombros y esa cara joven que se parecía a la mía de una forma cruel. Como si la vida hubiera decidido recordarme quién fui antes de convertirme en una mujer cansada.
—¡Falta el de fresa! —lloriqueó ella, mirando a Álvaro como una niña mimada—. ¿Ha sido ella? ¿Te ha obligado a demostrarle algo?
Álvaro, que estaba de pie junto a la cama, suspiró con impaciencia.
—Vera, no digas tonterías.
Pero ella no paró.
—Demuéstramelo. Si no, esta noche no me tocas.
Entonces él me miró.
No con vergüenza.
No con arrepentimiento.
Me miró como se mira una llave olvidada en un cajón.
—Lucía, vístete. Vamos a una clínica.
Creí que había oído mal.
—¿Qué?
—Necesito cerrar esta estupidez cuanto antes. Solo será una revisión. Un informe. Nada más.
La lluvia golpeaba los cristales de la casa en La Moraleja. Era una noche fría de febrero, de esas en las que Madrid parece hecho de hielo y farolas amarillas.
Yo llevaba años fingiendo que no veía ciertas cosas. Mensajes a medianoche. Viajes “de trabajo” a Valencia. Perfumes desconocidos en el cuello de sus camisas. Pero esa noche, al verme arrastrada fuera de la cama para probarle algo a su amante, algo dentro de mí se quebró con un ruido seco.
—Álvaro Salvatierra —le dije con la voz rota—. Aunque hayas dejado de quererme, estuve contigo desde los diecisiete años.
Él sonrió con desprecio.
—Sí, claro. Tú sí que sabes hablar de dignidad.
Se acercó un paso.
—¿Dignidad? ¿La misma que tenías cuando con diecisiete años viniste a mi habitación a pedirme dinero?
Me quedé muda.
Las lágrimas me salieron antes de poder detenerlas.
A los diecisiete, mi padre se había jugado en una timba el dinero de mi matrícula. Yo estaba sola en Madrid, con una beca a punto de perderse y una maleta vieja debajo de la cama. Álvaro era el chico rico que me seguía por los pasillos de la universidad con libros bajo el brazo y promesas en la boca.
Aquella noche me dijo:
—No ames el dinero, Lucía. Ámame a mí. Todo lo que quieras, te lo daré yo.
Yo era joven. Demasiado joven para entender que algunas promesas no son refugios, sino jaulas con cortinas bonitas.
Horas después, con un informe frío en la mano y el alma reducida a cenizas, Álvaro llamó a Vera.
—Aquí está. Te dije que no había pasado nada.
Vera soltó una risita.
—Entonces que me pida perdón.
Álvaro giró la cabeza hacia mí.
—Pídele perdón.
Yo ya no tenía fuerzas para explicar nada. Tampoco tenía ganas.
Me puse el abrigo, levanté la barbilla y dije:
—Lo siento.
Pero no se lo dije a ella.
Me lo dije a mí misma.
Lo sentía por haber confundido necesidad con amor.
Lo sentía por haber entregado diez años de mi vida a un hombre que me usaba para sentirse noble.
Lo sentía por haber llamado hogar a una casa donde mi dolor solo molestaba.
Al volver, la mansión estaba casi a oscuras. El mayordomo bostezó y me dejó una caja de terciopelo sobre el recibidor.
—Regalo del señor por San Valentín.
Por un segundo, mi corazón quiso creer. Qué ridículo es el corazón cuando se está muriendo: todavía busca migajas.
Abrí la caja.
Dentro había un collar de jade precioso, carísimo, frío como la mano de un muerto. Entre las piedras verdes, enredado, había un cabello largo, rizado, castaño claro.
El pelo de Vera.
El regalo de mi marido para mí era una joya que su amante ya había usado.
No grité.
No lloré.
Lo dejé sobre el mueble de los zapatos, saqué el móvil y llamé a mi abogada.
—Beatriz, necesito un acuerdo de divorcio.
—¿Ahora?
Miré la lluvia resbalar por el cristal.
—Ahora. Y lo quiero cuanto antes.
A la mañana siguiente, Álvaro volvió a casa con ojeras y una sonrisa de hombre satisfecho. Me encontró en la cocina, sirviéndome café.
Me abrazó por detrás.
—Cada vez que paso la noche fuera amenazas con divorciarte. Esta vez estás muy callada.
Aparté sus manos.
—Tu desayuno está en la nevera.
Frunció el ceño.
Durante diez años, aunque volviera oliendo a otra mujer, siempre encontraba café recién hecho, tostadas calientes y mi silencio esperándolo.
—¿Y el mío?
—Hay servicio en la casa. Y tienes dos manos.
Su rostro cambió apenas un segundo. Fue miedo. Lo vi. Luego sonó su teléfono.
La voz de Vera llegó dulce, triunfante:
—Jefe, he reservado desayuno en el Ritz. Si no vienes, me lo como todo.
Álvaro sonrió, recuperando su arrogancia.
—Voy enseguida.
Antes de salir, murmuró:
—Si no fuera porque me das pena, ni siquiera volvería a esta casa.
No respondí.
Cuando la puerta se cerró, firmé el acuerdo de divorcio.
Luego fui directamente a la sede de Salvatierra Inversiones, en pleno Paseo de la Castellana.
Al entrar, las empleadas empezaron a murmurar.
—¿Quién es esa? Se parece a Vera, pero mayor.
—Calla. Más bien Vera se parece a ella.
Yo seguí caminando.
Vera apareció junto a la recepción con un vestido blanco demasiado ligero para febrero y una sonrisa calculada.
—Disculpe, señora —dijo, saboreando la palabra—. ¿Tiene cita? El señor Salvatierra tiene la agenda completa.
La miré a los ojos.
Después dejé sobre el mostrador una carpeta negra.
—No necesito cita para entrar aquí.
Vera soltó una carcajada.
—¿Ah, no?
Entonces abrí la carpeta y puse delante de ella tres documentos: mi acuerdo de divorcio, el informe de la clínica y una copia de las acciones que nadie en aquella oficina sabía que estaban a mi nombre.
La sonrisa de Vera desapareció.
Yo dije, muy despacio:
—Porque esta empresa también es mía.
PARTE2

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