Posted in

“¡SOLO ME ACERQUÉ A TI PARA VENGARME DE TU PADRE!” — MI PROMETIDO ME GRITÓ EN MEDIO DE LA MANSIÓN… PERO LA LLAMADA DEL HOSPITAL SEGUNDOS DESPUÉS LO DEJÓ HELADO

“¡SOLO ME ACERQUÉ A TI PARA VENGARME DE TU PADRE!” — MI PROMETIDO ME GRITÓ EN MEDIO DE LA MANSIÓN… PERO LA LLAMADA DEL HOSPITAL SEGUNDOS DESPUÉS LO DEJÓ HELADO

Todavía recuerdo el olor de los lirios blancos aquella tarde.

El perfume dulce llenaba cada rincón del penthouse en Santa Fe, Ciudad de México.

El vestido de seda marfil se pegaba a mi cuerpo y apenas me dejaba respirar. La maquillista acababa de irse hacía unos minutos. La madre de mi prometido estaba sentada junto al piano negro de cola, observándome con una sonrisa elegante y tranquila.

—Te ves hermosa, Valeria.

Lo dijo mientras acomodaba las perlas de su pulsera.

—Cuando Sebastián te vea, no va a poder quitarte los ojos de encima.

Sonreí nerviosa.

Durante tres años creí que finalmente había encontrado una familia.

Creí que, después de tantas decepciones, alguien por fin me amaba de verdad.

Hasta que la puerta principal del departamento se abrió de golpe.

El estruendo hizo vibrar las copas de cristal sobre la mesa.

Sebastián entró con el rostro desencajado.

Todavía llevaba el traje oscuro de la conferencia empresarial en Polanco. Tenía la corbata floja y los ojos llenos de rabia.

Sentí un escalofrío inmediato.

—Sebastián… ¿qué pasó?

Él no respondió.

Solo aventó una carpeta gruesa sobre la mesa de mármol.

Los papeles se deslizaron frente a mí.

—Explícame esto.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

Sebastián soltó una risa amarga.

Una risa que jamás le había escuchado.

—Tu padre resultó ser todavía más miserable de lo que imaginaba.

Bajé la mirada hacia los documentos.

Eran contratos financieros.

Transferencias.

Firmas.

El nombre de mi padre aparecía al final de varias páginas.

Las manos me empezaron a temblar.

—Yo no sabía nada de esto…

—Claro que no.

Me interrumpió de inmediato.

Su voz comenzó a subir de tono.

—Hace diez años, tu padre destruyó la empresa de mi familia.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

La madre de Sebastián dejó de sonreír lentamente.

—Sebastián… por favor…

Pero él ya no escuchaba.

—¡Mi padre se suicidó la noche de Navidad por culpa de ellos!

La frase cayó como un golpe brutal.

Yo me quedé inmóvil.

Sebastián caminó hacia mí lentamente.

Sus ojos estaban rojos.

Llenos de odio.

—¿Sabes cuántos años esperé este momento?

Negué con la cabeza.

—No… esto no puede ser verdad…

—Me acerqué a ti para vengarme.

Sentí que las piernas me fallaban.

Lo miré fijamente.

Al hombre que me abrazaba cuando tenía pesadillas.

Al hombre que manejó bajo la lluvia hasta Coyoacán solo porque yo tenía antojo de pan dulce a medianoche.

Al hombre que me pidió matrimonio frente al Ángel de la Independencia rodeado de luces y mariachis.

Mi voz salió quebrada.

—Estás mintiendo.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Todo fue un plan.

Su madre se levantó del piano inmediatamente.

—¡Ya basta!

—¡No, mamá!

Él volteó hacia ella con furia.

—¡Ya estoy cansado de fingir!

Luego volvió a mirarme.

Y dijo la frase que terminó de romperme:

—Quería que tu padre viera a su hija destruida igual que destruyeron a mi familia.

Retrocedí un paso.

El anillo de compromiso de pronto se sintió insoportablemente pesado.

La señora Camila caminó hacia nosotros desesperada.

—Sebastián, Valeria no tiene culpa de nada…

—¡Es hija de ese hombre!

