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No Discutí Con La Amante De Mi Esposo — Simplemente Me Fui Y Destruí Todo Aquello De Lo Que Se Sentía Orgulloso

No Discutí Con La Amante De Mi Esposo — Simplemente Me Fui Y Destruí Todo Aquello De Lo Que Se Sentía Orgulloso

—No hagas el ridículo, Mariana —dijo mi esposo, mientras su amante sonreía sentada en mi lugar.

La comida dominical debía ser otra impecable representación de la familia Villaseñor: vajilla de porcelana heredada, vino blanco perfectamente frío, cumplidos fingidos y mi suegra criticando hasta la forma en que respiraba.

Entonces Alejandro entró tomado del brazo de Camila Ortega.

No como compañera de trabajo.

No como amiga.

Sino como mi reemplazo.

La presentó antes del postre, frente a toda su familia, bajo el enorme candelabro de cristal de la hacienda en Bosques de las Lomas que yo misma había ayudado a restaurar.

Todos esperaban verme llorar.

En cambio, doblé mi servilleta.

Y ese fue el momento exacto en que el imperio de Alejandro comenzó a derrumbarse.

PARTE 1 — La amante se sentó en mi mesa antes del postre

—Mi esposa nunca terminó de encajar en esta familia —dijo Alejandro—. Pero Camila sí.

Así fue como mi esposo terminó nuestro matrimonio.

No en una oficina de abogados.

No después de una conversación privada.

Sino durante la comida del domingo, en el comedor principal de la familia Villaseñor, mientras su madre sostenía una copa de Sauvignon Blanc y sonreía como si hubiera esperado ocho años para escuchar esas palabras.

La habitación quedó en silencio.

Incluso Lupita, la empleada que esperaba junto a la cocina con una cafetera de plata en las manos, permaneció inmóvil.

Camila Ortega estaba de pie junto a Alejandro.

Vestía un elegante vestido de seda color marfil.

Un brazalete de oro brillaba bajo la luz del candelabro.

Su mano perfectamente arreglada descansaba sobre el brazo de mi esposo, como si ya hubiera ganado algo.

Era hermosa.

De esa belleza cara y cuidadosamente construida.

Perfume delicado.

Sonrisa suave.

Ojos duros.

Me observaba como si yo fuera un mueble antiguo que finalmente la familia había decidido sacar de la casa.

Alejandro no parecía avergonzado.

Eso dolía más que cualquier traición.

Parecía orgulloso.

—Ella es Camila —dijo acomodándose el saco—. Entiende mi mundo. Sabe desenvolverse en los círculos en los que nuestra familia pertenece.

Patricia Villaseñor, mi suegra, levantó ligeramente su copa.

No se escandalizó.

No dijo:

—Alejandro, esto es cruel.

Simplemente me observó.

Esperando.

Toda la mesa me observaba.

El tío Javier bajó la mirada.

El primo Esteban fingió revisar su teléfono.

Una de las tías apretó los labios.

No por compasión.

Por diversión.

Querían un espectáculo.

Querían lágrimas.

Querían confirmar que yo era demasiado sensible.

Demasiado sencilla.

Demasiado emocional.

Demasiado poca cosa para llevar el apellido Villaseñor.

Durante ocho años les regalé silencio.

Sonreí en comidas donde Patricia corregía mi vestido, mi postura, mis obras benéficas e incluso la manera en que agradecía al personal.

Acompañé a Alejandro a galas en Polanco, cenas con inversionistas en Santa Fe, eventos del Hospital Ángeles, recepciones políticas y celebraciones familiares donde se esperaba que cocinara, sirviera y sonriera, pero nunca hablara demasiado.

Resolví problemas que nadie sabía que existían.

Contesté llamadas de bancos a medianoche mientras Alejandro dormía.

Me reuní con abogados antes del desayuno.

Firmé garantías personales que él jamás se molestó en leer.

Pasé noches enteras sentada en la isla de nuestra cocina, con documentos financieros extendidos junto a una taza de café frío, mientras él enviaba mensajes a otra mujer y llamaba a eso «estrés laboral».

Y ahora decía que su amante pertenecía a su mundo.

Camila me dedicó una pequeña sonrisa.

—Mariana —dijo con falsa dulzura—, espero que podamos manejar esto con elegancia.

