Desde que tengo memoria, sueño con el agua. No sueños bonitos, no. Sueño con que me hundo, con que mis pulmones se llenan de mar y no encuentro el fondo. Me despierto sin aire y con la convicción de que ese sueño algún día va a volverse real.
Mi nombre es Marina. Tengo casi doce años, vivo en Cádiz con mi madre adoptiva, Carmen, y el mar me da pánico. O me daba pánico. Porque esta semana todo cambió.
Fue un martes ordinario. Me dejaron en el instituto y, nada más entrar, vi a un chico nuevo en el patio siendo rodeado por Aitana y su grupo. Caminaban en círculo a su alrededor como si fuera una presa.
No lo dudé. Me planté delante de ellos y dije en voz alta que iba a buscar al director ahora mismo si no se largaban. Aitana me miró con esos ojos de hielo que tiene, pero se fue.
El chico se llamaba Marcos. Caminaba con muletas. Me agradeció la intervención con una sonrisa torcida y me explicó que Aitana había descubierto su enfermedad: huesos de cristal, lo llaman los médicos. Sus huesos se rompen con casi nada. Me dijo que así sería el resto de su vida, todos los días, sin excepción.
Sentí una opresión en el pecho que no supe explicar.
Llegamos juntos a clase. La profesora, la señora Herrera, lo presentó al grupo. Mi amiga Lucía lo miró y, sin pensarlo, preguntó en voz alta qué le pasaba en las piernas. La señora Herrera la cortó: “No preguntes qué le pasa. Pregunta qué le hace diferente.” Lucía repitió la pregunta y Marcos, sin inmutarse, explicó su enfermedad a toda la clase.
Aitana, desde el fondo, le tiró un papel. La señora Herrera la riñó. Después se giró hacia la pizarra y Lucía me susurró que no me hiciera amiga del chico nuevo, que era un suicidio social.
Le dije que creo que ya era tarde para eso.
Fue entonces cuando ocurrió.
La señora Herrera hablaba de metamorfosis. Yo tenía delante una botella de agua y, sin querer, la estaba mirando fijamente. El agua se movió. No fue el viento, no fue el cristal, no hubo temblor. El agua simplemente se movió, como si alguien hubiera metido el dedo dentro, pero nadie lo había hecho.
Me quedé helada. La señora Herrera me hizo una pregunta directa. No supe qué contesté. Solo recuerdo que el agua volvió a moverse, esta vez más fuerte, y que todo el mundo me miró.
Pedí permiso para ir al baño y salí corriendo. No fui al baño. Salí del instituto, crucé la calle y no paré hasta llegar a casa. Carmen me vio entrar y me preguntó qué hacía allí a esas horas. Le dije que habían cancelado las clases. No se lo creyó, pero antes de que pudiera insistir me encerré en mi habitación.
Cogí un vaso de agua. Lo puse sobre la mesa. Me senté frente a él y lo miré.
El agua se movió.
Lo hice tres veces más. Las tres veces igual. El agua obedecía algo que venía de mí, de mis ojos o de mi cabeza o de algo que todavía no tenía nombre.
Cuando Lucía apareció sin avisar y me preguntó qué demonios me pasaba, intenté mostrárselo. El vaso se me escapó de control y cayó al suelo. Carmen entró, vio el desastre, me regañó y se fue. Lucía no había visto nada.
Más tarde, Marcos apareció bajo mi ventana tirando piedrecitas como en las películas. Me propuso dar un paseo. Bajé. Caminamos por el paseo marítimo y él me habló de su padre, Gerardo, un investigador obsesionado con encontrar una cura que les había traído hasta Cádiz. Me dijo que su madre los abandonó por esa obsesión. Me dijo que no quería ser una carga.
Le dije que todos los hijos somos una carga, de una forma u otra.
Se rio. Fue la primera vez que lo vi reír.
Esa noche, Carmen me enseñó fotos de mi madre biológica, Esmeralda. Era preciosa. Carmen me dijo que me habría amado. Me dijo también que Esmeralda me protege a su manera. Cuando le pregunté si mi padre podría seguir vivo, dudó demasiado antes de responder.
Al día siguiente, el cumpleaños de Lucía, me regaló un collar. Cuando me lo puso al cuello, brilló. Solo un instante, pero brilló. Lucía me miró y me dijo que tenía que prometerte que nunca me lo quitaría.
Esa tarde, Carmen y la madre de Lucía, Rosa, se encerraron en el salón. Oí la voz de Rosa diciendo que ya era hora de contarme la verdad. Oí a Carmen decir que no podía, que no era fácil para ella. Entré y les pregunté de qué hablaban.
Carmen me pidió que esperara a la cena.
En la cena, las cuatro sentadas a la mesa, Carmen miró a Rosa. Rosa miró a Lucía. Lucía me miró a mí. Y entonces Lucía preguntó si yo recordaba que Rosa alternaba entre vivir en tierra y en el mar cada tres meses, supuestamente por su trabajo.
Le dije que sí, claro.
Lucía respiró hondo.
