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«¿PUEDO CONTINUAR?» SUSURRÓ EL JEFE DEL CÁRTEL… Y ESA NOCHE EL AMOR LOS ENCONTRÓ A LOS DOS

«¿PUEDO CONTINUAR?» SUSURRÓ EL JEFE DEL CÁRTEL… Y ESA NOCHE EL AMOR LOS ENCONTRÓ A LOS DOS

Valeria Mendoza acarició la tela blanca de su vestido de novia y se dio cuenta de que le temblaban las manos.

No era el dulce temblor que muchas mujeres describen antes de casarse con el hombre que aman.

Era el miedo intentando escapar por sus dedos.

Porque detrás de aquella puerta, más de doscientas personas esperaban para verla convertirse en la esposa de Alejandro Salazar… y todos, excepto Valeria, creían que era una historia de amor.

La suite nupcial del Hotel Camino Real Polanco parecía sacada de un cuento de hadas.

Espejos con marcos dorados.

Rosas blancas en elegantes jarrones de cristal.

Grandes ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde.

Una botella de champaña sin tocar junto a dos copas de plata.

El vestido le quedaba perfecto porque la familia Salazar jamás hacía nada a medias.

Pequeños botones de perla recorrían su espalda.

Su cabello oscuro estaba recogido en un elegante moño bajo.

El maquillaje era suave, delicado y perfecto para las fotografías.

Parecía una novia.

Pero se sentía como una moneda de cambio.

La puerta se abrió detrás de ella.

Valeria no se volvió.

Alejandro Salazar apareció reflejado en el espejo, y de inmediato pareció que la temperatura de la habitación descendía varios grados.

Vestía un traje negro hecho a la medida.

Tenía treinta y siete años.

Alto.

De hombros anchos.

Atractivo de una manera severa y peligrosa.

Las pequeñas cicatrices en sus nudillos eran el tipo de detalle que ningún fotógrafo se atrevería a capturar.

Sus miradas se encontraron en el reflejo.

—Es hora —dijo él.

Su voz era grave.

Controlada.

Como si el matrimonio fuera simplemente otra reunión importante en su agenda.

Valeria tragó saliva.

Tres semanas antes, ella estaba cerrando el restaurante familiar en Guadalajara cuando dos hombres vestidos con trajes italianos entraron poco antes de la medianoche.

No habían ido a cenar.

El restaurante Mendoza había sido durante años uno de los lugares favoritos del barrio.

Cálido.

Alegre.

Lleno de recuerdos.

Las recetas de su madre todavía estaban escritas a mano y pegadas en la cocina.

Pero luego llegaron las facturas del hospital.

Las deudas.

Las noches sin dormir.

Y la sonrisa cada vez más triste de su padre.

Aquella noche, la verdad finalmente apareció vestida con zapatos de cuero italiano.

—¿Tres millones de pesos? —susurró Valeria.

Su padre estaba sentado bajo una lámpara fluorescente, con el rostro oculto entre las manos.

Parecía diez años más viejo.

—Pensé que podría devolverlo —dijo él con voz quebrada—. Pensé que podía salvar a tu madre.

La rabia de Valeria chocó contra el dolor y desapareció.

¿Qué podía decirle a un hombre que se había destruido intentando salvar a la mujer que amaba?

Al día siguiente acompañó a su padre hasta la residencia Salazar.

Altos muros de piedra.

Portones de hierro.

Cámaras ocultas demasiado discretas para ser decorativas.

Alejandro Salazar los recibió en un despacho enorme con vista a las montañas de San Pedro Garza García.

No se levantó de su silla cuando entraron.

—La deuda de su padre se ha convertido en un problema importante —dijo con calma.

Su padre comenzó a suplicar.

Alejandro escuchó sin mostrar emoción alguna.

Entonces levantó la vista.

Y observó a Valeria.

—Tengo una propuesta que resolvería este asunto de manera definitiva.

El silencio cayó sobre la habitación.

—Cásese conmigo.

Valeria creyó haber escuchado mal.

—¿Qué?

—Un matrimonio por conveniencia —continuó Alejandro—. Necesito una esposa para ciertos compromisos sociales y empresariales. La deuda de su padre será eliminada. El restaurante volverá a ser suyo. En público será mi esposa. En privado, nuestras vidas permanecerán separadas. Todo quedará establecido por contrato.

Valeria sintió que el mundo se detenía.

—¿Y si me niego?

Alejandro no respondió.

No hacía falta.

Las consecuencias estaban flotando en el aire.

Pesadas.

Amenazantes.

Inevitablemente claras.

Y así fue como terminó allí.

Vestida de novia.

A punto de entregar su futuro a un hombre que había comprado la libertad de su familia.

Alejandro le ofreció el brazo.

—¿Está lista?

—No.

Por primera vez él pareció sorprendido.

Solo un poco.

Lo suficiente para que ella lo notara.

Entonces asintió.

—Yo tampoco.

Fue la primera cosa sincera que él le dijo.

