PARTE 2
—Eso es imposible —susurró Beatriz.
Nadie se movió.
Lucía miró al abogado esperando que corrigiera sus palabras, pero Samuel Cárdenas deslizó hacia ella una carpeta con el sello notarial.
—Don Esteban le dejó también la residencia de Cuernavaca, dos edificios comerciales y la administración de la Fundación Alcázar.
Octavio reaccionó primero.
Se lanzó sobre la mesa y arrebató varias hojas.
—¡Esta mujer lo manipuló! ¡Se metió en su cama de enfermo y le llenó la cabeza de mentiras!
Mateo lo sujetó del brazo.
—No vuelvas a hablar de ella así.
—¿Ahora la defiendes? —Octavio se soltó violentamente—. Claro. Si sigues casado con ella, también tendrás acceso a todo.
Lucía sintió una punzada. Incluso en aquel momento, seguían reduciéndola a dinero.
Samuel levantó la voz.
—La herencia incluye condiciones específicas. Ningún cónyuge podrá reclamar participación sobre las acciones heredadas. La señora Herrera será su única titular.
Mateo palideció.
Beatriz miró a su hijo con desprecio.
—Ni siquiera te dejó beneficiarte.
Lucía abrió la carpeta, pero las letras parecían moverse ante sus ojos.
—Yo no puedo aceptar esto.
—Debe escuchar el resto —dijo Samuel.
El abogado explicó que Beatriz conservaría una casa y una pensión vitalicia. Mateo recibiría el diez por ciento de las acciones, pero no tendría poder ejecutivo durante cinco años. Octavio quedaba excluido de la dirección hasta que concluyera una auditoría externa.
Renata se puso de pie.
—¿Y nosotros?
Samuel la miró con frialdad.
—El señor Octavio recibirá un fideicomiso personal, sujeto al resultado de la investigación financiera.
—¿Qué investigación?
El abogado abrió otra carpeta.
—La relacionada con las empresas proveedoras que desviaron más de cuatrocientos millones de pesos de las fábricas del grupo.
Octavio dejó de gritar.
Lucía comprendió entonces que Don Esteban había reunido pruebas durante sus últimos meses. Los informes que revisaron en la biblioteca no eran simples sospechas. Octavio había creado compañías falsas para vender servicios al grupo a precios inflados. Algunos ejecutivos, incluido el director financiero, habían colaborado con él.
—Esto es una emboscada —dijo Octavio—. Ella preparó todo.
—Yo fui quien detectó las irregularidades —respondió Lucía—, pero no sabía quién estaba detrás.
—Mentirosa.
Mateo se colocó entre ellos.
—Basta.
Octavio lo empujó.
—Tú trajiste a esta mujer. Tú la dejaste entrar en nuestra familia.
—Y fue lo único correcto que hice.
Lucía lo miró. Había deseado escuchar esas palabras durante meses, pero ahora llegaban demasiado tarde para borrar las heridas.
Samuel anunció que la primera reunión del consejo se celebraría la mañana siguiente. Si Lucía rechazaba la herencia, las acciones pasarían a un fideicomiso dirigido por tres administradores independientes. La familia tampoco recuperaría el control.
—Don Esteban previó todas las posibilidades —concluyó.
Cuando la reunión terminó, Beatriz siguió a Lucía hasta el ascensor.
—¿Cuánto quieres?
Lucía presionó el botón de la planta baja.
—No entiendo.
—Para devolvernos la empresa. Dime una cifra.
—Su padre no era una empresa.
—No finjas que te importaba. Tú viste una oportunidad y la aprovechaste.
—Estuve con él cuando no podía sostener una cuchara. Lo ayudé a caminar. Escuché sus historias. Sé qué canción tarareaba cuando sentía dolor y qué fotografía miraba antes de dormir. ¿Dónde estaban ustedes?
Beatriz levantó la mano para abofetearla.
Mateo apareció y le detuvo la muñeca.
—No la toques.
—Suéltame.
—No.
Beatriz observó a su hijo como si fuera un extraño.
—Esa mujer te ha quitado todo.
