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Una joven de escasos recursos fue descalificada de un concurso de belleza debido a que sus zapatos estaban rotos… pero la identidad de su padre provocó el pánico entre los organizadores.

Parte 2: El regreso del hombre que todos creían muerto

Nadie se movió.

Los guardias miraron a Esteban, esperando una orden. Él abrió la boca, pero no consiguió pronunciar palabra.

El hombre del bastón avanzó.

—He dicho que la suelten.

Los guardias apartaron las manos de Lucía.

Ella retrocedió, confundida.

—¿Quién es usted?

El desconocido la contempló durante varios segundos. Parecía querer acercarse, pero se detuvo a una distancia prudente.

—Me llamo Alejandro de la Vega.

Lucía miró el retrato del fundador y luego volvió a observarlo.

—Alejandro de la Vega murió hace más de veinte años.

—Eso fue lo que hicieron creer a todo el país.

Esteban reaccionó finalmente.

—Señor, no sé quién le permitió entrar, pero está cometiendo un delito al hacerse pasar por…

Vicente Salgado colocó una carpeta sobre una mesa.

—Las pruebas de identidad ya fueron certificadas por tres tribunales, Esteban. Huellas, registros médicos, documentos notariales y una evaluación genética con familiares directos. Alejandro de la Vega está vivo.

Bárbara se apoyó contra la pared.

El concurso, la Fundación Aurora y el grupo de comunicación que transmitía el evento habían pertenecido originalmente a Alejandro. Tras su supuesta muerte, el control había pasado a manos de su hermano menor, Octavio de la Vega, quien años después comenzó a utilizar el apellido materno Alcázar.

Octavio era el padre de Renata.

—Esto no puede ser —murmuró Bárbara.

—Puede y es —respondió Vicente—. Desde esta mañana, el señor De la Vega vuelve a ser reconocido legalmente como accionista mayoritario del Grupo Aurora.

Alejandro no apartaba la mirada de Lucía.

—Yo conocí a tu madre en la clínica de la fundación. Isabel era enfermera. Nos enamoramos, pero nuestra relación debía permanecer en secreto porque mi familia había acordado mi matrimonio con la hija de un socio.

—Mi madre nunca aceptaría ser el secreto de nadie.

—No lo aceptó. Por eso decidí renunciar a la dirección del grupo y marcharme con ella.

Alejandro tragó saliva.

—La noche en que iba a anunciarlo públicamente, mi vehículo cayó por un barranco. El informe aseguró que había muerto en el incendio. En realidad, fui encontrado por unos campesinos y trasladado sin documentos a un hospital rural. Tenía quemaduras, lesiones cerebrales y no recordaba mi nombre.

Lucía sintió que el corredor comenzaba a girar.

—¿Y tardó veintiún años en recordar?

—Recuperé fragmentos con el tiempo. Pero cuando supe quién era, descubrí que existían personas dispuestas a matarme para impedir mi regreso. Viví fuera del país mientras reunía pruebas. Busqué a Isabel, pero los registros indicaban que se había marchado de Guadalajara. Después encontré su acta de defunción.

El rostro de Alejandro se quebró.

—No sabía que estaba embarazada. Me enteré de tu existencia hace apenas seis semanas, cuando Vicente localizó una carta que Isabel había enviado a un antiguo abogado de la fundación.

Lucía retrocedió.

—¿Una carta?

Vicente abrió la carpeta y extrajo un sobre amarillento.

—Tu madre escribió que, si algo le ocurría, nadie debía revelar tu existencia hasta que Alejandro pudiera demostrar que estaba vivo y recuperar el control de la fundación. Temía que quienes habían intentado matarlo también fueran por ti.

Lucía reconoció la letra del sobre.

Era la misma caligrafía que aparecía en las recetas de cocina guardadas por su abuela.

Sus dedos temblaron, pero no tomó la carta.

—¿Por qué no vinieron a buscarme antes del concurso?