—¡Ella ni siquiera sabía!

Yo apenas podía respirar.

Miré a Sebastián intentando encontrar al hombre que amaba.

Pero ya no estaba ahí.

Solo había un desconocido lleno de resentimiento.

—Entonces… ¿todo lo nuestro fue mentira?

Él guardó silencio unos segundos.

Y después respondió con frialdad:

—Sí.

Sentí que algo dentro de mí se rompía por completo.

En ese instante, mi celular comenzó a vibrar sobre la mesa.

Hospital Ángeles.

El corazón me dio un vuelco.

Mi padre llevaba tres meses en coma después de un derrame cerebral.

Los doctores ya casi habían perdido la esperanza.

Contesté temblando.

—¿Bueno?

—¿Señorita Valeria Rivera?

—Sí…

—Su padre despertó.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Qué… qué dijo?

—Acaba de recuperar la conciencia. Pero insiste en verla inmediatamente.

Me sujeté de la silla para no caerme.

Las lágrimas comenzaron a llenarme los ojos.

Entonces la enfermera bajó la voz.

—Hay algo más…

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa?

Hubo unos segundos de silencio.

Y después escuché claramente:

—Su padre dice que él no fue quien destruyó a la familia de su prometido.

Levanté la mirada lentamente.

Sebastián estaba completamente inmóvil.

Porque la llamada estaba en altavoz.

La sala quedó en silencio absoluto.

La madre de Sebastián llevó una mano temblorosa hasta su boca.

Pero lo peor vino después.

La enfermera añadió:

—Antes de colgar, su padre dijo que la verdadera persona responsable… sigue muy cerca de ustedes.

Un frío terrible recorrió mi espalda.

Giré lentamente la cabeza.

Y la primera persona que vi…

Fue a la madre de Sebastián.

Todavía recuerdo el olor de los lirios blancos aquella tarde.

El perfume dulce llenaba cada rincón del penthouse en Santa Fe, Ciudad de México.

El vestido de seda marfil se pegaba a mi cuerpo y apenas me dejaba respirar. La maquillista acababa de irse hacía unos minutos. La madre de mi prometido estaba sentada junto al piano negro de cola, observándome con una sonrisa elegante y tranquila.

—Te ves hermosa, Valeria.

Lo dijo mientras acomodaba las perlas de su pulsera.

—Cuando Sebastián te vea, no va a poder quitarte los ojos de encima.

Sonreí nerviosa.

Durante tres años creí que finalmente había encontrado una familia.

Creí que, después de tantas decepciones, alguien por fin me amaba de verdad.

Hasta que la puerta principal del departamento se abrió de golpe.

El estruendo hizo vibrar las copas de cristal sobre la mesa.

Sebastián entró con el rostro desencajado.

Todavía llevaba el traje oscuro de la conferencia empresarial en Polanco. Tenía la corbata floja y los ojos llenos de rabia.

Sentí un escalofrío inmediato.

—Sebastián… ¿qué pasó?

Él no respondió.

Solo aventó una carpeta gruesa sobre la mesa de mármol.

Los papeles se deslizaron frente a mí.

—Explícame esto.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

Sebastián soltó una risa amarga.

Una risa que jamás le había escuchado.

—Tu padre resultó ser todavía más miserable de lo que imaginaba.

Bajé la mirada hacia los documentos.

Eran contratos financieros.

Transferencias.

Firmas.

El nombre de mi padre aparecía al final de varias páginas.

Las manos me empezaron a temblar.

—Yo no sabía nada de esto…

—Claro que no.

Me interrumpió de inmediato.

Su voz comenzó a subir de tono.

—Hace diez años, tu padre destruyó la empresa de mi familia.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

La madre de Sebastián dejó de sonreír lentamente.

—Sebastián… por favor…

Pero él ya no escuchaba.

—¡Mi padre se suicidó la noche de Navidad por culpa de ellos!

La frase cayó como un golpe brutal.

Yo me quedé inmóvil.

Sebastián caminó hacia mí lentamente.

Sus ojos estaban rojos.

Llenos de odio.

—¿Sabes cuántos años esperé este momento?

Negué con la cabeza.