Elegancia.

La miré fijamente.

Había entrado en la casa familiar de mi esposo usando seda, perfume caro y la humillación de otra mujer.

Y todavía esperaba elegancia.

Alejandro dio un paso hacia mí.

—Siéntate —susurró.

La Mariana de antes quizá habría obedecido.

No porque fuera débil.

Sino porque alguna vez lo amé lo suficiente como para protegerlo de la vergüenza, incluso cuando él nunca me protegió del dolor.

Pero algo dentro de mí se había vuelto inmóvil.

No frío.

Claro.

Por primera vez vi a Alejandro exactamente como era.

No al joven que una vez sostuvo mi mano en una cafetería de Coyoacán prometiendo que jamás me sentiría sola.

No al hombre que defendí cuando su primer negocio casi quebró.

No al esposo por quien trabajé durante años para salvar la empresa heredada de su abuelo.

Vi a un hombre pequeño.

Un hombre inseguro.

Un hombre tan adicto a la admiración que confundía la adulación de una mujer con lealtad.

Patricia dejó la copa sobre la mesa.

—Mariana —dijo con voz afilada—. No hagas esto desagradable.

Casi me reí.

¿Desagradable?

Así llamaban ellos a las consecuencias cuando llegaban usando zapatos caros.

Doblé mi servilleta.

Una vez.

Y otra vez.

Alejandro observó mis manos.

Esperaba verlas temblar.

Estaban completamente firmes.

Camila inclinó la cabeza.

—Tal vez este no sea el mejor momento para hacer un drama.

La miré.

—Tienes razón —respondí—. Para hacer drama tendría que haber algo por lo que valga la pena pelear.

La mesa quedó congelada.

La mandíbula de Alejandro se tensó.

El rostro de Patricia se endureció.

Y por medio segundo la sonrisa de Camila desapareció.

Fue la primera expresión sincera que mostró en toda la tarde.

—Te estás humillando —espetó Alejandro.

—No —contesté—. Tú lo hiciste por mí.

La tía Verónica soltó una pequeña exclamación.

El tío Javier cerró los ojos.

Alejandro se sonrojó.

No por culpa.

Por sentirse exhibido.

Eso era lo que realmente le molestaba.

No la traición.

No la crueldad.

La exposición.

Patricia se levantó.

—No le hablarás así a mi hijo en esta casa.

La miré.

—Cuidé mi tono durante ocho años en esta casa.

Mi voz era tranquila.

Demasiado tranquila para que pudieran desacreditarme.

—Cuidé mi tono cuando Alejandro olvidó mi cumpleaños y usted dijo que estaba ocupado.

Cuidé mi tono cuando me sentó junto a la cocina durante Navidad porque las amigas de Camila necesitaban los mejores lugares.

Cuidé mi tono cuando su hijo llegaba oliendo al perfume de ella y usted me decía que los hombres exitosos siempre atraen atención.

Alejandro me observó bruscamente.

Camila apartó la mirada.

Ahí apareció la primera grieta.

Patricia apretó con fuerza el tallo de la copa.

—Estás siendo emocional.

—No —dije—. Estoy terminando.

Tomé mi bolso.

Alejandro bloqueó mi camino.

—No hemos terminado.

Lo miré fijamente.

Por primera vez vi miedo detrás de su arrogancia.

No quería recuperarme porque me amara.

Quería controlar el momento.

Quería verme sentada.

Callada.

Domada.

Quería a su amante admirada, a su esposa obediente, a su madre satisfecha y al apellido Villaseñor intacto.

Quería lo imposible.

—Quítate.

Sus ojos se estrecharon.

Nadie habló.

En la cocina se escuchaba el zumbido del refrigerador.

Un perro ladró afuera.

El mundo continuó avanzando mientras mi matrimonio moría delante de todos.

Alejandro dudó.

Luego intentó tomar mi muñeca.

Pero se detuvo.

No por respeto.

Porque todos lo observaban.

Eso me dijo todo lo que necesitaba saber.

Pasé a su lado.

Me detuve frente al retrato de nuestra boda colgado en el recibidor.

Allí estaba yo.

Ocho años más joven.

Sosteniendo rosas blancas.

Sonriendo como una mujer convencida de haber encontrado seguridad.