—Lo hicimos —respondió Alejandro—. Llegamos esta tarde a San Jerónimo. Tu abuela nos dijo que estabas aquí. Cuando vimos la transmisión y escuchamos tu nombre…

No pudo continuar.

Lucía sentía rabia, esperanza, miedo y una tristeza demasiado grande para expresarla.

—No puede aparecer después de toda una vida y llamarme hija.

Alejandro bajó la cabeza.

—Tienes razón.

—Mi madre trabajó hasta enfermarse. Vendió su máquina de coser para pagar mis estudios. Murió esperando una ambulancia. ¿Dónde estaba la gran Fundación Aurora?

Alejandro miró a Esteban.

—Esa es una pregunta que varias personas tendrán que responder.

Bárbara intentó salir discretamente, pero dos abogados bloquearon la puerta.

Vicente abrió otra carpeta.

—Durante los últimos quince años, millones de pesos destinados a clínicas rurales fueron desviados mediante asociaciones inexistentes. El proyecto presentado por Lucía habría expuesto que varias de las comunidades supuestamente beneficiadas jamás recibieron un solo centavo.

Lucía comprendió entonces por qué habían intentado expulsarla.

No se trataba únicamente de sus zapatos.

Su proyecto podía revelar el fraude.

Esteban recuperó parte de su arrogancia.

—Estas acusaciones son absurdas. Además, aunque el señor De la Vega sea quien afirma ser, no puede interrumpir un evento transmitido a nivel nacional.

—El evento ya está interrumpido —respondió Alejandro—. Y permanecerá así hasta que se investigue la manipulación de la competencia.

—No existe ninguna manipulación.

Desde el fondo del corredor se oyó una voz.

—Sí existe.

Renata Alcázar apareció todavía vestida para la gala. Tenía el rostro pálido y sujetaba una tableta electrónica.

Esteban se volvió hacia ella.

—Regresa al camerino.

—Vi las puntuaciones —dijo Renata—. Mi nombre aparecía como ganadora antes de que comenzara la semifinal.

El silencio se volvió más pesado.

—Renata, no sabes lo que estás diciendo —intervino Bárbara.

—También vi cómo enviaron a Claudia para cortar la correa del zapato de Lucía.

Lucía la observó sorprendida.

—¿Por qué lo dices ahora?

Renata miró los zapatos rotos.

—Porque pensé que solo iban a humillarte para obligarte a retirarte. No sabía que podían hacerte caer desde una plataforma.

Esteban avanzó hacia la muchacha.

—Tu padre no permitirá que destruyas el trabajo de toda tu familia.

—Tal vez el trabajo de mi familia merece ser destruido.

La puerta volvió a abrirse violentamente.

Un hombre de unos cincuenta años entró acompañado por varios escoltas. Octavio Alcázar tenía los mismos ojos oscuros que Alejandro, aunque en los suyos no había calidez.

—Renata, ven conmigo —ordenó.

—No.

Octavio miró a su hermano.

Durante más de veinte años había construido su imperio sobre la muerte de Alejandro. Ahora lo tenía frente a él.

—Debiste permanecer enterrado —dijo.

Alejandro apretó el bastón.

—Eso intentaste.

Los periodistas comenzaron a reunirse al otro lado de la puerta. La noticia del regreso del fundador ya circulaba por redes sociales.

Octavio sonrió con frialdad.

—No tienes idea de lo que estás provocando. Las empresas, los contratos y la fundación dependen de mí. Un anciano aparecido de la nada y una muchacha con zapatos rotos no cambiarán eso.

Alejandro se volvió hacia Lucía.

—La muchacha tiene un nombre.

—No significa nada para mí.

—Debería significar algo. Es tu sobrina.

Octavio miró a Lucía de arriba abajo.

—Isabel siempre fue un problema.

Alejandro dio un paso hacia él.

—No vuelvas a pronunciar su nombre.