—No… esto no puede ser verdad…

—Me acerqué a ti para vengarme.

Sentí que las piernas me fallaban.

Lo miré fijamente.

Al hombre que me abrazaba cuando tenía pesadillas.

Al hombre que manejó bajo la lluvia hasta Coyoacán solo porque yo tenía antojo de pan dulce a medianoche.

Al hombre que me pidió matrimonio frente al Ángel de la Independencia rodeado de luces y mariachis.

Mi voz salió quebrada.

—Estás mintiendo.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Todo fue un plan.

Su madre se levantó del piano inmediatamente.

—¡Ya basta!

—¡No, mamá!

Él volteó hacia ella con furia.

—¡Ya estoy cansado de fingir!

Luego volvió a mirarme.

Y dijo la frase que terminó de romperme:

—Quería que tu padre viera a su hija destruida igual que destruyeron a mi familia.

Retrocedí un paso.

El anillo de compromiso de pronto se sintió insoportablemente pesado.

La señora Camila caminó hacia nosotros desesperada.

—Sebastián, Valeria no tiene culpa de nada…

—¡Es hija de ese hombre!

—¡Ella ni siquiera sabía!

Yo apenas podía respirar.

Miré a Sebastián intentando encontrar al hombre que amaba.

Pero ya no estaba ahí.

Solo había un desconocido lleno de resentimiento.

—Entonces… ¿todo lo nuestro fue mentira?

Él guardó silencio unos segundos.

Y después respondió con frialdad:

—Sí.

Sentí que algo dentro de mí se rompía por completo.

En ese instante, mi celular comenzó a vibrar sobre la mesa.

Hospital Ángeles.

El corazón me dio un vuelco.

Mi padre llevaba tres meses en coma después de un derrame cerebral.

Los doctores ya casi habían perdido la esperanza.

Contesté temblando.

—¿Bueno?

—¿Señorita Valeria Rivera?

—Sí…

—Su padre despertó.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Qué… qué dijo?

—Acaba de recuperar la conciencia. Pero insiste en verla inmediatamente.

Me sujeté de la silla para no caerme.

Las lágrimas comenzaron a llenarme los ojos.

Entonces la enfermera bajó la voz.

—Hay algo más…

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa?

Hubo unos segundos de silencio.

Y después escuché claramente:

—Su padre dice que él no fue quien destruyó a la familia de su prometido.

Levanté la mirada lentamente.

Sebastián estaba completamente inmóvil.

Porque la llamada estaba en altavoz.

La sala quedó en silencio absoluto.

La madre de Sebastián llevó una mano temblorosa hasta su boca.

Pero lo peor vino después.

La enfermera añadió:

—Antes de colgar, su padre dijo que la verdadera persona responsable… sigue muy cerca de ustedes.

Un frío terrible recorrió mi espalda.

Giré lentamente la cabeza.

Y la primera persona que vi…

Fue a la madre de Sebastián.

hãy viêt tiếp phần kết có hậu nối tiếp liền mạch bằng tiếng tây ban nha khoảng 3000-5000 từ viết câu đầy đủ chủ ngữ vị ngữ ko dùng câu rút gọn

Camila soltó un jadeo ahogado.

Sebastián volteó hacia ella lentamente.

Yo sentí que el corazón me golpeaba con fuerza contra el pecho.

La señora Camila dio un paso hacia atrás.

—Eso… eso no tiene sentido…

Pero su voz ya no sonaba firme.

Sonaba aterrada.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Mamá…?

Ella negó de inmediato.

—Tu padre está confundido. Acaba de despertar después de meses en coma.

Yo seguía mirando su rostro.

Por primera vez desde que la conocí, aquella mujer elegante y perfectamente controlada parecía a punto de derrumbarse.

La enfermera seguía al teléfono.

—Señorita Valeria, su padre insiste en verla esta misma noche. Dice que ya no puede seguir ocultando la verdad.

Sebastián tragó saliva lentamente.

Luego tomó las llaves del coche de la mesa.

—Vamos al hospital.

Camila levantó la voz de inmediato.

—¡No!

Los dos volteamos a verla.

Ella respiró agitadamente.

