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Yo pensaba que el gato gordo que apareció frente a mi puerta solo quería desayunar.

Yo pensaba que el gato gordo que apareció frente a mi puerta solo quería desayunar.

Después entendí que llevaba años mandando en todo el edificio.

Era lunes por la mañana, en una vieja torre de departamentos de la colonia Narvarte, en la Ciudad de México, y estaba sentado ahí frente a mi puerta como si el pasillo fuera suyo.

Era un gato enorme, gris, con las patitas blancas, una oreja doblada y una cara redonda de alguien que llevaba muchos años decepcionado de la humanidad.

Yo salí con la bolsa del mandado en una mano y las llaves del coche en la otra.

Y ahí estaba él.

Plantado justo encima de mi tapete.

No a un lado.

No cerca.

Encima.

En el centro exactito, como si alguien hubiera comprado ese tapete pensando en su comodidad.

—Bueno —le dije—. Buenos días para ti también.

El gato parpadeó una sola vez.

Intenté pasar por un lado.

Él movió su cuerpo redondo unos centímetros y volvió a cerrarme el camino.

En ese momento lo entendí.

Ese no era un gato callejero cualquiera.

Ese era el presidente de la administración.

Yo nunca había tenido gato. A mis cincuenta y ocho años había logrado vivir bastante bien sin que una bola de pelo me diera órdenes.

Pero aquel gato tenía otros planes.

Volví a la cocina, busqué un platito pequeño, le puse un poco de pollo deshebrado que me había sobrado de la cena y lo dejé junto a la puerta.

El gato miró el plato.

Luego me miró a mí.

Después empezó a comer con la calma de un señor jubilado en una comida familiar.

Despacio.

Serio.

Sin una pizca de vergüenza.

Lo llamé Chucho.

Tenía cara de Chucho. De esos Chuchos que se sientan en una banca del parque, se quejan de que antes las tortillas sabían mejor y luego opinan de la vida de todo el mundo.

A la mañana siguiente, Chucho volvió.

Mismo lugar.

Misma cara.

Mismo juicio silencioso sobre mi existencia.

El miércoles ya no era “el gato de la puerta”.

Era “mi cita de las ocho”.

El jueves me dejó una hoja seca justo a mis pies. Decidí tomarlo como pago de renta.

El viernes intentó entrar a mi departamento y se quedó atorado a media puerta, porque su panza tenía más personalidad que sus patas.

Tuve que empujarlo con mucho cuidado por detrás.

Él fingió que no había pasado nada.

Ese era el gran talento de Chucho: lograba que un hombre adulto se sintiera como el asistente personal de un marqués.

Yo me repetía que no me estaba encariñando.

Solo le daba de comer.

Y hablaba con él.

Y le compré un plato mejor porque el viejo lo miraba como si el otro fuera una falta grave de respeto.

Y antes de dormir abría la puerta para revisar si andaba por el pasillo.

Cosas completamente normales.

Una tarde noté algo raro.

Chucho no terminó su comida.

Ese gato, que parecía incapaz de perdonar un plato vacío, dio tres mordidas y se fue.

Esperé unos segundos.

Luego abrí la puerta y lo seguí.

Caminó despacio por el pasillo, con la cola levantada y la panza balanceándose de un lado a otro.

Bajó un piso.

Se detuvo frente al departamento de doña Lupita Cárdenas.

Doña Lupita vivía en el primero. Tenía casi ochenta años y estaba sola desde hacía bastante tiempo. Nos saludábamos desde hacía años, pero nunca habíamos platicado de verdad.

Así funcionaba nuestro edificio.

Uno llegaba cansado, subía con las bolsas del súper, cerraba la puerta y desaparecía dentro de su propia vida.

Doña Lupita abrió antes de que Chucho alcanzara a rascar la puerta.

—Hombre, por fin aparece usted, don Matías —dijo.

¿Don Matías?

Casi se me caen las llaves.

Chucho entró al departamento como si también tuviera oficina ahí.

Doña Lupita me vio parado en el pasillo y sonrió.

—¿También lo conoce usted?

—Yo le digo Chucho —respondí.

Se soltó riendo con tantas ganas que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.

—¿Chucho? —repitió—. Pues también le queda perfecto.

Le pregunté si era suyo.

Su sonrisa se hizo más chiquita.