—Las sirenas de sangre mixta tienen que volver al océano cada tres meses. Mi madre es sirena, Marina. Y tú también lo eres.
Me quedé sin palabras. Miré a Carmen. Y Carmen, con los ojos llenos de lágrimas, asintió.
—Vas a transformarte completamente en tu decimosegundo cumpleaños —dijo en voz baja—. Este fin de semana.
Levanté la mano, concentré la mirada en el vaso del centro de la mesa, y el agua salió disparada hacia el techo.
Las tres se quedaron en silencio.
Pero entonces Rosa dijo algo que heló el aire de la habitación.
—Eso lo cambia todo, Marina. Esa habilidad significa que tu sangre puede curar. Y hay personas que lo saben. Personas que llevan semanas siguiéndote.
Parte 2

El silencio duró apenas tres segundos. Luego Carmen se levantó, cerró las persianas y apagó la luz del pasillo.
Rosa explicó con voz serena, como quien lleva años repasando ese discurso, que la sangre de una sirena de sangre mixta durante su proceso de transformación tiene propiedades curativas extraordinarias. Regenera tejido. Repara hueso. Cura lo que la medicina humana no puede tocar.
—¿Y eso por qué es un problema? —pregunté.
—Porque hay cazadores que lo saben —respondió Rosa—. Hombres que llevan generaciones buscando a sirenas jóvenes en fase de cambio. No para hacerles daño sin más. Para extraer la sangre. Y para eso, Marina, no les importa lo que te ocurra después.
Me levanté de la silla. No grité. No lloré. Solo me fui a mi habitación y cerré la puerta con llave.
Esa noche, mientras me bañaba, vi cómo mis piernas desaparecían bajo el agua y en su lugar aparecía algo parecido a una cola. No duró más de diez segundos. Luego volví a ser yo. Me desmayé en la bañera y no supe más hasta que abrí los ojos en urgencias del Hospital Puerta del Mar.
Carmen estaba a mi lado. Rosa y Lucía también.
—¿Qué me pasó? —pregunté.
—Lo que le pasa a todas —dijo Rosa—. La primera vez asusta. Pero es completamente normal.
—¿Puedo parar el proceso?
—No.
—¿Y mi madre biológica? ¿Esmeralda está viva?
Rosa asintió. Me explicó que Esmeralda es una sirena de sangre pura. Puede entrar y salir del agua cuando quiera, sin límite. Es la líder de su comunidad bajo el océano. Me entregó a Carmen para protegerme, no porque no me quisiera, sino porque cerca de ella era donde más peligro corría.
—¿Y por qué no vino a buscarme? —La voz me salió más pequeña de lo que quería.
Rosa posó su mano sobre la mía. —Porque protegerte era quedarse lejos.
Pedí a la enfermera que sacara a todo el mundo de la habitación. Cuando me trajo agua y se fue, me escabullí por la escalera de emergencias.
Fui a casa de Marcos.
Su padre, Gerardo, abrió la puerta. Había otro hombre con él, un tipo corpulento llamado Borja, que me miró de arriba abajo con demasiada atención. Cuando le dije que buscaba a Marcos, los dos se apartaron para dejarme pasar sin decir nada. Borja me preguntó cuántos años tenía. Le dije que casi doce. Sonrió como si eso le diera alguna información útil.
Marcos me llevó al salón. En la pared había dibujado un palo extraño: largo, con un extremo afilado y una bola en el otro.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Gerardo respondió antes que su hijo. Lo llamó palo de llamada. El extremo afilado servía para matar peces grandes. La bola, para llamarlos a la orilla. Añadió que los peces de los que hablaba no eran los que yo encontraría en ningún libro de biología marina.
Vi una pistola tranquilizadora sobre la mesa. Pregunté si Gerardo era cazador. Borja respondió que dependía de lo que se estuviera cazando. Marcos me cortó y me propuso salir a caminar.
Cuando estuvimos solos le conté todo. Que era sirena. Que me transformaría ese fin de semana. Que tenía sangre curativa. Marcos no parpadeó. Me dijo que su padre llevaba años estudiando sirenas, que casi todos sus apuntes hablaban de lo mismo: la sangre de una sirena joven en transformación podía curar la enfermedad de huesos de cristal. Me dijo también que creía que su padre ya había llegado a la misma conclusión sobre mí.
—Me va a hacer daño —dije.
—No si yo puedo evitarlo.
Le ofrecí curarle con mis poderes, en mis términos, sin que su padre estuviera cerca. Sus ojos se abrieron un momento. Pero antes de que pudiera responder, sentí que algo me fallaba en el pecho. Dificultad para respirar. Me caí.
Lucía, que me había seguido desde el hospital sin que yo lo supiera, tiró de la alarma de incendios del pasillo para vaciar el edificio. Luego me arrastró hasta la directora del instituto, la directora Romero, que resultó ser también una sirena. Me dio un inhalador especial y el aire volvió a mis pulmones.
