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Le dije: «Quien se case contigo será muy afortunado»… Y ella susurró: «Esperaba que fueras tú».

Le dije: «Quien se case contigo será muy afortunado»… Y ella susurró: «Esperaba que fueras tú».

En el verano de 1882, cuando las lluvias todavía alcanzaban los campos del norte de México y los caminos eran apenas dos huellas abiertas entre mezquites, Mateo Salazar tenía 29 años y vivía solo en el rancho que había heredado de sus padres.

El lugar se encontraba en las afueras de Santa Lucía del Mezquite, un pueblo pequeño de casas de adobe, calles polvorientas y una iglesia cuya campana podía oírse desde cualquier sembradío del valle. Mateo criaba ganado, reparaba sus propias cercas, pagaba sus deudas y cumplía su palabra incluso cuando hacerlo le costaba más de lo esperado.

No era un hombre triste, pero se había acostumbrado a la soledad.

Su madre había muerto 7 años antes. Su padre, poco después. Desde entonces, Mateo había dejado de imaginar una familia propia. Trabajaba desde antes del amanecer, cenaba frente a una silla vacía y se acostaba tan cansado que no tenía tiempo para preguntarse si aquello era realmente una vida.

Al otro lado del arroyo vivía la familia Montoya.

Don Julián era un hombre honorable, de barba entrecana y pocas palabras. Su esposa, Mercedes, tenía manos de curandera y el carácter suficiente para dirigir una casa sin levantar la voz. La única hija de ambos se llamaba Inés.

Inés Montoya tenía 24 años y una serenidad que hacía parecer fáciles hasta las labores más pesadas. Preparaba el desayuno, atendía el huerto, remendaba la ropa, llevaba comida a los enfermos y ayudaba a su padre con las cuentas del rancho.

Mateo la conocía desde hacía años.

Había compartido la mesa de los Montoya. La había visto recoger maíz, preparar conservas y montar a caballo bajo la lluvia. Siempre había pensado que Inés era una buena muchacha.

Lo que nunca había entendido era cuánto significaba para él verla.

Una mañana de julio, Mateo estaba reparando una cerca destruida por la creciente del arroyo. El sol apenas tocaba las copas de los álamos cuando escuchó una canción suave.

Inés había llegado con una canasta de ropa.

Se arrodilló junto al agua, se remangó la blusa y comenzó a lavar con movimientos firmes y precisos. Unos mechones oscuros escapaban de su trenza y el reflejo del arroyo temblaba sobre su rostro.

Mateo intentó concentrarse en el poste que estaba clavando.

No lo consiguió.

Inés levantó la mirada y sonrió.

—Buenos días, Mateo.

—Buenos días, Inés.

—Otra vez la corriente se llevó la cerca.

—Parece que tiene algo personal contra mis postes.

Ella rio.

Hablaron del clima, del ganado y de la cosecha de maíz. Luego guardaron silencio. No era una pausa incómoda. El agua corría entre ellos y las hojas se movían con el viento como si el mundo entero estuviera respirando.

Mateo regresó a su casa pensando que, por primera vez en muchos años, no se había sentido solo.

El último sábado de julio se celebró el baile de verano en la plaza del pueblo. Hubo faroles de aceite, música de violín, mesas llenas de tamales y familias enteras vestidas con sus mejores ropas.

Inés llegó con un vestido azul claro confeccionado por su madre.

Antes de que terminara la segunda canción, 3 jóvenes le habían pedido bailar.

Mateo observó desde una esquina, asegurándose a sí mismo que no le importaba.

Doña Jacinta Barragán, una viuda que lo conocía desde niño, aceptó bailar con él y esperó apenas unos minutos antes de hablar.

—Vas a torcerte el cuello de tanto mirar a Inés.

—No la estoy mirando.

—Mateo, te vi mentir cuando tenías 10 años y rompiste la ventana de la sacristía. Sigues haciéndolo igual de mal.

Él desvió la conversación, pero esa noche, mientras volvía caminando bajo las estrellas, se detuvo en medio del camino.

Inés no era solo la hija de sus vecinos.

Era la persona cuya voz buscaba entre todas las demás. La mujer que quería encontrar al final de cada jornada. La única presencia capaz de convertir un día común en algo digno de recordarse.

