PARTE 2
El notario que había llegado con Esteban permaneció quieto, sosteniendo su maletín contra el pecho.
Todos conocían la respuesta.
Teresa colocó sobre la mesa una copia certificada de la solicitud.
—Los promoventes son Julián Salgado y Esteban Salgado, hijos del propietario —leyó—. Afirman que don Mateo presenta confusión, comportamiento irracional e incapacidad para administrar su patrimonio.
Julián bajó la mirada.
Esteban intentó reaccionar.
—No sabíamos nada de los treinta y dos millones. Solo queríamos evitar que papá perdiera la propiedad.
—Intentando entregársela a Raúl —respondió Lucía.
Raúl comenzó a alejarse.
—Yo no tengo nada que ver con esa demanda.
Teresa sacó otro documento.
—Tenemos mensajes, contratos y comprobantes de las comisiones ofrecidas.
—Eso no prueba nada.
—También tenemos la grabación de la cámara instalada en la notaría donde usted se reunió con los hermanos.
El rostro de Raúl perdió el color.
El ingeniero de Horizonte Industrial recogió lentamente sus planos.
—Mientras exista una disputa legal sobre la capacidad del propietario, nuestra empresa no puede continuar con la negociación.
—¿Van a retirar la oferta? —preguntó Julián.
—El proyecto tiene plazos. Si no se resuelve pronto, tendremos que estudiar otra ruta, aunque sea más costosa.
Aquellas palabras transformaron la sorpresa en pánico.
Esteban se acercó a su padre.
—Podemos retirar la demanda hoy mismo.
Mateo no respondió.
—Papá, fue un error.
—No fue un error —intervino Lucía—. Fue una decisión.
—Tú no sabes la presión que tenemos —replicó Esteban—. El restaurante está endeudado. Si cerraba, diez personas se quedaban sin trabajo.
—¿Y por eso decidiste quitarle a papá el derecho de decidir sobre su vida?
—Creí que la tierra valía poco.
Mateo levantó la cabeza.
—Ese es el problema, hijo. No intentaste protegerme. Intentaste despojarme porque pensabas que yo no tenía nada.
Esteban abrió la boca, pero no encontró palabras.
Julián permanecía junto a la mesa, con los ojos clavados en las grietas de la madera.
—Yo aceptaré la responsabilidad —dijo finalmente—. Fui quien consiguió al médico.
Su hermano lo miró con incredulidad.
—Los dos estuvimos de acuerdo.
—Pero yo inicié todo.
—¿Ahora quieres parecer noble?
—¡No quiero parecer nada! —gritó Julián—. Quiero impedir que papá pierda treinta y dos millones por nuestra culpa.
Mateo observó la discusión sin intervenir. Parecía más cansado que enojado.
Teresa guardó los documentos.
—La demanda puede retirarse, pero el juzgado deberá confirmar que don Mateo actuó sin coacción. Además, el informe médico contiene afirmaciones graves.
—El doctor puede corregirlo —dijo Esteban.
—Un médico no puede “corregir” una evaluación falsa sin enfrentar consecuencias legales.
Todos miraron a los hermanos.
Lo que habían iniciado para obtener una firma comenzaba a amenazar sus trabajos, sus matrimonios y su libertad.
Mateo pidió a los representantes de la empresa que regresaran a sus vehículos.
—Les agradezco que hayan venido —dijo—. Resolveré este asunto.
El ingeniero Ortega estrechó su mano.
—La oferta permanecerá abierta durante treinta días.
Cuando los vehículos desaparecieron por el camino de tierra, Raúl intentó marcharse también.
Lucía se interpuso.
—Tú sabías lo del proyecto.
—Había escuchado rumores.
—Por eso quisiste comprar El Encino.
—Los negocios consisten en aprovechar oportunidades.
Mateo caminó hacia él.
—Tu padre y yo crecimos juntos. Cuando murió, te ayudé a conservar tus parcelas.
Raúl desvió la mirada.
—Esto no es personal.
—Para los hombres que solo aman el dinero, nada es personal hasta que pierden.
Raúl subió a su camioneta sin despedirse.
Después de su partida, Mateo entró en la casa. Sus hijos permanecieron bajo el encino, esperando que regresara, pero fue Lucía quien salió.
—Dice que se vayan.
—Necesitamos hablar con él —respondió Julián.
—No hoy.
—La oferta vence.
—Papá no está pensando en el dinero.
Esteban soltó una risa amarga.
—Es fácil decirlo cuando tú eres la hija favorita.
Lucía lo miró con tristeza.
—No soy su favorita. Soy la única que viene a verlo sin pedirle nada.