—No, hijo. Este gato no es de nadie. O tal vez es un poquito de quien lo necesita. Viene todas las tardes desde que murió mi esposo.

No supe qué decir.

Miré a Chucho. Ya se había acomodado sobre una toalla doblada junto al sillón de doña Lupita.

—Se queda diez minutos —me explicó ella—. Nada más diez. Pero hay días en que diez minutos bastan para que una casa no se sienta tan vacía.

Esa frase me pegó más fuerte de lo que esperaba.

Porque la entendí.

Mi esposa había muerto seis años antes. Mi hija vivía en Querétaro con su esposo, sus dos hijos, su trabajo y sus prisas.

Me hablaba.

Me quería.

Eso jamás lo dudé.

Pero tenía su propia vida.

Yo siempre decía que estaba bien solo.

Y casi siempre era cierto.

Pero había días en que el silencio no parecía tranquilidad.

Parecía una habitación sin ventanas.

Y ese gato gris, gordo y descarado lo había entendido antes que yo.

Desde aquella tarde, doña Lupita y yo empezamos a platicar más.

Al principio solo hablábamos de Chucho.

—¿Fue a verlo en la mañana?

—¿Comió bien?

—¿También le hace a usted esa cara de que le debe dinero?

Luego vino un café los sábados.

Un plato de sopa cuando a alguno le sobraba comida.

Un toque en la puerta si una luz no se prendía a la hora de siempre.

Todo por culpa de un gato callejero con patitas blancas y barriga de cojín.

Hasta que una mañana Chucho no apareció.

No había bola gris encima de mi tapete.

No había oreja doblada.

No había mirada de reproche.

Me dije que no pasaba nada.

Al mediodía ya estaba preocupado.

Por la tarde, doña Lupita salió al pasillo con su toalla doblada entre las manos.

—No ha venido —me dijo.

Lo buscamos juntos por todo el edificio.

Lo llamamos por sus dos nombres, porque al parecer aquel gato llevaba una doble vida.

—¡Chucho!

—¡Don Matías!

Un maullido chiquito respondió desde detrás de unos cachivaches arrumbados junto a la escalera de servicio.

Ahí estaba.

Encajado entre dos cajas viejas, con cara de estar profundamente indignado.

No estaba lastimado.

No parecía asustado.

Solo ofendido.

Tuvimos que mover las cajas entre los dos para sacarlo. Cuando al fin salió, sacudió una pata, levantó la cola y pasó frente a nosotros como si los que habíamos dado pena fuéramos nosotros.

Doña Lupita empezó a llorar.

Luego se rio.

Y después volvió a llorar.

Esa noche subí a Chucho a mi departamento.

Entró como si llevara años pagando mantenimiento, se subió con trabajo a mi viejo sillón, dio dos vueltas y dejó caer todo su cuerpo como un costal tibio de ropa limpia.

Miré a doña Lupita.

—Creo que ahora vive aquí —le dije.

Ella se limpió los ojos y sonrió.

—Está bien. Pero yo quiero derecho de visita.

Y así quedó la cosa.

Chucho dormía por las tardes en mi sillón. Por las noches bajaba a ver a doña Lupita. Los sábados, a veces, nos sentábamos los tres en el pasillo, como la familia más rara de toda la Narvarte.

Poco a poco, otros vecinos comenzaron a detenerse.

Uno lo acariciaba.

Otro preguntaba cómo se llamaba.

Una señora del cuarto piso confesó que en su casa lo llamaban Tigre.

El señor de los departamentos del fondo juraba que para él siempre había sido Pancho.

Terminamos descubriendo que Chucho había vivido media vida entrando y saliendo de los departamentos, recibiendo desayunos, caricias, pedacitos de pollo, sobras de atún y hasta un suéter viejo que alguien le había puesto durante un invierno especialmente frío.

También descubrimos algo más.

Que vivíamos a unos cuantos metros unos de otros, pero no sabíamos casi nada de nadie.

No sabíamos quién estaba enfermo.

Quién acababa de perder a alguien.

Quién cenaba solo cada noche.

Quién necesitaba que alguien tocara a su puerta, aunque fuera para preguntar por un gato.

Gracias a Chucho empezamos a aprendernos los nombres.

Las puertas se quedaron abiertas un poquito más.

