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Entró en la Habitación Equivocada del Hotel y Despertó Junto a un Millonario Frío

Entró en la Habitación Equivocada del Hotel y Despertó Junto a un Millonario Frío

—Entraste a mi habitación por accidente.

—¿Y ahora qué va a pasar?

Ella entró en la habitación equivocada de un hotel de lujo y, sin darse cuenta, durmió junto al hombre más poderoso de Ciudad de México. Ahora él quería algo de ella… y no era un hombre acostumbrado a aceptar un “no” por respuesta.

Cuando terminó el congreso, yo llevaba tres días enteros organizando eventos en vivo que parecían no tener fin. Había sonreído frente a clientes exigentes, corrido de un lado a otro con unos tacones que ya se sentían como instrumentos de tortura medieval, y mantenido todo bajo control aunque los pies me ardían y la cabeza me daba vueltas por el cansancio.

Lo único que quería era una cama.

Cualquier cama.

De preferencia, de inmediato.

El bar libre después del congreso había parecido una buena idea… cuatro tragos antes.

“Solo una copa”, me dije a mí misma. “Te lo mereces, Renata.”

Famosas últimas palabras.

Dos copas después, Jimena me llamó para decirme que se había cambiado a otro hotel porque consiguió una mejora de último minuto.

—¡Disfruta tu noche, amiga! —gritó por teléfono antes de colgar.

Cuatro copas después, yo estaba sola en el elevador del Gran Hotel Mirador Reforma, sosteniendo mi tarjeta de habitación como si acabara de ganar una medalla olímpica.

¿O era la 2480?

Parpadeé, intentando enfocar los números borrosos de la tarjeta.

No.

Definitivamente era 2408.

El elevador se abrió en el piso 24 y salí dando un ligero traspié. No estaba borracha. Solo estaba mareada, cansada, agotada hasta el punto de querer llorar de alivio cuando por fin llegara a la cama.

El pasillo parecía interminable. Todas las puertas eran iguales: madera oscura, números dorados, alfombra beige que olía a dinero.

Me detuve frente a la puerta marcada con el número 2408 y pasé la tarjeta.

La lucecita se puso verde.

Clic.

Victoria.

Empujé la puerta y entré en completa oscuridad.

Ni siquiera me molesté en buscar el interruptor principal. Lancé mi bolso hacia algún lugar que parecía un sillón y caminé hacia donde esperaba que estuviera el baño.

Mi pie chocó con algo sólido en el suelo.

Un zapato.

Un zapato de hombre.

Grande.

—¿Pero qué demonios…? —murmuré, apartando el objeto con el pie.

Seguramente el hotel había olvidado algo del huésped anterior.

Pésimo servicio.

Mañana me quejaría.

En ese momento, lo único que quería era dormir.

Encontré el baño a ciegas, encendí solo la luz del espejo y empecé a desmaquillarme en piloto automático. Mi reflejo se veía tan destruido como me sentía: ojeras, labial corrido, el cabello castaño escapándose del chongo que me había hecho desde la mañana.

Perfecto.

Exactamente como debía verse una organizadora de eventos exitosa después de sobrevivir a un congreso empresarial en Paseo de la Reforma.

Me quité el vestido negro que había usado durante catorce horas, lo dejé caer al piso y me quedé solo con la ropa interior y una camiseta básica que llevaba debajo.

Ni siquiera lo pensé dos veces.

Apagué la luz, salí del baño y caminé directo hacia donde mi memoria muscular decía que estaba la cama.

Dios.

Qué cama.

El colchón era infinitamente mejor que el de mi departamento en la colonia Narvarte. Me hundí entre las almohadas suaves, suspiré con puro alivio y me giré de lado, buscando la posición perfecta para dormir.

Fue entonces cuando mi brazo rozó algo cálido.

Muy cálido.

Y sólido.

Abrí los ojos, todavía medio dormida.

Había una figura oscura junto a mí.

Una forma humana.

Un hombre.

Cerré los ojos otra vez.

Cansancio.

Seguro era el cansancio jugando con mi mente.

