LA NOCHE DE NUESTRA BODA, MI ESPOSO SUSURRÓ EL NOMBRE DE OTRA MUJER… PERO A LA MAÑANA SIGUIENTE DESCUBRÍ QUE ELLA HABÍA MUERTO BAJO LA LLUVIA EN MONTERREY HACE TRES AÑOS
Nuestra boda se celebró en un hotel de lujo en San Pedro Garza García, la zona más exclusiva de Monterrey.
Desde el salón principal podía verse toda la ciudad iluminada bajo el Cerro de la Silla.
Aquella noche había empresarios, políticos y familias adineradas de Nuevo León por todas partes.

Y yo…
Yo solo era una chica que había trabajado vendiendo flores en una pequeña tienda de Cumbres.
Nadie entendía por qué Sebastián Navarro quería casarse conmigo.
Ni siquiera mi mejor amiga.
Una vez me preguntó:
—¿Nunca pensaste que tal vez te ama porque te pareces a alguien más?
En aquel momento me reí.
Pensé que era una broma absurda.
Hasta la noche de nuestra boda.
Cuando terminó la fiesta, regresamos al penthouse de Sebastián en la Torre KOI.
Detrás de los enormes ventanales, Monterrey seguía viva.
Las luces de la ciudad parecían un océano interminable.
Abajo todavía se escuchaban autos y música saliendo de los bares de San Pedro.
Sebastián estaba junto al minibar.
Se quitó lentamente el saco negro de la boda y sirvió whisky en un vaso de cristal.
La luz cálida del departamento hacía que se viera perfecto.
Demasiado perfecto.
Me acerqué y lo abracé por la espalda.
—Todavía no puedo creer que ya soy tu esposa.
Él colocó su mano sobre la mía.
Pero incluso en ese momento…
Sentí una distancia extraña entre nosotros.
Algo invisible.
Algo que nunca había logrado cruzar.
Ni siquiera el día de nuestra boda.
Ni siquiera cuando él me vio caminar hacia el altar.
Porque ahora entendía algo que antes no había querido aceptar.
La mirada de Sebastián jamás había sido completamente mía.
Esa noche casi no durmió.
Cerca de las tres de la madrugada, me despertó el sonido de su voz.
Al principio pensé que estaba soñando.
Hasta que lo escuché llorar.
—Valeria…
Mi corazón se detuvo.
Abrí los ojos lentamente.
Sebastián estaba empapado en sudor.
Tenía la mano aferrada a las sábanas como si intentara detener a alguien antes de que desapareciera.
—Por favor… no te vayas…
Su voz estaba rota.
Llena de dolor.
Y entonces volvió a pronunciar ese nombre.
—Valeria…
Me quedé inmóvil sobre la cama.
Cuatro años de relación.
Dos años comprometidos.
Y jamás había escuchado ese nombre.
A la mañana siguiente, Sebastián actuó como si nada hubiera pasado.
Incluso preparó café para mí en la cocina bañada por la luz del amanecer.
—La próxima semana podríamos ir a Cancún —dijo sonriendo.
Yo lo observé durante varios segundos.
Luego dejé lentamente la taza sobre la barra.
—¿Quién es Valeria?
La cuchara que sostenía cayó dentro de la taza.
El sonido metálico rompió el silencio.
Sebastián levantó la vista.
Su rostro perdió el color.
—¿Me escuchaste?
Solté una risa amarga.
—Soy tu esposa, Sebastián.
Él se dio la vuelta y caminó hacia el ventanal.
Monterrey despertaba bajo el sol de la mañana.
Pero su silueta parecía más sola que nunca.
Pasaron varios segundos antes de que hablara.
—Fue la mujer que más amé.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y todavía la amas?
Sebastián cerró los ojos.
—Ella murió.
Me quedé helada.
—Hace tres años. En la carretera Monterrey–Saltillo. Durante una tormenta.
El aire frío del departamento me recorrió la piel.
Sebastián me contó que conoció a Valeria en la Universidad de Monterrey.
Se enamoraron de inmediato.
Se comprometieron.
Incluso ya tenían reservado el lugar para la boda en Hacienda Fundadores.
Pero cinco días antes de casarse…
Valeria murió en un accidente automovilístico mientras regresaba a Monterrey bajo una lluvia terrible.
Sebastián apretó el vaso de café entre las manos.
—Pensé que nunca volvería a enamorarme.
Yo apenas podía respirar.
—Entonces… ¿por qué te casaste conmigo?
Él guardó silencio.
Y ese silencio me destruyó más que cualquier confesión.
Una idea horrible comenzó a crecer dentro de mí.
—¿Me parezco a ella?
Sebastián levantó la mirada de inmediato.
Pero ya era demasiado tarde.
Sus ojos acababan de responder por él.
Sentí que el pecho se me rompía.
—Mi cabello largo…
—El vestido blanco que elegiste…
—El perfume que siempre quieres que use…
Mi voz comenzó a temblar.
—Todo era porque te recordaba a ella… ¿verdad?
Sebastián intentó acercarse.
Pero retrocedí.
Por primera vez desde que lo conocí…
Sentí que yo no era una mujer.
Solo era el reflejo de alguien que ya había muerto.
En ese momento, la puerta del penthouse se abrió.
La madre de Sebastián entró apresuradamente.
Al verme llorando, se puso pálida.
—¿Ya le dijiste la verdad?
Sebastián tensó la mandíbula.
—No quería seguir ocultándolo.
Ella volteó a verme con una expresión llena de lástima.
Y entonces dijo algo que hizo que las piernas me temblaran.
—Mariana… tú no solo te pareces a Valeria.
Su voz se quebró.
—La noche del accidente…
—Tú fuiste la última persona que estuvo con ella antes de morir.
El mundo entero pareció detenerse.
—¿Qué…?
Ella sacó una fotografía vieja y arrugada de su bolso.
Era una foto tomada afuera del hospital Christus Muguerza en medio de la lluvia.
Una joven cubierta de sangre estaba sobre una camilla.
Y la mujer que sostenía su mano mientras lloraba desesperadamente…
Era yo.
La fotografía cayó de mis manos.
Porque no recordaba absolutamente nada de eso.
Nada.
Y Sebastián…
Sebastián me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Por eso, la primera vez que te vi en aquella florería de Barrio Antiguo…
—Pensé que Dios me había devuelto a Valeria.