—Ella te convenció de abandonar a tu familia. Después desapareció con una carta que podía destruirnos.

Lucía apretó los puños.

—¿Usted sabía que mi madre estaba embarazada?

Octavio no respondió.

Su silencio fue suficiente.

Alejandro se abalanzó sobre él, pero Lucía lo sujetó del brazo.

—No —dijo—. No le dé la oportunidad de convertirse en la víctima.

Octavio sonrió.

—Inteligente. Aunque la inteligencia no cambia la sangre. Cuando la prensa descubra que eres hija ilegítima de un hombre que llevaba décadas muerto, te destrozarán. Dirán que planeaste todo para quedarte con su fortuna.

—No quiero su fortuna.

—Todos quieren algo.

Lucía levantó sus zapatos.

—Yo solo quería una beca.

Renata soltó una risa amarga.

—Una beca que mi padre ya había decidido entregarme.

Lucía se volvió hacia Alejandro.

—¿Puede ordenar que me den la corona?

—Podría suspender el concurso.

—No le pregunté eso.

Alejandro comprendió lo que ella quería saber.

—No. No puedo convertirte en ganadora sin una evaluación justa.

—Bien. Porque no aceptaría.

Esteban frunció el ceño.

—La señorita Herrera ha sido descalificada.

—Su descalificación queda anulada —respondió Vicente—. Pero la competencia no puede continuar bajo la dirección actual.

Lucía miró hacia el escenario. Miles de personas seguían esperando una explicación.

—Debe continuar esta noche.

Todos la observaron.

—Lucía, no tienes que demostrar nada —dijo Alejandro.

—No se trata solo de mí. Hay candidatas que viajaron desde todo el país. Familias que gastaron sus ahorros para estar aquí. Trabajadores que no participaron en el fraude. Si suspenden todo, los responsables dirán que fue por mi culpa.

—No podemos formar un nuevo jurado en unos minutos —señaló Vicente.

—Entonces transmitan las puntuaciones en directo. Que cada juez explique su voto. Que el público vea las preguntas y las respuestas sin cortes.

Renata dejó la tableta sobre la mesa.

—Y que ninguna de nosotras use vestidos o joyas de patrocinadores. Solo lo que teníamos antes de entrar al concurso.

Bárbara la miró horrorizada.

—Tu vestido pertenece a una marca internacional.

Renata comenzó a quitarse los aretes.

—Entonces la marca puede venir a recogerlo.

Alejandro miró a Vicente.

—¿Es posible?

El abogado asintió lentamente.

—Si la mayoría de las concursantes acepta y nombramos supervisores independientes.

Octavio soltó una carcajada.

—¿Piensan convertir un concurso nacional en una feria improvisada?

—No —respondió Lucía—. Vamos a convertirlo en lo que fingía ser.

Dos horas después, el teatro volvió a abrir sus puertas.

Esteban y Bárbara fueron apartados temporalmente de sus funciones. Un grupo de notarios, periodistas y antiguos jueces supervisaría la competencia. Todas las puntuaciones aparecerían en las pantallas.

Lucía se encontraba en un camerino cuando su abuela Ofelia entró acompañada por Alejandro.

La anciana llevaba una caja entre las manos.

—Pensé que necesitarías esto.

Dentro estaba el vestido blanco que Isabel había usado el día que conoció a Alejandro. Ofelia lo había conservado durante más de dos décadas.

—Tu madre lo cosió con sus propias manos —dijo.

Lucía acarició la tela.

—Abuela, ¿tú sabías quién era mi padre?

Ofelia asintió con lágrimas en los ojos.

—Tu madre me hizo jurar que no te lo diría. Temía que fueras a buscarlo y terminaras en peligro.

—Pudo haber confiado en mí.

—Eras una niña.

—Dejé de ser una niña cuando ella murió.

Ofelia bajó la cabeza.

Lucía la abrazó.

