Parte 2: El hombre que regresó de entre los muertos
El bastón de Alejandro golpeó el suelo de mármol al caer.
Nadie se atrevió a moverse.
Victoria miró a su padre esperando que negara aquella locura, pero don Octavio parecía haber envejecido diez años en pocos segundos.
—Ese hombre es un impostor —dijo finalmente—. El ministro Velasco murió hace mucho tiempo.
Alejandro abrió la funda de cuero y mostró una cicatriz circular en su muñeca.
—Me hiciste esta marca la noche en que tus hombres intentaron obligarme a firmar una declaración falsa.
Don Octavio apretó la mandíbula.
—No sé de qué hablas.
—Entonces quizá prefieras hablar del Proyecto Horizonte. Ciento ochenta kilómetros de carreteras que nunca se construyeron. Hospitales inaugurados sin equipos médicos. Escuelas cobradas tres veces al gobierno. Y doce lingotes que tu empresa recibió como pago de un cártel.
Los invitados que todavía permanecían en la mansión comenzaron a murmurar.
Ramiro cerró las puertas del salón.
—Nadie sale —ordenó a los guardias.
Alejandro sonrió sin alegría.
—La misma orden que diste hace ocho años, Octavio.
Don Octavio recuperó parte de su firmeza.
—Aunque seas quien dices, no tienes pruebas. Eres un desaparecido que ha vivido como un mendigo debajo de mi casa. Nadie creerá tus acusaciones.
—Yo sí las creo —dijo Marisol.
Victoria la miró con odio.
—Tú eres una ladrona. Tu palabra no vale nada.
Alejandro se colocó delante de Marisol.
—El lingote encontrado en su habitación fue colocado allí por Esteban.
Todos miraron al hijo menor.
—Eso es mentira —respondió él.
—Te vi bajar al pasadizo después del apagón. Llevabas una caja metálica y la bolsa de tela. Has estado utilizando los túneles para mover documentos y dinero sin pasar frente a las cámaras.
Esteban palideció.
—Un viejo escondido no puede haber visto nada.
—Llevo ocho años viendo todo.
Alejandro explicó que, después de su desaparición, había sido trasladado a una propiedad abandonada de los Alcázar en el Estado de México. Durante meses lo mantuvieron encadenado, tratando de obligarlo a revelar dónde había guardado las pruebas de la red de corrupción.
Nunca habló.
Tiempo después consiguió escapar durante una tormenta, pero quedó gravemente herido. No podía acudir a la policía porque varios comandantes y funcionarios participaban en la misma organización.
Ayudado por un antiguo jardinero de la mansión, Alejandro había entrado en los túneles construidos décadas atrás como refugio. Desde allí empezó a recopilar pruebas: escuchó conversaciones, fotografió documentos y descubrió los movimientos secretos de los Alcázar.
—¿Por qué no huiste del país? —preguntó Ramiro.
—Porque huir habría confirmado la historia que ustedes inventaron sobre mí. Necesitaba demostrar quién había robado el dinero público y quién ordenó mi desaparición.
—Ocho años escondido para conseguir pruebas —se burló Victoria—. Qué historia tan conveniente.
Alejandro sacó un pequeño dispositivo del bolsillo.
—Aquí hay grabaciones de tu padre, tus hermanos y cuatro funcionarios. También está la ubicación de cuentas bancarias, contratos falsificados y los nombres de los hombres que me secuestraron.
Don Octavio hizo una señal casi imperceptible.
Uno de los guardias se abalanzó sobre Alejandro.
Marisol tomó una bandeja de plata y golpeó al hombre en el brazo antes de que pudiera arrebatarle el dispositivo. Otro guardia la sujetó por el cabello.
—¡Suéltala! —gritó Alejandro.
Esteban sacó su pistola.
—Entrégueme las grabaciones.
—Si me matas, todo será publicado.
—Está mintiendo.
—Compruébalo.
Alejandro señaló el gran reloj situado sobre la chimenea.
—A las cuatro de la mañana, un archivo será enviado automáticamente a periodistas, fiscales y organismos internacionales. Solo yo puedo detenerlo.
Esteban miró el reloj.
Faltaban menos de dos horas.
Don Octavio se acercó a su hijo.
—No le creas. Ha sobrevivido escondiéndose como una rata. No tiene aliados.
Alejandro fijó los ojos en el patriarca.
—Mi aliado estaba mucho más cerca de ti de lo que imaginabas.
En ese instante, el ama de llaves entró al salón.
Se llamaba Mercedes y había trabajado para los Alcázar durante treinta años. Siempre vestía de negro, hablaba poco y conocía cada rincón de la casa.
Don Octavio frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí?
Mercedes sacó un teléfono de su bolsillo.
—La transmisión comenzó hace doce minutos.
Victoria corrió hacia ella y le arrebató el aparato.
En la pantalla aparecía una transmisión en directo. Miles de personas estaban viendo lo que ocurría dentro del salón.
El golpe contra Marisol, la confesión sobre el oro, la identidad de Alejandro y las amenazas de Esteban habían sido registrados por las cámaras ocultas colocadas por Mercedes.
—¡Apágalo! —gritó Ramiro.
—No puedo —respondió ella—. La señal está siendo duplicada en varios servidores.
El caos estalló.
Los invitados corrieron hacia las puertas. Los guardias dudaron, temiendo aparecer en la transmisión mientras cometían un delito. Victoria comenzó a gritar acusaciones contra todos.
Don Octavio sujetó a Mercedes por el cuello.
—¡Traicionaste a esta familia!
—Ustedes traicionaron a todo un país.
Esteban disparó contra el teléfono.
