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Obligada a Casarse con un Multimillonario Para Pagar las Deudas de su Familia… Pero en la Primera Noche, Él Dejó un Documento Sobre la Mesa que la Dejó Paralizada

Obligada a Casarse con un Multimillonario Para Pagar las Deudas de su Familia… Pero en la Primera Noche, Él Dejó un Documento Sobre la Mesa que la Dejó Paralizada

La noche de mi boda ocurrió en el penthouse más alto de una torre de lujo sobre Paseo de la Reforma, en Ciudad de México.

Afuera, la lluvia caía con tanta fuerza que las luces de Reforma apenas podían verse detrás del cristal empañado.

Dentro de aquella habitación enorme y fría, yo estaba sentada al borde de la cama, apretando con fuerza la tela arrugada de mi vestido de novia después de un día interminable.

El suave aroma del perfume masculino en el aire me hacía sentir todavía más asfixiada.

Nunca imaginé que mi vida terminaría así.

Tres meses atrás, yo era solo una diseñadora de interiores que trabajaba para una pequeña firma en la colonia Roma Norte.

Hasta que mi hermano provocó un accidente en Santa Fe y desapareció, dejando una deuda gigantesca sobre los hombros de toda la familia.

Los hombres que vinieron a cobrarnos no solo destruyeron la cafetería de mi madre en Coyoacán.

También arrastraron a mi hermana menor afuera del local para amenazarla frente a todos.

Esa noche, mi madre se arrodilló frente a mí.

—Solo tú puedes salvarnos…

Todavía recuerdo el frío que sentí cuando empujó hacia mí la fotografía de aquel hombre.

Alejandro Villalba.

Treinta y cuatro años.

Dueño del grupo financiero más poderoso de México.

El empresario del que hablaban todos los programas de negocios, el hombre tan reservado que jamás aparecía acompañado en ningún evento social de Polanco.

Mi madre habló en voz baja:

—Él aceptó pagar toda la deuda… con una condición.

Tragué saliva.

—¿Cuál?

Ella bajó la mirada.

—Que te cases con él.

En ese momento me reí.

Un matrimonio a cambio de dinero.

Sonaba más a una transacción que a una vida.

Pero lo que realmente me destrozó…

fue el silencio de todos.

Nadie se opuso.

Nadie preguntó si yo quería hacerlo.

Como si entregarme para salvarlos fuera lo más normal del mundo.

El sonido de la puerta abriéndose me hizo sobresaltarme.

Alejandro entró a la habitación.

Acababa de quitarse la corbata y su cabello aún estaba ligeramente húmedo por la lluvia.

No entendía cómo, pero apenas aparecía, toda la habitación se llenaba de una presión difícil de soportar.

No me miró enseguida.

Solo dejó el teléfono sobre la mesa y se sirvió un vaso de whisky.

La luz cálida iluminó su rostro serio y perfectamente inexpresivo.

Sin darme cuenta, apreté más los dedos.

Finalmente habló.

—No necesitas estar nerviosa.

Su voz era grave y tranquila.

—No tengo interés en obligar a nadie.

Levanté la vista hacia él.

Y por un instante no supe cómo reaccionar.

Porque aquel hombre era completamente distinto a lo que imaginaba.

No había arrogancia.

No había esa mirada de alguien que acaba de comprar algo.

Y justamente eso me inquietaba todavía más.

Alejandro caminó hacia el escritorio junto al enorme ventanal con vista a Reforma.

Sacó un documento de su portafolio y lo dejó frente a mí.

—Léelo.

Bajé la mirada.

Y bastaron tres segundos para quedarme helada.

Era un contrato matrimonial.

Duración: un año.

Después de ese tiempo, si yo quería irme, él firmaría el divorcio inmediatamente.

Sin disputas de bienes.

Sin obligación de tener hijos.

Sin interferir en la vida privada del otro.

Pero lo único escrito en negritas al final de la página decía:

“Durante este matrimonio, tienes estrictamente prohibido enamorarte de mí.”

Creí haber leído mal.

Levanté la cabeza de golpe.

—¿Qué significa esto?

Alejandro se apoyó lentamente en la silla.

Su mirada permaneció fija en la lluvia detrás del ventanal antes de responder.

—Porque la mujer que amaba…

hizo una pausa apenas perceptible.

