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Después de volver a casarme con mi exesposo, le fui infiel.

Después de volver a casarme con mi exesposo, le fui infiel.

Santiago Fuentes perdió el control.

Destrozó todo lo que encontró en la habitación, con el rostro ensombrecido por una rabia aterradora.

—¿Esto es tu venganza contra mí?

Por primera vez en mucho tiempo, quien conservó la calma fui yo.

—Solo tenía curiosidad por saber qué tiene de tan emocionante una aventura amorosa… para que tú fueras capaz de repetirla una y otra vez.

Sus ojos se enrojecieron.

Apretó los dientes y esbozó una sonrisa amarga.

—¿Ya estás satisfecha? ¿Era esto lo que querías verme convertido?

—¿Te odio? —solté una leve carcajada.

Estaba muriéndome.

Ya no me quedaban fuerzas ni siquiera para odiarlo.


—Si tú pudiste separar el cuerpo del corazón, ¿por qué yo no?

Estaba sentada al borde de la cama, colocándome la ropa de cualquier manera.

La habitación era un desastre.

El ambiente seguía cargado de ese aire ambiguo que queda después de una intimidad precipitada.

Santiago permanecía de pie en la oscuridad.

La sangre corría por su mano herida y goteaba sobre el piso de mármol.

Un joven arrodillado a sus pies temblaba de miedo.

—Lárgate.

El muchacho salió prácticamente arrastrándose.

Quedamos solos.

Santiago caminó hacia mí con expresión inexpresiva y me arrastró hasta el baño.

—¡No me toques!

Me arrojó dentro de la tina.

Tomó la regadera y dejó caer sobre mí un chorro de agua helada.

—Ana… solo esta vez.

Su voz sonaba suave.

Sus movimientos, en cambio, eran desesperados.

Con las manos temblorosas trataba de borrar las marcas que otro hombre había dejado en mi cuello.

Sentí una humillación insoportable.

—¡Vete al demonio!

Tomé la regadera metálica y la golpeé contra su frente.

Él ni siquiera intentó esquivarla.

La sangre comenzó a deslizarse por su rostro.

—¿Quieres que me vaya? ¿Entonces a quién quieres? ¿A ese niño rico sin carácter?

Su mirada parecía la de un hombre al borde de la locura.

—¡Ana Valdés! ¡Hay momentos en que desearía no haberte amado nunca!

Mis labios dolían.

Sentí el sabor metálico de la sangre.

Y enseguida apareció ese dolor insoportable en el estómago.

Me incliné sobre la tina.

Comencé a vomitar.

—¿Te doy asco? —preguntó él con la voz quebrada.

Pero ya no tenía energía para responder.

Sentía miles de cuchillos revolviendo dentro de mi abdomen.

—¡Yo ya terminé con ella! —gritó—. ¿Qué más quieres de mí?

—Perfecto.

—Entonces viviremos cada quien su vida.

—Y no vengas a arrepentirte después.

La puerta se cerró de golpe.

Todo quedó en silencio.

Después de un largo rato logré salir de la tina.

Entonces vi una caja sobre el sofá.

Dentro había un reloj.

Era exactamente el modelo que dos días antes había señalado distraídamente en una revista.

Solo existían tres piezas en todo el mundo.

Recordé que Santiago había entrado a casa cargando aquella bolsa.

Desde que volvimos a casarnos, parecía haberse convertido nuevamente en el hombre del que me enamoré a los dieciocho años.

Canceló reuniones.

Dejó de asistir a fiestas.

Pasaba todo su tiempo conmigo.

Cualquier bolso que mirara unos segundos de más aparecía esa misma noche en casa.

Me entregaba dinero.

Tiempo.

Atenciones.

Y una especie de amor tardío.

Pero yo ya estaba rota.

Cada vez que tomaba el celular, imaginaba que seguía escribiéndole a Daniela Navarro.

Cada vez que abría Instagram, pensaba que buscaba sus fotografías.

Daniela nunca aparecía frente a mí.

Pero estaba presente en todas partes.

La enfermedad.

Ella.

Y Santiago.

Todo junto estaba empujándome lentamente hacia la locura.

Estaba cansada.

Muy cansada.

Por eso fui infiel.

Necesitaba descubrir qué tenían las personas de afuera.

Qué podían ofrecer que fuera tan maravilloso como para que Santiago hubiera tirado a la basura veintiún años de amor.

Tomé la tarjeta que venía dentro de la caja.

“Ana, feliz séptimo aniversario.”

Sentí que algo se desgarraba dentro de mí.

En ese momento apareció una solicitud de amistad.

Reconocí de inmediato la fotografía de perfil.

Era Daniela Navarro.

Su mensaje decía:

Gracias por devolverme al hombre que siempre me perteneció.

PARTE 2

La pantalla del teléfono seguía iluminando la oscuridad.

“Ana, solo pídemelo. Suplica una vez, y volveré a buscarte.”

Ana Valdés observó aquellas palabras durante varios segundos.

Luego sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Extrañamente tranquila.

Porque por fin comprendió algo.

Santiago Fuentes nunca había dejado de amarla.

Pero tampoco había dejado de amarse a sí mismo.

Y un hombre así jamás salvaría a nadie.

Solo necesitaba sentirse elegido.

Necesitaba que alguien peleara por él.

Necesitaba ganar.

Incluso cuando ya lo había perdido todo.

Ana limpió la sangre de la comisura de sus labios.

Abrió la aplicación de notas.

