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Tomé a Mi Mejor Amiga Borracha Después de una Fiesta… Y Cuando Despertó Usando Mi Sudadera, Me Preguntó Por Qué La Amaba Como un Secreto

Tomé a Mi Mejor Amiga Borracha Después de una Fiesta… Y Cuando Despertó Usando Mi Sudadera, Me Preguntó Por Qué La Amaba Como un Secreto

Parte 1

A las 6:13 de la mañana, mi mejor amiga estaba descalza en mi cocina, usando mi vieja sudadera azul marino de los Pumas, sosteniendo mi taza de café con ambas manos, y me preguntó:

—¿Siempre les hablas a las mujeres como si estuvieras enamorado de ellas cuando crees que están dormidas?

Me quedé congelado con la cafetera suspendida en el aire.

La máquina soltó un siseo detrás de mí. Afuera del departamento, un camión de basura avanzaba por la calle de la colonia Narvarte como si toda la Ciudad de México hubiera despertado de malas.

Y Sofía Ramírez se veía peligrosamente sobria.

Ese era el problema.

No estaba borracha.
No estaba soñolienta.
No estaba riéndose como hacía cuando fingía que todo era una broma.

Tenía el cabello enredado por el sueño, restos de rímel corrido bajo un ojo, y las mangas enormes de mi sudadera le cubrían casi por completo las manos. Parecía alguien que pertenecía a mi cocina.

Y yo llevaba cuatro años asegurándome de jamás imaginar algo así.

Me llamo Daniel Ortega. Tengo treinta y dos años y doy clases de Historia en una secundaria pública de la Ciudad de México, donde el mayor peligro emocional de mis días suele ser que un alumno me pregunte si conocí personalmente a Benito Juárez.

Tengo un departamento pequeño pero tranquilo en la colonia Del Valle, un Nissan viejo que nunca me deja tirado, una fondita favorita donde todos me conocen por mi orden de chilaquiles verdes, y la costumbre de no decir cosas que no puedo retirar después.

Especialmente con Sofía.

Sofía tenía treinta años, era diseñadora gráfica freelance y poseía una risa capaz de hacer que desconocidos voltearan a verla. También tenía un carácter suficiente para destruir a cualquier hombre mentiroso en menos de diez segundos.

Había sido mi mejor amiga durante cuatro años.

Conocía exactamente cómo me gustaba el café.
Tenía una copia de las llaves de mi departamento.
Y una vez pasó seis horas sentada en el piso de mi sala ayudándome a guardar las cosas de mi ex prometida después de que cancelaran mi boda, tirando discretamente cualquier objeto que todavía oliera a recuerdos.

También era la razón por la que yo no dormía bien desde hacía mucho tiempo.

La noche anterior habíamos ido al cumpleaños de nuestra amiga Valeria en un bar de la Roma Norte llamado La Terraza Roja. Uno de esos lugares con paredes de ladrillo, cócteles absurdamente caros y luces diseñadas para hacerte creer que todas tus malas decisiones eran románticas.

Sofía normalmente no tomaba demasiado.

Con una copa de vino empezaba a filosofar sobre tacos al pastor.
Con dos, comenzaba a decirles a desconocidos que tenían “rostros arquitectónicamente perfectos”.

Pero Valeria seguía llenándole la copa de champagne.

—¡Es mi cumpleaños! —insistía Valeria.

—No cuenta como cumpleaños si yo termino muerta —respondió Sofía… mientras aceptaba otra copa.

A las once y media de la noche, Sofía ya estaba recargada contra mí en el sillón del reservado, con el hombro tibio pegado al mío, como si hubiera olvidado dónde terminaba su equilibrio y comenzaba el mío.

—Hoy te ves muy guapo —me dijo.

La miré de reojo.

—Y tú estás muy borracha.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Todos se rieron.

Yo también me reí, porque eso era más seguro que sostenerle la mirada demasiado tiempo.

Pero Sofía no se rio.

Sus ojos se quedaron fijos en mi rostro, suaves, desenfocados… y sus dedos rozaron el puño de mi camisa como si estuviera comprobando que yo era real.

Ese era el problema con Sofía.

Incluso cuando bromeaba, encontraba exactamente el rincón de mí que yo mantenía escondido.

Una hora después, el bar estaba más ruidoso, Valeria lloraba abrazando gente por su “amor infinito”, y un tipo con chamarra de cuero llamado Mauricio intentaba explicarle las criptomonedas a una planta decorativa cerca del baño.

Sofía se tambaleó cuando intentó ponerse de pie.

La sujeté del brazo.

—Ya. Te llevo a casa.

—Soy una mujer adulta y funcional.