La ceremonia fue hermosa.

Y vacía.

Su padre la acompañó al altar cargando una culpa imposible de ocultar.

Empresarios.

Políticos.

Celebridades.

Viejos aliados de los Salazar.

Y hombres con sonrisas amables y reputaciones peligrosas observaban desde los bancos.

El sacerdote habló de amor.

Confianza.

Lealtad.

Devoción.

Cada palabra parecía parte de una obra de teatro.

Cuando Alejandro la besó, fue apenas un roce.

Breve.

Correcto.

Frío.

La iglesia estalló en aplausos.

Valeria sonrió para las cámaras.

Porque su familia estaba a salvo.

Y eso debía ser suficiente.

Durante la recepción, Alejandro interpretó perfectamente el papel de esposo.

Su mano descansaba sobre la espalda de Valeria.

La presentaba diciendo:

—Mi esposa.

Notaba cuando su copa estaba vacía.

La alejaba discretamente de conversaciones incómodas.

La protegía sin que pareciera protección.

—Lo está haciendo muy bien —murmuró cerca de ella.

—Solo estoy cumpliendo el acuerdo.

Por un instante, una pequeña sonrisa apareció en los labios de Alejandro.

—Con mucha eficiencia.

Horas después, en la suite presidencial, Alejandro le entregó una carpeta.

—Los documentos de la deuda de su padre.

Valeria los abrió.

PAGADA EN SU TOTALIDAD.

Sintió que las lágrimas amenazaban con aparecer.

Entonces él le entregó otro sobre.

—La escritura del restaurante Mendoza. Libre de cualquier gravamen.

Las palabras comenzaron a nublarse frente a sus ojos.

—Gracias.

Alejandro negó con la cabeza.

—No me agradezca.

—¿Por qué?

—Porque esto es solo un negocio.

Aquellas palabras dolieron más de lo que esperaba.

Alejandro señaló una puerta al otro lado de la suite.

—Esa será su habitación. Yo ocuparé la principal. Mañana viajaremos a Los Cabos. Una luna de miel adecuada para las apariencias.

Valeria asintió.

—Entendido.

Estaba a punto de marcharse cuando él la llamó.

—Valeria.

Ella se volvió.

—Este acuerdo funciona mejor cuando existen límites claros.

Valeria sostuvo su mirada.

—No espero emociones de usted, señor Salazar.

—Alejandro —corrigió él—. Al menos cuando haya otras personas cerca.

Ella repitió lentamente:

—Alejandro.

Por alguna razón, pronunciar su nombre se sintió peligroso.

Y mientras cerraba la puerta de su habitación, ninguno de los dos imaginaba que aquella falsa luna de miel estaba a punto de convertirse en la única cosa que sus enemigos no podían permitirse que sobreviviera…

La mañana siguiente comenzó con una mentira.

Y con una fotografía.

Valeria despertó en su habitación del resort más exclusivo de Los Cabos y encontró una revista de espectáculos sobre la mesa del desayuno.

En la portada aparecía ella.

Sonriendo.

Tomada del brazo de Alejandro Salazar.

El titular decía:

“La Nueva Pareja Dorada de México: El Misterioso Magnate Finalmente Encuentra el Amor.”

Valeria soltó una pequeña risa amarga.

Amor.

Si los periodistas hubieran visto el contrato guardado dentro de su maleta, habrían elegido una palabra muy diferente.

A las nueve de la mañana, Alejandro ya estaba trabajando.

Como siempre.

Vestido impecablemente.

Con una computadora portátil abierta frente a él.

Respondiendo llamadas que parecían decidir el destino de empresas enteras.

—¿Nunca descansa? —preguntó ella.

Él levantó la vista.

—¿Nunca hace preguntas fáciles?

Valeria puso los ojos en blanco.

Por primera vez desde la boda, Alejandro sonrió de verdad.

Y por un segundo pareció mucho más joven.

Mucho más humano.

El momento desapareció cuando sonó su teléfono.

Alejandro miró la pantalla.

Su expresión cambió.

Se volvió fría.

Peligrosa.

—¿Qué sucede? —preguntó Valeria.

—Nada que deba preocuparle.

—Eso significa exactamente lo contrario.

Alejandro cerró el teléfono.

—Quédese dentro del hotel hoy.

—¿Por qué?

—Porque se lo pido.

—No es una respuesta.

—Es la única que voy a darle.

Y se marchó.

Valeria observó cómo desaparecía por el pasillo.

Algo estaba mal.

Muy mal.


Esa misma noche descubrió la verdad.

O al menos una parte.

Regresaba de cenar cuando escuchó voces procedentes de una terraza privada.

No tenía intención de espiar.

Pero entonces oyó el nombre de Alejandro.

Y se detuvo.

—Debimos eliminar a la chica cuando apareció.

—Ya es demasiado tarde.

—Mientras siga viva, representa un riesgo.

Valeria sintió que el corazón se detenía.

La chica.

¿Ella?

—Alejandro está perdiendo la objetividad.

