Ella vio a su novio besar a otra mujer en el aeropuerto… así que besó a un desconocido para salvar su orgullo. Lo que no sabía era que él era el nuevo dueño de la empresa donde trabajaba.
Adaptado para lectores de México.
Valeria Mendoza no descubrió que su novio le era infiel por una mancha de lápiz labial, un mensaje sospechoso a medianoche ni por el nombre de otra mujer guardado bajo un contacto falso.
Lo descubrió bajo las brillantes e implacables luces del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, sosteniendo un cartel de bienvenida que había hecho ella misma y vistiendo el vestido amarillo que Alejandro Salgado solía decir que la hacía parecer un rayo de sol.

Y cuando lo vio besar a otra mujer frente a todos, Valeria hizo lo único que ninguna mujer con el corazón roto planearía hacer.
Tomó la mano de un completo desconocido, sonrió como si fuera el amor de su vida… y lo besó.
Lo que no sabía era que aquel hombre era Daniel Park.
El multimillonario coreano.
El nuevo propietario de la empresa donde trabajaba.
Y el hombre que muy pronto destruiría todas las mentiras que Alejandro intentara contar sobre ella.
Aquella tarde, Valeria salió de la oficina dos horas antes con una mentira en los labios y esperanza en el corazón.
—Estoy hasta el cuello de trabajo hoy —le dijo a Alejandro por teléfono esa mañana, fingiendo decepción—. Creo que no podré ir por ti al aeropuerto.
Hubo una breve pausa.
Luego escuchó su voz cálida y relajada.
—No te preocupes, amor. Pediré un Uber. Cenamos esta noche.
—Mándame mensaje cuando aterrices.
—Siempre lo hago.
La realidad era que Alejandro no siempre hacía muchas cosas, pero Valeria se había vuelto experta en creer la mejor versión de él.
Llevaban tres años juntos.
Tres cumpleaños.
Tres Navidades.
Tres veranos recorriendo carreteras hacia Valle de Bravo, escapadas de fin de semana a San Miguel de Allende y domingos perezosos entre sábanas mientras la luz del sol cruzaba lentamente la habitación.
Alejandro trabajaba como consultor inmobiliario.
Era atractivo de esa forma estudiada y elegante de los hombres que saben perfectamente cómo lucen en un traje oscuro.
Valeria trabajaba en el departamento de marketing de Mendoza & Vale Media, una empresa mediana de comunicación en Santa Fe que recientemente había sido adquirida por un enorme conglomerado internacional.
Su vida no era perfecta.
Pero creía que era estable.
Y esa era la mentira que más dolía.
La que uno se cuenta a sí mismo.
Había tardado casi una hora en atravesar el tráfico de la ciudad.
Se estacionó lejos de la terminal.
Corrió por el aeropuerto con el bolso golpeándole la cadera.
Su vestido amarillo ondeaba alrededor de sus rodillas.
Llevaba el cabello cuidadosamente recogido.
Incluso había comprado un pequeño ramo de rosas blancas porque Alejandro siempre decía que las rojas eran “demasiado dramáticas”.
Ahora estaba junto a la zona de llegadas, sosteniendo las flores en una mano y el cartel en la otra, sintiéndose emocionada, enamorada y un poco ridícula.
Las puertas automáticas se abrieron.
Los pasajeros comenzaron a salir.
Entonces lo vio.
Alejandro.
Alto.
Bronceado.
Arrastrando una costosa maleta.
Con el cabello ligeramente despeinado por el viaje.
Su sonrisa apareció de inmediato.
Dio un paso adelante.
Y entonces Alejandro giró.
No hacia ella.
Sino hacia una mujer que esperaba al otro lado del salón.
La mujer llevaba un vestido rojo ajustado.
Cabello rubio perfectamente peinado.
Los brazos abiertos antes incluso de que Alejandro llegara.
Valeria dejó de caminar.
El ramo descendió lentamente.
Alejandro soltó la maleta.
Rodeó la cintura de la mujer.
Y la besó.
No fue un beso amistoso.
No fue un error.
No fue un saludo malinterpretado.
Fue profundo.
Familiar.
Apasionado.
El tipo de beso que un hombre reserva para alguien a quien ha extrañado.
Durante unos segundos, el cerebro de Valeria se negó a aceptar lo que acababa de ver.
Permaneció inmóvil.
Con la sonrisa congelada.
Con el cartel colgando inútilmente a su lado.
Entonces Alejandro abrió los ojos.
Y la vio.
Su expresión cambió tan rápido que casi resultó fascinante.
El color desapareció de su rostro.
La sonrisa murió.
Las manos abandonaron la cintura de la rubia.
—Valeria…
Ella no escuchó nada.
Solo vio cómo sus labios pronunciaban su nombre.
La mujer de rojo también volteó.
Y allí estaba la verdad.
No había culpa en su mirada.
Ni vergüenza.
Solo molestia.
Como si Valeria hubiera interrumpido algo que le pertenecía.
Algo dentro de ella se volvió frío.
No iba a llorar allí.
No iba a derrumbarse frente a cientos de desconocidos.
No iba a darle a Alejandro la satisfacción de verla romperse.
Sus ojos recorrieron el aeropuerto.
Y entonces lo vio.
Un hombre caminando hacia la salida.
Alto.
Coreano.
Elegante.
Con un abrigo gris oscuro impecable.
Cabello negro perfectamente peinado.
Rostro sereno.
El tipo de hombre que parecía acostumbrado a que todos lo observaran.
Él no la estaba mirando.
Simplemente caminaba.
Valeria actuó antes de que el miedo pudiera detenerla.
Arrojó las rosas al bote de basura más cercano.
Luego caminó directamente hacia él con la sonrisa más brillante que había mostrado en toda su vida.
El hombre redujo ligeramente el paso al verla acercarse.
Valeria abrió los brazos.
—¡Por fin! —dijo en voz alta, lo suficiente para que Alejandro la escuchara—. Llevo horas esperándote.
El desconocido quedó inmóvil.
Valeria lo abrazó.
Él olía a cedro, lluvia y un perfume costoso imposible de identificar.
Su cuerpo estaba tenso.
Pero no la apartó.
—Lo siento muchísimo —susurró ella junto a su oído—. Solo sígueme el juego diez segundos, por favor.
Se separó apenas unos centímetros.
Los ojos oscuros del hombre se encontraron con los suyos.
Calmos.
Inteligentes.
Confundidos.
Alejandro ya venía caminando hacia ellos.
—¡Valeria! —gritó—. ¿Qué demonios estás haciendo?
Por primera vez, el desconocido habló.
Su voz era profunda.
Tranquila.
Peligrosamente controlada.
—Cariño —dijo mirando a Valeria—. ¿Quién es este hombre?
Valeria estuvo a punto de atragantarse.
Pero siguió actuando.
Tomó la mano del desconocido.
Y luego hizo lo impensable.
Se puso de puntillas.
Y lo besó.
Un beso breve.
Solo unos segundos.
Pero suficiente para que todo el aeropuerto pareciera congelarse.
Alejandro se quedó petrificado.
La mujer del vestido rojo abrió los ojos con incredulidad.
Cuando Valeria se apartó, estaba convencida de que el hombre la rechazaría.
Pero él simplemente la observó.
Y una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
Como si estuviera disfrutando la situación mucho más de lo que debería.
—Interesante —murmuró.
Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Porque de repente comprendió una cosa.
Aquel hombre no parecía molesto.
Parecía divertido.
Y eso la aterraba mucho más.