Las palabras golpearon a los hermanos con más fuerza que cualquier acusación.
Julián se marchó sin responder. Esteban discutió con Verónica durante todo el camino de regreso. Ella había descubierto el verdadero valor de la tierra y ahora exigía que hiciera lo necesario para obtener una parte.
—Eres su hijo —decía—. No puede dejarte fuera.
—Intenté declararlo incapaz.
—Entonces pídele perdón.
—No quiere hablar conmigo.
—Oblígalo a escucharte. Estamos a punto de perder una fortuna.
Esteban comprendió que su esposa no estaba preocupada por la relación con Mateo. Solo pensaba en los millones.
Aquella noche, por primera vez, reconoció en ella la misma ambición que había guiado sus propios actos.
Julián, mientras tanto, regresó a su departamento en Guadalajara. Encontró tres avisos de cobro sobre la mesa. La camioneta nueva debía cuatro mensualidades y el banco amenazaba con embargarla.
Se sirvió un vaso de agua y observó una fotografía antigua pegada en el refrigerador.
En la imagen, Mateo cargaba a Julián sobre los hombros durante una fiesta del pueblo. El niño reía con los brazos extendidos mientras su padre, joven y delgado, sostenía todo su peso.
Julián recordó una noche que había intentado olvidar.
Tenía doce años cuando una tormenta destruyó gran parte de la cosecha. Durante semanas, Mateo había comido solo tortillas con sal. Decía que no tenía hambre, pero en realidad guardaba la carne y los frijoles para sus hijos.
También recordó el día en que fue aceptado en una escuela técnica de Guadalajara. Mateo vendió el anillo de bodas de Elena para pagar la inscripción.
Julián nunca se lo agradeció.
A la mañana siguiente fue a buscar al médico que había firmado la evaluación falsa.
—Debes decir la verdad ante el juez —le exigió.
El doctor se negó.
—Tú me aseguraste que tu padre estaba desorientado.
—Te pagué para que escribieras algo que nunca comprobaste.
—Y si lo admito, perderé mi licencia.
—Si no lo haces, presentaré una denuncia y mostraré los mensajes.
El médico comprendió que no tenía salida.
Esteban, por su parte, tomó una decisión diferente. Fue a ver a Raúl y le pidió que firmara una declaración reconociendo las comisiones y el plan para comprar la propiedad por debajo de su valor.
Raúl se rio en su cara.
—¿Crees que voy a hundirme para salvarte?
—Tú organizaste esto.
—Yo hice una oferta. Ustedes traicionaron a su padre por cien mil pesos.
Esteban apretó los puños.
—Sabías que la tierra valía millones.
—Sospechaba que el corredor pasaría por ahí. Nadie conocía la cifra exacta.
—Voy a decirlo todo.
Raúl se acercó hasta quedar a pocos centímetros de él.
—Hazlo y mostraré los pagarés de tu restaurante.
Esteban se quedó paralizado.
Meses antes había pedido dinero a Raúl para pagar proveedores. Como garantía había firmado documentos cuyos intereses crecían cada semana.
—Si hablas, me quedaré con tu negocio —susurró Raúl—. Y después iré por tu casa.
Esteban salió de la oficina sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
Durante los días siguientes, Julián y Esteban retiraron formalmente la demanda. El médico presentó una declaración admitiendo que nunca había examinado correctamente a Mateo. La fiscalía abrió una investigación y el juez ordenó una evaluación independiente.
Dos especialistas visitaron El Encino. Conversaron con el anciano durante horas, revisaron sus cuentas y le hicieron distintas pruebas.
El resultado fue contundente: Mateo poseía plena capacidad para tomar decisiones.
La negociación con Horizonte Industrial podía continuar.
Sin embargo, el campesino no firmó.
—¿Por qué espera? —preguntó Lucía.
—Porque todavía no sé si ese proyecto traerá progreso o destruirá el pueblo.
Mateo había leído cada página del contrato. La empresa planeaba construir bodegas, caminos y plantas procesadoras. Prometía cientos de empleos, pero también requería grandes cantidades de agua.
—El acuífero no es infinito —explicó—. Si lo entregamos sin condiciones, los pequeños agricultores perderán sus pozos.
—Podrías vender y marcharte —dijo Lucía.
—¿Y dejar que los demás enfrenten las consecuencias?
Durante toda su vida lo habían llamado ignorante, pero Mateo comprendía algo que muchos ejecutivos no entendían: el dinero podía gastarse en pocos años, mientras que una fuente de agua destruida podía tardar generaciones en recuperarse.
Con ayuda de Teresa, presentó una contrapropuesta.