—murió.

La habitación quedó completamente en silencio.

No supe qué decir.

Solo sentí algo pesado oprimiéndome el pecho.

Después de un largo rato, él se levantó.

—A partir de hoy puedes vivir aquí tranquilamente.

—No pienso complicarte la vida.

Dicho eso, tomó su saco y salió de la habitación.

Cuando la puerta se cerró, yo seguía inmóvil.

El contrato permanecía sobre la mesa bajo la luz tenue.

Y aquella frase al final…

sonaba más como una advertencia.

Durante este matrimonio, tienes estrictamente prohibido enamorarte de mí.

Yo creí que aquel matrimonio extraño sería fácil de soportar si simplemente guardaba silencio.

Pero no sabía que…

el hombre que decía haber dejado de amar para siempre…

terminaría cambiando por completo mi vida.

A la mañana siguiente me despertó el sonido de unos golpes suaves en la puerta.

Una empleada entró con el desayuno.

—Buenos días, señora Villalba. El señor salió temprano hacia las oficinas de Grupo Villalba en Santa Fe.

Me quedé quieta unos segundos al escuchar ese apellido.

Señora Villalba.

Sonaba demasiado ajeno.

Cuando bajé al comedor descubrí que aquel penthouse era tan grande como un hotel privado.

Todo era perfecto.

Demasiado perfecto.

Sobre la mesa había una tarjeta bancaria negra.

Debajo, una nota escrita a mano con apenas unas palabras:

“Para tus gastos.”

Sin firma.

Pero sabía perfectamente que era de él.

Tomé la tarjeta y sentí una incomodidad difícil de explicar.

Como si realmente estuviera viviendo gracias al precio de mi propia vida.

La dejé de inmediato sobre la mesa.

Pero esa misma noche el mayordomo volvió a llevarla a mi habitación.

—El señor dijo que debe conservarla.

—No la necesito.

El hombre inclinó apenas la cabeza.

—El señor también dijo… que si usted no la acepta, pensará que intenta marcar distancia con él.

Parpadeé confundida.

Aquella razón era demasiado extraña.

Al final guardé la tarjeta dentro del cajón.

Los días siguientes casi no vi a Alejandro.

Siempre salía antes de que yo despertara.

Y regresaba muy tarde.

Una noche me quedé dormida en el sofá esperando una llamada de mi madre desde Coyoacán.

Cuando desperté pasada la medianoche, había un saco negro cubriéndome los hombros.

Pero él ya no estaba ahí.

Poco a poco empecé a entender que…

Alejandro Villalba no era tan aterrador como todos decían.

Hasta aquella noche.

Yo estaba subiendo las escaleras cuando escuché algo romperse dentro del despacho.

Era la voz de Alejandro.

La primera vez que lo escuchaba perder el control.

—¡Te dije que no vuelvas a mencionar su nombre frente a mí!

Después vino el sonido de vidrio estrellándose contra el suelo.

Me quedé paralizada en el pasillo.

A través de la puerta entreabierta lo vi apoyado sobre el escritorio, respirando con dificultad y con los ojos completamente rojos.

Y en la pantalla de la laptop…

había una fotografía de una mujer vestida de blanco, sonriendo con dulzura frente a la Catedral de San Miguel de Allende.

Sentí algo extraño en el pecho.

No entendía por qué, pero en ese instante…

aquel hombre me pareció terriblemente solo.

Justo cuando estaba a punto de irme en silencio, mi teléfono vibró dentro del bolsillo.

El sonido rompió el silencio del pasillo.

Dentro del despacho, Alejandro levantó la mirada de inmediato.

Sus ojos se clavaron directamente en la puerta.

Fríos.

Tan fríos que me dejaron inmóvil.

Y entonces empezó a caminar lentamente hacia mí…

Los pasos de Alejandro se detuvieron justo frente a la puerta.

Yo apenas podía respirar.

El celular seguía vibrando dentro de mi bolsillo mientras el silencio del pasillo se volvía insoportable.

Por un instante pensé que él abriría la puerta de golpe y me echaría de la casa.

Pero Alejandro simplemente se quedó inmóvil del otro lado.

Luego habló con una voz baja y cansada.

—¿Cuánto escuchaste?

Tragué saliva.