La revelación lo llenó de esperanza y de miedo.

Mateo sabía perder animales, cosechas y dinero. Había aprendido a sobrevivir a todo eso.

Pero no sabía qué ocurriría si deseaba a alguien y ese alguien no lo elegía.

Durante las semanas siguientes buscó pretextos para verla.

La acompañó a llevar caldo a don Eusebio, un anciano enfermo que vivía cerca del camino real. Reparó el portón de los Montoya sin que nadie se lo pidiera. Comenzó a presentarse a la hora de la cena con una frecuencia que hizo sonreír a Mercedes.

Don Eusebio fue el primero en perder la paciencia.

Una mañana, mientras Inés calentaba sopa en su cocina, el anciano miró a Mateo y señaló hacia ella.

—Serías el hombre más tonto de Sonora si no entendieras lo que tienes enfrente.

Inés se ruborizó y fingió buscar algo en una alacena.

Mateo bajó la voz.

—Estoy tratando de entenderlo.

—Pues date prisa. Los hombres lentos suelen llegar cuando la puerta ya está cerrada.

Mateo no supo entonces que aquella advertencia era más seria de lo que parecía.

El martes siguiente encontró a Inés nuevamente junto al arroyo. Ella estaba escurriendo una camisa cuando él se apoyó en la cerca.

Conversaron un rato. Después se produjo uno de aquellos silencios tranquilos que ambos habían aprendido a compartir.

Mateo la observó trabajar y las palabras escaparon de su boca antes de que pudiera detenerlas.

—El hombre que llegue a casarse contigo será muy afortunado.

Esperaba una risa o una respuesta ligera.

Inés se quedó inmóvil.

El color subió lentamente a sus mejillas. Primero miró la camisa entre sus manos. Después levantó los ojos hacia él. Había temor en su expresión, pero también una determinación que Mateo nunca le había visto.

—Yo esperaba que ese hombre fueras tú.

El arroyo continuó corriendo.

Mateo sintió que hasta el viento había dejado de moverse.

—Inés…

—No tienes que decir nada.

Ella recogió la ropa con movimientos apresurados.

—Sí tengo que decirlo. Solo que he sido más lento de lo que debía.

Inés apretó la canasta contra su pecho.

—Llevo casi 2 años esperando que me mires como me miraste en el baile.

Mateo soltó una risa nerviosa.

—Te miraba desde antes. Solo que era demasiado necio para comprender por qué.

Por primera vez, la esperanza iluminó completamente el rostro de ella.

—Entonces ven esta noche. Habla con mi padre.

—Lo haré.

Inés dio unos pasos, pero antes de marcharse volvió la cabeza.

—No llegues tarde.

Mateo se presentó en la casa de los Montoya con su mejor camisa y el corazón golpeándole como si estuviera a punto de entrar en una batalla.

Sin embargo, no encontró una cena preparada.

Encontró a Mercedes llorando.

Don Julián estaba sentado ante la mesa con un documento abierto. Frente a él se encontraba Octavio de la Vega, propietario de la hacienda más grande de la región.

Octavio tenía casi 40 años, vestía ropa costosa y llevaba una sonrisa que nunca alcanzaba sus ojos. Había enviudado recientemente y necesitaba una esposa respetable para criar a sus 2 hijos.

Sobre todo, quería las tierras de los Montoya, donde se encontraba el único manantial que no se secaba durante los años difíciles.

—Llegas en un momento familiar —dijo Octavio—. Será mejor que regreses otro día.

Mateo miró a Inés. Ella estaba pálida.

—¿Qué ocurre?

Don Julián cerró los ojos.

—Hace años pedí un préstamo para salvar el rancho después de una sequía. El hombre que me prestó murió y don Octavio compró sus cuentas. Asegura que la deuda nunca fue pagada.

—Fue pagada —dijo Mercedes—. Julián entregó hasta el último peso.

Octavio golpeó el documento con un dedo.

—Este pagaré afirma lo contrario. Dentro de 30 días, el rancho será mío.

Mateo comprendió al ver la satisfacción oculta en su rostro.

—¿Qué quieres a cambio?

Octavio miró a Inés.

—He ofrecido una solución honorable. Si la señorita Montoya acepta casarse conmigo, la deuda será perdonada y sus padres podrán permanecer aquí hasta su muerte.

