La noche en que mi marido presentó a su prometida, yo seguía siendo legalmente su esposa.
Lo hizo delante de veinte antiguos compañeros de universidad.
Con una copa en la mano.
Sonriendo como si yo ya hubiera desaparecido de su vida.
Yo estaba de pie en la puerta del reservado del restaurante, con dos botellas de Vega Sicilia que él mismo me había pedido llevar.
—No vengas tarde, Clara —me había dicho por teléfono esa tarde—. Es una cena importante. Hay que quedar bien.
Y allí estaba yo, con mi abrigo beige empapado por la lluvia de Madrid, mirando cómo Daniel Aranda, mi marido desde hacía siete años, ocupaba el asiento principal de la mesa.
A su lado, una mujer con vestido blanco se inclinaba hacia él con una dulzura ensayada. Llevaba el pelo recogido, pendientes discretos y en la muñeca un reloj Cartier que yo conocía demasiado bien.
Me lo había regalado Daniel en nuestro séptimo aniversario.
En la parte trasera tenía grabado: Dani siempre tuyo.
En su momento me pareció cursi. Aquella noche me pareció una burla.
Daniel levantó la copa y dijo:
—Os presento a Irene Velasco, mi prometida. El mes que viene iremos al registro.
La mesa estalló en aplausos.
Nadie me miró.
O quizá sí me vieron. Quizá todos decidieron fingir que no.
Me quedé unos segundos inmóvil. Luego dejé las dos botellas sobre un mueble junto a la entrada, abrí el bolso y saqué la carpeta que llevaba preparada desde hacía una semana.
Entré.
El ruido de mis tacones sobre el suelo de madera fue lo único que sonó en el reservado.
Puse el acuerdo de divorcio delante de Daniel con un golpe seco.
—Ya que has empezado a presentar prometidas —dije—, aprovecha y firma esto.
El silencio cayó como una losa.
Daniel levantó la vista. La copa se le resbaló de los dedos y se hizo añicos contra el suelo.
Irene se quedó pálida, pero no soltó su brazo.
—Clara… —murmuró él—. ¿Qué haces aquí?
Sonreí.
—Me invitaste tú.
Uno de sus amigos, Álvaro Molina, se levantó de golpe.
—¿Estás loca, Clara? ¿Vienes a montar este numerito en una cena de reencuentro?
Álvaro era el amigo de facultad al que Daniel había prestado dinero dos veces para salvar su negocio. Lo que nunca supo, o fingió no saber, era que aquel dinero salía de mi cuenta.
—Daniel solo ha traído a Irene para presentarla —añadió Álvaro, señalándome con desprecio—. ¿De verdad hacía falta arruinar la noche?
No le respondí.
Miré a Daniel.
—Firma.
Él respiró hondo y adoptó esa expresión de hombre paciente que tantas veces había usado para hacerme parecer exagerada.
—Clara, sé que últimamente estás muy estresada por el trabajo, pero no puedes usar nuestro matrimonio para llamar la atención.
—¿Llamar la atención?
Abrí la carpeta. Allí estaba mi firma, limpia, en la esquina inferior derecha.
—Siete años casados, Daniel. Seis meses transfiriéndole dinero a ella. Y ahora la presentas como prometida.
Irene se encogió detrás de él.
—Clara, por favor… No me culpes a mí. Yo acabo de volver de Londres. No conozco a nadie aquí. Daniel solo ha sido amable conmigo.
Le miré la muñeca.
—Muy amable. Tanto que le diste mi reloj.
Ella escondió la mano, pero ya era tarde.
Saqué mi móvil nuevo, abrí la aplicación bancaria y mostré la pantalla.
—Cincuenta y ocho mil euros transferidos a Irene Velasco en seis meses. Concepto: “para mi niña”.
La mesa empezó a murmurar.
Daniel cambió de color.
Pero reaccionó rápido.
—¿Has vuelto a dejar la medicación? —dijo de pronto, alzando la voz—. Clara, esto ya no es normal.
Me quedé helada.
—¿Qué medicación?
Daniel se giró hacia los demás con una tristeza perfectamente calculada.
