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EL JEFE DE LA MAFIA SE QUEDÓ MIRANDO SUS LABIOS ROJOS DURANTE DIEZ SEGUNDOS… Y ENTONCES TODO CAMBIÓ

EL JEFE DE LA MAFIA SE QUEDÓ MIRANDO SUS LABIOS ROJOS DURANTE DIEZ SEGUNDOS… Y ENTONCES TODO CAMBIÓ

Valeria Morales solo necesitaba un trabajo.

Un solo trabajo.

Un sueldo lo bastante grande para mantener el tratamiento de su padre, evitar que el banco les quitara la casa y evitar que su madre siguiera llorando en silencio frente a la lavadora a las tres de la mañana.

No sabía que el hombre que la esperaba al final de aquella sala de juntas podía controlar media Ciudad de México con una sola frase pronunciada en voz baja.

Su mano tembló al sujetar la manija dorada de la puerta.

A través del cristal esmerilado podía distinguir sombras moviéndose en el interior: hombres con trajes impecables, hombros anchos, cuerpos inmóviles y voces bajas impregnadas de poder y dinero.

La recepcionista le había dicho que esperara.

Pero Valeria llevaba esperando tres semanas.

Tres semanas desde que las facturas del hospital comenzaron a llegar en sobres blancos tan gruesos que parecían sentencias de muerte.

Tres semanas desde que el aviso de embargo cayó sobre la mesa de la cocina.

Tres semanas desde que su madre dejó de dormir y comenzó a doblar toallas limpias en la oscuridad para no derrumbarse.

Valeria tenía veinticuatro años.

Vestía un vestido negro prestado, unos tacones prestados y un labial rojo intenso que su compañera de departamento, Sofía, había insistido en que la haría parecer poderosa.

¿Poderosa?

La palabra casi la hizo reír.

Las personas poderosas no contaban monedas para pagar el transporte.

Las personas poderosas no se saltaban comidas para ahorrar dinero.

Las personas poderosas no se presentaban ante desconocidos rogando que una sola oportunidad pudiera salvar a toda una familia.

Pero las personas desesperadas aprenden a fingir fortaleza.

Valeria respiró hondo.

Y abrió la puerta.

Doce pares de ojos se volvieron hacia ella.

La sala olía a puros cubanos, cuero caro, madera pulida y algo mucho más oscuro escondido debajo de todo aquello.

Decantadores de cristal brillaban sobre un mueble de caoba.

Las enormes ventanas mostraban el horizonte de Paseo de la Reforma, haciendo que la Ciudad de México pareciera más un tablero de ajedrez que una ciudad real.

Al final de la mesa estaba Alejandro Montenegro.

Valeria lo identificó al instante.

Era más joven de lo que esperaba.

Tal vez treinta y dos años.

Quizás más viejo en la mirada.

Vestía un traje negro perfectamente ajustado, como si hubiera sido confeccionado para alguien acostumbrado a ocultar la violencia detrás de los negocios.

Cabello oscuro.

Mandíbula firme.

Ojos grises capaces de atravesar el humo sin esfuerzo.

No parecía sorprendido de verla.

Eso lo hacía aún peor.

—Señor Montenegro —dijo ella, obligando a su voz a mantenerse firme—. Vengo por la vacante de asistente ejecutiva. La agencia me envió.

—Fuera.

La orden vino de un hombre corpulento sentado a la izquierda de Alejandro.

Los nudillos llenos de cicatrices descansaban sobre la mesa.

Valeria ni siquiera lo miró.

—Tengo una cita.

—Tenías una cita —respondió él—. Hace dos horas.

—El metro se detuvo por una falla y…

—No nos interesan las excusas —interrumpió otro hombre—. Da media vuelta y ahórrate la humillación.

Valeria apretó los puños.

Había tomado dos líneas de metro y un autobús para llegar.

Había pedido prestado aquel vestido.

Aquellos zapatos.

Y gran parte de su valentía.

No pensaba irse.

—Señor Montenegro —dijo de nuevo—. Entiendo que llegué tarde y me disculpo por ello. Pero también soy la candidata más preparada que verá hoy. Tengo una maestría en Administración de Empresas, cinco años de experiencia en soporte ejecutivo y hablo cuatro idiomas. Puedo comenzar hoy mismo. No necesito capacitación. Y trabajaré más duro que cualquier persona que contrate porque no tengo el lujo de fracasar.