Demasiado agitadamente.

—Quiero decir… no es buena idea que Valeria altere a su padre en este estado.

Sebastián la observó fijamente.

Y entonces ocurrió algo que jamás había visto.

Por primera vez, él empezó a desconfiar de su propia madre.

Media hora después, el silencio dentro de la camioneta era insoportable.

La lluvia golpeaba el parabrisas mientras avanzábamos por Paseo de la Reforma rumbo al Hospital Ángeles.

Yo llevaba las manos heladas sobre las piernas.

Sebastián conducía sin decir una sola palabra.

Pero podía sentir su tensión.

Sus dedos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Finalmente habló.

—Si mi padre no murió por culpa del tuyo…

Su voz se quebró ligeramente.

—Entonces pasé diez años odiando a la persona equivocada.

Yo miré por la ventana.

Todavía me dolía respirar después de todo lo que había escuchado aquella noche.

—Me destruiste, Sebastián.

Él cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

—Jugaste conmigo durante tres años.

—Valeria…

—Me pediste matrimonio sabiendo que planeabas humillarme.

Su mandíbula se tensó.

—Al principio sí.

Sentí otro golpe en el pecho.

Pero él continuó antes de que yo hablara.

—Sin embargo, después todo cambió.

Lo miré lentamente.

La lluvia seguía resbalando por las ventanas.

—No te enamoras de alguien porque quieras —dijo él en voz baja—. Yo intenté odiarte cada día… pero ya no podía hacerlo.

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas otra vez.

—Entonces ¿por qué me dijiste esas cosas?

Sebastián soltó una risa amarga.

—Porque esta tarde recibí los documentos sobre las transferencias bancarias. Porque creí que todo era cierto. Porque pensé que tu familia había destruido la mía y que yo había sido un idiota enamorándome de ti.

Se pasó una mano por el rostro.

—Y porque llevo demasiados años viviendo con rabia.

Ninguno habló después de eso.

Cuando llegamos al hospital, mi padre ya estaba despierto.

La habitación olía a medicamento y café frío.

Las máquinas emitían pitidos constantes.

Mi padre, Arturo Rivera, parecía haber envejecido diez años en tres meses.

Tenía la piel pálida y los labios secos.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

Firmes.

Inteligentes.

Cuando me vio entrar, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Valeria…

Corrí hacia él inmediatamente.

Le tomé la mano con fuerza.

—Papá…

No pude contener el llanto.

Él acarició mi cabello lentamente.

Luego levantó la mirada hacia Sebastián.

Y su expresión cambió por completo.

Se llenó de culpa.

—Tu padre no merecía morir así.

Sebastián se quedó inmóvil junto a la puerta.

—Entonces dígame la verdad.

Mi padre respiró hondo.

La señora Camila acababa de entrar detrás de nosotros.

En cuanto escuchó esas palabras, se puso rígida.

—Arturo… no deberías hablar en este estado.

Mi padre la miró con tristeza.

—Ya no puedo seguir callando, Camila.

Sebastián volteó hacia su madre lentamente.

Ella comenzó a palidecer.

Mi padre cerró los ojos unos segundos antes de continuar.

—Hace diez años, la empresa de tu padre estaba en problemas. Las deudas eran enormes. Yo intenté ayudarlo porque éramos amigos.

Sebastián frunció el ceño.

—Eso no fue lo que me dijeron.

—Porque alguien cambió la historia.

La habitación quedó en silencio absoluto.

Mi padre señaló lentamente a Camila.

—Tu madre manipuló los contratos.

Sentí que el aire desaparecía.

Sebastián retrocedió un paso.

—¿Qué…?

Camila negó desesperadamente.

—¡Eso es mentira!

Pero mi padre continuó.

—Ella transfirió dinero de manera ilegal usando empresas fantasma. Cuando las auditorías comenzaron, culpó a tu padre y lo convenció de que yo había sido quien lo traicionó.

Las lágrimas empezaron a caer por las mejillas de Camila.

—Yo no quería que las cosas terminaran así…

Sebastián parecía incapaz de respirar.

—Mamá…

Ella comenzó a temblar.

