Parte 2: La verdad bajo los agaves
Corrí hacia Mateo y lo aparté un instante antes de que el camión llegara hasta nosotros.
El conductor frenó bruscamente. Las ruedas levantaron una nube de polvo y el vehículo quedó detenido a pocos metros.
Abracé a mi hijo con tanta fuerza que comenzó a quejarse.
—¿Estás bien?
Mateo asintió, llorando.
Doña Amalia se acercó y lo tomó por los hombros.
—¿En qué estabas pensando? —le gritó al conductor—. ¡Es mi nieto!
El hombre bajó de la cabina, pálido.
—El señor Esteban dijo que no nos detuviéramos.
Todos miraron a Esteban.
—Eso es mentira —respondió él—. Solo le dije que avanzara.
—Había un niño en el camino —dijo don Tomás.
Esteban se volvió hacia los trabajadores.
—El primero que siga escuchando a esta mujer quedará despedido.
Nadie se movió.
Uno de los hombres dejó caer la coa con la que cortaba los agaves.
Después otro hizo lo mismo.
En pocos segundos, las herramientas comenzaron a caer sobre la tierra.
—No trabajaremos hasta que esto se aclare —declaró don Tomás.
Esteban sacó el teléfono.
—Voy a llamar a la policía para que retiren a esta invasora.
—Hazlo —respondí—. Así podrán revisar también tus contratos.
Doña Amalia seguía abrazando a Mateo. Mi hijo no se apartó, pero tampoco le devolvió el abrazo.
—Abuela —susurró—, tú dijiste que mi mamá no tenía derecho a estar aquí.
La anciana abrió la boca, pero no encontró palabras.
Varias patrullas llegaron una hora después. Con ellas apareció don Julián, acompañado por una funcionaria del Registro Agrario y dos agentes de la fiscalía.
El anciano bajó del automóvil con dificultad.
—Lamento la demora —me dijo—. Recibí tu mensaje y comprendí que Esteban intentaría sacar la cosecha.
La funcionaria revisó las escrituras delante de todos. Comparó los mapas con los números de las parcelas y confirmó que los campos del norte pertenecían legalmente a la sucesión de Ernesto Salgado, cuya heredera reconocida era yo.
—Hasta que concluya la actualización registral —anunció—, ninguna cosecha podrá salir sin la autorización de la señora Elena Salgado.
Doña Amalia parecía haberse convertido en piedra.
—¿Todo esto es auténtico? —preguntó.
Su abogado examinó los sellos.
—Sí, señora.
Esteban intentó alejarse, pero dos agentes lo detuvieron.
—Necesitamos hacerle unas preguntas sobre las facturas de Agroindustrial Robledo.
—No tienen derecho.
—La empresa recibió pagos de la hacienda y aparece vinculada a un familiar suyo.
—Fue un negocio legítimo.
—Entonces podrá demostrarlo.
Antes de subir a la patrulla, Esteban miró a doña Amalia.
—Tía, no permitas que esa mujer te quite lo que es nuestro.
Por primera vez, mi suegra no respondió.
Los trabajadores se reunieron alrededor de don Julián para observar los mapas. Muchos llevaban toda la vida creyendo que la familia Villaseñor era propietaria de cada piedra y cada árbol de San Jacinto.
—¿Qué pasará con nosotros? —preguntó Rosa.
—Nadie perderá su empleo —aseguré—. Pero debemos revisar la cosecha antes de continuar.
Pasamos el resto del día recorriendo los campos.
El daño era peor de lo que imaginaba.
Esteban había ordenado cortar cientos de agaves inmaduros. Las plantas restantes estaban deshidratadas y el canal que llevaba agua desde el manantial había sido bloqueado con piedras y ramas.
En el almacén encontramos fertilizantes vencidos, herramientas oxidadas y registros falsificados.
—La cosecha no será la mayor de la historia —dijo don Tomás—. Si salvamos la mitad, será un milagro.
Doña Amalia caminaba detrás de nosotros en silencio. Su vestido negro estaba cubierto de polvo.
Cuando llegamos al manantial, se sentó sobre una roca.
—Daniel me advirtió sobre Esteban —murmuró.
Me detuve.
—¿Cuándo?
—Después de la muerte de Rafael. Dijo que mi sobrino no debía acercarse a las cuentas. Yo pensé que Daniel quería controlar todo.
—Intentaba protegerla.
—Como tú dices que intentaba protegerme ocultándome la verdad.
Su tono era amargo.
—Daniel sabía que usted habría vendido las tierras si descubría que no eran suyas.
Doña Amalia levantó la mirada.
—¿Eso pensaba de mí?
—Eso temía.
La anciana permaneció callada.
Mateo estaba ayudando a don Tomás a retirar ramas del canal. Su camisa se había ensuciado de lodo, pero por primera vez desde la expulsión parecía contento.
—Se parece tanto a Daniel —dijo doña Amalia.
—Lo sé.
—¿Por qué lo trajiste esta mañana?
—Porque insistió. Y porque yo estaba demasiado desesperada para pensar con claridad.
—Pudo morir.
La culpa en su voz me hizo enfurecer.
—Usted nos echó de nuestra casa. Permitió que Esteban amenazara a los trabajadores. Y ahora viene a hablarme de proteger a Mateo.
Doña Amalia bajó la cabeza.
—Tienes razón.
Nunca antes la había oído pronunciar esas palabras.
Sin embargo, una disculpa no podía reparar años de desprecio.
—La resolución reconoce que los campos son míos —dije—. A partir de hoy yo decidiré cómo se administran.