—No fue mi intención…

La puerta se abrió lentamente.

Alejandro apareció frente a mí con la camisa ligeramente desabotonada y los nudillos marcados por la sangre de los cristales rotos.

Sus ojos seguían rojos.

Pero ya no había rabia en ellos.

Solo agotamiento.

Yo bajé la mirada hacia su mano.

—Estás herido.

Él pareció darse cuenta apenas en ese momento.

Miró los pequeños cortes en sus dedos y respondió con indiferencia:

—No es nada.

Intenté apartarme.

—Perdón… ya me iba.

Pero cuando di un paso, Alejandro habló otra vez.

—Ella se llamaba Lucía.

Me detuve de inmediato.

No entendía por qué estaba diciéndome eso.

Alejandro desvió la mirada hacia el despacho.

—Fue la única mujer que amé.

La lluvia seguía golpeando los ventanales de todo el penthouse.

Yo permanecí quieta frente a él sin saber qué decir.

Y entonces escuché algo que jamás imaginé oír de un hombre como Alejandro Villalba.

—Murió por mi culpa.

Sentí que el pecho se me tensaba.

Alejandro soltó una risa amarga.

—Así que no tienes que preocuparte. Nunca voy a enamorarme de ti.

Aquellas palabras debieron tranquilizarme.

Pero por alguna razón…

me dolieron.

Los días siguientes, la distancia entre nosotros se volvió extrañamente menos fría.

No porque habláramos mucho.

Sino por pequeños detalles.

Una mañana encontré café caliente esperándome en la cocina antes de despertar.

Otro día, cuando mencioné casualmente que extrañaba los chilaquiles del pequeño puesto frente a mi antigua oficina en Roma Norte, el chef de la casa apareció a la mañana siguiente intentando preparar exactamente la misma receta.

Y aunque Alejandro jamás decía nada…

yo sabía que era él.

Porque nadie más en aquella casa me escuchaba con tanta atención.

Aun así, seguíamos viviendo como dos desconocidos unidos por un contrato.

Hasta que apareció Camila Ortega.

La vi por primera vez durante una gala benéfica en Polanco.

Era hermosa.

Elegante.

Y demasiado cercana a Alejandro.

Todos en el salón parecían conocerla.

Incluso algunas mujeres comenzaron a murmurar apenas entró.

—Ahí está la verdadera pareja de Alejandro Villalba.

—Pensé que terminarían casándose.

—Entonces… ¿quién es la mujer que está con él ahora?

Yo fingí no escuchar.

Pero cada palabra cayó sobre mí como una piedra.

Aquella noche llevaba un vestido negro sencillo que una diseñadora había enviado a la casa.

Mientras Camila brillaba bajo las luces rodeada de empresarios, actrices y políticos.

Ella finalmente se acercó a nosotros con una sonrisa perfecta.

—Alejandro.

Lo abrazó con demasiada familiaridad.

Luego me miró.

—Así que tú eres la nueva señora Villalba.

La manera en que dijo “nueva” me hizo sentir incómoda.

Yo extendí la mano con educación.

—Marina Herrera.

Camila sonrió apenas.

—He escuchado mucho sobre ti.

No parecía verdad.

Y Alejandro lo notó.

Porque inmediatamente habló con frialdad.

—Camila.

Ella soltó una pequeña risa.

—Está bien, no voy a asustarla.

Después miró mi vestido.

—Aunque sinceramente… no esperaba que eligieras a alguien tan sencilla.

El ambiente se congeló.

Sentí decenas de miradas volteando hacia nosotros.

Pero antes de que pudiera reaccionar, Alejandro dio un paso hacia adelante.

—Y yo no esperaba que siguieras siendo tan imprudente.

La sonrisa de Camila desapareció por un segundo.

Alejandro tomó mi mano frente a todos.

—Mi esposa no necesita parecerse a nadie de este círculo para ser mejor que cualquiera aquí.

Todo el salón quedó en silencio.

Y yo me quedé paralizada.

Porque era la primera vez que Alejandro me defendía públicamente.

Camila nos observó unos segundos.

Luego sonrió otra vez.

Pero esta vez su mirada ya no era amable.

—Entiendo.

Tomó una copa de champagne.

—Entonces espero que esta vez sí seas feliz, Alejandro.

