Ella Recibió una Bala por el Jefe de la Mafia… Entonces Él Susurró: “¿Por Qué Harías Eso?”
PARTE 1
La luz de la mañana entraba por los grandes ventanales de Flores de Abril, tiñendo todo de tonos dorados y ámbar.
Camila Morales estaba detrás del mostrador de madera, recortando cuidadosamente los tallos de unas rosas blancas. Cada corte era preciso, delicado. El agua del elegante jarrón de cristal se movía suavemente mientras acomodaba cada flor, girando el arreglo una y otra vez, observándolo desde todos los ángulos como una artista perfeccionando su obra.
Afuera, la Ciudad de México comenzaba a despertar.

Los sonidos de la colonia Coyoacán llegaban a través de la puerta entreabierta: el rugido de los camiones repartidores, las conversaciones de los corredores matutinos y los ladridos del perro de la señora Ramírez, que vivía sobre la panadería de la esquina.
Era una sinfonía que Camila había aprendido a amar durante los últimos tres años, desde que abrió su pequeña florería en aquella tranquila calle.
A sus veinticinco años, había construido exactamente la vida que siempre había soñado.
Simple.
Pacífica.
Hermosa.
Su negocio era su refugio. Un lugar donde podía perderse entre pétalos y hojas, donde cada día traía el aroma de flores frescas y la satisfacción de crear algo hermoso para los demás.
Miró el reloj.
6:15 de la mañana.
La mayoría de los negocios de la zona no abrirían hasta varias horas después, pero Camila adoraba aquellos momentos de tranquilidad.
Su celular vibró sobre el mostrador.
Era un mensaje de su mejor amiga, Valeria, quejándose de una cita desastrosa.
Camila sonrió, respondió rápidamente y caminó hacia el pequeño invernadero trasero, donde las bugambilias trepaban por las paredes de madera y las orquídeas florecían en hileras perfectamente cuidadas.
Fue entonces cuando lo escuchó.
La puerta trasera se sacudió.
Una vez.
Dos veces.
Y luego un fuerte golpe, como si alguien hubiera caído contra ella.
El hombre que prácticamente se desplomó dentro del invernadero era alto, de complexión poderosa y llevaba un costoso traje negro desgarrado.
Una mancha oscura cubría parte de su hombro izquierdo.
Cuando levantó la cabeza, Camila vio unos ojos negros, intensos, casi imposibles de leer.
—Por favor… —dijo él con voz ronca—. Necesito…
Sus piernas cedieron.
Camila logró sostenerlo antes de que cayera al suelo.
Minutos después estaba limpiando la herida de su brazo.
Era un rozón de bala.
Profundo.
Sangraba bastante, pero no parecía mortal.
Mientras ella vendaba la herida, él la observaba en silencio.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Camila.
Hubo una pausa.
—Alejandro.
—Yo soy Camila.
—Lo sé.
Ella levantó una ceja.
—¿Cómo?
—El letrero afuera. Flores de Abril. Camila Morales.
Entonces se escuchó un motor.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
La puerta trasera se abrió de golpe.
Dos hombres entraron con pistolas en la mano.
Sus rostros eran fríos.
Vacíos.
Uno de ellos sonrió.
—Aquí estás, Montenegro. Tu hermano te manda saludos.
Alejandro reaccionó como un lobo herido.
Empujó a Camila detrás de una mesa de trabajo justo cuando el primer disparo destrozó una repisa llena de floreros de cristal.
El agua y los lirios blancos explotaron por todo el invernadero.
El segundo hombre apuntó directamente al pecho de Alejandro.
Camila no pensó.
Simplemente vio el arma.
La sangre en la camisa del desconocido.
Y una extraña certeza.
Si no hacía algo…
él moriría allí mismo.
En el lugar que ella había construido para mantener la violencia lejos de su vida.
Se lanzó hacia adelante.
El disparo resonó en el invernadero.
Un dolor insoportable atravesó su costado.
Brillante.
Abrumador.
Alejandro la atrapó antes de que cayera al suelo.
Sus brazos la rodearon mientras pétalos de flores descendían sobre ellos como nieve rota.
—¿Por qué? —susurró él, con la voz quebrándose por primera vez—. ¿Por qué harías eso?
Camila intentó responder.
Pero apenas pudo exhalar un débil suspiro.
Entonces sonó la campanilla de la puerta principal.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Los sicarios se quedaron inmóviles.
Desde la tienda llegó una voz femenina.
Elegante.
Divertida.
Peligrosa.
—Alejandro, querido… siempre has tenido un gusto terrible para esconderte.
El rostro de Alejandro perdió todo color.
Apretó a Camila contra su pecho y murmuró:
—Es mi esposa.
PARTE 2
El silencio duró apenas un segundo.
Pero para Camila, herida y temblando entre los brazos de Alejandro Montenegro, pareció una eternidad.