Escribió:

“No voy a suplicarte más.”

“No porque haya dejado de amarte.”

“Sino porque estoy cansada.”

“Estoy cansada de competir contra una mujer que siempre ha vivido dentro de tu cabeza.”

“Estoy cansada de mendigar el cariño del hombre que juró protegerme cuando tenía diecisiete años.”

“Estoy cansada de ser la única que recuerda a la niña que se quedó cinco días encerrada junto al cadáver de su madre.”

“Estoy cansada de sobrevivir.”

Guardó el teléfono.

Y se desmayó.


Cuando despertó, estaba en un hospital.

Hospital Ángeles Pedregal.

El olor a medicamentos.

Las luces blancas.

Las máquinas monitoreando sus signos vitales.

Una doctora de unos cincuenta años entró con los resultados.

Suspiró.

—Señora Valdés…

—El cáncer avanzó mucho más rápido de lo que esperábamos.

Ana sonrió débilmente.

—¿Cuánto tiempo?

—Quizá dos meses.

—Tal vez menos.

Silencio.

Ana simplemente asintió.

No lloró.

Ya había llorado suficiente.

—Doctora.

—¿Puedo terminar un cuadro antes de morir?

La mujer tragó saliva.

—Claro.

—Pinte todos los cuadros que quiera.


Tres días después.

Santiago recibió una llamada del hospital.

—¿Familiar de Ana Valdés?

—Sí.

—Necesitamos que venga.

—La paciente se encuentra…

Pero Santiago colgó.

Pensó que era una estrategia.

Una nueva forma de llamar su atención.

Porque Ana siempre regresaba.

Siempre lo esperaba.

Siempre perdonaba.

Así que ignoró la llamada.


Mientras tanto.

Daniela Navarro disfrutaba de la fama.

Había conseguido contratos millonarios.

Campañas de lujo.

Portadas.

Programas de televisión.

Y todo gracias a Santiago.

Aquella noche.

Entró feliz a la mansión.

Encontró a Santiago sentado frente a una botella de tequila.

Mirando una fotografía vieja.

Ana.

Con dieciocho años.

Pintando.

Sonriendo.

Viva.

Daniela se acercó.

—¿Otra vez pensando en ella?

Santiago guardó la foto.

—No.

—Solo estaba aburrido.

Ella sonrió.

—Perfecto.

—Entonces vayamos a Cancún.

—Necesito unas vacaciones.

En ese momento.

Entró el asistente.

Pálido.

Temblando.

—Señor Fuentes…

—Creo que debería ver esto.

Le entregó una carpeta.

Resultados médicos.

Informes.

Recetas.

Biopsias.

Quimioterapias.

Diagnóstico.

Adenocarcinoma gástrico avanzado.

Etapa IV.

Santiago sintió que el suelo desaparecía.

—No…

Pasó páginas frenéticamente.

Fechas.

Seis meses.

Siete meses.

Ocho meses.

Ana llevaba meses enferma.

Meses.

Mientras él se acostaba con Daniela.

Mientras la humillaba.

Mientras organizaba bodas falsas.

Mientras esperaba que ella le rogara.

Entonces vio otra hoja.

Evaluación psicológica.

Síndrome severo de estrés postraumático.

Fobia extrema a la oscuridad.

Origen:

Secuestro y muerte traumática de la madre.

Debajo.

Una nota.

“La paciente refiere que el esposo compartió detalles íntimos de su trauma con la tercera persona involucrada en la ruptura matrimonial.”

Santiago dejó caer la carpeta.

Comenzó a llorar.

Por primera vez en años.

Lloró como un niño.

Daniela se acercó.

—¿Qué pasa?

Él levantó la vista.

Y la miró.

Como si estuviera viendo a un monstruo.

—¿Tú sabías?

Ella titubeó.

—Yo…

—¿Tú sabías?

—¿Sabías que Ana se estaba muriendo?

Silencio.

Daniela bajó la mirada.

—Sí.

—Lo descubrí hace semanas.

—Pero pensé que…

No terminó.

Porque Santiago le dio una bofetada.

Tan fuerte.

Que cayó al piso.

—¡LÁRGATE!

—¡Fuera de mi casa!

—¡Fuera de mi vida!

—¡No quiero volver a verte!

Daniela lloró.

—¡Tú también eres culpable!

—¡Tú la destruiste!

—¡Yo solo aproveché lo que tú rompiste!

Santiago se quedó inmóvil.

Porque tenía razón.

El verdadero verdugo.

Había sido él.


Corrió al estudio de pintura.

La casa estaba vacía.

Silenciosa.

Sobre un caballete.

Había un cuadro terminado.

Era la madre de Ana.

Joven.

Sonriendo.

Con un vestido blanco.

Debajo.

Una carta.

“Santiago.”

“Cuando leas esto probablemente ya no tenga fuerzas para hablar.”

“No te odio.”

“Hace mucho tiempo dejé de odiarte.”

“Solo me duele que el niño que me rescató a los diecisiete años se convirtiera en el hombre que terminó de destruirme.”

“Sé feliz.”

“Ama a alguien.”

“Pero nunca vuelvas a permitir que una mujer tenga que mendigar amor.”

“Yo ya me cansé.”

“Mamá me está esperando.”

Santiago cayó de rodillas.

Y comprendió.

Que esta vez.

Ana no estaba haciendo una escena.

No estaba celosa.

No quería castigarlo.

Simplemente.

Se estaba despidiendo.

Disclaimer: This story is a work of fiction created for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.