Esperé unos segundos, respirando hondo.

Luego abrí los ojos de nuevo, muy despacio.

La figura seguía ahí.

Definitivamente era una persona.

Definitivamente era un hombre durmiendo en mi cama.

O en la cama en la que yo estaba.

Mi cerebro, entorpecido por el alcohol y el agotamiento, procesó aquella información a la velocidad de una computadora de los años noventa.

Había un hombre en la cama conmigo.

Y yo estaba demasiado cansada para lidiar con eso en ese momento.

Así que hice lo único lógico que mi mente exhausta pudo pensar.

Volví a dormirme.

La luz que entró por la ventana me despertó con toda la sutileza de una cachetada en la cara.

Tenía los párpados pesados, la boca seca y una presión sorda en la cabeza, esa que aparece cuando una toma más de la cuenta.

Una cruda leve.

Pero cruda al fin.

Gemí bajito y me giré hacia un lado, huyendo de la luz ofensiva.

Fue entonces cuando lo vi.

Un hombre.

Un hombre absurdamente atractivo.

Dormía junto a mí, sin camisa, con el abdomen marcado visible por encima de la sábana blanca, piel bronceada y cabello oscuro ligeramente desordenado por el sueño.

Y su brazo.

Su brazo estaba sobre mí.

Pesado.

Posesivo.

Como si incluso dormido supiera exactamente dónde estaba yo.

Parpadeé.

Luego parpadeé otra vez.

Mi cerebro intentó procesar la escena con la lentitud de alguien que acababa de despertar después de beber demasiado.

—No… —susurré para mí misma.

Miré alrededor de la habitación, esta vez mirando de verdad.

Esta no era mi habitación.

Definitivamente no era mi habitación.

Los muebles eran distintos, mucho más caros, más elegantes, más masculinos. Todo olía a madera fina, perfume caro y poder.

Y él definitivamente no era nadie que yo conociera.

Levanté la sábana apenas lo suficiente para confirmar mi creciente sensación de horror.

Ropa interior.

Camiseta.

Al menos seguía vestida.

Más o menos.

No, no, no, no, no.

Empecé a moverme despacio.

Muy despacio.

Intentando salir de la cama sin despertarlo.

Si lograba deslizarme hacia fuera, tomar mis cosas y salir de ahí…

Su brazo me jaló de vuelta.

Fuerte.

Instintivo.

Como si mi cuerpo intentando escapar hubiera activado alguna alarma primitiva dentro de él.

—¿A dónde crees que vas?

Su voz era ronca por el sueño, profunda y absurdamente atractiva de una forma que hizo que el estómago me diera un vuelco.

Lo cual no ayudaba en absoluto a la situación.

Me quedé completamente congelada.

Ni siquiera respiraba.

Él abrió los ojos.

Y fueron los ojos más intensos que había visto en mi vida.

Grises.

Penetrantes.

Enfocados directamente en mí con una claridad que demostraba que estaba mucho más despierto de lo que debería.

Hubo una pausa larga.

Incómoda.

Peligrosa.

—¿Quién demonios eres? —preguntó, y ahora había algo frío en su voz.

Se incorporó tan rápido que casi salté de la cama del susto.

La sábana resbaló, dejando completamente expuesto su torso: músculos definidos, hombros anchos, piel firme.

Lo miré.

No pude evitarlo.

Luego aparté la vista de inmediato, sintiendo cómo la cara me ardía.

—Te pregunté quién eres —repitió, más fuerte.

—¿Yo? —alcancé a gritar, recuperando por fin la voz—. ¿Quién eres tú?

—Estoy en mi habitación.

Miré alrededor otra vez.

La suite era enorme.

Demasiado lujosa.

Posiblemente una suite presidencial.

Oh, no.

Oh, no.

No.

No.

—Tú eres… —mi voz falló—. Ay, no.

—¿Qué?

Tragué saliva.

Porque en ese instante lo reconocí.

La noche anterior, durante la cena de clausura del congreso, todos habían hablado de él en voz baja, como si mencionar su nombre demasiado fuerte pudiera invocarlo.

