
Toda mi vida dije: “No importa ganar”.
Mentira.
Sí importaba. Me importaba tanto que cada vez que alguien me llamaba genio, sentía una descarga deliciosa recorriéndome la espalda.
Yo sonreía con modestia, bajaba la mirada y decía: “Tuve suerte”.
Pero por dentro pensaba: Claro que soy la mejor.
Me llamo Valeria Ríos, y desde niña aprendí que la admiración ajena puede volverse una droga.
En primaria fui la primera en resolver divisiones. En secundaria fui la primera en concursos de matemáticas, lectura, química y hasta en esos torneos inútiles donde te preguntaban capitales del mundo. Mis maestros decían que era disciplinada. Mis compañeros decían que era “la niña prodigio”.
Yo fingía que me daba pena.
No me daba pena.
Me encantaba.
Luego entré a la Preparatoria San Jerónimo, una de las más exigentes de Monterrey, y ahí apareció Santiago Beltrán.
Santiago era ese tipo de persona irritante que no parecía esforzarse. Llegaba tarde, despeinado, con la camisa medio salida del pantalón, y aun así entregaba exámenes perfectos. Mientras yo llenaba libretas enteras, él bostezaba y sacaba cien.
Durante primero y segundo de prepa, jamás logré superarlo.
Ni una sola vez.
Yo quedaba siempre en segundo lugar.
Segundo.
La palabra empezó a perseguirme como una maldición.
Los maestros me consolaban:
—Valeria, eres extraordinaria. Sólo te faltó un detalle. La próxima vez lo logras.
Pero luego los escuchaba hablar de Santiago en la sala de profesores:
—Ese muchacho piensa distinto. Tiene una lógica de competencia nacional.
Y yo sonreía.
Siempre sonreía.
—No pasa nada —decía—. Santiago es muy bueno.
Por dentro gritaba: ¡Me lleva tres puntos, no es un dios!
Mi mejor amiga, Carla, era la única que conocía mi verdadera cara.
Un lunes, después de publicar los resultados del examen mensual, me encontró mirando la lista pegada en el pasillo.
Primer lugar: Santiago Beltrán.
Segundo lugar: Valeria Ríos.
Tercer lugar: Lucía Montes.
Carla me tocó el hombro.
—Tengo un chisme.
—No quiero chismes —dije, sin despegar la vista de mi segundo lugar.
—Sí quieres. Santiago anda con Lucía.
Giré la cabeza.
—¿Lucía Montes?
—La misma. La que el semestre pasado estaba en el puesto quince y ahora ya casi te alcanza.
Sentí una punzada rara.
No eran celos románticos. Santiago me daba igual como hombre. Lo que me molestó fue otra cosa: la facilidad con la que Lucía subía mientras yo seguía atrapada debajo de él.
—Dicen que estudian juntos todas las tardes —continuó Carla—. Él le explica ejercicios, le pasa métodos, le revisa tareas. Los profes ya lo saben, pero como son primer y tercer lugar, hacen como que no ven nada.
La escuela prohibía los noviazgos, pero si dos alumnos brillantes se enamoraban resolviendo problemas de cálculo, parecía menos pecado.
Yo sonreí.
—Qué bonito.
Carla me miró con sospecha.
—Cuando sonríes así, das miedo.
No respondí.
La siguiente semana, la lista volvió a salir.
Santiago, primero.
Yo, segunda.
Lucía, tercera.
Pero esta vez Lucía quedó a sólo cinco puntos de mí.
Frente al tablero, un grupo de alumnos empezó a reírse.
—Pobre Valeria —dijo uno—. Siempre queda metida entre la parejita.
—Sí, parece mal tercio en la lista de honor.
—A ver si Lucía la pasa pronto, así Santiago y ella quedan juntitos.
Me quedé inmóvil.
No lloré. No grité. No dije nada.
Sólo sentí que algo dentro de mí se rompía con un sonido limpio.
Esa tarde olvidé mi termo en el salón y regresé cuando casi todos se habían ido. Al pasar por el aula de al lado, escuché la voz de Santiago.
—Amor, si en el próximo examen subes unos puntitos más, nuestros nombres van a quedar juntos.
Lucía soltó una risa bajita.
—¿Y Valeria?
—Valeria siempre está ahí —respondió él, tranquilo—. Pero ya casi la alcanzas.
Me quedé detrás de la puerta, con la mano apretada contra la correa de mi mochila.
¿Así que yo era sólo un obstáculo decorativo?
¿La piedra incómoda entre el genio y su novia?
Esa noche cené en silencio. Mi mamá notó mi cara.
—¿Otra vez segundo lugar?
—Sí.
—Segundo es excelente, hija.
Mi papá asintió:
—No te presiones tanto.
No entendían nada.
No quería ser excelente.
Quería ser la primera.
Entonces mi mamá mencionó algo sin importancia:
—Hoy vi que regresó Mateo Olvera, el hijo de los vecinos. Ya está de vacaciones de la universidad. ¿Te acuerdas? El que ganó la Olimpiada Nacional de Matemáticas.
Mateo Olvera.
Dos años mayor que yo. El orgullo de la colonia. El chico que había sido admitido en la UNAM por méritos académicos antes de terminar la prepa.
Y también el único ser humano que me caía peor que Santiago.
Porque Mateo fingía humildad mejor que nadie.
Cuando sus padres presumían sus premios, él decía:
—Sólo tuve suerte.
Pero sus ojos decían: Sí, ya sé que soy brillante.
Lo odiaba.
Por eso supe que era perfecto.
Cinco minutos después estaba tocando la puerta de su casa.
Su mamá me dejó pasar y subí al segundo piso. Mateo estaba en el sofá, con una camiseta blanca, audífonos en el cuello y una libreta llena de fórmulas sobre las piernas.
Al verme, levantó una ceja.
—Mira nada más. Valeria Ríos. La niña que nunca pide ayuda.
Tragué saliva.
Luego hice lo único que mi orgullo jamás me habría perdonado.
Me arrodillé frente a él.
Mateo casi tiró el celular.
—¿Qué haces? ¡Levántate!
—Quiero que seas mi tutor este verano.
—Pídelo normal, dramática.
—Quiero ganarle a Santiago Beltrán.
Mateo dejó de sonreír.
Por primera vez, me miró en serio.
—¿Santiago Beltrán?
—Sí.
Hubo un silencio extraño.
Después, Mateo cerró la libreta con cuidado y dijo una frase que me heló la sangre:
—Puedo ayudarte, Valeria. Pero antes tienes que saber algo.
Me incliné hacia él.
—¿Qué?
Mateo bajó la voz.
—Santiago no se volvió invencible solo. Yo fui quien lo entrenó.
Y entonces abrió un cajón, sacó una carpeta negra y la puso sobre la mesa.
En la portada decía:
“Método Beltrán: cómo fabricar un primer lugar.”
PARTE2
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