Los vecinos que durante años solo se habían cruzado con prisa comenzaron a mirarse de verdad.

Alguien organizó una cooperación para llevar a esterilizar a los gatos de la calle.

Otro vecino puso un plato de agua afuera.

Doña Lupita empezó a bajar al patio a tomar el sol.

Yo dejé de cenar todos los días frente a la televisión.

Un gato gordo y callejero logró lo que nosotros nunca habíamos hecho.

Nos convirtió en vecinos.

Yo pensaba que Chucho necesitaba una casa.

Ahora creo que él sabía perfectamente lo que hacía.

No llegó a mi puerta porque estuviera perdido.

Llegó porque doña Lupita y yo sí lo estábamos.

Y de alguna manera, aquel gato gris, redondo y mandón nos encontró a los dos.

EL GATO GORDO QUE LLEGÓ A MI PUERTA NO BUSCABA COMIDA… BUSCABA JUNTAR A UN EDIFICIO ENTERO

Durante los primeros meses, Chucho fue feliz.

O al menos eso parecía.

Tenía desayuno a las ocho de la mañana en mi departamento, una siesta obligatoria a las dos de la tarde sobre mi sillón, cena ligera a las siete y derecho de visita con doña Lupita cuando se le antojara.

A veces bajaba conmigo al patio interior, donde había una maceta enorme con una bugambilia que nunca florecía como debía porque nadie se ponía de acuerdo en quién tenía que regarla.

Chucho se sentaba debajo de ella, cerraba los ojos y escuchaba los ruidos del edificio.

El agua corriendo por las tuberías.

Una licuadora en el tercer piso.

Los gritos de unos niños en el departamento de enfrente.

La televisión del señor Raúl, que veía partidos viejos como si fueran noticias de última hora.

Y, de vez en cuando, una puerta que se abría.

Eso era lo que más había cambiado.

Antes, las puertas solo se abrían para entrar o salir rápido.

Ahora se abrían para mirar quién iba pasando.

Para preguntar cómo estaba doña Lupita.

Para dejar un recipiente con sopa.

Para escuchar si Chucho estaba haciendo de las suyas en algún departamento.

No sé cuándo ocurrió exactamente, pero el edificio dejó de sentirse como una caja llena de desconocidos.

El señor Raúl, del 302, empezó a bajar las bolsas pesadas de doña Lupita cuando ella regresaba del mercado.

La señora Mirna, que vivía en el cuarto piso y siempre parecía tener prisa, dejó un plato de agua en el pasillo para los gatos que venían de la calle.

Hasta los gemelos del segundo, dos adolescentes que apenas levantaban la mirada del celular, comenzaron a llamar a Chucho “el jefe”.

—Ya llegó el patrón —decían cuando lo veían subir las escaleras con esa dignidad suya, como si estuviera revisando que nadie se hubiera robado el edificio durante la noche.

Y Chucho, por supuesto, actuaba como si supiera perfectamente de qué hablaban.

Pero una mañana de octubre cambió todo.

Fue un martes.

Recuerdo que hacía frío, de ese frío raro de la Ciudad de México que no se siente tanto en la piel, sino en las paredes, en los huesos, en las ganas de levantarse de la cama.

Abrí la puerta esperando encontrar a Chucho encima de mi tapete.

No estaba.

Primero pensé que se habría quedado con doña Lupita.

Bajé al primer piso.

Ella abrió la puerta con su bata azul y un gesto preocupado.

—No vino anoche —me dijo antes de que yo pudiera preguntar.

—¿Desde qué hora?

—Desde la tarde. Le dejé su toallita lista, como siempre. Pero no apareció.

Sentí una presión rara en el pecho.

Era absurdo preocuparse tanto por un gato que había vivido años en la calle. Chucho no era delicado. No era un gatito perdido. Era un sobreviviente. Había pasado inviernos, lluvias, perros, coches y vecinos que seguramente habían intentado correrlo con una escoba.

Pero algo no estaba bien.

Lo buscamos por el edificio.

Revisamos el cuarto de medidores, el patio, la azotea, el hueco detrás de la cisterna y hasta el estacionamiento.

Nada.

A media mañana, el señor Raúl se unió a la búsqueda.

Luego apareció la señora Mirna.

