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Se Divorció De Ella Para Salvarle La Vida… Pero Después Del Divorcio, El Jefe Del Crimen Recibió Una Llamada A Medianoche Y Encontró A Su Exesposa Embarazada Muriéndose De Hambre Bajo La Lluvia, Mientras Su Propio Imperio Había Vendido Su Sentencia De Muerte

Se Divorció De Ella Para Salvarle La Vida… Pero Después Del Divorcio, El Jefe Del Crimen Recibió Una Llamada A Medianoche Y Encontró A Su Exesposa Embarazada Muriéndose De Hambre Bajo La Lluvia, Mientras Su Propio Imperio Había Vendido Su Sentencia De Muerte

Mariana Salgado se desplomó bajo el techo parpadeante de una parada de autobús en la Ciudad de México a las 12:17 de la madrugada, con cuatro meses de embarazo, empapada hasta los huesos y tan hambrienta que incluso el miedo había comenzado a parecerle algo lejano.

La lluvia resbalaba por los paneles de cristal detrás de ella como cuchillos de plata, difuminando la ciudad en manchas de luces rojas, reflejos azulados de patrullas y el brillo amarillento de una tienda abierta las veinticuatro horas frente a la avenida.

Había caminado durante casi seis horas.

El albergue de la colonia Doctores la había rechazado.

La cafetería cercana a la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente había comenzado a cobrar hasta el agua.

Y el bebé dentro de ella se había movido esa tarde, recordándole que no podía simplemente acostarse debajo de un puente del Viaducto y desaparecer.

Tres meses antes, ella era Mariana Beltrán.

Esposa de Sebastián Beltrán.

El hombre más temido entre los muelles de Veracruz, los almacenes de Toluca y las mansiones de Bosques de las Lomas.

Para el público era un empresario.

Patrocinador de hospitales.

Benefactor de fundaciones infantiles.

Socio de constructoras, hoteles y cadenas de restaurantes.

En privado, la gente bajaba la voz y utilizaba otro nombre.

El Rey.

Mariana había dormido junto a ese rey en un penthouse con vista al Paseo de la Reforma.

Ahora llevaba un abrigo recogido en un centro de donaciones.

Unos pantalones desgastados.

Y unos tenis tan empapados que cada paso parecía un castigo.

Su celular vibró.

Uno por ciento de batería.

Ninguna llamada perdida.

Ningún mensaje.

Mariana soltó una pequeña risa quebrada.

Había llamado a Sebastián veintiuna veces después de que desapareciera el dinero del acuerdo de divorcio.

Había llamado a su oficina.

A su número privado.

Al teléfono de emergencias que él mismo le obligó a memorizar.

Siempre contestaba un hombre.

Siempre repetía que el señor Beltrán estaba ocupado.

Siempre prometía devolver la llamada.

Sebastián nunca lo hizo.

Los documentos de divorcio prometían tres millones de pesos.

Un departamento completamente pagado en Santa Fe.

Seguro médico por un año.

Y suficiente estabilidad para empezar una vida lejos de la sombra del apellido Beltrán.

Ella aceptó.

Porque Sebastián la miró directamente a los ojos.

Agotado.

Frío.

Como si hubiera envejecido diez años en una sola noche.

Sin explicaciones.

Sin discusión.

Solo una firma.

Un sobre legal.

Y una frase que destruyó todo.

—Estás más segura lejos de mí.

Eso fue todo.

Mariana apoyó una mano sobre su vientre.

Más segura.

Ahora estaba más segura muriéndose de hambre afuera de una casa de empeño.

Más segura durmiendo sentada en estaciones de autobuses.

Más segura aprendiendo qué refugios estaban llenos de hombres violentos, qué iglesias regalaban pan duro y qué policías la alejaban sin siquiera verla a los ojos.

El bebé volvió a moverse.

Mariana cerró los ojos.

—Perdóname, mi amor —susurró—. Estoy haciendo todo lo que puedo.

Entonces el suelo comenzó a inclinarse.

Las luces se volvieron borrosas.

El sonido de la lluvia se transformó en un zumbido distante.

Intentó sujetarse de la banca.

Falló.

Golpeó el concreto con fuerza.

Sabía que una mujer embarazada no debía permanecer acostada bajo la lluvia.

Lo había leído.

Lo había investigado.

Pero sus brazos dejaron de obedecerle.

La ciudad siguió avanzando.

Indiferente.

Gigante.