—No estoy enojada contigo. Solo necesito tiempo para entenderlo.

Alejandro permanecía cerca de la puerta.

—Yo también puedo marcharme, si eso necesitas.

Lucía lo miró.

Por primera vez no vio al poderoso fundador del Grupo Aurora. Vio a un hombre que había perdido a la mujer que amaba y veintiún años de la vida de su hija.

—Quédese —respondió—. Pero no como dueño del concurso.

—¿Entonces cómo?

—Como alguien del público.

Alejandro asintió.

Antes de salir, dejó una pequeña caja sobre la mesa. En su interior había un broche de plata idéntico al medallón de Lucía.

—Tu madre llevaba una mitad y yo conservaba la otra.

Lucía no se colocó el broche, pero tampoco lo rechazó.

Se puso el vestido de Isabel. Después tomó los zapatos rotos y los llevó hasta la mesa donde trabajaba una costurera.

—¿Puede repararlos?

—Puedo intentarlo, pero no quedarán perfectos.

—No necesito que queden perfectos. Solo necesito que me permitan terminar el camino.

Mientras la mujer trabajaba, Renata entró vestida con un sencillo traje negro que había llevado para los ensayos.

—Encontré esto en la oficina de Esteban.

Le entregó una memoria electrónica.

—Hay transferencias bancarias, listas de asociaciones falsas y mensajes de mi padre. Creo que intentarán borrar los archivos originales.

—Debes entregárselo al abogado.

—Lo haré. Pero primero quería que supieras algo. Yo no ordené que dañaran tus zapatos.

—Lo sé.

—Sí quería que te retiraras.

—También lo sé.

Renata bajó la mirada.

—Siempre me dijeron que ganar era mi responsabilidad. Mi padre planeó este momento desde que yo tenía quince años. Profesores de pasarela, entrevistas, cirugías que ni siquiera pedí… Si perdía, sentía que dejaría de ser su hija.

Lucía pensó en la ausencia de su propio padre.

A veces un padre podía herir incluso estando presente.

—Todavía puedes elegir quién eres sin él —dijo.

Renata la observó con sorpresa.

—Después de todo lo que hice, ¿puedes decirme eso?

—No lo hago por ti. Lo hago porque no quiero convertirme en alguien como ellos.

Un asistente anunció que la ronda final estaba por comenzar.

Las dos jóvenes salieron juntas.

No sabían que, en ese mismo instante, Octavio había logrado entrar en la sala de control. Llevaba un recipiente de combustible y buscaba los archivos físicos que podían enviarlo a prisión.

Sobre el escenario, Lucía recibió la última pregunta:

—¿Qué objeto representa mejor su historia?

Ella levantó los zapatos reparados.

—Estos zapatos.

La pantalla gigante mostró las grietas, el pegamento y las costuras.

—Durante años creí que eran el único recuerdo que conservaba de mi madre. Hoy descubrí que también representan algo que ella intentó enseñarme: estar rota no significa estar vencida. Hay personas que esconden sus heridas porque el mundo les ha hecho creer que deben avergonzarse. Yo quiero que cada niña que se sienta menos por su ropa, su apellido o el lugar donde nació comprenda que la dignidad no se compra.

En ese momento, las luces se apagaron.

Un estruendo sacudió el teatro.

Desde la zona trasera comenzó a elevarse una columna de humo.

—¡Fuego! —gritó alguien.

El público corrió hacia las salidas.

Los sistemas de emergencia no se activaron.

Lucía vio que una estructura metálica caía cerca de Renata. La empujó y ambas rodaron por el suelo.

—¡Mi padre está en la sala de control! —gritó Renata.

Alejandro avanzaba contra la multitud en dirección al humo.

—¡Lucía!

Ella se levantó, tomó una cortina para cubrirse la boca y corrió detrás de él.

No pensaba permitir que el hombre que acababa de encontrar desapareciera de nuevo entre las llamas.

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