Los gemelos bajaron con lámparas del celular.

En menos de una hora, había siete personas recorriendo los pasillos y llamando a un gato gordo por al menos cinco nombres distintos.

—¡Chucho!

—¡Don Matías!

—¡Pancho!

—¡Tigre!

—¡Gordo!

—¡Jefe!

Nadie respondió.

Al mediodía, cuando ya empezábamos a rendirnos, escuchamos un maullido.

Fue muy bajito.

Tan bajo que al principio pensé que venía de la calle.

Pero Chucho no maullaba así.

Chucho normalmente no maullaba.

Chucho exigía.

Ese sonido, en cambio, parecía una llamada de auxilio.

Lo seguimos hasta el fondo del estacionamiento, donde guardaban cosas viejas: una bicicleta sin llantas, un mueble roto, cajas húmedas, tablas, llantas y un montón de trastes que nadie tiraba porque, según alguien, “todavía podían servir”.

Ahí estaba Chucho.

Metido debajo de un coche viejo cubierto con una lona gris.

Pero no estaba solo.

A su lado, acurrucado contra la pared, había un gatito pequeño, negro y flaco como una rama.

Tendría unas seis semanas, quizá menos.

Estaba temblando.

Tenía una herida pequeña en una pata y los ojos llenos de miedo.

Chucho estaba pegado a él, cubriéndolo con su cuerpo enorme.

Por primera vez desde que lo conocía, no tenía cara de estar juzgando a todo el mundo.

Tenía cara de estar protegiendo algo.

Doña Lupita se llevó una mano a la boca.

—Ay, mi vida… —susurró.

El gatito intentó moverse, pero apenas pudo levantar la cabeza.

Chucho le pasó la lengua por la frente, muy despacio.

Y entonces comprendí por qué no había ido a desayunar.

Por qué no había aparecido en mi puerta.

Por qué no había dormido en mi sillón.

El viejo había encontrado a alguien más solo que él.

Y se había quedado.

El señor Raúl fue por una caja.

La señora Mirna llamó a una veterinaria que conocía.

Los gemelos consiguieron una toalla limpia.

Doña Lupita se quitó su rebozo y lo dobló con cuidado dentro de la caja.

Cuando intentamos acercarnos al gatito, Chucho se puso de pie.

No bufó.

No arañó.

Solo se colocó delante de él.

Con la cola erizada.

Con los ojos fijos en nosotros.

Como si quisiera decirnos que no confiaba en nadie.

Y, sinceramente, tenía razón.

Muchos de nosotros habíamos vivido años en ese edificio sin mirar más allá de nuestra propia puerta.

Chucho había tenido que enseñarnos a saludarnos.

A preguntar.

A notar las ausencias.

A preocuparnos cuando alguien no aparecía.

Me agaché despacio junto a él.

—Está bien, jefe —le dije en voz baja—. Vamos a ayudarlo.

No sé qué vio en mi cara.

Tal vez nada.

Tal vez solo estaba cansado.

Pero se apartó unos centímetros.

Eso bastó.

Llevamos al gatito a la veterinaria de la esquina. La doctora dijo que tenía deshidratación, una infección leve y la patita lastimada, pero que iba a salir adelante si lo cuidábamos.

La pregunta fue quién se lo iba a quedar.

Todos miramos a Chucho.

Chucho miró a todos.

Luego se sentó encima de la mochila de los gemelos.

Fue su forma de votar.

Los gemelos protestaron.

—No podemos tener otro gato —dijo uno.

—Mi mamá ni de chiste nos deja —agregó el otro.

Chucho no se movió.

Doña Lupita soltó una risita.

—Pues explíquenle eso a él.

Al final, la señora Mirna ofreció cuidar al gatito mientras se recuperaba. Tenía experiencia porque de joven había rescatado animales, aunque nadie en el edificio lo sabía.

—Se va a llamar Sombra —dijo, mirando al gatito negro—. Porque apareció donde nadie miraba.

Chucho aprobó el nombre dando media vuelta y acostándose junto a la caja transportadora.

Desde ese día, algo extraño empezó a ocurrir.

Sombra se recuperó rápido.

No tardó mucho en correr por el pasillo, esconderse detrás de las macetas y atacar los cordones de los zapatos de cualquiera que se descuidara.

Chucho, en cambio, se volvió más lento.