—Hace dos minutos le pediste perdón a un banco.

—Parecía triste.

—Se acabó. Vámonos.

Discutió exactamente ocho segundos antes de apoyar la frente sobre mi hombro.

—Está bien… pero no uses esa voz responsable —murmuró—. Me dan ganas de portarme bien.

Debí llevarla a su departamento.

Ese era el plan.

Pero cuando llegamos a su edificio en la colonia Condesa, revisó su bolso tres veces y logró sacar:

un bálsamo labial,
un arete,
un ticket arrugado de Liverpool,
y exactamente cero llaves.

Su roomie, Camila, estaba en Guadalajara visitando a su hermana.

Sofía miró la puerta cerrada.

Luego me miró a mí.

—Soy una adulta funcional —declaró.

—¿Sí?

—Solo extravié evidencia importante.

Después su expresión cambió.

La vergüenza apareció rápido, suave y vulnerable sobre sus mejillas.

—Perdón… —susurró.

Y ahí perdí.

Mi departamento estaba a diez minutos. Le dije que podía dormir en mi cama y que yo usaría el sillón.

Ella asintió, pero durante el trayecto permaneció callada.

Las luces de la avenida Insurgentes cruzaban su rostro mientras manejábamos.

Luz.
Sombra.
Luz.
Sombra.

En un semáforo, giró lentamente hacia mí.

—¿Daniel?

—¿Sí?

—¿No te cansas de tener tanto cuidado conmigo?

Mis manos se tensaron sobre el volante.

Seguí mirando el camino.

—Estás borracha, Sofi.

—Eso no es una respuesta.

—No… —dije en voz baja—. No lo es.

Ella sonrió como si hubiera ganado algo.

Después cerró los ojos.

Cuando llegamos a mi departamento, le di agua, aspirinas y un pantalón deportivo limpio. Estaba temblando dentro del vestido verde que había usado en la fiesta, así que dejé mi sudadera favorita sobre el lavabo del baño.

—Póntela si quieres —dije, mirando deliberadamente la pared del pasillo—. Yo estaré en la cocina.

—Eres demasiado caballero —gritó desde dentro.

—Lo intento.

—No —respondió ella—. Te escondes detrás de eso.

Eso me golpeó más fuerte de lo que debería.

Un minuto después salió usando el pantalón deportivo y mi sudadera.

Las mangas le cubrían media mano. El cabello oscuro le caía sobre los hombros. Se veía más pequeña dentro de mi ropa… pero no frágil.

Sofía nunca parecía frágil.

Parecía una mujer que había caminado demasiado cerca de una verdad… y todavía estaba decidiendo si debía tocarla.

Entonces me descubrió mirándola.

—¿Qué? —preguntó.

Sofía apoyó lentamente la taza sobre la encimera sin dejar de mirarme.

—¿Qué? —repitió.

Aparté la vista demasiado rápido.

—Nada.

—Daniel…

Su voz salió más suave esta vez. Más peligrosa.

Porque Sofía solo hablaba así cuando dejaba de jugar.

La luz gris del amanecer entraba por la ventana de la cocina, iluminando partículas de polvo suspendidas en el aire. El departamento olía a café recién hecho, aspirina y perfume femenino atrapado en mi sudadera.

Yo conocía ese perfume demasiado bien.

Había aprendido a ignorarlo durante cuatro años.

Ella dio un paso hacia mí.

—Anoche hablaste dormido.

Sentí el golpe directo en el pecho.

—No sé qué crees que escuchaste.

—Dijiste mi nombre.

Guardé silencio.

—Tres veces.

La cafetera soltó otro siseo incómodo detrás de nosotros.

Sofía cruzó los brazos dentro de la enorme sudadera.

—Y luego dijiste… —tragó saliva— “si alguna vez la pierdo, no sé qué voy a hacer”.

Mi garganta se cerró.

Perfecto.

Años enteros controlándome… destruidos por hablar dormido como un adolescente enamorado.

Me obligué a tomar aire.

—Sofi…

—No estoy enojada —dijo rápido—. Solo quiero entender.

Levanté la mirada hacia ella.

Y cometí el error de verla realmente.

Descalza. Vulnerable. Con mi ropa puesta. Con esa expresión extraña entre miedo y esperanza.

Como si una parte de ella hubiera esperado escuchar aquello desde hacía años.

Me alejé hacia el fregadero antes de responder.

—No deberíamos hablar de esto ahora.

—¿Por qué? ¿Porque estoy sobria?

Eso dolió porque era cierto.

Ella se acercó otro paso.

—¿Es verdad?

No respondí.

—Daniel… mírame.

Lo hice.

Y entonces Sofía preguntó lo único que podía destruirnos.