—No, mamá. Fui yo quien casi la perdió porque quise evitar una discusión contigo.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Lucía entró sola.
—No hagas esto —pidió Mateo.
—¿Qué cosa?
—Salir de mi vida.
—Fuiste tú quien salió primero. Solo que tardé demasiado en aceptarlo.
Las puertas se cerraron entre ambos.
Lucía pasó la noche en vela. La carpeta permaneció cerrada sobre la mesa de la cocina. Su madre, Rosa, preparó café y se sentó frente a ella.
—¿Vas a aceptar?
—No lo sé.
—¿Qué querría Don Esteban?
—Que protegiera la empresa.
—Entonces ya sabes la respuesta.
—La gente dirá que tenían razón. Que me casé con Mateo para quedarme con su fortuna.
Rosa le tomó las manos.
—La gente también decía que yo nunca lograría criarte sola. Decían que abandonarías la escuela, que terminarías pidiendo limosna, que una muchacha de esta colonia no podía llegar a ningún lado. Si hubiéramos vivido para demostrarles algo a ellos, nunca habríamos vivido para nosotras.
A la mañana siguiente, Lucía entró en la sede de Grupo Alcázar.
Los guardias de seguridad no sabían cómo tratarla. Algunos empleados la reconocieron por las fotografías difundidas en los periódicos. Otros susurraron al verla pasar.
En la sala del consejo, doce hombres y tres mujeres esperaban alrededor de una mesa de caoba. La mayoría habían trabajado durante décadas con Don Esteban. Ninguno parecía feliz de recibir órdenes de una mujer de treinta años procedente de una colonia marginal.
Octavio ya estaba allí.
—No puedes presidir esta reunión —dijo—. Impugnaré el testamento.
Lucía ocupó la silla de Don Esteban.
—Es tu derecho.
—Voy a demostrar que te aprovechaste de un anciano enfermo.
—Mientras lo intentas, la empresa seguirá funcionando.
El director financiero, Arturo Salcedo, intervino.
—Señora Herrera, dirigir un conglomerado de esta magnitud requiere experiencia.
—Tiene razón.
Una sonrisa de satisfacción apareció en varios rostros.
—Por eso comenzaré escuchando a quienes conocen cada área —continuó Lucía—. Pero también realizaré una auditoría completa. Todas las cuentas, contratos y sociedades vinculadas serán revisadas.
La sonrisa de Arturo desapareció.
—Eso paralizaría operaciones importantes.
—Solo paralizará lo que no pueda justificarse.
Durante las semanas siguientes, Lucía trabajó dieciséis horas al día. Recorrió fábricas, hoteles y oficinas. No visitaba únicamente a los directores; se sentaba con recepcionistas, cocineros, costureras, choferes y personal de limpieza.
En la planta textil de Puebla, una trabajadora llamada Adriana le mostró maquinaria defectuosa que llevaba meses causando accidentes.
—Los supervisores dicen que reemplazarla cuesta demasiado —explicó.
Lucía ordenó detener la línea hasta que fuera reparada.
—Perderemos millones —protestó el gerente.
—Una mano humana vale más que una semana de producción.
La frase llegó a los periódicos.
Algunos la llamaron populista. Otros comenzaron a verla como la heredera que Don Esteban había elegido por una razón.
Sin embargo, los ataques también aumentaron.
Aparecieron fotografías de su antigua casa, de su madre vendiendo comida y de Lucía trabajando como limpiadora. Los titulares la describían como “la cenicienta del imperio Alcázar”. Un programa de televisión insinuó que había seducido al anciano.
Renata filtró rumores sobre supuestas transferencias secretas.
Mateo intentó comunicarse muchas veces. Lucía no contestó hasta que él llegó sin avisar a La Esperanza.
No llevaba escoltas ni automóvil de lujo. Caminó por la calle bajo una lluvia intensa y se detuvo frente a la casa.
—No vine a pedirte acciones —dijo—. Vine a pedirte perdón.
Lucía permaneció bajo el techo de lámina.
—Eso no cambia lo que ocurrió.
—Lo sé.
—Cuando tu madre me echó del hospital, te quedaste inmóvil.
—Lo sé.