—Tu padre descubrió todo. Quería denunciarme. Pero yo tenía miedo de perderlo todo. Tenía miedo de perder la empresa… la casa… nuestra vida.

Yo sentí un escalofrío.

—¿Y por eso dejó que él creyera que Arturo lo había arruinado?

Camila rompió en llanto.

—Pensé que podía arreglarlo después…

Sebastián la miraba como si ya no reconociera a la mujer frente a él.

—Papá murió odiando a su mejor amigo…

Camila se cubrió el rostro.

—Lo sé…

—¡Y me dejaste crecer con ese odio!

La voz de Sebastián retumbó por toda la habitación.

Las enfermeras voltearon desde el pasillo.

Yo jamás lo había visto así.

Destrozado.

Completamente destrozado.

Mi padre cerró los ojos lentamente.

—Después de la muerte de tu padre, intenté contar la verdad muchas veces. Pero Camila me suplicó silencio. Me dijo que tú no soportarías otro golpe más.

Sebastián soltó una risa vacía.

—¿Y cree que esto fue mejor?

Nadie respondió.

La señora Camila cayó lentamente en una silla.

Parecía una mujer totalmente diferente.

Ya no era la viuda elegante y controlada de las revistas empresariales.

Era alguien destruido por sus propios secretos.

Finalmente habló.

—Yo sí amaba a tu padre.

Sebastián tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Entonces lo mataste igual.

Ella comenzó a llorar más fuerte.

—Nunca imaginé que él haría eso aquella noche…

El silencio volvió a llenar la habitación.

Yo observé a Sebastián.

Y entendí algo terrible.

Durante diez años, aquel hombre había vivido alimentándose de una mentira.

Toda su vida había sido construida sobre odio, culpa y dolor.

Y aun así…

Aun así había sido capaz de amar.

Aunque no quisiera admitirlo.

Mi padre volvió a hablar horas después, cuando la tormenta ya había cesado afuera.

—Hay algo más que debes saber, Sebastián.

Él levantó lentamente la mirada.

—Tu padre dejó una carta antes de morir.

Camila cerró los ojos inmediatamente.

Como si hubiera esperado ese momento durante años.

Mi padre señaló el cajón de la mesa junto a la cama.

Yo lo abrí lentamente.

Dentro había un sobre amarillo envejecido.

Mi padre respiró profundo.

—Tu madre me pidió que la destruyera. Pero nunca pude hacerlo.

Sebastián tomó el sobre con manos temblorosas.

La letra en el frente decía:

“Para mi hijo.”

Vi cómo los ojos de Sebastián se llenaban de lágrimas apenas reconoció la escritura.

Abrió la carta lentamente.

Y comenzó a leer.

El silencio dentro de la habitación era tan profundo que podía escucharse el sonido de su respiración quebrándose.

Después de unos segundos, las lágrimas comenzaron a caerle sin control.

Yo jamás había visto llorar así a un hombre.

Sebastián cubrió su boca con una mano.

Y siguió leyendo.

Finalmente levantó la mirada hacia su madre.

—Papá sabía la verdad.

Camila rompió a llorar nuevamente.

Sebastián respiraba con dificultad.

—Él escribió que descubrió tus transferencias días antes de morir.

La señora Camila no podía ni mirarlo.

—También escribió que nunca culpó a Arturo.

Yo sentí que un nudo se formaba en mi garganta.

Sebastián apretó la carta contra el pecho.

Y leyó la última parte en voz alta:

—“Hijo, si algún día lees esto, no vivas consumido por el odio. El rencor destruye a las personas más rápido que la ruina. Prométeme que elegirás amar incluso cuando tengas razones para odiar.”

La voz de Sebastián se quebró completamente.

Él cerró los ojos.

Y comenzó a llorar en silencio.

Yo no pude contenerme más.

Caminé lentamente hacia él.

Durante unos segundos dudé.

Porque todavía me dolía todo lo que había pasado.

Todavía tenía el corazón hecho pedazos.

Pero cuando vi aquel hombre destruido frente a mí… entendí que ambos habíamos sido víctimas de la misma mentira.

Sebastián levantó la mirada hacia mí.

Sus ojos estaban llenos de culpa.