Santiago Márquez Alcázar.

El dueño de media avenida Reforma.

El empresario que acababa de comprar tres cadenas hoteleras, dos desarrolladoras inmobiliarias y una agencia de eventos internacional.

El hombre al que nadie en Ciudad de México se atrevía a hacer esperar.

Y yo…

Yo acababa de dormir en su cama.

Santiago Márquez Alcázar me miró como si yo fuera un problema que acababa de aparecer sobre su almohada.

Y, siendo honestos, quizá lo era.

Yo, en cambio, lo miraba como si mi vida profesional acabara de incendiarse frente a mis ojos.

—Escúchame —dije, levantando ambas manos, aunque todavía estaba sentada en su cama, despeinada, con la camiseta arrugada y una vergüenza que me quemaba hasta las orejas—. Esto no es lo que parece.

Él arqueó una ceja.

—¿Y qué parece?

Abrí la boca.

La cerré.

Volví a abrirla.

—Parece… horrible.

—Coincido.

Su tono fue tan seco que casi me dolió.

Me bajé de la cama de un salto, pero el movimiento fue demasiado rápido para mi cabeza con cruda. El cuarto se inclinó un poco, y tuve que agarrarme al borde del colchón para no caer.

Santiago me observó en silencio.

No se rió.

No hizo ningún comentario vulgar.

Eso, de alguna manera, lo volvió más intimidante.

—Mi habitación era la 2408 —dije, tratando de sonar digna mientras buscaba mi vestido en el suelo—. O al menos eso decía mi tarjeta.

—Esta es la 2804.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Suite 2804 —repitió con calma—. Piso veintiocho.

Miré hacia la ventana. La vista de Reforma, el Ángel de la Independencia a lo lejos, los edificios bañados por la luz dorada de la mañana.

Demasiado alto.

Demasiado caro.

Demasiado lejos de mi presupuesto.

—Pero el elevador se abrió en el piso veinticuatro…

—Este hotel tiene elevador privado para las suites ejecutivas. Probablemente entraste al equivocado.

Me tapé la cara con ambas manos.

—Dios mío.

—Tu Dios tendrá que explicar también cómo tu tarjeta abrió mi puerta.

Eso me hizo bajar las manos.

—¿Mi tarjeta abrió tu puerta?

—Eso parece.

Hubo un silencio.

De pronto, la vergüenza dejó espacio a otra cosa.

Miedo.

Porque si mi tarjeta había abierto la suite de Santiago Márquez Alcázar, entonces el problema no era solo que yo hubiera entrado a una habitación equivocada.

El problema era seguridad.

Un problema enorme.

Y yo, Renata Salazar, coordinadora de eventos independiente, acababa de quedar justo en medio.

Santiago se levantó de la cama sin prisa. Yo aparté la mirada de inmediato, pero no antes de notar que se movía con la seguridad de alguien acostumbrado a que todo el mundo le abriera paso.

Tomó una camisa blanca del respaldo de una silla y se la puso sin abotonarla del todo. Después caminó hacia la mesa, donde su celular empezó a vibrar.

—Márquez —contestó.

Su expresión cambió apenas.

No fue miedo.

No fue sorpresa.

Fue algo más frío.

Control.

—Suban de inmediato. No. Nadie entra ni sale de este piso. Y revisen las cámaras desde las once de la noche.

Colgó.

Yo tragé saliva.

—¿Qué está pasando?

—Eso voy a averiguar.

—Mira, yo no hice nada malo. Entré por accidente, me dormí y…

—Dormiste en mi cama.

—Sí, gracias por repetir la parte más humillante.

Sus ojos grises se clavaron en mí.

—Renata Salazar, ¿cierto?

Me quedé helada.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Él señaló la credencial del congreso que colgaba medio escondida del bolso que yo había lanzado la noche anterior sobre el sillón.

“Renata Salazar — Coordinación General de Eventos”.

Genial.

Mi humillación venía con gafete.

Me apresuré a ponerme el vestido encima de la camiseta.