Mateo dio un paso hacia él.

—Eso no es una propuesta. Es una amenaza.

—Es un asunto entre familias.

—Inés no es una propiedad que pueda incluirse en una cuenta.

Octavio se levantó lentamente.

—Ten cuidado, Salazar. Un hombre con un rancho pequeño no debería enfrentarse a otro que puede comprar medio valle.

—Un hombre decente no necesita comprar a una mujer.

Octavio llevó la mano al cinturón. Mateo hizo lo mismo, aunque ninguno desenfundó el revólver.

Inés se interpuso entre ambos.

—¡Basta!

Miró a Octavio con el rostro ardiendo de indignación.

—No me casaré con usted.

—Cuando tus padres estén durmiendo al borde del camino, quizá cambies de opinión.

Octavio recogió sus guantes y abandonó la casa.

El silencio que dejó detrás fue peor que un disparo.

Don Julián parecía haber envejecido 10 años.

—Debiste dejarme aceptar —murmuró Inés—. Podría soportarlo si con eso salvo a mis padres.

Mateo sintió un dolor seco en el pecho.

—No digas eso.

—No conoces a Octavio. Si se propone quitarnos el rancho, lo hará.

—Entonces encontraremos la manera de impedirlo.

—¿Cómo?

Mateo no tenía respuesta.

Aquella noche regresó a su casa sin haber pedido permiso para cortejarla. Se sentó en la oscuridad y comprendió que podía perder a Inés justo cuando había aprendido a verla.

Durante los días siguientes revisó registros, habló con comerciantes y viajó hasta la cabecera del distrito. Nadie quiso enfrentarse a Octavio. Algunos jueces le debían favores; otros le temían.

Inés comenzó a evitar a Mateo.

No porque hubiera dejado de amarlo, sino porque cada vez que lo veía deseaba creer que podían tener un futuro. Y la esperanza se había vuelto demasiado dolorosa.

Una tarde, Mateo acudió a visitar a don Eusebio.

El anciano lo escuchó en silencio y después golpeó el suelo con su bastón.

—El préstamo de Julián fue pagado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo llevé el dinero.

Mateo se inclinó hacia él.

Don Eusebio explicó que, 12 años atrás, Julián había entregado el pago a través de la madre de Mateo, quien viajaba a la ciudad para vender ganado. El acreedor firmó un recibo, pero murió poco después. La madre de Mateo había guardado una copia por precaución.

—Tu madre no confiaba en los hombres que prestaban dinero sonriendo —dijo el anciano—. Busca entre sus cosas.

Mateo volvió al rancho y pasó toda la noche abriendo baúles. Encontró vestidos, cartas y objetos que no había tocado desde la muerte de su madre.

Al amanecer descubrió una pequeña caja de madera escondida bajo una tabla del armario.

Dentro estaba el anillo de plata que su madre había usado durante toda su vida.

Y debajo del anillo había un recibo amarillento.

El documento demostraba que Julián Montoya había pagado la deuda completa. También tenía la firma del antiguo acreedor y la de don Eusebio como testigo.

Mateo cabalgó hasta la casa de los Montoya, pero encontró el patio lleno de carruajes.

Octavio había adelantado sus planes.

Había llegado acompañado por un juez, 2 hombres armados y un sacerdote. Exigía que Inés aceptara la boda antes del mediodía. A cambio, rompería públicamente el pagaré.

Inés estaba vestida con un traje gris prestado. Mercedes lloraba mientras arreglaba su cabello. Don Julián permanecía afuera, vigilado como un criminal.

—No tienes que hacerlo —le repetía su padre.

—No permitiré que pierdan la casa por mi culpa.

Cuando Inés salió, Octavio le extendió la mano.

—Has tomado una decisión sensata.

—No —respondió ella—. He tomado la única decisión que me dejó.

El sacerdote abrió su libro.

Entonces se oyó el galope de un caballo.

Mateo atravesó el portón cubierto de polvo.

—¡Detengan la ceremonia!

Octavio giró con furia.

—No tienes autoridad aquí.

—Pero tengo la verdad.

Mateo entregó el recibo al juez. Octavio intentó arrebatárselo, pero don Eusebio apareció en una carreta conducida por su nieto.