El silencio cayó sobre la sala.

Alejandro aún no había dicho una sola palabra.

Su mirada recorrió lentamente los tacones prestados.

El vestido negro.

Hasta detenerse en el labial rojo intenso que resaltaba sobre sus labios.

Después levantó la vista y la observó directamente a los ojos.

Un segundo.

Dos.

Cinco.

Diez.

Valeria sintió que el mundo desaparecía.

Los hombres.

El humo.

El dinero.

El miedo.

Las deudas.

Todo se volvió borroso hasta que solo existieron ella y Alejandro Montenegro.

Él la observaba como si hubiera entrado en aquella sala sosteniendo un arma invisible que ninguno de los dos comprendía.

Su mandíbula se tensó.

Apenas un poco.

Luego dejó su pluma estilográfica sobre la mesa con una precisión inquietante.

—Caballeros —dijo con voz tranquila—. Hemos terminado por hoy.

El hombre de las cicatrices frunció el ceño.

—Señor, todavía debemos revisar el acuerdo de Polanco…

—Dije que hemos terminado.

Todos se pusieron de pie.

Las carpetas se cerraron.

Los teléfonos desaparecieron.

Los portafolios de cuero se guardaron.

Uno por uno salieron de la sala sin mirar a Valeria.

Y aquello resultó más inquietante que cualquier otra cosa.

El último hombre en abandonar la habitación se inclinó apenas hacia ella.

—Buena suerte —murmuró.

No sonó como un deseo amable.

Sonó como una advertencia.

La puerta se cerró.

Y Valeria quedó sola con Alejandro Montenegro.

Él se levantó despacio.

Rodeó la mesa.

Y se detuvo a menos de un metro de ella.

—¿Cómo te llamas?

—Valeria Morales.

Alejandro repitió el nombre en voz baja.

Como si estuviera evaluando cuánto peligro podía representar.

Después volvió a mirar brevemente sus labios.

—Ese labial —dijo—. ¿Por qué decidiste usarlo?

—Mi amiga dice que me hace parecer poderosa.

Alejandro dio un paso más cerca.

—Tu amiga se equivoca.

Valeria sintió cómo se le cerraba la garganta.

—Te hace parecer imprudente.

Sus ojos grises se clavaron en los de ella.

—Los labios rojos en una habitación llena de lobos no son una muestra de poder, señorita Morales.

Hizo una pausa.

Y entonces añadió:

—Son un blanco.

Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aquella respuesta no parecía una advertencia cualquiera.

Parecía una confesión.

—No entiendo —dijo en voz baja.

Alejandro Montenegro se quedó observándola durante unos segundos más.

Luego se alejó y regresó lentamente a la cabecera de la mesa.

—Siéntate.

No era una invitación.

Era una orden.

Y, sin saber por qué, Valeria obedeció.

Mientras tomaba asiento, notó algo extraño.

Sobre la mesa había una carpeta abierta.

Dentro había una fotografía.

La imagen apenas estuvo visible un segundo antes de que Alejandro la cerrara.

Pero fue suficiente.

El corazón de Valeria se detuvo.

Porque la mujer de la fotografía se parecía a ella.

No un poco.

Muchísimo.

Los mismos ojos oscuros.

La misma sonrisa suave.

Incluso la misma forma de la boca.

Alejandro notó el cambio en su expresión.

—¿Qué viste?

—Nada.

—Mientes mal.

Valeria tragó saliva.

—La mujer de la foto…

Por primera vez desde que entró en aquella sala, Alejandro pareció perder el control.

Solo un instante.

Pero ella lo vio.

Lo suficiente para comprender que aquella fotografía significaba algo.

Algo enorme.

—¿Quién era? —preguntó.

Alejandro permaneció en silencio.

Después tomó la foto y la colocó frente a ella.

Valeria la observó con más atención.

La mujer tendría unos veinticinco años.

Hermosa.

Elegante.

Feliz.

Y era prácticamente idéntica a ella.

En la esquina inferior aparecía una fecha.

Doce años atrás.

