La primera vez que vi a Diego Salvatierra después de siete años, estaba arrodillado frente a la tumba de mi hermano.
Con un pañuelo blanco limpiaba la lápida, como si tuviera derecho a tocar aquel mármol.
Como si sus manos no estuvieran manchadas con la muerte de Álvaro.
Como si no hubiera sido él quien me metió en la cárcel.
Me quedé quieta a unos pasos, sujetando un ramo de crisantemos blancos contra el pecho. Hacía frío en el cementerio de La Almudena, ese frío seco de Madrid que no cala la ropa, sino los huesos.
Diego levantó la vista.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
Sus ojos pasaron de mi abrigo oscuro a mi rostro, luego a mis manos. Primero vi sorpresa. Después una alegría casi enferma. Y por último, una culpa tan evidente que habría dado pena si yo todavía fuera capaz de sentir algo por él.
—Inés… —murmuró.
Hacía siete años que nadie me llamaba así.
En Lisboa, donde había reconstruido mi vida, yo era Elena Costa. Otra mujer. Otro pasaporte emocional. Otra historia.
—No me llamo así —respondí.
Diego se puso de pie con torpeza. Siempre había sido un hombre elegante, de esos que parecían haber nacido con traje caro y palabras medidas. Pero aquel día tenía las mangas del abrigo llenas de polvo, los ojos rojos y la respiración rota.
—Te busqué durante años. Pensé que… pensé que también habías muerto.
Me dieron ganas de reír.
Morí, sí. Pero no como él imaginaba.
Morí el día que me esposaron delante de toda la prensa local.
Morí cuando él declaró contra mí con voz firme, diciendo que yo había falsificado documentos de la empresa de mi hermano.
Morí cuando salí de prisión dos años después y descubrí que Diego ya vivía con Clara, la viuda de Álvaro.
La mujer por la que mi hermano habría cruzado un incendio.
La misma mujer que, según todos, había llorado sobre su ataúd.
—Inés, por favor —dijo él, dando un paso hacia mí—. Sé que me odias por lo de entonces, pero yo tenía mis razones.
Levanté la mirada lentamente.
—¿Razones?
Él tragó saliva.
—No fue tan sencillo. Había cosas que tú no sabías. Yo intenté protegerte.
La palabra proteger me atravesó como una cuchilla oxidada.
Proteger.
Después de dejarme encerrada en una celda durante setecientos treinta días.
Después de entregar a la policía pruebas que él sabía incompletas.
Después de obligarme a escoger entre confesar un delito que no cometí o ver cómo destruían lo poco que quedaba del nombre de mi hermano.
Me acerqué a la lápida de Álvaro y dejé el ramo con cuidado.
En la fotografía, mi hermano sonreía con esa calma suya de siempre. Tenía veintiocho años para toda la eternidad. Yo ya tenía treinta y cinco. Era una injusticia absurda seguir envejeciendo mientras él permanecía allí, joven, limpio, incapaz de defenderse.
—He vuelto para hablar con mi hermano —dije—. No contigo.
Diego apretó los labios.
—Cada año vine aquí. Cada cumpleaños tuyo, cada aniversario de su muerte… Yo nunca olvidé.
Entonces sacó una bolsa de papel del coche, aparcado a pocos metros. Dentro había pequeños paquetes envueltos con cintas: unos pendientes de plata, una bufanda de lana, una caja de música, un cuaderno de tapas azules.
—Te prometí que todos tus cumpleaños tendrías un regalo hecho por mí o elegido por mí. Como no sabía dónde estabas, los guardé.
Los miré sin tocarlos.
Hubo un tiempo en que habría llorado por eso.
Hubo un tiempo en que Diego era mi héroe.
Cuando yo tenía dieciocho años y un desprendimiento de tierra sepultó el albergue donde celebrábamos el viaje de fin de curso, él cavó con las manos desnudas hasta sacarme viva. Caminó toda una noche cargándome a la espalda, sin zapatos, con los pies destrozados.
Desde entonces creí que un hombre capaz de arrancarme de la muerte jamás podría empujarme hacia ella.
Qué ingenua fui.
Su teléfono sonó.
En la pantalla apareció el nombre de Clara.