No fue de golpe.

Al principio parecía solo cansado.

Dormía más horas.

Comía menos.

Ya no intentaba subir las escaleras de dos en dos, aunque antes tampoco podía decirse que fuera precisamente rápido.

Pero una tarde, mientras yo veía las noticias, se acercó a mi sillón y puso una pata sobre mi pierna.

Eso no era normal.

Chucho no pedía cariño.

Chucho administraba cariño.

Yo lo cargué con cuidado y sentí que pesaba menos.

Mucho menos.

Al día siguiente lo llevé a la veterinaria.

La doctora lo revisó en silencio, con una seriedad que me dio miedo.

Después me explicó que Chucho era viejo.

Muy viejo.

No podía saber exactamente cuánto, porque nadie tenía sus papeles, su fecha de nacimiento ni una historia clara de dónde había salido.

Pero por sus dientes, sus huesos y su corazón, calculaba que tenía al menos quince años.

Quizá diecisiete.

Para un gato callejero, era casi un milagro.

—Ha vivido mucho —me dijo la doctora—. Pero ahora necesita tranquilidad, revisión constante y mucho amor.

Yo quise reírme.

Porque Chucho tenía un edificio entero a sus órdenes.

Tranquilidad no sé.

Pero amor, de eso le sobraba.

Cuando regresamos, todos estaban esperándonos en el pasillo.

Doña Lupita fue la primera en verlo.

—¿Qué dijo la doctora?

No quería decirlo.

No quería ponerlo en palabras.

Pero todos merecían saberlo.

Así que les conté.

El señor Raúl se quedó callado.

Los gemelos bajaron la mirada.

La señora Mirna acarició a Sombra, que iba colgado de su hombro como si fuera un pequeño pirata.

Doña Lupita se acercó a Chucho y le besó la cabeza.

—No se me vaya a poner dramático, don Matías —le dijo con voz quebrada—. Todavía tiene pendientes.

Y tenía razón.

Chucho tenía pendientes.

Tenía que supervisar que el señor Raúl por fin arreglara la llave del patio.

Tenía que vigilar que los gemelos no dejaran la puerta de la azotea abierta.

Tenía que obligarme a dejar de cenar solo.

Y tenía que enseñarle a Sombra cómo se mandaba en un edificio.

Las semanas siguientes fueron extrañamente bonitas.

No sé cómo explicarlo.

Había tristeza, claro.

Sabíamos que Chucho no iba a durar para siempre.

Pero también había algo parecido a la gratitud.

Cada tarde, alguien pasaba a verlo.

El señor Raúl le llevaba un poco de pollo sin sal.

La señora Mirna le cepillaba el lomo.

Los gemelos le compraron una cama nueva, aunque Chucho la ignoró por completo y siguió prefiriendo mi sillón viejo.

Doña Lupita bajaba con un cojín para sentarse junto a él.

Y yo empecé a cocinar más.

No porque Chucho pudiera comer lo mismo que yo, sino porque de pronto tenía con quién compartir una comida.

Un miércoles preparé caldo de pollo.

Doña Lupita subió con tortillas.

El señor Raúl apareció con aguacates.

La señora Mirna llevó arroz.

Terminamos cenando seis personas en mi departamento, con Chucho dormido en medio de la sala y Sombra intentando robarse un pedazo de tortilla.

Nadie dijo que aquello era una reunión.

Nadie lo planeó.

Simplemente pasó.

Y mientras los demás hablaban, yo miré alrededor.

Había años que no tenía una casa llena.

Había años que no escuchaba risas en mi comedor.

Mi esposa, Elena, solía llenar todos los espacios con su voz. Cantaba mientras cocinaba, hablaba sola cuando buscaba las llaves, se reía de mis chistes malos aunque ya los hubiera escuchado cien veces.

Cuando murió, pensé que el silencio iba a ser parte de mi vida para siempre.

Aprendí a tolerarlo.

A convivir con él.

A decir que estaba bien.

Pero esa noche entendí algo.

Uno puede acostumbrarse a estar solo.

Eso no significa que haya nacido para vivir aislado.

Chucho estaba dormido.

Respiraba lento, con una pata blanca estirada hacia el borde del sillón.

Sombra se acomodó contra su panza.