Cuando ella se alejó, yo intenté soltar mi mano.

Pero Alejandro la sostuvo todavía unos segundos más.

Lo suficiente para hacer que mi corazón empezara a latir demasiado rápido.

Esa noche regresamos al penthouse en completo silencio.

Yo me quité los tacones en la entrada mientras él aflojaba la corbata.

Finalmente reuní valor para preguntar:

—¿Camila era tu novia?

Alejandro tardó varios segundos en responder.

—No.

—Pero estaba enamorada de ti.

Él no negó nada.

Solo caminó hacia el bar y sirvió whisky en un vaso.

—Las personas como ella creen que todo puede conseguirse.

—¿Y tú?

Alejandro me miró fijamente.

—Yo también lo creía.

Por primera vez noté algo roto dentro de él.

Algo mucho más profundo que tristeza.

Y entonces comprendí que Alejandro Villalba no era frío porque sí.

Era un hombre que llevaba años castigándose en silencio.

Dos semanas después, mi madre me llamó llorando.

Mi hermano había regresado.

Pero también los hombres a quienes debía dinero.

Corrí hacia Coyoacán esa misma noche.

La cafetería estaba destrozada.

Las mesas tiradas.

Los vidrios rotos.

Mi madre abrazaba a mi hermana mientras temblaba.

Y mi hermano Diego estaba sentado en el suelo, golpeado y lleno de sangre en el rostro.

Apenas me vio, comenzó a llorar.

—Perdóname…

Antes de que pudiera responder, uno de los hombres se acercó.

—Tu esposo pagó una parte.

—Pero tu hermanito volvió a apostar.

Sentí que el mundo me daba vueltas.

—¿Qué?

Diego bajó la cabeza.

—Solo quería recuperar dinero…

Quise gritarle.

Golpearlo.

Decirle que había destruido mi vida.

Pero mi madre se arrodilló otra vez frente a mí.

Exactamente igual que aquella noche.

—Por favor… salva a tu hermano.

Y algo dentro de mí finalmente se rompió.

Retrocedí lentamente.

—¿Salvarlo?

Mi voz temblaba.

—¿Eso es todo lo que saben hacer? ¿Esperar que yo arregle todo?

Mi madre comenzó a llorar más fuerte.

Pero yo ya no podía detenerme.

—¡Me vendieron como si fuera un objeto!

—¡Ni una sola vez me preguntaron qué quería!

Diego intentó acercarse.

—Marina…

—¡No me toques!

Toda la rabia que llevaba meses guardando salió de golpe.

Y entonces escuché una voz detrás de mí.

—Es suficiente.

Todos volteamos.

Alejandro acababa de entrar.

Llevaba un abrigo negro todavía húmedo por la lluvia y dos escoltas detrás.

Los hombres que habían destrozado la cafetería cambiaron de expresión inmediatamente.

Uno de ellos tragó saliva.

—Señor Villalba…

Alejandro ni siquiera lo miró.

Sus ojos estaban puestos en mí.

En mis lágrimas.

Y eso fue peor.

Porque de pronto sentí una vergüenza inmensa.

Alejandro caminó lentamente hasta quedar a mi lado.

Luego dejó un sobre grueso sobre la mesa destruida.

—La deuda termina hoy.

El líder de los cobradores abrió el sobre.

Adentro había cheques firmados.

Mucho más dinero del que debían.

El hombre levantó la mirada sorprendido.

—¿Todo esto…?

Alejandro habló sin emoción.

—Pero si vuelven a acercarse a esta familia…

su voz bajó apenas.

—voy a asegurarme de que desaparezcan de Ciudad de México.

Nadie respondió.

Porque todos sabían que no estaba bromeando.

Los hombres salieron casi de inmediato.

Y el silencio dentro de la cafetería se volvió pesado.

Mi madre miró a Alejandro como si estuviera frente a un dios.

Diego apenas podía levantar la cabeza.

Pero Alejandro dijo algo que nadie esperaba.

—No vuelvan a pedirle a Marina que pague por los errores de ustedes.

Mi madre abrió los ojos.

Y Alejandro continuó:

—Ella ya hizo demasiado.

Sentí que algo ardía en mi pecho.

Porque nadie…

absolutamente nadie…

me había defendido así antes.