La última cosa que pensó antes de perder el conocimiento no fue Sebastián.

No fue el dinero.

Ni siquiera la traición.

Fue su bebé.

Por favor…

Que alguien nos encuentre.

A seis cuadras de distancia, Sebastián Beltrán se encontraba en el salón privado de un restaurante italiano en Polanco.

Era el mismo restaurante donde su padre realizaba reuniones antes de ser asesinado.

Escuchaba discutir a tres socios sobre contratos portuarios cuando su teléfono vibró.

Un número reservado.

Solo doce personas en todo México tenían acceso a esa línea.

Sebastián estuvo a punto de ignorarlo.

Era tarde.

La negociación era delicada.

Y llevaba años enseñando a todos que interrumpirlo tenía consecuencias.

Entonces vio el nombre.

Ricardo Mena.

Contestó.

—Más vale que sea importante.

La voz de Ricardo sonó tensa.

—La encontramos.

El mundo quedó en silencio.

Porque Sebastián también lo hizo.

Todos en la mesa conocían ese tipo de silencio.

Era el silencio que precedía a una tormenta.

—¿A quién? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—A Mariana.

—Está en el Centro.

—Cerca de Viaducto y Doctor Vértiz.

—Jefe…

—Está tirada en la calle.

—No se mueve.

Sebastián no recordó haber salido del restaurante.

Un instante estaba bajo las lámparas ámbar rodeado de hombres que le debían dinero.

Al siguiente estaba dentro de una Suburban negra ordenando atravesar todos los semáforos en rojo.

Ricardo continuó hablando.

Sebastián apenas escuchó fragmentos.

Sin hogar.

Hipotermia.

Delgada.

Demasiado delgada.

Y entonces llegó la palabra que casi detuvo su corazón.

—Embarazada.

Sebastián apretó el teléfono con tanta fuerza que la pantalla se agrietó.

—Repítelo.

Ricardo tragó saliva.

—Parece tener cuatro meses.

No soy médico, jefe, pero…

—No la toquen —interrumpió Sebastián con una calma aterradora—.

Mantengan alejados a todos.

Si un policía se acerca.

Si alguien toma una fotografía.

Si un desconocido la mira siquiera demasiado tiempo…

Quiero su nombre antes de llegar.

—Sí, señor.

La caravana tardó cuatro minutos.

Tres camionetas negras bloquearon dos carriles.

Hombres vestidos de oscuro formaron un perímetro bajo la lluvia.

Sebastián descendió sin paraguas.

Su traje quedó arruinado en segundos.

No le importó.

Solo veía a la mujer tendida sobre el pavimento.

Por un momento su mente se negó a aceptarlo.

Esa no podía ser Mariana.

Su Mariana.

La mujer orgullosa.

Terca.

Llena de vida.

La que le arrojaba fresas en la cocina a las dos de la mañana acusándolo de querer administrar el matrimonio como una empresa.

La mujer sobre el concreto parecía un fantasma.

Sebastián cayó de rodillas.

—Mariana…

Su piel estaba helada.

Sus labios tenían un tono azulado.

El pulso era apenas perceptible.

—Preparen la clínica privada.

Quiero ginecólogo.

Especialista fetal.

Laboratorio completo.

Todo.

—Ya está hecho, jefe —respondió Ricardo.

Sebastián deslizó un brazo debajo de sus hombros.

Otro bajo sus piernas.

Pesaba casi nada.

Eso fue lo que casi lo destruyó.

No el embarazo.

No la lluvia.

No el miedo.

Sino descubrir cuán poco quedaba de ella entre sus brazos.

Huesos.

Tela mojada.

Y un calor débil que parecía extinguirse.

Mientras caminaba hacia la camioneta, la cabeza de Mariana descansó sobre su pecho.

Entonces ella susurró.

Con los labios partidos.

Casi dormida.

—No lo llamen…

—Él ya no me quiere…

Sebastián se quedó inmóvil.

Ricardo lo observó.

—¿Jefe?

Sebastián no respondió.

Porque por primera vez en años…

El hombre que todos conocían como el rey del crimen sintió que algo dentro de él acababa de romperse.

Y comprendió una verdad aterradora.

Alguien había robado el dinero del divorcio.

Alguien había aislado a Mariana.

Alguien había interceptado todas sus llamadas.

Y alguien dentro de su propio imperio había decidido que la única forma de destruirlo era dejar morir lentamente a la única mujer que realmente había amado.