Y junto a mí estaba Alejandro.

Guapo.

Orgulloso.

Practicando desde entonces la expresión de un hombre que creía que el mundo le debía aplausos.

Volteé hacia el comedor.

Camila ya se había acercado otra vez a él.

Patricia estaba furiosa.

Alejandro parecía insultado.

Todos seguían creyendo que yo me marchaba con las manos vacías.

No tenían idea de que estaba saliendo de esa casa llevándome la única pieza que mantenía unido su imperio.

Saqué de mi bolso un sobre color crema.

Lo dejé sobre la consola debajo del retrato de bodas.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

Sonreí por primera vez aquella tarde.

—Algo que debiste haber leído antes del almuerzo.

Patricia dio un paso al frente.

—Mariana…

Abrí la puerta principal.

La luz cálida de la tarde inundó el mármol del vestíbulo.

Miré a Camila.

—Si entiende tan bien tu mundo —dije—, deja que sea ella quien lo salve.

Y me fui.

Y detrás de mí, nadie volvió a reír.

PARTE 2 — El Sobre Que Dejó De Ser Un Secreto

Cuando salí de la hacienda Villaseñor, no corrí.

Esa fue la primera derrota de Alejandro.

Él esperaba verme tropezar en los escalones de mármol, cubrirme la boca para llorar, llamar a una amiga entre sollozos, suplicarle una explicación que jamás pensaba darme.

Pero crucé el jardín con la espalda recta.

El aire de Bosques de las Lomas olía a pasto recién regado, bugambilias y dinero viejo. Los guardias de la entrada me miraron con esa incomodidad que tienen los empleados cuando presencian la caída de alguien que siempre los trató con respeto.

—Señora Mariana —murmuró uno de ellos—, ¿llamamos a su chofer?

—No, Toño. Gracias.

Mi camioneta estaba estacionada al fondo, bajo la sombra de una jacaranda. La misma camioneta que Alejandro decía que era “demasiado sencilla” para la esposa de un Villaseñor. Abrí la puerta, subí y cerré con calma.

Solo entonces permití que mis dedos apretaran el volante.

No lloré.

Todavía no.

Encendí el motor y, antes de avanzar, miré por el espejo retrovisor.

La puerta principal de la hacienda seguía abierta.

Alejandro apareció en el umbral.

Desde lejos, incluso con su traje italiano, parecía más pequeño.

Tenía el sobre color crema en la mano.

Y detrás de él, como una sombra elegante y venenosa, estaba Camila.

Vi el instante exacto en que Alejandro abrió el sobre.

Vi cómo su expresión pasó de molestia a confusión.

Y luego de confusión a miedo.

Eso fue suficiente.

Pisé el acelerador.

La hacienda desapareció detrás de mí, junto con ocho años de silencios mal pagados.

No fui a nuestra casa.

Eso también era algo que Alejandro no sabía.

Desde hacía tres semanas, nuestra casa ya no era nuestra.

Era parte del paquete de garantías que el banco podía ejecutar si Grupo Villaseñor incumplía el pago que vencía el lunes a las nueve de la mañana.

Y el lunes estaba a menos de veinticuatro horas.

Mientras bajaba por Paseo de la Reforma, mi celular comenzó a vibrar sobre el asiento del copiloto.

Alejandro.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después Patricia.

Luego un número desconocido.

Luego Alejandro otra vez.

Finalmente entró un mensaje.

¿Qué hiciste?

Sonreí sin alegría.

Lo correcto habría sido responder: Lo que debí hacer hace años.

Pero no respondí.

Giré hacia Polanco y estacioné frente a un edificio discreto de oficinas donde no había candelabros, ni retratos familiares, ni mujeres sentadas en sillas ajenas.

En el piso doce, Diego Salvatierra me esperaba con una carpeta negra sobre la mesa.

Mi abogado no era de los que levantaban la voz. No necesitaba hacerlo. Tenía esa serenidad peligrosa de los hombres que saben exactamente dónde está enterrada cada mentira.

—¿Lo leyó? —preguntó apenas entré.

—Acaba de abrirlo.

Diego asintió.

—Entonces ya sabe que tiene hasta las seis de la tarde para entregar voluntariamente los documentos contables.

Dejé mi bolso sobre la silla.