—Cuando me acusaron de esperar la muerte de tu abuelo, dudaste de mí.
Mateo bajó la cabeza.
—Tenía miedo de enfrentarme a mi familia.
—Y elegiste que yo enfrentara ese miedo sola.
—Sí.
Por primera vez, no intentó justificarse.
—Renuncié a mi puesto —añadió.
Lucía se sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque lo obtuve por mi apellido. Quiero saber si puedo construir algo sin esconderme detrás de él.
Sacó el anillo que ella había dejado en el funeral.
—No voy a pedirte que vuelvas. Todavía no merezco hacerlo. Solo quería devolverte esto. La decisión será tuya.
Colocó el anillo sobre una pequeña mesa y se marchó bajo la lluvia.
Lucía no corrió tras él.
Pero tampoco tiró el anillo.
La auditoría terminó dos meses después.
Las pruebas contra Octavio eran abrumadoras. Había utilizado compañías de Renata, cuentas extranjeras y contratos falsificados. Arturo Salcedo estaba implicado. El dinero robado había financiado residencias, viajes, obras de arte y deudas personales.
Antes de que Lucía presentara el informe al consejo, Octavio apareció en su oficina.
Parecía no haber dormido.
—Podemos llegar a un acuerdo.
—Los abogados ya tienen el informe.
—Soy el nieto de Esteban Alcázar.
—Eso no te da derecho a robarle a los trabajadores.
Octavio cerró la puerta.
—Si entregas esas pruebas, destruirás a la familia.
—Tú tomaste esa decisión cuando robaste.
—También destruirás a Mateo. El apellido aparecerá en todos los periódicos. Los bancos retirarán créditos. Las acciones caerán.
Lucía sabía que parte de aquello era cierto. Una denuncia pública podía provocar una crisis. Miles de empleos estaban en juego.
—¿Qué propones?
Octavio dejó un documento sobre el escritorio.
—Renuncio, devuelvo una parte del dinero y me marcho del país. Tú retiras la investigación.
—¿Una parte?
—Lo demás ya no existe.
—Entonces venderás tus propiedades.
El rostro de Octavio se endureció.
—No puedes dejarme sin nada.
—Eso les hiciste a muchas familias cuando desviaste los fondos destinados a las fábricas.
—No compares.
—Tienes razón. Ellos trabajaron por su dinero.
Octavio se inclinó sobre el escritorio.
—No olvides dónde naciste. Puedes sentarte en la silla del abuelo, vestirte como una ejecutiva y hablar con abogados, pero siempre serás la muchacha del barrio que entró por la puerta de servicio.
Lucía sostuvo su mirada.
—Yo nunca he olvidado de dónde vengo. Tú sí olvidaste de dónde venía la fortuna de tu familia.
Octavio salió prometiendo destruirla.
Esa misma noche, un incendio comenzó en el archivo de la sede central.
Lucía recibió la llamada mientras revisaba documentos en casa. Cuando llegó, las llamas salían por una ventana del cuarto piso. Los bomberos evacuaban a los empleados.
—Los servidores de respaldo —dijo al jefe de seguridad—. Las pruebas de la auditoría están allí.
—El fuego comenzó cerca del sistema informático.
Lucía comprendió de inmediato.
Octavio quería eliminar las evidencias.
Entonces vio un automóvil estacionado al otro lado de la avenida. Renata estaba dentro, llorando. Al notar que Lucía se acercaba, intentó arrancar, pero un vehículo de la policía le cerró el paso.
—¿Dónde está Octavio? —preguntó Lucía.
Renata temblaba.
—Entró al edificio.
—¿Por qué?
—Dijo que tenía que recuperar unos documentos.
Un bombero corrió hacia ellas.
—Falta un trabajador. El señor Mateo Alcázar entró antes de que acordonáramos la zona. Al parecer vio a alguien atrapado en el cuarto piso.
Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Levantó la vista.
Detrás de una ventana cubierta de humo apareció la silueta de Mateo sosteniendo a Octavio sobre un hombro.
Un estruendo sacudió el edificio.
La ventana explotó.
Y ambos desaparecieron entre las llamas.
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