Y por un segundo, el gato viejo abrió los ojos.

Me miró.

No sé si fue mi imaginación, pero sentí que estaba satisfecho.

Como si por fin hubiera terminado una tarea que llevaba demasiado tiempo haciendo.

La última noche de Chucho fue tranquila.

No hubo lluvia.

No hubo ambulancias.

No hubo nada dramático.

Solo una noche silenciosa de noviembre, con las luces del edificio encendidas y el ruido lejano de los coches pasando por Avenida Universidad.

Chucho había cenado poco.

Después pidió salir al pasillo.

Yo abrí la puerta.

Él caminó despacio hasta las escaleras y se sentó en el descansillo.

Ese era su lugar favorito.

Desde ahí podía ver las puertas de varios departamentos.

Podía escuchar quién entraba.

Quién salía.

Quién discutía.

Quién llegaba tarde.

Quién llevaba bolsas del mandado.

Quién necesitaba compañía sin saberlo.

Doña Lupita llegó primero.

Luego el señor Raúl.

Después la señora Mirna con Sombra en brazos.

Los gemelos bajaron sin que nadie los llamara.

Nos sentamos alrededor de Chucho.

Nadie habló durante un rato.

Sombra intentó jugar con su cola, pero Chucho solo lo miró con paciencia.

Después apoyó la cabeza sobre sus patas.

Doña Lupita empezó a acariciarlo detrás de la oreja doblada.

—Gracias —le dijo.

Así nada más.

Gracias.

El señor Raúl se limpió la cara con la manga del suéter.

Los gemelos fingieron que no estaban llorando.

Yo me quedé quieto.

Chucho respiró una vez.

Luego otra.

Y después, muy despacio, dejó de hacerlo.

No sé cuánto tiempo estuvimos sentados ahí.

Tal vez diez minutos.

Tal vez una hora.

Pero nadie se levantó enseguida.

Porque no estábamos despidiendo a un gato.

Estábamos despidiendo a alguien que nos había encontrado cuando todos pensábamos que no necesitábamos que nadie nos encontrara.

Lo enterramos en una jardinera del patio, junto a la bugambilia que nunca florecía.

Doña Lupita puso una piedra lisa sobre la tierra.

La señora Mirna dejó una plantita pequeña.

Los gemelos hicieron una placa de madera con letras torcidas que decía:

CHUCHO
PRESIDENTE HONORARIO DEL EDIFICIO

El señor Raúl llevó café.

Yo llevé pan dulce.

Y terminamos ahí, en el patio, desayunando juntos por primera vez sin que Chucho estuviera sentado en medio exigiendo su parte.

Dos meses después, la bugambilia floreció.

Nadie supo explicar cómo.

El señor Raúl dijo que era porque por fin la habían regado bien.

Doña Lupita dijo que era porque Chucho seguía vigilando.

Yo no discutí.

Sombra creció rápido.

Se volvió más largo, más inquieto y mucho menos gordo que su maestro.

Pero heredó algunas cosas.

La costumbre de sentarse frente a las puertas.

La manía de aparecer cuando alguien parecía triste.

La habilidad de meterse a los departamentos sin pedir permiso.

Y una mañana, justo a las ocho, lo encontré sentado encima de mi tapete.

En el centro exacto.

Como si fuera suyo.

Abrí la puerta.

Sombra me miró con esos ojos verdes enormes.

Yo suspiré.

—Buenos días, jefe —le dije.

Él parpadeó una vez.

Y en ese instante entendí que algunas familias no empiezan con apellidos, sangre o fotografías.

A veces empiezan con una puerta.

Con una sopa compartida.

Con una vecina que necesita compañía.

Con un hombre que llevaba años diciendo que estaba bien solo.

O con un gato gordo que un día decide que ya es hora de que todos dejen de vivir como desconocidos.

Chucho llegó buscando comida.

Eso fue lo que yo pensé.

Pero estaba equivocado.

Chucho llegó para enseñarnos que nadie debería comer solo todos los días.

Que una puerta cerrada demasiado tiempo termina pareciéndose a una pared.

Y que, aunque la vida a veces te quite a las personas que más amas, todavía puede mandarte algo pequeño, terco y peludo para recordarte que el cariño siempre encuentra la manera de entrar.

Aunque tenga que atorarse primero en la puerta.

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