—No los va a entregar.

—Lo sé.

—Va a decir que estoy loca.

—También lo sé.

—Va a decir que lo manipulé.

—Lo va a intentar.

Lo miré.

—¿Y si Patricia interviene?

Diego abrió la carpeta negra y sacó una copia certificada.

—Patricia puede insultar, llamar a sus amigos del club, amenazar con destruir reputaciones y fingir que aún vivimos en 1987. Pero no puede borrar firmas notariadas.

Me senté frente a él.

Mis piernas, por primera vez, temblaron.

No por miedo.

Por agotamiento.

Diego empujó un vaso de agua hacia mí.

—Mariana, todavía puedes detenerte.

Lo miré como si no hubiera entendido.

—No porque él lo merezca —aclaró—. Sino porque después de hoy, no hay vuelta atrás. Si presentamos esto, Alejandro no solo pierde control de la empresa. Se abre una investigación fiscal, bancaria y mercantil. Su madre también podría quedar expuesta. Y si Camila participó en las transferencias, ella tampoco saldrá limpia.

Tomé el vaso, pero no bebí.

Recordé a Camila sonriendo desde mi silla.

Recordé a Patricia diciéndome que no hiciera desagradable una humillación pública.

Recordé a Alejandro presentando a su amante como si yo fuera una empleada despedida.

Y sobre todo recordé las noches en que él me decía:

—Tú no entiendes de negocios, Mariana. Firma aquí. Confía en mí.

Sí entendía.

Entendía demasiado.

Por eso, mientras él gastaba dinero que no tenía en cenas, relojes, viajes a Valle de Bravo y departamentos escondidos en Santa Fe, yo había leído cada contrato, cada garantía, cada anexo pequeño que su soberbia no le permitió revisar.

Y había descubierto la verdad.

Grupo Villaseñor no estaba en crisis por mala suerte.

Estaba siendo vaciado.

Poco a poco.

Factura por factura.

Cuenta por cuenta.

Alejandro no solo me engañaba con Camila.

Me estaba usando para cubrir el hueco financiero que él y su amante habían abierto.

—Preséntalo —dije.

Diego me observó durante un segundo.

Luego tomó su teléfono.

—Hazlo —ordenó a alguien al otro lado de la línea—. Ahora.

A las cuatro y veintisiete de la tarde, la primera notificación llegó al correo corporativo de Grupo Villaseñor.

A las cuatro y treinta y dos, el director financiero llamó a Alejandro.

A las cuatro y treinta y nueve, dos miembros del consejo solicitaron una reunión urgente.

A las cuatro y cuarenta y uno, Patricia Villaseñor llamó a mi celular diecisiete veces seguidas.

A las cinco, Alejandro dejó de llamar.

Eso fue lo que realmente me inquietó.

Porque Alejandro solo guardaba silencio cuando estaba planeando algo cruel.

Diego debió pensar lo mismo, porque cerró la carpeta lentamente.

—No regreses a tu casa esta noche.

—No pensaba hacerlo.

—Tampoco vayas a casa de una amiga. Él va a buscarlas.

—Ya tengo dónde quedarme.

No le dije dónde.

No porque desconfiara de Diego.

Sino porque, después de ocho años de matrimonio, había aprendido que la información era una puerta. Y algunas puertas debían permanecer cerradas.

Salí del edificio cuando el cielo comenzaba a ponerse naranja sobre la ciudad. La luz caía sobre Reforma como si la Ciudad de México fingiera ser pacífica.

Mi celular vibró de nuevo.

Esta vez no era Alejandro.

Era Camila.

Me quedé mirando su nombre.

No sabía que tenía mi número.

Eso me hizo sentir una pequeña punzada de asco.

Contesté.

Durante dos segundos solo escuché su respiración.

—Mariana —dijo al fin—, creo que debemos hablar como mujeres adultas.

Solté una risa seca.

—Qué curioso. Hace unas horas preferiste hablar como ladrona.

Su silencio fue breve.

—No sabes en lo que te estás metiendo.

—No, Camila. Tú no sabes con quién te metiste.

Su voz cambió.

La dulzura desapareció.

—Alejandro no va a permitir que lo destruyas.

Miré el reflejo de los edificios en el vidrio de mi camioneta.