—Está desarrollando sentimientos.

—Eso podría destruir todo.

Valeria dio un paso atrás.

El ruido de su tacón resonó en el mármol.

Silencio.

Luego pasos.

Rápidos.

Acercándose.

Ella corrió.

Atravesó un corredor.

Giró una esquina.

Y chocó directamente contra alguien.

Unos brazos fuertes la sujetaron antes de que cayera.

Alejandro.

—¿Qué pasó?

Valeria estaba pálida.

—Escuché algo.

La expresión de Alejandro se endureció.

—¿Qué escuchó exactamente?

Ella repitió cada palabra.

Cuando terminó, el rostro de Alejandro parecía tallado en piedra.

Durante varios segundos no habló.

Finalmente dijo:

—Debemos irnos.

—¿Ahora?

—Ahora mismo.

—Alejandro, ¿quiénes son esas personas?

—Mis enemigos.

—¿Y por qué quieren matarme?

Aquella pregunta lo obligó a detenerse.

Por primera vez desde que lo conocía, pareció luchar consigo mismo.

Como si hubiera una verdad que no quería decir.

Finalmente respondió.

—Porque creen que usted conoce algo que puede destruirlos.

—Pero no conozco nada.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Alejandro la miró fijamente.

—Porque hace veinte años alguien asesinó a un hombre inocente.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Ese hombre era su tío.

El mundo pareció inclinarse.

—¿Qué?

—Su madre nunca le contó la verdad.

Valeria retrocedió.

—Mi madre era hija única.

—Eso fue lo que le hicieron creer.

Alejandro respiró profundamente.

—Su tío descubrió una red de corrupción que involucraba políticos, empresarios y organizaciones criminales. Antes de morir reunió pruebas.

—¿Y dónde están esas pruebas?

Alejandro sostuvo su mirada.

—Eso es precisamente lo que todos intentan averiguar.


Horas después viajaban en un jet privado rumbo a Monterrey.

Valeria permaneció en silencio durante casi todo el vuelo.

Cada respuesta generaba diez preguntas nuevas.

Cuando aterrizaron, Alejandro la llevó a una hacienda antigua en las afueras de Santiago, Nuevo León.

Era hermosa.

Y estaba protegida como una fortaleza.

Guardias.

Cámaras.

Portones reforzados.

Aquello no parecía una luna de miel.

Parecía una guerra.

Esa noche Valeria no pudo dormir.

Cerca de las dos de la mañana salió al jardín.

El aire fresco le ayudó a ordenar sus pensamientos.

O eso intentaba.

—No debería estar sola.

La voz de Alejandro apareció detrás de ella.

Valeria no se volvió.

—¿Siempre me está vigilando?

—Sí.

—Eso suena terrible.

—Probablemente lo sea.

Ella sonrió.

—Al menos es honesto.

Durante unos segundos permanecieron en silencio.

Mirando las estrellas.

Luego Alejandro habló.

—Cuando tenía diecisiete años intentaron asesinar a mi padre.

Valeria lo observó sorprendida.

Era la primera vez que él hablaba de sí mismo.

—¿Qué pasó?

—Murió protegiéndome.

Valeria sintió dolor en aquella voz.

Un dolor antiguo.

Profundo.

—Lo siento.

Alejandro bajó la mirada.

—Desde entonces aprendí algo.

—¿Qué?

—Que amar a alguien es darle a tus enemigos una forma de destruirte.

Valeria entendió de inmediato.

Por eso existía el contrato.

Por eso mantenía distancia.

Por eso insistía en que todo era un negocio.

Porque tenía miedo.

No de ella.

Sino de perderla.

La revelación golpeó su corazón con una fuerza inesperada.

—Alejandro…

Él levantó la vista.

Sus ojos oscuros encontraron los de ella.

Y durante un instante todo el mundo desapareció.

Los enemigos.

Las mentiras.

El peligro.

El contrato.

Solo quedaron ellos dos.

La distancia entre ambos.

Y una verdad que ninguno podía seguir ignorando.

Alejandro dio un paso adelante.

Luego otro.

Tan cerca que Valeria podía escuchar su respiración.

—Hay algo que necesito preguntarle.

Ella sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué cosa?

Alejandro levantó lentamente una mano y apartó un mechón de cabello de su rostro.

Sus dedos temblaron apenas.

Era la primera vez.

La primera vez que la tocaba sin fingir.

Sin cámaras.

Sin testigos.

Sin contratos.

Solo él.

Y ella.

—Valeria…

Su voz era apenas un susurro.

—¿Puedo continuar?

Y por primera vez desde que comenzó aquella extraña historia, ella no sintió miedo.

Sonrió.

Lentamente.

Y respondió:

—Sí.

Porque aquella noche, en medio de secretos, traiciones y enemigos invisibles…

el amor finalmente los encontró a los dos.

Sin saber que al amanecer una llamada revelaría una traición dentro de la propia familia Salazar… y pondría precio a la cabeza de Alejandro.