No vendería la totalidad de El Encino. Arrendaría una franja para el acceso industrial durante treinta años. La empresa tendría que financiar un sistema de captación de lluvia, una planta de tratamiento y un fondo para apoyar a los agricultores locales. El uso del acuífero estaría limitado y supervisado.
Además, exigió que al menos el sesenta por ciento de los empleos fueran para habitantes de la región.
Los directivos de Horizonte Industrial se mostraron sorprendidos.
—Estas condiciones aumentarán nuestros costos —dijo uno de ellos.
—Buscar otra ruta les costará más —respondió Mateo.
Las negociaciones se prolongaron durante dos semanas.
Mientras tanto, la noticia del valor de El Encino se extendió por todo el pueblo.
Las personas que antes se burlaban de Mateo comenzaron a saludarlo con excesiva amabilidad. Algunos aparecían en su casa con regalos. Otros aseguraban haber sido sus amigos desde siempre.
Un hombre que durante años lo había llamado “el campesino loco” le ofreció asociarse en un negocio de exportación. Una familia distante apareció con documentos viejos, tratando de demostrar un parentesco.
Mateo rechazó a todos con educación.
—Cuando tenía deudas, nadie quería compartirlas —decía—. No veo por qué ahora tantos desean compartir mis ganancias.
Raúl no se dio por vencido.
Sabiendo que la negociación estaba cerca de concluir, presentó una denuncia asegurando que parte del camino de acceso le pertenecía. Mostró una escritura antigua donde aparecía una franja de terreno situada dentro de El Encino.
Teresa revisó el documento.
—La firma parece auténtica —admitió.
—¿Entonces puede detener el proyecto? —preguntó Lucía.
—Si demuestra que posee esa franja, sí.
Mateo pidió ver la escritura. La estudió durante varios minutos y reconoció la firma de su padre.
El documento parecía indicar que, cuarenta años atrás, el abuelo de Raúl había comprado un corredor de tierra que atravesaba la propiedad.
Raúl llegó acompañado por abogados.
—Sin mi autorización, no habrá camino —declaró—. Horizonte tendrá que negociar conmigo.
—¿Qué quieres? —preguntó Mateo.
—Cinco millones de pesos y una participación en el arrendamiento.
—Esa franja no es tuya.
Raúl levantó la escritura.
—Aquí está la prueba.
Mateo sonrió por primera vez desde el inicio del conflicto.
—Esa es solo una de las dos páginas.
Raúl dejó de sonreír.
El campesino entró en su casa y regresó con la caja de madera donde guardaba sus documentos. Sacó un papel doblado y se lo entregó a Teresa.
Era la segunda página del acuerdo.
El padre de Mateo había permitido al abuelo de Raúl utilizar aquel camino para transportar ganado, pero el permiso terminaba en caso de que las parcelas fueran vendidas, abandonadas o destinadas a otra actividad.
La familia de Raúl había dejado de utilizarlo hacía más de veinte años.
No existía ninguna compraventa.
Solo un derecho temporal ya extinguido.
—Sabías que faltaba esta página —dijo Mateo.
Raúl apretó la mandíbula.
—No puedes demostrarlo.
—Puedo demostrar que la retiraste del archivo municipal —respondió Teresa—. El libro de registro conserva la numeración completa, y hay cámaras en la oficina donde consultaste el expediente.
Los abogados de Raúl se apartaron de él.
Acorralado, levantó la voz.
—¡Esa tierra debió pertenecerme! Mi padre pasó años intentando comprarla. Tu familia nunca hizo nada con ella.
—La trabajamos —contestó Mateo.
—¡Te vas a convertir en millonario por pura suerte!
El campesino dio un paso hacia él.
—La suerte no se levanta antes del amanecer durante cincuenta años. La suerte no paga impuestos cuando no hay cosecha. La suerte no conserva escrituras que otros intentan robar. Tú viste tierra seca. Yo vi el lugar donde crecieron mis hijos y donde descansa mi esposa.
Raúl rasgó la copia de la escritura y la arrojó al suelo.
—Esto no ha terminado.
Subió a su camioneta y arrancó levantando una nube de polvo.
Aquella misma noche, poco después de que Lucía regresara a su casa, Mateo escuchó ladrar a Lucero.
El anciano salió con una lámpara.
A lo lejos, cerca del corral, distinguió un resplandor naranja.
El pasto seco estaba ardiendo.
Las llamas avanzaban impulsadas por el viento hacia la casa, el gran encino y la caja donde se encontraban los documentos originales.
Mateo corrió a buscar una pala, pero entonces percibió un fuerte olor a gasolina.
No era un accidente.
Alguien había incendiado El Encino.
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