Esa noche Lucía me llevó a la sala de las mareas, un sótano bajo una planta desalinizadora en el puerto. Allí estaban Carmen, Rosa, la señora Herrera y otras mujeres que no conocía. Me miraron como si me conocieran de toda la vida.
La directora Romero llegó poco después y anunció el plan: esa noche dormiría en casa segura y al día siguiente me llevarían a completar la transformación antes del amanecer del sábado. Treinta minutos en el agua y la cola quedaría fijada. Luego viajaría al fondo del mar durante tres años.
Carmen me abrazó sin decir nada. Le noté el temblor en los hombros.
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Marcos entró al almacén donde su padre guardaba el material de investigación y lo encontró vacío. Todo desmontado. Corrió a buscar a Gerardo y lo encontró coordinando a varios hombres en un aparcamiento junto al puerto. Borja le informó de que sus hombres habían visto a varias mujeres entrar en la planta desalinizadora.
Marcos intentó convencer a su padre de que se detuviera. Gerardo se negó. Solo cedió cuando Marcos amenazó con revelar el nombre de la sirena, y luego lo volvió a retener cuando Marcos se negó a decirlo sin una promesa de no hacerle daño. Gerardo no prometió nada. Pero lo dedujo.
—Es la chica nueva —dijo—. La amiga de tu hijo.
Y dio orden de rodear la casa esa misma noche.
Los guardias que Carmen había puesto en la puerta cayeron con dardos tranquilizadores antes de que pudieran reaccionar. Borja entró. Carmen me despertó y me sacó por la ventana trasera. Pero Borja la atrapó a ella.
Marcos me encontró en la calle y me ayudó a escapar. Corrimos hasta la planta desalinizadora, pero los hombres de Gerardo la tenían vigilada. Marcos distrajo a uno de ellos y yo me escurrí hacia el bosque de pinos que hay detrás del puerto, donde dormí hasta el amanecer.
Al día siguiente la señora Herrera y Lucía me encontraron y me llevaron a la casa segura. Había una piscina interior. Entré al agua y en treinta minutos la cola estaba formada. Era escamosa y brillaba como el aceite sobre el mar al atardecer.
Luego fuimos a la playa.
Rosa y la directora Romero habían negociado con Gerardo la liberación de Carmen a cambio de dejarla convencer a Marina de entregarse voluntariamente. Gerardo aceptó, pero puso un plazo: cuatro horas. Y puso a Borja siguiendo a Carmen para que no lo traicionara.
Cuando llegamos a la orilla, las mujeres me metieron en el agua. Nadé. Por primera vez en mi vida el mar no me dio miedo. El mar era yo.
Y mientras nadaba hacia el fondo, vi una luz que se acercaba. Esmeralda.
No me dijo nada que no supiera ya. Solo me miró como solo puede mirarte alguien que te lleva dentro aunque lleve años lejos.
Volvimos juntas a la superficie.
En la orilla, Borja había agarrado a Lucía. La sujetaba por el brazo y le decía a gritos que esperaría a su transformación para demostrar que su proyecto funcionaba. Rosa intentó intervenir y la redujeron. Gerardo miraba sin moverse, dividido entre la vergüenza y la necesidad.
Marcos apareció corriendo desde el paseo. Le gritó a su padre que estaba cometiendo un error. Gerardo le ordenó que se fuera. Marcos se quedó.
Borja sacó el extremo afilado del palo de llamada y lo lanzó hacia Lucía.
Marcos se interpuso.
Cayó al suelo con los huesos del pecho rotos. Gerardo se arrodilló junto a su hijo y tardó unos segundos en aceptar lo que veía. Borja no mostró remordimiento.
Carmen cogió la bola del palo y la hizo sonar tres veces sobre el agua.
Esmeralda salió del mar despacio.
Se acercó a Gerardo, que lloraba sin hacer ruido, y le puso una mano en el hombro. Le dijo que no se preocupara. Luego me miró a mí.
Me arrodillé junto a Marcos. Puse mi mano sobre su pecho y canté, aunque no sabía que sabía hacerlo. Las otras mujeres se unieron. La voz de todas juntas sonó como el mar cuando rompe en calma contra las rocas.
Marcos abrió los ojos.
—Pensaba que ya te habías ido —dijo.
—Me voy. Pero primero tenía que arreglar esto.
Se quedó mirándome. —¿Y mis huesos?
Sonreí. —Prueba a levantarte.
Se levantó sin las muletas. Dio un paso. Luego otro. Gerardo lo miraba como si estuviera viendo algo imposible, que era exactamente lo que era.
Borja intentó cogerme del brazo antes de que me fuera. Le recordé, tranquilamente, que el cuerpo humano es un sesenta y cinco por ciento agua. Y que yo controlo el agua.
No necesité hacer nada más. Soltó mi brazo.
Abracé a Carmen. Le dije que volvería en tres años. Me dijo que estaría esperando con el desayuno puesto.
Esmeralda y yo entramos juntas en el mar. Las olas de Cádiz cerraron sobre nosotras como una puerta.
Y por primera vez en doce años, no tuve miedo de ahogarme.