—No espero que me perdones.

Mi garganta ardía.

—Me humillaste.

—Lo sé.

—Me hiciste creer que nunca me amaste.

Él respiró temblando.

—Eso fue lo único que sí fue real.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas otra vez.

Sebastián dio un paso hacia mí.

—Cada viaje contigo fue real. Cada abrazo. Cada noche. Cada vez que tuve miedo de perderte.

Su voz temblaba.

—Te amo desde hace mucho más tiempo del que quisiera admitir.

Sentí que el pecho me dolía.

Porque una parte de mí seguía amándolo igual.

Aunque intentara negarlo.

Mi padre nos observaba en silencio desde la cama.

Y entonces dijo algo que jamás olvidaré:

—No permitan que nuestros errores destruyan también sus vidas.

Sebastián bajó la cabeza lentamente.

Luego caminó hacia su madre.

Camila levantó la vista llena de miedo.

Él se arrodilló frente a ella.

Y durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente Sebastián tomó sus manos.

—Lo que hiciste estuvo mal.

Ella comenzó a llorar otra vez.

—Lo sé…

—Pero sigues siendo mi madre.

Camila soltó un sollozo roto.

Sebastián cerró los ojos.

—No sé cuánto tiempo me tomará sanar esto… pero no quiero seguir viviendo lleno de odio.

La señora Camila abrazó a su hijo desesperadamente.

Yo observé aquella escena con lágrimas en los ojos.

Porque después de tanto dolor…

Por fin alguien estaba rompiendo el ciclo.

Tres meses después, la boda finalmente ocurrió.

Pero no fue como la habíamos planeado antes.

Ya no hubo revistas de lujo.

Ni empresarios famosos.

Ni una ceremonia gigantesca en Polanco.

Sebastián y yo nos casamos en una pequeña hacienda cerca de San Miguel de Allende.

Solo estuvieron nuestras familias y las personas que realmente nos amaban.

Mi padre caminó conmigo hacia el altar.

Todavía estaba débil, pero sonreía como no lo había hecho en años.

La señora Camila estaba sentada en primera fila.

Con los ojos llenos de lágrimas desde el inicio de la ceremonia.

Cuando llegué frente a Sebastián, él tomó mis manos con fuerza.

Y esta vez no vi odio en sus ojos.

Ni resentimiento.

Solo amor.

Amor real.

El sacerdote comenzó a hablar.

Pero yo apenas podía escuchar.

Porque Sebastián no dejaba de mirarme como si todavía no pudiera creer que yo seguía allí.

Cuando llegó el momento de los votos, él respiró profundo.

—Pasé demasiados años creyendo que el odio me mantenía fuerte.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Pero tú me enseñaste que el amor puede salvar incluso a las personas más rotas.

Yo ya estaba llorando.

Sebastián acarició mis manos lentamente.

—Te prometo que nunca volveré a hacerte daño. Te prometo que nunca más permitiré que el pasado decida nuestro futuro.

Mi voz tembló cuando llegó mi turno.

—Yo también tuve miedo de volver a confiar en ti.

Él bajó la mirada con culpa.

Pero yo sonreí entre lágrimas.

—Sin embargo, el amor verdadero no aparece cuando todo es perfecto. El amor verdadero aparece cuando dos personas deciden quedarse incluso después de conocer sus peores heridas.

Vi cómo Sebastián cerraba los ojos intentando contener el llanto.

—Y yo decido quedarme contigo.

La ceremonia terminó entre aplausos y lágrimas.

Esa noche, mientras el mariachi sonaba bajo las luces cálidas de la hacienda, Sebastián me abrazó lentamente en medio de la pista vacía.

—¿Sabes qué pienso ahora?

—¿Qué cosa?

Él sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Libre por primera vez en muchos años.

—Que si no hubiera pasado todo aquello… jamás habría aprendido cuánto vale realmente una familia.

Apoyé la cabeza sobre su pecho.

Y por primera vez desde aquella terrible noche en Santa Fe…

Sentí paz.

Porque el odio finalmente había terminado.

Y el amor, después de sobrevivir a todas las mentiras, seguía ahí.