La mujer apareció en la entrada del invernadero con la elegancia de una reina entrando a su propio palacio.
Llevaba un vestido rojo oscuro que parecía absorber la luz.
Tacones negros.
Diamantes en las orejas.
Y una sonrisa capaz de helar la sangre.
—Hola, Alejandro.
Los dos sicarios bajaron inmediatamente sus armas.
Aquello fue suficiente para que Camila comprendiera algo aterrador.
Aquellos hombres no trabajaban para el hermano de Alejandro.
Trabajaban para ella.
La esposa.
La mujer observó la escena.
Sus ojos recorrieron la sangre sobre el suelo.
La herida de Camila.
Los brazos de Alejandro rodeándola.
Y su sonrisa desapareció.
—¿La protegiste? —preguntó lentamente.
Alejandro no respondió.
—Interesante.
La mujer avanzó unos pasos.
—Sabes qué es lo más gracioso, querido esposo…
Sacó una pistola cromada de su bolso.
—Que después de cinco años de matrimonio jamás me miraste como la estás mirando a ella.
El corazón de Camila se aceleró.
Alejandro se puso delante de ella.
—Déjala fuera de esto, Isabella.
—¿Fuera de esto?
Isabella soltó una carcajada.
—Una florista acaba de recibir una bala por ti.
—No sabe nada.
—Entonces es una lástima.
Levantó el arma.
—Porque ya vio demasiado.
El disparo nunca llegó.
Un estruendo sacudió la tienda.
Luego otro.
Y otro más.
Los ventanales explotaron.
Los sicarios giraron alarmados.
Desde la calle llegaron los rugidos de motores y el chirrido de neumáticos.
Alejandro sonrió por primera vez.
Una sonrisa fría.
Peligrosa.
—Llegaron tarde —murmuró.
La puerta principal voló por los aires.
Hombres vestidos de negro irrumpieron en la florería.
Armados.
Entrenados.
Mortales.
El líder apuntó directamente a Isabella.
—¡Nadie se mueva!
Durante unos segundos reinó el caos.
Gritos.
Cristales rotos.
Armas apuntando en todas direcciones.
Pero Alejandro no prestó atención a nada de eso.
Toda su concentración estaba en la mujer que se desangraba entre sus brazos.
Camila.
Su respiración era cada vez más débil.
Su piel estaba perdiendo color.
—No cierres los ojos —ordenó él.
Ella intentó sonreír.
—Eres muy mandón…
—Camila.
—¿Sí?
—No te mueras.
Aquellas palabras sorprendieron incluso a sus propios hombres.
Porque Alejandro Montenegro jamás suplicaba.
Jamás.
Pero en ese instante sonó diferente.
Asustado.
Como un hombre que estaba a punto de perder algo que apenas acababa de encontrar.
Los párpados de Camila comenzaron a cerrarse.
—Mi tienda… —susurró—. Las flores…
Alejandro tragó saliva.
—Te compraré mil tiendas.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso sería exagerado.
—Entonces cien.
—Sigues exagerando…
Y se desmayó.
Treinta minutos después.
Hospital Ángeles Santa Fe.
Los médicos corrían por los pasillos.
La noticia ya se había extendido.
La mujer desconocida que había recibido una bala destinada a Alejandro Montenegro estaba entre la vida y la muerte.
Y el hombre más poderoso del crimen organizado mexicano se negaba a abandonar la sala de espera.
—Jefe…
—No.
—Necesitamos hablar.
—No.
—Es sobre Isabella.
Alejandro levantó lentamente la vista.
Su mano todavía estaba cubierta con la sangre de Camila.
—Habla.
Su jefe de seguridad tragó saliva.
—La encontramos.
—¿Y?
—No era ella quien intentaba matarlo.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Isabella estaba siendo utilizada.
—Imposible.
—Tenemos pruebas.
Le entregó una carpeta.
Alejandro abrió el expediente.
Fotografías.
Transferencias bancarias.
Grabaciones.
Mensajes cifrados.
Y entonces vio el nombre.
El verdadero responsable.
El hombre detrás de todo.
El hombre que había ordenado la emboscada.
El hombre que llevaba años manipulando a su hermano.
El hombre que quería quedarse con todo el imperio Montenegro.
Alejandro sintió que el mundo se detenía.
Porque conocía perfectamente ese nombre.
Era imposible.
No podía ser.
No después de todos esos años.
No después de haber llorado su muerte.
Porque la persona que había ordenado asesinarlo era…
su padre.
El mismo hombre cuyo funeral habían celebrado ocho años atrás.
El mismo hombre que oficialmente estaba muerto.
Alejandro cerró la carpeta lentamente.
Y por primera vez en mucho tiempo sintió miedo.
No por él.
Sino por Camila.
Porque si su padre seguía vivo…
Entonces la bala que ella había recibido era apenas el comienzo.
Y la guerra que estaba a punto de estallar podría destruirlos a todos.