—Perfecto. Ya sabes quién soy. Ahora puedo irme y fingimos que esto jamás pasó.

Caminé hacia la puerta.

No llegué ni a tocar la manija.

—No.

Una sola palabra.

Fría.

Autoritaria.

Me giré lentamente.

—¿Perdón?

—No puedes irte todavía.

Lo miré con incredulidad.

—Claro que puedo. Tengo pies, tengo vergüenza y tengo una junta en dos horas para cobrar mi trabajo antes de que algún empresario millonario me acuse de invasión de propiedad.

—No es invasión si una tarjeta autorizada abrió la puerta.

—¡Exacto! Entonces el problema es del hotel.

—Y quizá de alguien que quiso ponerte aquí.

Esa frase me dejó muda.

—¿Ponerme aquí?

Santiago caminó hacia mí. No demasiado cerca, pero lo suficiente para que mi instinto me obligara a enderezarme.

—Ayer firmé un acuerdo que afecta a personas muy poderosas. Esta mañana debía reunirme con un socio extranjero para cerrar la compra de este hotel. Si alguien logra meter a una mujer desconocida en mi suite durante la noche, puede vender muchas versiones de la historia.

Sentí que la sangre me bajaba de la cara.

—No. No, no, no. Yo no soy parte de nada.

—Eso todavía no lo sé.

—¿Me estás acusando?

—Estoy considerando posibilidades.

—Pues considera esta: soy una mujer agotada, mal pagada y con los pies destruidos que solo quería dormir. No soy una espía, no soy una amante contratada y definitivamente no soy parte de ningún complot empresarial.

Sus ojos se estrecharon un poco.

—Hablas demasiado cuando estás nerviosa.

—Y tú respiras arrogancia cuando estás despierto.

Por primera vez, algo casi imperceptible cruzó su rostro.

¿Diversión?

No. Imposible.

Santiago Márquez Alcázar no parecía un hombre que se divirtiera. Parecía un hombre que compraba compañías cuando se aburría.

Alguien tocó la puerta.

Tres golpes secos.

Santiago abrió.

Entraron dos hombres con traje oscuro y un gerente del hotel que parecía a punto de desmayarse. Su placa decía: Lic. Arturo Benítez — Gerente General.

Cuando me vio, sus ojos se abrieron.

—Señor Márquez, le juro que estamos revisando todo. Esto no debió ocurrir.

—Eso ya lo sé —respondió Santiago—. Quiero saber cómo ocurrió.

El gerente sudaba.

—La señorita Salazar estaba registrada en la habitación 2408. Pero anoche, a las 12:47, su tarjeta fue reprogramada desde recepción para tener acceso a la suite 2804.

Yo sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

—¿Reprogramada?

—Sí, señorita.

—Yo no pedí eso.

—Lo sabemos —dijo uno de los hombres de seguridad—. La solicitud aparece hecha por un usuario interno del sistema, pero con credenciales temporales. Estamos intentando rastrearlo.

Santiago no me miró.

Pero yo sí lo miré a él.

Porque entonces ambos entendimos lo mismo.

No había sido un accidente.

Alguien me había usado.

Sentí una mezcla terrible de rabia y miedo. La vergüenza desapareció por completo.

—Tengo que llamar a mi amiga.

Saqué mi celular del bolso con manos temblorosas. Tenía varias notificaciones de Jimena.

“¿Llegaste bien?”

“Renata, contesta.”

“Amiga, ¿estás en tu cuarto?”

Antes de marcar, una nueva notificación apareció en la pantalla.

Un mensaje de un número desconocido.

Lo abrí.

Solo tenía una foto.

Una foto borrosa de mí entrando a la suite de Santiago la noche anterior.

Debajo, una frase:

“Si no quieres que todos piensen que vendiste tu carrera por una noche con Márquez, sigue instrucciones.”

Sentí que se me doblaban las rodillas.

Santiago me quitó el celular de las manos antes de que cayera.

Leyó el mensaje.

Su mandíbula se tensó.

—¿Ahora me crees? —susurré.

Él levantó la mirada hacia mí.

