—Javier, perdona que me meta donde no me llaman… pero por las tardes se oyen gritos de una niña dentro de tu casa.
Me quedé quieto frente al portal, con las llaves colgando de la mano y el casco de obra bajo el brazo.
Doña Carmen no era una vecina chismosa.
Era de esas mujeres que riegan las plantas a las siete, saludan a todo el barrio y saben cuándo una casa huele a tristeza.
Pero aquella frase me cayó como una bofetada.
—Se habrá confundido, Carmen —respondí, intentando sonreír—. A esas horas no hay nadie en casa.
Ella no apartó los ojos de mí.
—Entonces, Javier, usted no sabe lo que pasa dentro.
Me llamo Javier Robles, tengo 44 años y vivo en un barrio de Getafe, al sur de Madrid. Durante mucho tiempo creí que ser buen padre era pagar la hipoteca, llenar la nevera y no faltar nunca al trabajo. Creí que una hija estaba segura si tenía techo, comida caliente y una habitación propia.
Mi mujer, Patricia, trabajaba como recepcionista en una clínica privada. Yo entraba temprano en una empresa de reformas y volvía casi siempre de noche, con las manos agrietadas por el cemento y el cuerpo tan cansado que apenas escuchaba lo que ocurría a mi alrededor.
Nuestra hija, Alba, tenía quince años.
Y últimamente era una sombra.
Antes llenaba la casa de música, de vídeos ridículos, de risas con sus amigas. Antes me esperaba en la cocina para contarme cualquier tontería del instituto. Antes me abrazaba por la espalda cuando yo llegaba y me decía:
—Papá, hueles a polvo.
Pero desde hacía meses comía poco, hablaba menos y se encerraba en su cuarto con la excusa de estudiar. Yo lo llamé adolescencia. Patricia lo llamó edad difícil.
La verdad, ahora lo sé, es que los adultos usamos palabras cómodas para no mirar de frente lo que duele.
Esa noche, al entrar en casa, encontré a Patricia quitándose los pendientes frente al espejo del recibidor.
—Doña Carmen dice que oye gritos de una niña por las tardes —le dije.
Patricia se quedó un segundo inmóvil. Solo un segundo. Después soltó una risa seca.
—Esa mujer está sola, Javier. La soledad inventa ruidos.
—Ha dicho que venían de aquí.
—Pues se equivoca. Alba está en el instituto, yo estoy trabajando y tú también. ¿Quién va a gritar?
Su respuesta tenía lógica. Y cuando uno está cansado, la lógica es un colchón muy cómodo para dormir encima de las dudas.
Quise creerla.
Durante dos días intenté olvidarlo.
Pero el tercer día, al volver de una obra en Leganés, Doña Carmen estaba otra vez junto al portal. Esta vez no tenía regadera ni bolsa de pan. Solo tenía la cara pálida.
—Hoy ha sido peor —susurró—. No era una rabieta. Era miedo.
Sentí que algo me subía por la garganta.
—Carmen…
—La niña decía: “Por favor, parad ya”. Lo repitió varias veces. Usted tiene que revisar, Javier. Si me equivoco, me disculparé toda la vida. Pero si no me equivoco…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Subí a casa con las piernas pesadas. Patricia estaba en la cocina preparando una tortilla. Alba estaba en su habitación.
Llamé a su puerta.
—¿Se puede?
—Sí.
La encontré sentada sobre la cama, con el pelo recogido de cualquier manera, el móvil entre las manos y los auriculares puestos, aunque no sonaba música. Tenía los ojos secos, pero hinchados.
—¿Todo bien, cariño?
—Sí, papá.
—¿En el instituto?
—Normal.
Esa palabra.
Normal.
Nunca me había parecido tan falsa.
Me senté a su lado. Ella se puso rígida, como si mi cercanía le molestara o, peor aún, como si no supiera qué hacer con ella.
—Alba, si te pasa algo…
—No me pasa nada.
Me miró por primera vez.
Y vi algo que no supe nombrar.
No era rebeldía. No era enfado. Era cansancio. Un cansancio viejo en una cara demasiado joven.
Al día siguiente hice algo de lo que todavía me avergüenzo y me alegro al mismo tiempo.
Mentí.
Me levanté como siempre, me duché, me puse la ropa de trabajo y bajé con mi mochila. Alba salió antes que yo, con su uniforme del instituto, la coleta floja y la mochila a la espalda. Patricia se fue veinte minutos después, perfumada y con prisa.
Yo arranqué la furgoneta, di una vuelta a la manzana y aparqué dos calles más abajo.
Luego regresé caminando.
Entré por el patio interior, usando la copia de la llave que escondíamos en una caja vieja de herramientas. La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.
Revisé la cocina, el salón, el baño, el cuarto de Alba. Nada.
Me sentí ridículo.
Un hombre de cuarenta y cuatro años escondiéndose en su propia casa porque una vecina había oído gritos. Me dije que debía volver al trabajo, pedir perdón a Patricia y dejar de hacer caso a fantasmas.
Entonces oí el ascensor detenerse en nuestra planta.
El corazón me golpeó el pecho.
No sabía dónde meterme. Sin pensarlo, entré en mi dormitorio y me escondí debajo de la cama.
Sí. Debajo de mi propia cama.
La puerta de casa se abrió.
Unos pasos lentos cruzaron el pasillo.
No eran los tacones de Patricia.
Eran pasos ligeros. Juveniles. Cansados.
La puerta del dormitorio se abrió.
El colchón se hundió sobre mi espalda.
Y entonces la escuché.
Primero fue un sollozo contenido. Después otro. Luego una respiración rota, como si alguien hubiera estado aguantando el llanto durante horas.
—No puedo más… —susurró.
Era Alba.
Mi hija, que debía estar en clase, estaba sentada sobre mi cama llorando en silencio.
Desde debajo del colchón solo veía sus zapatillas blancas y los bajos de su pantalón de uniforme. Quise salir, abrazarla, preguntarle qué demonios estaba pasando.
Pero entonces habló otra vez.
—No voy a dejar que me hundáis… No voy a perderlo todo por vuestra culpa.
Me quedé helado.
¿Vuestra culpa?
Alba sacó algo de la mochila. Escuché el roce de unos papeles. Luego el sonido ahogado de un audio reproduciéndose desde su móvil.
Una voz de chica, cruel y burlona, llenó la habitación:
—Si se lo cuentas a alguien, subimos el vídeo. Y entonces sí que vas a ser famosa, Alba Robles.
Mi hija empezó a temblar.
—Por favor… —murmuró—. No otra vez.
La puerta del piso volvió a abrirse.
Esta vez sí eran tacones.
Patricia había regresado.
Alba se levantó de golpe, y justo antes de que mi mujer entrara en el dormitorio, mi hija dijo una frase que me partió el alma:
—Mamá, por favor… dile a tu sobrino que me deje en paz.
Yo, escondido bajo la cama, dejé de respirar.
PARTE2

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