—Yo fui testigo de ese pago —declaró el anciano—. Y también puedo jurar que la firma del pagaré presentado por Octavio fue añadida después de la muerte del acreedor.

El juez comparó ambos documentos.

Su expresión cambió.

El pagaré de Octavio tenía una fecha posterior al fallecimiento del hombre que supuestamente lo había firmado.

La sorpresa recorrió el patio.

Uno de los trabajadores de Octavio bajó la cabeza.

—Yo vi cuando don Octavio ordenó copiar la firma —confesó—. Me amenazó con expulsar a mi familia si hablaba.

Octavio intentó montar su caballo, pero los mismos hombres que había llevado para intimidar a los Montoya le cerraron el paso. El juez ordenó su arresto por falsificación, extorsión y fraude.

Inés permaneció inmóvil, como si todavía no pudiera creer que era libre.

Mateo se acercó a ella.

—Llegué tarde.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Inés.

—Pero llegaste.

Delante de sus padres, del sacerdote y de medio pueblo, Mateo tomó su mano.

—Don Julián, vine hace varias semanas para pedir permiso de cortejar a su hija. No tuve oportunidad de hacerlo. Hoy quiero decirlo con claridad. Amo a Inés. No por las tierras, ni por el manantial, ni por lo que sabe hacer. La amo porque cuando estoy con ella comprendo el hombre que deseo ser.

Don Julián miró a su hija.

—La decisión siempre ha sido de ella.

Mateo se volvió hacia Inés.

Sacó de su bolsillo el anillo de su madre.

—Sé que tardé demasiado en ver lo que tenía frente a mí. Pero ahora te veo, Inés. Y quiero seguir viéndote cada mañana durante el resto de mi vida. ¿Te casarías conmigo?

Ella observó el anillo y después lo miró con una sonrisa temblorosa.

—Mateo Salazar, has escogido una manera muy complicada de pedírmelo.

—¿Eso significa que no?

—Significa que tardaste demasiado.

Él contuvo el aliento.

Inés rio entre lágrimas.

—Y significa que sí.

Se casaron en abril de 1883, cuando los álamos recuperaron sus hojas y el valle se cubrió de flores pequeñas.

La ceremonia fue sencilla. Mercedes confeccionó el vestido. Don Julián acompañó a su hija hasta el altar. Don Eusebio se durmió durante la homilía y despertó justo a tiempo para aplaudir.

Mateo había pasado el invierno reparando su casa. Cambió el suelo de la cocina, construyó una alacena y abrió una ventana hacia el este.

Cuando Inés vio la luz de la mañana entrando por ella, guardó silencio.

—¿Por qué la pusiste aquí?

—Porque sé que te gusta trabajar con la primera luz.

Inés tomó su mano.

—No te estoy agradeciendo solamente por la ventana.

—Lo sé.

Los años siguientes no fueron perfectos. Hubo sequías, animales enfermos y cosechas escasas. Pero también hubo cenas compartidas, risas junto al fuego y 2 hijos que llenaron la casa de preguntas.

Inés administró las cuentas del rancho porque era mejor con los números. Mateo nunca tuvo orgullo suficiente para negarlo. Juntos compraron nuevas tierras y construyeron un granero junto al arroyo.

Una tarde de otoño, 6 años después, Mateo reparaba nuevamente la cerca cuando vio llegar a Inés con los niños.

Los álamos estaban dorados.

Su hijo corrió para que Mateo lo cargara. La niña, todavía pequeña, exigió lo mismo. Después de una larga negociación, Mateo terminó con uno sobre los hombros y la otra entre los brazos.

Inés apoyó la cabeza contra él.

—¿Recuerdas lo que me dijiste aquí?

—He dicho muchas tonterías junto a este arroyo.

—Dijiste que el hombre que se casara conmigo sería muy afortunado.

Mateo la miró.

—Tenía razón.

—Yo también fui afortunada.

—Yo más.

—Los dos —sentenció ella—. Los dos tuvimos suerte.

Mateo contempló a su familia bajo la luz dorada.

Comprendió entonces lo cerca que había estado de perderlo todo, no por falta de amor, sino por no haber tenido el valor de reconocerlo.

Había tardado demasiado.

Pero finalmente había llegado al lugar donde debía estar.