—¿Me obligarás a abandonar la hacienda?
—La casa principal le pertenece. No tengo intención de quitársela.
—Pero sin los campos, la casa no puede mantenerse.
—Ese problema lo creó Esteban utilizando su nombre para endeudarla.
La anciana se puso de pie con dificultad.
—Entonces supongo que has ganado.
—Esto no era una competencia.
—Para mí siempre lo fue.
Se alejó sola hacia la casa principal.
Durante los días siguientes convertimos el patio del vivero en un centro de operaciones. Recontraté a los trabajadores despedidos y suspendí los contratos firmados por Esteban.
También invité a especialistas de la universidad de Guadalajara para evaluar los cultivos. La conclusión fue dura: casi un tercio de la cosecha se había perdido.
Pero todavía podíamos salvar el resto.
Organizamos equipos para limpiar los canales, reparar las bombas y seleccionar únicamente los agaves maduros. Los vecinos de otras haciendas prestaron maquinaria. Las mujeres de la cooperativa prepararon comida para los trabajadores.
La historia de la propiedad se extendió por todo Jalisco.
Algunos periódicos me llamaron “la heredera secreta de San Jacinto”. Otros afirmaron que yo había planeado casarme con Daniel para recuperar las tierras de mi padre.
Esos rumores fueron los que más me lastimaron.
Una tarde, al salir de la escuela, Mateo escuchó a dos padres decir que su madre era una cazafortunas.
Regresó a casa enfadado.
—¿Te casaste con papá por la hacienda?
Me arrodillé frente a él.
—Cuando conocí a tu padre no sabía nada de las escrituras. Me casé con él porque lo amaba.
—Entonces, ¿por qué la abuela dice que somos Salgado y no Villaseñor?
—Porque está dolida y confundida.
—Yo soy las dos cosas.
Sonreí a pesar de la tristeza.
—Exactamente. Eres hijo de ambas familias.
Aquella noche apareció una camioneta frente a nuestra casa. Doña Amalia bajó sola.
Llevaba una caja llena de cartas, fotografías y cuadernos.
—Esto era de Daniel —dijo—. Debí entregártelo después del funeral.
La invité a pasar.
Se quedó de pie en la sala, como si la modesta vivienda le resultara ajena. Después vio el caballo de madera roto sobre una repisa.
—Daniel hizo ese juguete.
—Sí.
—Lo talló con madera del mezquite que plantó Rafael cuando nació.
Mateo salió de su habitación.
—Hola, abuela.
Doña Amalia se tensó.
—Hola.
Mi hijo observó la caja.
—¿Son cosas de mi papá?
—Sí. Pensé que te gustaría tenerlas.
Mateo comenzó a revisar los objetos. Encontró un sombrero pequeño, una libreta con dibujos y varias fotografías de Daniel cuando era niño.
—Mira, mamá. Papá tenía mis mismos dientes.
Doña Amalia soltó una risa breve. Fue la primera vez que la vi sonreír desde la muerte de su hijo.
Después sacó una carta doblada.
—Encontré esto en la oficina de Daniel.
La carta estaba dirigida a ella.
Daniel explicaba que había descubierto la verdad sobre las tierras y que planeaba contársela después de completar el registro. Le pedía que aceptara a los Salgado como parte de la historia de San Jacinto.
“Papá conservó la hacienda porque Ernesto Salgado sacrificó todo para salvarla”, había escrito. “Elena no vino a arrebatarnos nada. Sin saberlo, regresó al lugar que también pertenecía a su familia.”
Doña Amalia no pudo continuar leyendo.
Me entregó la hoja.
—Daniel sabía que yo te trataba mal.
—Sí.
—¿Por qué no me enfrentó?
—Lo hizo muchas veces.
—No con suficiente fuerza.
—Porque era su madre.
La anciana se secó una lágrima con la punta de los dedos.
—Después del accidente necesitaba culpar a alguien. Tú eras joven. Tenías a Mateo. Podías marcharte y comenzar otra vida. Yo me quedé sola en una casa llena de recuerdos.
—Yo también perdí a Daniel.
—Pero él te amaba a ti de una manera que nunca amó a nadie.
—Eso no significa que la amara menos como madre.
Doña Amalia me miró.
—Lo sé ahora.
Mateo se acercó sosteniendo una fotografía.
—Abuela, ¿quieres cenar con nosotros?
Ella me observó, esperando mi decisión.
Aún no estaba preparada para perdonarla, pero tampoco quería que mi hijo aprendiera a responder al dolor con más rechazo.
—Puedes quedarte —dije.
Durante la cena hablamos poco. Sin embargo, cuando se marchó, Mateo la abrazó.
Doña Amalia cerró los ojos y apoyó el rostro sobre el cabello de su nieto.
—Perdóname, mi niño.
—Puedes venir mañana a ver cómo arreglamos el canal —respondió él.
La anciana prometió que lo haría.
No llegó.
A la mañana siguiente encontramos la casa principal cerrada. Su automóvil había desaparecido y ninguno de los empleados sabía dónde estaba.
Sobre la mesa del comedor había una nota dirigida a mí:
“San Jacinto ya tiene una dueña legítima. Yo solo soy un obstáculo. Venderé la casa para pagar las deudas que causé y no volveré a molestarlos.”
Debajo de la nota había un contrato preliminar de compraventa.
El comprador era una corporación hotelera que planeaba convertir la casa principal en un complejo turístico.
Y la firma definitiva estaba programada para el mismo día en Guadalajara.
Disclaimer: This story is a work of fiction created for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.