El aparato cayó destrozado, pero la transmisión continuó desde las otras cámaras.
Alejandro aprovechó la confusión para empujar a Marisol detrás de un sofá. Uno de los guardias trató de detenerlo, pero Ramiro le ordenó abrir una salida.
—¡Tenemos que irnos! —gritó—. La policía llegará en cualquier momento.
—La policía trabaja para nosotros —respondió don Octavio.
—Ya no después de esto.
Desde la calle llegó el sonido de sirenas.
Esteban agarró a Marisol y apoyó el arma contra su cabeza.
—Nadie se mueve.
Alejandro se detuvo.
—Ella no tiene nada que ver con esto.
—Ahora sí.
—Déjala ir y te entregaré el dispositivo.
—Tírelo al suelo.
Alejandro obedeció.
Esteban obligó a Marisol a caminar hacia el corredor que conducía a las cocheras. Don Octavio y Victoria los siguieron. Ramiro permaneció inmóvil, dividido entre escapar con su familia o rendirse.
—Ven con nosotros —le ordenó su padre.
Ramiro observó las cámaras ocultas, a los invitados aterrorizados y el rostro ensangrentado de Marisol.
Por primera vez pareció comprender la magnitud de todo lo que habían hecho.
—No —respondió.
Don Octavio lo miró con desprecio.
—Siempre fuiste débil.
Esteban condujo a Marisol hasta el estacionamiento subterráneo. Allí esperaba una camioneta blindada.
—Sube —ordenó.
—No llegarán lejos —dijo ella.
—Tú tampoco si continúas hablando.
Alejandro apareció al final de la rampa.
Caminaba con dificultad, apoyándose contra las paredes.
—¡Esteban!
El joven giró el arma.
—Debería haberlo matado cuando lo encontré en los túneles.
—Tú no me encontraste. Yo permití que me vieras.
Esteban apretó el cañón contra la cabeza de Marisol.
—Entonces acérquese.
Alejandro avanzó.
Don Octavio abrió la puerta de la camioneta.
—¡Deja de jugar y dispárale!
Esteban apuntó a Alejandro.
Marisol sintió que su captor aflojaba ligeramente el brazo para ajustar la puntería. Recordó las horas encerrada, el golpe de don Octavio y todas las veces que había bajado la cabeza para conservar un empleo que necesitaba.
No volvería a permitir que decidieran su destino.
Clavó el talón sobre el pie de Esteban y le golpeó la muñeca con ambas manos.
El disparo resonó en el estacionamiento.
La bala impactó en el techo.
Alejandro se lanzó sobre Esteban. Los dos cayeron al suelo mientras Marisol se alejaba.
Don Octavio intentó subir a la camioneta, pero Mercedes apareció en la rampa acompañada por Ramiro y varios agentes federales.
—¡Nadie se mueva! —ordenó una mujer vestida con uniforme táctico.
Victoria levantó las manos.
Don Octavio corrió hacia una puerta lateral.
Mercedes señaló otro corredor.
—Esa salida conduce a los túneles.
Los agentes fueron tras él.
Esteban consiguió apartar a Alejandro y recuperó su arma. Antes de que pudiera disparar de nuevo, Ramiro lo golpeó con una barra metálica.
Esteban cayó inconsciente.
—Lo siento —dijo Ramiro, mirando a Alejandro—. Debí detener a mi padre hace años.
Alejandro respiraba con dificultad.
—Arrepentirse no borra lo ocurrido. Pero puede ser el comienzo de la verdad.
Marisol se acercó.
—¿Está herido?
Alejandro negó con la cabeza, aunque tenía sangre en la camisa.
Los agentes lo reconocieron.
Algunos quedaron paralizados al comprender que tenían frente a ellos al funcionario cuya desaparición había marcado una época.
La comandante bajó lentamente su arma.
—Señor ministro…
—Ya no soy ministro —respondió Alejandro—. Solo soy un hombre que necesita que ustedes hagan su trabajo.
Don Octavio fue encontrado minutos después en la habitación subterránea. Intentaba quemar cajas de documentos. Los agentes extinguieron el fuego y lo arrestaron junto a Esteban, Victoria y varios guardias.
Los once lingotes restantes estaban dentro de la camioneta.
En una caja cercana también apareció el vestido de uno de los camareros, utilizado durante el apagón, y una memoria con la grabación manipulada que pretendían entregar a la policía para inculpar a Marisol.
Parecía que todo había terminado.
Sin embargo, mientras los agentes sacaban a los detenidos, Alejandro miró los documentos rescatados del fuego.
Su expresión cambió.
—Falta una caja.
Mercedes se acercó.
—¿Cuál?
—La que contiene los nombres de los funcionarios que protegían a Octavio.
Ramiro volvió la mirada hacia la puerta abierta del estacionamiento.
Un automóvil negro acababa de arrancar en la calle.
—Mi padre no era el hombre más poderoso de la red —dijo—. Recibía órdenes de alguien más.
Alejandro observó cómo el vehículo desaparecía bajo la lluvia.
Después miró a Marisol.
—La persona que escapó sabe que tú viste los lingotes, los documentos y mi regreso. Intentará silenciarte antes de que puedas declarar.
Marisol comprendió que haber salido del almacén no significaba estar a salvo.
Afuera, las cámaras de televisión y cientos de curiosos comenzaban a rodear la mansión.
En medio de las luces y las sirenas, el teléfono de Mercedes sonó.
Ella respondió.
Su rostro perdió el color.
—Es el hospital del pueblo de Marisol —susurró—. Dicen que alguien acaba de sacar a su madre de la habitación.
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