Aquella noche regresamos juntos al penthouse.

Yo permanecí en silencio durante casi todo el camino.

Hasta que finalmente murmuré:

—Gracias.

Alejandro seguía mirando hacia el frente.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo.

Él giró apenas la cabeza hacia mí.

Y por primera vez desde que nos conocimos…

vi algo cálido en sus ojos.

Muy pequeño.

Pero real.

Después de eso, las cosas cambiaron lentamente entre nosotros.

Empezamos a cenar juntos algunas noches.

A veces Alejandro llegaba tarde de trabajar y me encontraba dormida en el sofá viendo películas viejas mexicanas.

Entonces simplemente se sentaba conmigo en silencio.

Otras veces discutíamos por tonterías.

Como la vez que intentó convencerme de contratar diez empleados para decorar el departamento cuando yo prefería hacerlo sola.

—No necesito veinte personas acomodando cojines.

—Son diseñadores profesionales.

—Yo también soy diseñadora.

—Precisamente por eso quiero que descanses.

—¿Y tú siempre eres tan mandón?

Alejandro me observó unos segundos.

Luego sonrió apenas.

Y fue la primera vez que lo vi sonreír de verdad.

No una sonrisa educada.

No una mueca fría.

Una sonrisa real.

Pequeña.

Cansada.

Pero increíblemente hermosa.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que tuve que apartar la mirada.

Porque recordé la última línea del contrato.

“Tienes estrictamente prohibido enamorarte de mí.”

Y yo estaba empezando a perder esa batalla.

El problema fue que Camila también lo notó.

Una tarde apareció inesperadamente en las oficinas de Grupo Villalba mientras yo esperaba a Alejandro para almorzar.

Ella entró al despacho como si todavía perteneciera ahí.

—Qué sorpresa.

Miró la comida sobre la mesa.

—¿Ahora también juegas a la esposa perfecta?

Yo respiré hondo.

—Solo vine a comer con mi esposo.

Camila soltó una pequeña risa.

—¿Esposo?

Se acercó lentamente.

—Tú no sabes nada de Alejandro.

Sus ojos cambiaron por completo.

—Ni siquiera sabes por qué murió Lucía.

Sentí que el cuerpo se me helaba.

Camila sonrió apenas.

—Pregúntale quién conducía aquella noche.

Luego salió del despacho dejándome inmóvil.

Cuando Alejandro llegó, yo seguía sentada exactamente igual.

Él notó mi expresión de inmediato.

—¿Qué pasó?

Tardé unos segundos antes de hablar.

—Camila estuvo aquí.

Los ojos de Alejandro se endurecieron.

Y entonces pregunté en voz baja:

—¿Tú estabas con Lucía cuando murió?

El silencio que siguió me dio la respuesta antes de escucharlo.

Alejandro cerró lentamente los ojos.

—Sí.

Sentí un dolor extraño en el pecho.

No por celos.

Sino porque comprendí cuánto sufrimiento cargaba aquel hombre.

Alejandro habló con dificultad.

—Íbamos camino a San Miguel de Allende.

—Yo manejaba.

—Discutimos.

Su voz se quebró apenas.

—Y por unos segundos… dejé de mirar la carretera.

Nadie habló.

La ciudad seguía brillando detrás de los ventanales del despacho.

Finalmente él dijo:

—Desde entonces, cada vez que alguien se acerca demasiado a mí… termino destruyéndolo.

Yo me levanté lentamente.

Y antes de pensarlo demasiado…

lo abracé.

Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba.

Como si hubiera olvidado lo que era que alguien lo tocara sin miedo.

Permanecimos así varios segundos.

Hasta que Alejandro enterró el rostro en mi cabello y susurró con una voz rota:

—No deberías acercarte tanto a alguien como yo.

Y yo entendí que ya era demasiado tarde.

Porque me había enamorado de él.

Completamente.

Dos meses después apareció el verdadero problema.

El abuelo de Alejandro convocó una cena familiar en su mansión de Las Lomas.

Toda la familia Villalba estaba ahí.

Políticos.

Empresarios.

Mujeres cubiertas de diamantes.

Desde que llegamos sentí las miradas sobre mí.

Especialmente las de Rebeca Villalba, la tía de Alejandro.

Ella sonrió apenas mientras bebía vino.