Por primera vez desde que despertamos, no vi sospecha en sus ojos.

Vi furia.

Una furia silenciosa, controlada, peligrosa.

—Arturo —dijo sin apartar la vista de la pantalla—. Cierra todos los accesos del piso. Nadie del personal que estuvo en turno anoche se va del hotel.

—Sí, señor.

—Y tú —me dijo a mí—, vienes conmigo.

Retrocedí un paso.

—No soy tu empleada.

—No. Eres la pieza que quisieron usar contra mí.

—Qué frase tan reconfortante.

—Y si sales sola, van a destruirte.

Eso me calló.

Porque era verdad.

En el mundo de los eventos, la reputación lo era todo. Una sola foto, una insinuación, un rumor bien colocado, y nadie volvería a contratarme. No importaba que fuera mentira. No importaba que yo hubiera trabajado desde abajo, que hubiera pagado cada renta con desvelos, que hubiera soportado clientes groseros y proveedores irresponsables.

Una imagen podía destruirlo todo.

—¿Qué quieres que haga? —pregunté, odiando lo pequeña que sonó mi voz.

Santiago me devolvió el celular.

—Primero, desayunar.

Lo miré como si hubiera perdido la razón.

—¿Desayunar?

—Necesitas azúcar. Estás pálida.

—Estoy siendo chantajeada.

—Exacto. No conviene enfrentar chantajistas con el estómago vacío.

Quise responder algo inteligente, pero mi estómago eligió ese momento para gruñir.

Traidor.

Santiago escuchó.

Y esta vez sí sonrió.

Apenas.

Pero sonrió.

Me molestó muchísimo que con una mínima curva de labios se viera todavía más atractivo.

Media hora después, estaba sentada frente a él en una mesa privada del restaurante del hotel, con chilaquiles verdes, café de olla y pan dulce que yo fingía no querer mientras me lo comía todo.

Santiago no tocó casi nada.

Solo bebía café negro y revisaba mensajes en una tableta.

—¿Siempre eres así? —pregunté.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras negociando una guerra mundial incluso durante el desayuno.

—A veces las guerras empiezan en desayunos.

—Qué vida tan triste.

Me miró por encima de la taza.

—¿Y la tuya es alegre?

La pregunta me tomó desprevenida.

Bajé la vista a mi plato.

—Es ocupada.

—No pregunté eso.

No respondí de inmediato.

Afueras del restaurante, la ciudad seguía su ritmo: autos en Reforma, oficinistas apurados, turistas tomándose fotos, vendedores de café gritando pedidos. Ciudad de México podía estar derrumbándose emocionalmente para una persona y aun así seguir sonando igual.

—Mi vida es… mía —dije al fin—. Trabajo demasiado, duermo poco, pago cuentas, intento que mi mamá no se preocupe y finjo que tengo todo bajo control.

Santiago no dijo nada.

Eso fue peor, porque su silencio parecía escuchar de verdad.

—¿Y tú? —pregunté para defenderme—. ¿Tu vida es alegre?

Él soltó una risa sin humor.

—Mi vida es rentable.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que importa en mi mundo.

Antes de que pudiera contestar, su hombre de seguridad se acercó y le susurró algo al oído.

La expresión de Santiago cambió.

—¿Estás seguro?

El hombre asintió.

Santiago dejó la taza sobre la mesa.

—Encontraron al empleado que reprogramó tu tarjeta.

Me enderecé.

—¿Quién fue?

—Un recepcionista temporal. Dice que recibió diez mil pesos por hacerlo y una instrucción exacta: cambiar tu acceso después de verte en el bar.

—¿Después de verme?

—Alguien te eligió anoche.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué yo?

Santiago me observó durante unos segundos.

—Porque eras perfecta para el escándalo.

La frase me dolió, aunque entendí lo que quería decir.

Una coordinadora de eventos. Joven. Sola. Cansada. Con unas copas encima. Sin apellido poderoso. Sin abogados familiares. Sin protección.

Alguien había visto en mí no a una persona, sino una herramienta desechable.