—Alejandro ya se destruyó solo. Yo solo dejé de sostener los muros.

—Eres una resentida.

—No. Soy la accionista mayoritaria.

El silencio al otro lado fue perfecto.

Hermoso.

Casi musical.

—Eso no es cierto —susurró.

—Pregúntale a Alejandro qué firmó cuando necesitó que mi padre rescatara la empresa hace cinco años.

Camila respiró más fuerte.

Ahí entendí algo.

Ella no lo sabía todo.

Creía que estaba entrando a una familia poderosa, no a una casa sostenida con alfileres.

Creía que Alejandro era dueño del imperio.

No sabía que el imperio llevaba mi apellido escondido en sus cimientos.

—Él dijo que tú no tenías nada —murmuró.

Por primera vez, su voz sonó joven.

Asustada.

Casi humana.

—También me dijo a mí que tú solo eras una colega.

Iba a colgar cuando ella habló de nuevo.

—Mariana, espera.

Algo en su tono me detuvo.

—¿Qué quieres?

—Hay cosas que no sabes.

—Entonces díselo a mi abogado.

—No puedo.

—Entonces no me interesa.

—Alejandro me grabó.

Sentí que el aire se estrechaba.

No dije nada.

Camila continuó, más rápido, como si alguien pudiera arrancarle el teléfono de la mano.

—Tiene videos, mensajes, transferencias. No solo míos. De otros. De proveedores. De funcionarios. De tu suegra. Guarda todo en una memoria. La llama “el seguro familiar”.

Mi mano se cerró sobre el celular.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque acaba de decirme que, si la empresa cae, yo voy a caer primero.

Cerré los ojos un segundo.

Ahí estaba Alejandro.

Fiel a sí mismo hasta el final.

Amaba a Camila mientras le servía.

Pero si tenía que sacrificarla para salvarse, la empujaría al fuego sin dudar.

—¿Dónde está esa memoria?

Camila tragó saliva.

—No lo sé.

—Entonces no me sirve.

—Pero sé quién sí lo sabe.

Abrí los ojos.

—¿Quién?

Antes de responder, escuché una puerta cerrarse del otro lado de la llamada.

Camila susurró:

—Su madre.

La llamada se cortó.

Me quedé sentada dentro de la camioneta, con la ciudad moviéndose alrededor como si nada hubiera cambiado.

Pero todo había cambiado.

Patricia Villaseñor no era solo una suegra cruel.

Era guardiana de secretos.

Y si Camila decía la verdad, aquella mujer tenía en sus manos algo capaz de hundir no solo a Alejandro, sino a toda la familia que durante años me había tratado como una invitada incómoda en una casa construida con mi sacrificio.

Llamé a Diego.

—Necesito saber si existe una memoria o archivo físico llamado “seguro familiar”.

Diego guardó silencio.

—¿Quién te dijo eso?

—Camila.

—¿Confías en ella?

—No.

—Bien. Porque una mujer acorralada puede decir la verdad o puede entregarte una trampa.

—Lo sé.

—¿Dónde estás?

Miré a la calle.

—En Polanco.

—Vete al hotel. No hables con nadie más.

—Diego.

—¿Sí?

—Patricia sabe.

Otra pausa.

Más larga.

—Entonces tenemos menos tiempo del que pensé.

Colgué y conduje hasta un hotel pequeño en la colonia Roma, registrado a nombre de mi prima Ana, quien vivía en Mérida y no hacía preguntas cuando yo le decía: “Necesito desaparecer una noche”.

La habitación era sencilla.

Una cama limpia.

Una ventana hacia una calle con árboles.

Una lámpara amarilla.

Nada de mármol.

Nada de candelabros.

Nada de apellidos pesados.

Me quité los zapatos y, por primera vez en todo el día, me senté en el borde de la cama sin saber qué hacer con mis manos.

Entonces lloré.

No por Alejandro.

Ese duelo había empezado mucho antes.

Lloré por la mujer que fui.

La que se calló para no incomodar.

La que creyó que aguantar era amar.

La que aceptó migajas de ternura porque pensó que el matrimonio era una casa que debía sostenerse aunque se incendiara por dentro.

Lloré hasta que me dolió la garganta.

Después me lavé la cara.

Me miré al espejo.