—Mi mujer lleva tiempo con episodios de inestabilidad emocional. He intentado protegerla, pero cada vez es más difícil. Ahora falsifica capturas, inventa cosas y aparece aquí para humillarme.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—Eso es mentira.
Álvaro se acercó y me arrebató el móvil.
—A ver esas pruebas tan reales.
—Devuélvemelo.
—Tranquila, Clara. Solo vamos a comprobar que no estás manipulando nada.
Daniel no dijo nada.
Irene tampoco.
Álvaro fingió revisar la pantalla. Luego hizo un gesto brusco con la mano.
Mi teléfono cayó directamente dentro de la olla de cocido madrileño que ocupaba el centro de la mesa. El caldo hirviendo salpicó mi camisa blanca.
—Uy —dijo Álvaro, levantando las manos—. Se me ha resbalado. Mañana te compro otro.
Me quedé mirando el móvil hundiéndose entre garbanzos y grasa.
Allí estaban las pruebas. Transferencias. Mensajes. Fotos. Todo.
Daniel se levantó y abrazó a Irene por los hombros.
—Me has decepcionado, Clara. Siempre tan fría, tan controladora, tan incapaz de comportarte como una mujer normal.
Luego tomó el bolígrafo y firmó el acuerdo de divorcio con una rapidez cruel.
Me arrojó los papeles.
—Toma. Lo que querías.
Al recogerlos, añadió en voz baja, pero lo bastante alto para que todos lo oyeran:
—Eso sí, la casa no entra en la negociación.
Le miré.
—La casa es mía. La compré antes de casarme.
Daniel sonrió.
—Ya no.
Sentí un frío horrible en la nuca.
—¿Qué has hecho?
—El mes pasado, cuando estabas ingresada por la operación de vesícula, firmaste un poder notarial. Con eso refinancié la vivienda, cubrí deudas comunes y trasladé la titularidad. Legalmente, Clara, estás fuera.
Algunos compañeros bajaron la mirada. Otros me observaron como si yo fuera una idiota.
Irene acarició el brazo de Daniel.
—Cariño, no discutáis más. No es bueno para el bebé.
Todo el aire desapareció de la habitación.
Miré su vientre plano. Luego a Daniel.
Durante siete años me había dicho que no quería hijos.
—Felicidades —susurré.
Álvaro me empujó hacia la puerta.
—Ya has dado bastante vergüenza. Vete.
Tropecé contra el marco.
Daniel alzó otra copa.
—Brindemos —dijo—. Por la libertad.
El sonido de los cristales chocando me siguió hasta el pasillo.
No lloré.
Solo cogí las dos botellas de vino que había dejado en la entrada y me fui.
Una hora después compré otro móvil, recuperé mi tarjeta SIM y volví a mi piso.
Mi código de acceso no funcionó.
Mi huella tampoco.
Entonces la puerta se abrió desde dentro.
Irene apareció vestida con mi pijama de seda azul, sosteniendo mi taza favorita.
—Clara —dijo con una sonrisa dulce—, ¿qué haces aquí?
La empujé y entré.
Mis zapatos habían desaparecido del recibidor. Mis fotos ya no estaban en la pared. En el sofá, Daniel leía tranquilamente una tablet.
—Daniel —dije con la voz rota—, ¿dónde está Bruno?
Bruno era mi golden retriever. Mi perro. Mi familia.
Irene arrugó la nariz.
—Ah, ese perro que soltaba tanto pelo…
Daniel dejó la tablet sobre la mesa.
—Lo llevé esta tarde a una protectora.
Me quedé sin respiración.
—¿A cuál?
Daniel sonrió.
—No lo sé. A una de las afueras.
Entonces Irene añadió, con una suavidad venenosa:
—Quizá ya lo hayan sacrificado. Era bastante grande y viejo, ¿no?
Y en ese instante, mientras mi mundo se partía por completo, sonó el timbre de la puerta.
Daniel frunció el ceño.
Irene palideció.
Y al abrir, tres personas vestidas de negro mostraron sus credenciales.
—¿Clara Montes? Somos de la Unidad de Delitos Económicos. Venimos por la denuncia que presentó usted esta mañana.
PARTE2