Me levanté de golpe.

—Tengo que ir a la policía.

—Ya va mi equipo legal.

—No. Yo tengo que ir. Esta es mi vida.

—Y si vas sin pruebas suficientes, el caso se filtra antes del mediodía.

—Entonces, ¿qué? ¿Me escondo detrás de ti?

Santiago se levantó también.

—No. Te paras a mi lado.

Aquello me dejó sin respuesta.

Él se acercó lo justo para que solo yo pudiera escucharlo.

—Van a intentar convertirte en una mentira. La única forma de impedirlo es que aparezcas primero con la verdad.

—¿Aparecer dónde?

Sus ojos grises no parpadearon.

—En la junta de cierre.

—¿Qué junta?

—La de los inversionistas que quieren verme caer.

Solté una risa nerviosa.

—No, no, no. Yo organizo eventos. No protagonizo escenas de poder frente a millonarios.

—Hoy harás ambas cosas.

—Santiago…

Fue la primera vez que dije su nombre.

Y por alguna razón, él se quedó quieto.

Como si escucharlo en mi voz hubiera cambiado algo diminuto entre los dos.

—Renata —respondió él, más bajo—. No voy a permitir que te destruyan por una guerra que no elegiste.

Me quedé mirándolo.

Quise desconfiar.

Debería haber desconfiado.

Los hombres como Santiago no ayudaban gratis. Los hombres como él siempre calculaban, siempre medían, siempre ganaban algo.

Pero había una línea dura en su rostro que no parecía estrategia.

Parecía promesa.

Una hora después, entré con él a un salón privado del hotel donde doce hombres y tres mujeres vestidos con trajes carísimos esperaban alrededor de una mesa ovalada.

El aire olía a café, perfume importado y traición.

Al verme junto a Santiago, varios intercambiaron miradas.

Uno de ellos, un hombre canoso con sonrisa falsa, se levantó.

—Santiago, no sabíamos que traerías compañía.

—Tampoco yo —respondió él—. Pero alguien de esta mesa sí lo sabía.

El silencio cayó pesado.

Sentí todas las miradas sobre mí. Me ardieron las manos, pero no bajé la cabeza.

Santiago proyectó en la pantalla la imagen del mensaje anónimo, luego el registro del sistema del hotel, luego el video donde se veía al recepcionista manipulando la tarjeta.

El hombre canoso dejó de sonreír.

—Esto es absurdo —dijo—. Un error del hotel no tiene nada que ver con la operación.

—No fue un error —dije.

Mi propia voz me sorprendió.

Temblaba un poco, pero estaba ahí.

Todos me miraron.

Santiago también.

Respiré hondo.

—Anoche alguien esperó a que yo estuviera vulnerable. Alguien usó mi nombre, mi trabajo y mi reputación para fabricar un escándalo. Pensaron que, por no tener guardaespaldas ni apellido importante, me iba a esconder avergonzada.

Miré al hombre canoso.

No sabía si era él.

Pero quería que quien fuera me escuchara.

—Se equivocaron.

Un murmullo recorrió la mesa.

Entonces una mujer joven, sentada al fondo, se puso de pie lentamente. La reconocí de inmediato: Mariana Luján, directora de relaciones públicas de una de las empresas rivales. La había visto en el congreso, siempre impecable, siempre sonriendo como si supiera secretos.

—No tienen pruebas contra nadie de esta mesa —dijo.

Santiago ladeó la cabeza.

—Curioso. Nadie te acusó.

El rostro de Mariana se tensó.

Demasiado tarde.

Uno de los abogados de Santiago recibió un mensaje, se acercó y le mostró algo en su celular. Santiago miró la pantalla, luego a Mariana.

—El depósito al recepcionista salió de una cuenta ligada a tu agencia.

Mariana palideció.

El hombre canoso golpeó la mesa.

—¡Esto es una trampa!

—No —dije, sintiendo por primera vez que el miedo se convertía en fuerza—. La trampa fue meterme en una habitación para convertirme en chisme. Esto se llama consecuencia.