Tenía los ojos rojos, el maquillaje deshecho y una calma nueva en el rostro.

—Ya basta —me dije.

A las ocho con doce de la noche, alguien tocó la puerta.

Me quedé inmóvil.

Nadie sabía que estaba ahí.

El segundo golpe fue más suave.

No abrí.

Tomé mi celular y marqué a recepción.

—Disculpe —dije en voz baja—. Hay alguien tocando mi puerta.

La recepcionista tardó demasiado en responder.

—Señora… es una mujer. Dice que usted la está esperando.

El estómago se me cerró.

—¿Cómo se llama?

Escuché papeles moverse.

—Dice que se llama Camila Ortega.

Durante un instante pensé que era una trampa.

Después pensé que tal vez las trampas también podían venir llorando.

Abrí la puerta con la cadena puesta.

Camila estaba del otro lado.

Ya no llevaba la sonrisa perfecta.

Su vestido de seda estaba arrugado.

Tenía el labial borrado y una marca roja en la muñeca, como si alguien la hubiera sujetado con fuerza.

No sentí compasión.

Todavía no.

Pero reconocí el miedo.

Yo también lo había visto en mi propio espejo.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

Ella miró hacia el pasillo.

—Alejandro me echó de la hacienda.

—Ese es un problema tuyo.

—Me quitó el celular. Este es otro. Me siguieron hasta Reforma. No sabía a dónde ir.

—¿Y viniste conmigo?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque eres la única persona que también quiere sobrevivir a esa familia.

La odiaba.

Pero esa frase fue demasiado exacta.

Cerré los ojos un segundo, abrí la puerta y la dejé entrar.

—Si mientes —dije—, te destruyo antes que ellos.

Camila asintió.

—Lo sé.

Entró y se quedó de pie junto a la cama, como si no tuviera derecho a sentarse.

—Habla —ordené.

Metió la mano en su bolso y sacó una llave pequeña, antigua, dorada.

La dejó sobre la mesa.

—Esto abre una caja en la oficina privada de Patricia.

La miré.

—Dijiste que no sabías dónde estaba la memoria.

—No lo sabía. Hasta esta tarde.

—¿Qué pasó esta tarde?

Camila tragó saliva.

—Cuando tú te fuiste, Alejandro abrió el sobre. Empezó a gritar. Patricia le quitó los documentos y le dijo que él era un inútil, que siempre había sabido que tú eras más peligrosa de lo que parecías.

Sentí algo helado recorrerme la espalda.

Camila continuó:

—Después dijo: “Trae el seguro familiar. Si Mariana quiere guerra, le vamos a enseñar quién inventó la guerra en esta familia”.

La habitación pareció encogerse.

—¿Y tú escuchaste dónde estaba?

—No. Pero vi a Patricia sacar esta llave de su collar. La dejó sobre una mesa cuando entró una llamada. Yo la tomé.

La observé con cuidado.

—¿Por qué?

Camila soltó una risa rota.

—Porque en ese momento entendí que yo no era tu reemplazo, Mariana. Era el siguiente sacrificio.

Por primera vez, no supe qué responder.

Entonces mi celular vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

No tenía texto.

Solo una foto.

La abrí.

El mundo se me detuvo.

Era una imagen tomada desde la calle, frente al hotel.

En la foto aparecía mi camioneta estacionada.

Y junto a ella, un hombre con traje oscuro mirando directamente hacia la cámara.

Debajo de la imagen había una frase:

Sal sola, Mariana. O mañana todo México verá lo que tu padre hizo para salvar a los Villaseñor.

Camila vio mi expresión y se acercó.

—¿Qué pasa?

Le mostré el mensaje.

Su rostro perdió color.

—Ese hombre trabaja para Patricia.

En ese mismo instante, alguien tocó la puerta otra vez.

Tres golpes.

Lentos.

Seguros.

Camila retrocedió.

Yo no respiré.

Mi celular vibró una segunda vez.

Otro mensaje.

Abre la puerta. Tu esposo quiere despedirse como se debe.

Del otro lado, una voz masculina habló con una suavidad terrible.

—Mariana… no hagas esto más difícil.

Era Alejandro.

Y esta vez, no venía a pedirme que volviera.

Venía a asegurarse de que no pudiera irme otra vez.