—Así que esta es la famosa chica de Coyoacán.

Yo fingí no notar el desprecio.

Pero durante toda la cena continuaron las indirectas.

—Qué admirable que algunas personas sepan aprovechar las oportunidades.

—Alejandro siempre fue demasiado sentimental.

—Lucía jamás habría encajado aquí tampoco.

El ambiente se volvió incómodo.

Y entonces Rebeca soltó la frase que terminó de romperlo todo.

—Aunque claro… una esposa comprada siempre será más fácil de controlar.

El salón quedó en silencio.

Sentí que la cara me ardía de humillación.

Pero antes de que pudiera reaccionar, Alejandro dejó lentamente los cubiertos sobre la mesa.

El sonido metálico resonó en todo el comedor.

Luego miró directamente a su familia.

—Vuelvan a faltarle el respeto a Marina…

su voz era peligrosamente tranquila.

—y esta será la última cena a la que me sienten con ustedes.

Nadie habló.

Ni siquiera el abuelo.

Porque todos entendieron algo en ese instante.

Alejandro Villalba estaba enamorado de mí.

Y él mismo acababa de darse cuenta.

Aquella noche regresamos en silencio.

Pero al entrar al penthouse, Alejandro me tomó de la mano.

Fue un gesto pequeño.

Y aun así hizo que el corazón me temblara.

—Marina.

Su voz sonaba distinta.

Más vulnerable.

Yo levanté la mirada lentamente.

Y entonces él dijo lo único que jamás pensé escuchar.

—Quiero romper el contrato.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Qué?

Alejandro se acercó un paso.

—Ya no quiero que esto sea un acuerdo.

Sus ojos estaban clavados en los míos.

Sin barreras.

Sin distancia.

—Quiero que te quedes porque tú quieras quedarte.

Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos.

Porque llevaba meses esperando esas palabras.

Pero aun así pregunté en voz baja:

—¿Y Lucía?

Alejandro sonrió con tristeza.

—Lucía fue alguien a quien amé.

Luego acarició suavemente mi mejilla.

—Pero tú eres la persona con la que quiero vivir.

Y en ese instante entendí algo.

Yo nunca había sido un reemplazo.

Nunca había competido con un fantasma.

Porque Alejandro llevaba mucho tiempo enamorándose de mí… incluso antes de aceptarlo.

Él apoyó la frente contra la mía.

—Marina…

cerró los ojos apenas.

—quédate conmigo de verdad.

Y entonces fui yo quien lo besó primero.

Un beso lento.

Torpe.

Lleno de todo lo que habíamos callado durante meses.

Afuera, la lluvia volvía a caer sobre Paseo de la Reforma.

Pero por primera vez desde que llegué a aquel penthouse…

ya no me sentía sola.

Seis meses después, reabrimos la cafetería de mi madre en Coyoacán.

Esta vez completamente renovada.

Diego trabajaba ahí todos los días intentando reconstruir su vida.

Mi hermana volvió a la universidad.

Y mi madre finalmente dejó de mirarme como si yo fuera la solución de todos sus problemas.

Ahora me abrazaba como a una hija otra vez.

Esa tarde Alejandro llegó tarde al local.

Llevaba la camisa remangada y el teléfono todavía sonando por llamadas del trabajo.

Mi madre sonrió apenas al verlo.

—Ya llegó el favorito de la familia.

Alejandro soltó una risa baja.

Y todavía me sorprendía verlo así.

Más ligero.

Más humano.

Se acercó hasta mí y dejó algo sobre la mesa.

Era el viejo contrato matrimonial.

Lo miré confundida.

—¿Qué haces con esto?

Alejandro sacó un encendedor.

Y delante de todos, prendió fuego al documento.

Las llamas consumieron lentamente aquellas páginas.

Incluida la última cláusula.

“Tienes estrictamente prohibido enamorarte de mí.”

Yo lo miré sin poder dejar de sonreír.

Y Alejandro se inclinó hacia mí para susurrar:

—Creo que ambos rompimos esa regla hace mucho tiempo.

Luego me besó frente a toda la cafetería mientras afuera el atardecer iluminaba las calles de Coyoacán.

Y por primera vez en muchísimo tiempo…

sentí que mi vida finalmente me pertenecía otra vez.