Mariana intentó salir, pero los abogados ya estaban en la puerta.

No hubo gritos.

No hubo escándalo público.

Solo el sonido seco de una reputación poderosa rompiéndose en silencio.

Cuando salimos del salón, mis piernas por fin empezaron a temblar.

Santiago me llevó a un pasillo apartado antes de que pudiera caerme frente a todos.

—Lo hiciste bien —dijo.

Solté una risa débil.

—Creo que voy a vomitar.

—Eso también sería comprensible.

Me apoyé contra la pared, respirando lento.

—¿Ya terminó?

—Para ti, sí. Mi equipo legal se encargará.

—¿Y mi reputación?

—Intacta.

Lo miré.

—Eso no lo sabes.

Santiago sacó su celular y me mostró una publicación oficial del hotel, recién subida. Explicaba que una falla de seguridad interna había afectado a una huésped y a un cliente corporativo, que el caso estaba bajo investigación legal y que se descartaba cualquier conducta inapropiada de los involucrados.

Sin nombres.

Sin fotos.

Sin morbo.

—Mandé detener todo antes de que saliera —dijo.

Tragué saliva.

—Gracias.

La palabra me salió pequeña, pero sincera.

Él guardó el celular.

—No me agradezcas todavía.

Me tensé.

—¿Por qué?

—Porque necesito pedirte algo.

Ahí estaba.

Lo sabía.

Siempre había un precio.

—¿Qué quieres?

Santiago me miró con una seriedad imposible de leer.

—Quiero que trabajes para mí.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Mi corporativo necesita una directora de eventos estratégicos. Alguien que pueda entrar en un salón lleno de lobos, temblar por dentro y aun así decir la verdad sin bajar la cabeza.

—¿Me estás ofreciendo trabajo después de que desperté en tu cama por accidente?

—Técnicamente, después de que alguien te puso en mi cama para chantajearnos.

—Eso no lo hace más normal.

—Nunca dije que fuera normal.

No pude evitar reír.

Una risa breve, cansada, incrédula.

—Eres imposible.

—Me lo han dicho.

—No puedo aceptar un trabajo así por lástima.

—No es lástima.

Su tono cambió.

Más bajo.

Más firme.

—La lástima no me sirve. La competencia sí.

Nos quedamos en silencio.

La mañana había empezado con horror, vergüenza y un hombre desconocido en una cama equivocada. Ahora estaba frente a ese mismo hombre, con el mundo todavía tambaleándose, y él me ofrecía una oportunidad que podía cambiar mi vida.

—Lo voy a pensar —dije al fin.

Santiago asintió.

—Hazlo.

Di un paso hacia el elevador, pero me detuve.

—Una cosa más.

—Dime.

—Anoche… cuando despertaste y me encontraste ahí… pudiste haber sido cruel.

Sus ojos se oscurecieron apenas.

—He sido muchas cosas en mi vida, Renata. Pero no con una mujer asustada.

Algo se me apretó en el pecho.

No era amor.

No todavía.

No podía serlo.

Pero era algo.

Una grieta pequeña en la imagen del hombre frío, poderoso e intocable.

Una señal de que debajo del traje caro y la voz autoritaria quizá había alguien que también sabía lo que era ser usado como pieza en un tablero ajeno.

Entré al elevador.

Antes de que las puertas se cerraran, Santiago habló:

—Renata.

Levanté la vista.

—¿Sí?

—La próxima vez que quieras dormir en mi habitación, solo toca la puerta.

Me quedé con la boca abierta.

Las puertas se cerraron justo cuando una sonrisa, traicionera e inevitable, apareció en mi rostro.

Y por primera vez en muchas horas, respiré.

Afuera, Ciudad de México seguía rugiendo como siempre.

Pero algo en mi vida acababa de cambiar.

No sabía si Santiago Márquez Alcázar sería mi salvación, mi ruina o el capítulo más peligroso de mi historia.

Solo sabía una cosa:

Había entrado en la habitación equivocada.

Pero quizá, por primera vez en mucho tiempo, había despertado exactamente donde necesitaba estar