Diego se puso rígido.
Yo alcé una ceja.
Él contestó.
—Dime.
La voz de ella, aguda y dulce, se coló en el aire frío.
—Cariño, ¿dónde estás? Hoy es nuestro aniversario. Siete años de casados, ¿recuerdas? Reservé en el restaurante de siempre.
Siete años.
El mismo número de años que yo llevaba desaparecida.
El mismo número de años que mi hermano llevaba bajo tierra.
Diego no respondió.
—¿Cariño? —insistió Clara—. ¿Hay alguien contigo? He oído una voz de mujer.
Él colgó.
Así, sin más.
Luego me miró como si aquello no acabara de confirmar todo lo que yo necesitaba saber.
—No deberías irte sola —dijo—. Todavía tienes esa tos cuando cambia el tiempo.
Metió la mano en el bolsillo y me ofreció una mascarilla.
Me aparté.
—Se me curó hace mucho.
Era mentira. Algunas cosas no se curaban. Solo aprendían a doler en silencio.
Me despedí de Álvaro con la mirada y salí del cementerio.
Junto a la entrada había varias bicicletas públicas. Desbloqueé una con el móvil y monté. Antes de pedalear, Diego apareció a mi lado con su Mercedes negro.
—Inés, dime una cosa. ¿Has estado sola todos estos años?
Lo miré.
Pude decirle que no.
Pude contarle que en Lisboa alguien me esperaba. Que un hombre bueno, paciente y limpio de pasado me había pedido matrimonio. Que yo había vuelto a Madrid solo para contarle a Álvaro que, al fin, iba a casarme.
Pero no quería regalarle ni una migaja de mi felicidad.
—Sí —mentí—. Sola.
Vi una chispa de esperanza en sus ojos. Una chispa pequeña, vergonzosa.
—Entonces aún podemos hablar.
Sonreí apenas.
—Yo no hablo con hombres casados.
Pedaleé sin mirar atrás.
La antigua casa de Álvaro estaba en Vallecas, en un bloque viejo de ladrillo rojo. Hacía siete años que nadie vivía allí. La cerradura protestó al girar la llave, y al abrir la puerta me golpeó un olor a polvo, humedad y recuerdos muertos.
En el salón seguía colgada una foto de cuatro personas.
Álvaro, Clara, Diego y yo.
Éramos jóvenes. Éramos estúpidos. Creíamos que la lealtad bastaba para salvarnos.
Me acerqué a la mesa y limpié el polvo con la manga. Después coloqué una pequeña fotografía de Álvaro en el centro.
—Hermano —susurré—, he venido a contarte algo bonito.
No pude terminar.
La puerta se abrió.
Diego y Clara entraron sin llamar.
Clara llevaba un abrigo beige impecable y un perfume caro. Al verme, sonrió como si fuéramos amigas que se reencontraban después de un viaje.
—Inés, cariño… Diego me dijo que habías vuelto. ¿Por qué no avisaste? Habríamos ido a buscarte.
Yo extendí la mano.
—Las llaves.
La sonrisa de Clara tembló.
—¿Qué?
—Esta casa está a mi nombre. Mi hermano me la dejó antes de morir. Dadme las llaves.
Diego suspiró.
—Si Álvaro estuviera vivo, querría que los tres estuviéramos bien.
Miré la fotografía de mi hermano.
—Si Álvaro estuviera vivo, ninguno de vosotros se atrevería a cruzar esta puerta.
Clara palideció.
Entonces sus ojos cayeron sobre el retrato que yo había puesto sobre la mesa.
De pronto, se lanzó hacia delante y lo puso boca abajo.
—No hace falta sacar eso ahora —dijo con la voz rota—. Ya bastante dolor tenemos todos.
La miré fijamente.
Y por primera vez en siete años, pronuncié en voz alta la frase que ellos más temían escuchar:
—Mi hermano no murió por accidente, Clara. Y vosotros dos lo sabéis mejor que nadie.
El silencio fue tan profundo que pude oír cómo el llavero caía de la mano de Diego al suelo.
Y entonces, desde el pasillo, sonó una voz masculina que ninguno de los dos esperaba:
—Por fin alguien lo dice.
PARTE2
