El Multimillonario Le Gritó A La Mesera Y Exigió Que La Despidieran De Inmediato… Pero Se Quedó Paralizado Al Ver Accidentalmente El Collar Que Ella Llevaba En El Cuello
El sonido de una copa rompiéndose resonó en todo el elegante restaurante ubicado sobre Paseo de la Reforma, en Ciudad de México.
Toda la sala quedó en silencio.
La joven mesera se quedó inmóvil junto a la mesa VIP cerca de las ventanas.
El vino tinto corría lentamente sobre el costoso saco del hombre que tenía enfrente.
El gerente del restaurante corrió hacia ellos, completamente pálido.

—¡Dios mío… Sofía! ¿Qué hiciste?
La muchacha bajó la cabeza de inmediato.
—Lo siento… de verdad no fue mi intención…
Sus manos temblaban tanto que casi dejó caer la bandeja.
El hombre se puso de pie lentamente.
En cuestión de segundos, todo el restaurante quedó en absoluto silencio.
Eduardo Castillo.
Uno de los empresarios inmobiliarios más poderosos de México.
Un hombre famoso por su carácter frío, distante y despiadado con los errores.
Miró la mancha de vino sobre su ropa y habló con voz helada.
—Despídanla.
Sofía sintió que el estómago se le hundía.
El gerente comenzó a inclinar la cabeza una y otra vez.
—Por favor, señor Castillo… le pedimos una disculpa…
Pero Eduardo ya había volteado hacia la joven.
—Una empleada tan torpe como tú no debería trabajar en un lugar como este.
Sofía apretó los labios.
Intentó mantener la calma aunque tenía el rostro rojo de vergüenza.
—Ya le pedí disculpas.
Eduardo soltó una sonrisa fría.
—Las disculpas no van a limpiar este saco.
Tomó la servilleta con brusquedad.
Y en ese momento…
El collar plateado que Sofía llevaba escondido debajo del uniforme salió accidentalmente de su cuello.
El pequeño dije en forma de luna se balanceó suavemente bajo las luces doradas del restaurante.
Eduardo se quedó inmóvil.
Sus ojos se clavaron en el collar.
Y su expresión cambió por completo.
El asistente que estaba junto a él lo miró sorprendido.
—¿Señor Castillo?
Pero Eduardo no respondió.
Solo observaba fijamente aquel viejo collar plateado.
Era idéntico.
Incluso la pequeña marca rayada junto a la luna era exactamente igual.
Veintitrés años atrás…
Él mismo había colocado un collar igual en el cuello de una mujer en Guadalajara.
La mujer que más había amado en toda su vida.
La mujer que desapareció justo antes de que él se casara con otra por obligación familiar.
—Ese collar…
La voz de Eduardo salió ronca.
Sofía sostuvo el dije de inmediato, como protegiéndolo.
—¿Qué pasa?
—¿Dónde lo conseguiste?
Varias personas del restaurante comenzaron a mirarse entre sí con curiosidad.
Sofía frunció el ceño.
—Era de mi mamá.
El corazón de Eduardo comenzó a latir con fuerza.
Dio un paso hacia ella.
—¿Cómo se llama tu madre?
El gerente intervino rápidamente.
—¡Sofía! Respóndale al señor con respeto.
Pero la joven seguía mirando a Eduardo con desconfianza.
—¿Por qué tendría que decirle?
Por primera vez en muchos años, Eduardo no reaccionó con enojo.
Al contrario.
Miró a la muchacha como si estuviera intentando encontrar algo perdido dentro de sus recuerdos.
Esos ojos color ámbar…
Eran exactamente iguales a los de Lucía.
La mujer que una noche lluviosa en Guadalajara había llorado frente a él cuando Eduardo confesó que no podía enfrentarse a su familia.
Eduardo todavía recordaba aquella noche.
Lucía se quitó el anillo que él le había dado y lo dejó sobre la mesa.
—No quiero pasar mi vida siendo un secreto escondido.
A la mañana siguiente, ella desapareció.
Nadie volvió a verla.
Nadie pudo encontrarla.
Ni siquiera Eduardo, a pesar de todo el dinero y el poder que utilizó durante años para buscarla.
—¿Cuántos años tienes?
Sofía parpadeó confundida.
—Veintidós.
Eduardo se quedó sin aire.
Veintidós.
El tiempo coincidía perfectamente.
Su mano se tensó con fuerza.
Entonces sus ojos bajaron accidentalmente hacia la muñeca izquierda de Sofía.
Una pequeña marca de nacimiento con forma de pétalo.
La respiración de Eduardo se detuvo.
Lucía tenía exactamente la misma marca.
El asistente comenzó a preocuparse al ver el rostro del empresario.
—¿Se encuentra bien, señor?
Sofía empezó a sentirse incómoda.
El hombre que hace unos minutos quería destruirle la vida…
Ahora la observaba como si hubiera visto un fantasma.
En ese instante, el teléfono dentro del bolsillo de Sofía comenzó a sonar.
“Mamá”.
Ella respondió de inmediato.
La voz del otro lado temblaba desesperadamente.
—Sofía… ¿dónde estás?
—Estoy trabajando en el restaurante.
—¿Está ahí Eduardo Castillo?
Sofía se quedó congelada.
—¿Cómo sabes eso?
Del otro lado se escuchó una respiración agitada.
—Escúchame bien. Sal de ahí ahora mismo.
—¿Qué está pasando?
—No dejes que vea el collar.
Las manos de Sofía se enfriaron al instante.
Lentamente levantó la mirada hacia Eduardo.
Y justo en ese momento…
Él preguntó con la voz quebrada:
—¿Tu madre… se llama Lucía Herrera?
El teléfono cayó de las manos de Sofía y golpeó el piso de mármol.
Todo su cuerpo quedó paralizado.
Y al otro lado de la llamada…
Una mujer comenzó a llorar desconsoladamente.