—¿Estás enamorado de mí?

El silencio que cayó después fue brutal.

Pesado.

Irrespirable.

Afuera pasó una motocicleta. Alguien gritó algo en la calle. El mundo seguía avanzando mientras el mío se detenía lentamente frente a una mujer usando mi sudadera.

Yo sabía exactamente qué pasaría si decía la verdad.

La perdería.

Porque las amistades como la nuestra no sobreviven a ciertas confesiones.

Así que hice lo que llevaba cuatro años haciendo.

Mentí.

—Estás confundiendo cariño con costumbre.

Vi el cambio en su cara inmediatamente.

No tristeza.

Peor.

Decepción.

Sofía soltó una pequeña risa seca.

—Vaya.

—Sofi—

—No, está bien.

Tomó la taza y dio un sorbo rápido para esconder el temblor de sus manos.

—Olvida que pregunté.

La conocía demasiado bien.

Sabía que estaba herida.

Sabía que estaba fingiendo.

Y aun así dejé que lo hiciera.

Porque yo era cobarde.

Ella miró hacia el reloj de pared.

—Debería irme.

—Te llevo.

—Puedo pedir Uber.

—Sofía.

—Daniel.

Nos quedamos mirando un segundo demasiado largo.

Luego ella suspiró.

—Está bien.

El trayecto hasta su departamento fue insoportablemente silencioso.

La Ciudad de México ya estaba despierta. Puestos de tamales abriendo. Oficinistas caminando con café en mano. El tráfico empezando a rugir sobre Insurgentes.

Pero dentro del auto parecía que no existía aire suficiente.

Sofía iba mirando por la ventana.

Yo apretaba el volante como si pudiera mantener mi vida bajo control usando fuerza física.

Cuando estacioné frente a su edificio, ella abrió la puerta sin mirarme.

—Gracias por cuidarme anoche.

—Siempre.

Eso la hizo detenerse.

Su mano quedó inmóvil sobre la puerta.

Entonces sonrió apenas.

Una sonrisa triste.

—Ese es el problema contigo, Daniel.

Y salió del auto.

Pasaron tres días sin que me escribiera.

Tres.

En cuatro años eso nunca había pasado.

Intenté convencerme de que estaba ocupada.

Intenté fingir que no revisaba el teléfono cada diez minutos.

Pero el jueves por la noche, Dana me llamó.

—¿Qué hiciste?

Cerré los ojos.

—¿Qué te hace pensar que hice algo?

—Porque Sofía acaba de cancelar una cena conmigo por primera vez desde la pandemia y dijo que “necesita espacio emocional”. Eso suena a desastre romántico.

Me dejé caer en el sofá.

—Nada pasó.

—Ajá. ¿Y yo soy Shakira?

No respondí.

Dana soltó un suspiro dramático.

—Dios mío. Sí pasó algo.

Le conté todo.

El silencio del otro lado duró exactamente dos segundos.

Luego gritó:

—¡FINALMENTE!

—Dana—

—¡Cuatro años, Daniel! CUATRO. Todos sabemos que están enamorados excepto ustedes.

—No compliques esto.

—¿Complicarlo? Tú prácticamente le dijiste “te amo” dormido y luego decidiste actuar como contador del SAT emocionalmente reprimido.

—No quiero arruinar nuestra amistad.

Dana soltó una carcajada.

—Amigo… ustedes dejaron de ser “solo amigos” hace como tres años.

Colgué frustrado.

Pero esa noche no pude dormir.

Porque Dana tenía razón.

Había demasiadas cosas que ya no eran amistad.

La forma en que Sofía me buscaba entre multitudes.

La forma en que yo recordaba cada detalle de su vida.

Cómo automáticamente le apartaba el cilantro de los tacos porque sabía que lo odiaba.

Cómo ella dormía tranquila en mi sofá pero nunca con nadie más.

Cómo todos asumían que éramos pareja.

Cómo ninguno de los dos corregía a la gente inmediatamente.

Y peor aún…

La forma en que me había mirado aquella mañana.

Como si hubiera querido que dijera que sí.

El viernes por la tarde decidí ir a verla.

Compré café de su lugar favorito en la Condesa y caminé hacia su departamento bajo un cielo gris que amenazaba lluvia.

Pero cuando llegué, me detuve en seco.

Porque había un hombre en la entrada del edificio.

Alto. Bien vestido. Sonrisa perfecta.

Y Sofía estaba abrazándolo.

Sentí algo horrible atravesarme el pecho.

Celos.

Crudos. Violentos. Ridículos.

Ella levantó la vista y me vio.

Su sonrisa desapareció apenas un segundo.

—Daniel.