—Se llamaba Isabella.

Valeria levantó la vista.

—¿Tu esposa?

Alejandro soltó una risa amarga.

—Nunca tuve la oportunidad.

El silencio volvió a llenar la sala.

—Murió.

La palabra cayó como una piedra.

—Lo siento.

—Yo también.

Valeria observó nuevamente la fotografía.

Entonces notó algo.

Un detalle.

En el cuello de Isabella había un pequeño colgante de plata.

Exactamente igual al que su madre llevaba toda la vida.

El mismo diseño.

La misma forma.

El mismo grabado.

La sangre desapareció del rostro de Valeria.

—¿Dónde consiguió eso?

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué?

—El collar.

Alejandro miró la foto.

—Era de su familia.

¿Por qué?

Valeria sacó lentamente un collar oculto bajo su vestido.

La habitación quedó en silencio.

Alejandro se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—¿Dónde lo conseguiste?

—Era de mi madre.

Los ojos grises del hombre se oscurecieron.

—Eso es imposible.

—Lo ha usado toda mi vida.

Alejandro tomó el colgante con manos temblorosas.

Por primera vez parecía un hombre normal.

No un rey.

No un jefe criminal.

Solo un hombre asustado.

Al abrir el pequeño medallón, una fotografía diminuta apareció en su interior.

Y Alejandro dejó escapar el aire de golpe.

Porque reconoció a la persona de inmediato.

—Dios mío…

Valeria sintió que el miedo crecía.

—¿Qué ocurre?

Alejandro levantó la mirada.

Y lo que dijo después cambió todo.

—La mujer de esta fotografía era la hermana de Isabella.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Desapareció hace más de veinte años.

Nunca volvimos a encontrarla.

Nunca supimos qué pasó con ella.

Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Mi madre fue adoptada.

Alejandro cerró los ojos.

Ahora todo comenzaba a encajar.

El parecido.

El collar.

Los rasgos.

La edad.

Las coincidencias imposibles.

No eran coincidencias.

Eran familia.

Pero antes de que pudiera decir una sola palabra más, la puerta del despacho explotó hacia adentro.

Dos guardaespaldas entraron corriendo.

—¡Señor Montenegro!

Alejandro giró de inmediato.

—¿Qué sucede?

—Tenemos un problema.

—Habla.

El hombre parecía nervioso.

Muy nervioso.

—Alguien acaba de entrar en el hospital donde está internado el padre de la señorita Morales.

Valeria se puso de pie.

—¿Qué?

—Intentaron acceder a su habitación.

El rostro de Alejandro se endureció.

—¿Quién?

El guardaespaldas tragó saliva.

—Los hombres de Esteban Salazar.

El nombre cayó sobre la sala como una bomba.

Valeria no entendía nada.

Pero Alejandro sí.

Y eso fue suficiente para asustarla.

Porque el color desapareció de su rostro.

—Eso no puede estar pasando.

—Tenemos imágenes de seguridad.

—¿Cómo descubrieron quién era ella?

Nadie respondió.

Entonces Alejandro comprendió algo.

Y su expresión se volvió mortal.

Lentamente giró hacia la ventana.

—Porque alguien los informó.

—¿Dentro de la organización? —preguntó el guardaespaldas.

Alejandro asintió.

—Sí.

Hay un traidor.

Y si Salazar descubrió quién es Valeria…

No vienen por dinero.

No vienen por negocios.

Vienen por ella.

Valeria sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Por qué?

Alejandro la observó.

Y por primera vez no vio a una candidata para un empleo.

Ni a una desconocida.

Vio a la única familia que quedaba de la mujer que había amado toda su vida.

—Porque si lo que sospecho es cierto…

eres la heredera de algo por lo que muchos hombres estarían dispuestos a matar.

Y en ese instante, muy lejos de allí, en una habitación oscura de la Ciudad de México, un anciano abrió una caja fuerte oculta durante décadas.

Dentro había documentos amarillentos.

Actas de nacimiento.

Fotografías antiguas.

Y una carta.

En el sobre aparecía un nombre escrito a mano.

VALERIA MORALES.

La carta que llevaba veinte años esperando llegar a sus manos.

Y que contenía un secreto capaz de destruir imperios.