El hombre giró hacia mí.

—¿Amigo? —preguntó él.

Amigo.

La palabra me cayó encima como un ladrillo.

Sofía aclaró la garganta.

—Daniel, él es Andrés.

Andrés extendió la mano.

—Mucho gusto. Sofi me ha hablado mucho de ti.

Yo estreché su mano sin sentir los dedos.

—Igualmente.

Mentira.

Lo odié instantáneamente.

Andrés tenía esa seguridad elegante de los hombres que jamás han dudado de ser amados.

Llevaba reloj caro.

Camisa impecable.

Y la forma en que miraba a Sofía me hizo entender algo terrible:

él sí iba a atreverse.

Sofía sostuvo el café que yo había llevado.

—¿Querías algo?

La distancia en su voz me destruyó lentamente.

—Solo… vine a verte.

Andrés sonrió.

—Llegué en mal momento entonces.

—No —respondió Sofía demasiado rápido—. Ya íbamos a entrar.

Ya íbamos.

Nosotros.

Ellos.

Perfecto.

Asentí lentamente.

—Claro. Disfruten la noche.

Me di media vuelta antes de hacer algo humillante.

Escuché a Sofía llamarme.

No me detuve.

Esa noche manejé sin rumbo durante casi una hora.

Lluvia golpeando el parabrisas.

Música baja.

La sensación insoportable de haber perdido algo que técnicamente nunca había sido mío.

A las once y cuarenta y siete, mi teléfono sonó.

Sofía.

La ignoré.

Volvió a llamar.

Y otra vez.

Contesté a la cuarta.

—¿Qué?

Silencio.

Luego:

—¿Por qué huiste?

—No huí.

—Daniel.

Me reí sin humor.

—¿Qué quieres que diga, Sofía? ¿Que me encantó verte con otro tipo?

Ella guardó silencio.

Mala señal.

—¿Te gusta? —pregunté finalmente.

Otra pausa.

Demasiado larga.

—Está bien conmigo.

Sentí náuseas.

—Perfecto.

—No hagas eso.

—¿Eso qué?

—Actuar como si no te importara.

La lluvia golpeaba más fuerte.

Apreté el teléfono contra mi oído.

—¿Y qué se supone que haga? ¿Confesar algo que llevamos años evitando?

Ella respiró temblorosamente.

—Tal vez sí.

Cerré los ojos.

Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.

—Sofía…

—Porque estoy cansada, Daniel.

Su voz se quebró por primera vez.

—Estoy cansada de que me mires como si quisieras decir algo y luego retrocedas. Estoy cansada de sentir que hay algo entre nosotros y que ambos fingimos que no existe.

No podía respirar.

—Y lo peor —susurró ella— es que pensé que aquella mañana por fin ibas a elegirnos.

Elegirnos.

Dios.

Apoyé la frente sobre el volante.

—Tengo miedo.

Ella soltó una pequeña risa triste.

—Yo también.

—No quiero perderte.

—Ya me estás perdiendo.

Eso me destruyó completamente.

Hubo un largo silencio.

Luego escuché voces detrás de ella.

Andrés.

Preguntándole si estaba bien.

Algo oscuro explotó dentro de mí.

—¿Está contigo ahora?

Ella dudó.

Y esa duda fue suficiente.

Colgué.

El sábado por la mañana desperté sintiéndome miserable.

Y entonces Dana apareció en mi departamento sin avisar.

—Te ves horrible.

—Gracias.

Entró cargando una bolsa de pan dulce.

—Vas a arreglar esto.

—No hay nada que arreglar.

Dana me miró como si quisiera golpearme con una concha.

—Daniel, escúchame cuidadosamente. Hay hombres que pierden al amor de su vida porque fueron idiotas. Tú estás a punto de perderla porque eres cobarde. Es muchísimo más triste.

No respondí.

Ella se acercó.

—¿La amas?

Sí.

La respuesta salió tan rápido dentro de mí que dolió.

Dana lo vio en mi cara.

—Entonces deja de actuar como amigo cuando claramente estás enamorado de ella.

Miré hacia la ventana.

La lluvia había parado.

Y de repente entendí algo.

No estaba protegiendo nuestra amistad.

Me estaba protegiendo a mí mismo.

Del rechazo.

Del cambio.

Del riesgo.

Mientras Sofía llevaba años esperando que yo fuera valiente.

Me levanté de golpe.

Dana sonrió lentamente.

—Ah. Ahí está el protagonista romántico atrasado.

Tomé mis llaves.

—Si ella ya eligió a Andrés—

—Cállate y ve por la chica, Daniel.

Y por primera vez en cuatro años…

decidí dejar de tener cuidado.